Aire fresco, su perfume favorito y... Algo desconocido.
Desde un inicio supo que la preparación de la Amortentia no sería sencilla, después de todo, era una poción complicada y requería de bastante concentración y habilidad. Para suerte suya, enfocarse en un tema nunca había sido un problema con anterioridad, y no podía negar que tenía cierto talento para las Pociones, o al menos se esforzaba lo suficiente para que así fuera, pues una Black no debía bajar su rendimiento en ningún momento, aquello sería vergonzoso. Si decían que eran los mejores, debían demostrarlo y no caer en la mediocridad del resto, al menos eso era lo que sus padres le habían repetido una y otra vez antes de si quiera ingresar a Hogwarts, y Narcissa lo había aceptado, como todo lo que sus progenitores demandaban. Precisamente por esto, recordando las palabras de Cygnus y Druella, se encontraba preparando su posición con suma delicadeza, como era propio en ella. No recurría a la desesperación como algunos estudiantes, pues sabía que, si deseaba tener éxito, debía elaborar cada paso con cuidado. No era una competencia de quien lo terminara más rápido, sino por quien obtuviera los mejores resultados, y Narcissa estaba dispuesta a ser una de esas personas.
Al cabo de unos largos minutos, y luego de varios quejidos por parte de los demás alumnos que no conseguían el éxito, ciertos olores reconocibles comenzaron a emerger del caldero. La menor de las Black inclinó levemente su cabeza hacia la pócima, aspirando profundo para lograr identificar cada olor. Lo primero que llegó a ella fue algo indescriptible… No sabría cómo ponerlo en palabras, pero de inmediato su memoria viajó años atrás, mucho antes de que entrara en Hogwarts, cuando apenas era una infante. Se encontraba sentada sobre el gran jardín de su mansión, había una pequeña mesita con sillas alrededor y en estas se encontraban varias muñecas y un precioso juego de té. En el centro de la mesa había un delgado jarrón blanco, decorado por algunas flores recogidas del lugar. El viento soplaba de manera delicada, se podía sentir tan suave, tan puro… Justo como Narcissa lo era en ese momento. Y entonces supo que estaba oliendo el aire fresco que alguna vez respiró con tanta tranquilidad, con tanta felicidad. Aquellos eran tiempos en los que no debía preocuparse por sus amistades, o por las decisiones que tuviese que tomar. Simplemente desconocía todas las responsabilidades que adquiriría más adelante, y sobretodo, jamás se habría imaginado que aquella sería una de las pocas veces que lograría salir al jardín y se sentiría tan en paz. De inmediato, a su mente llegaron los recuerdos próximos a este, reemplazándolos por momentos no tan gratos, como la muerte misteriosa de un animal en el propio jardín, o los regaños de su madre hacia a Andromeda por haber ensuciado sus ropas. Tan rápido como el aroma apareció, se marchó, llevándose consigo aquel corto momento de verdadera serenidad, dejando su pecho vacío.
Narcissa soltó un muy leve suspiro, retirándose del caldero y anotando el resultado que había obtenido, sin incluir demasiados detalles al respecto. De nuevo, repitió el proceso y se acercó a este una segunda vez, inhalando profundamente. Rápidamente un olor conocido inundó cada parte de su ser, este era sumamente sencillo de reconocer: se trataba de su perfume favorito. Ni siquiera se celebrara una fecha especial, cuando su madre decidió premiarla con aquel regalo. Normalmente solían llenarla de vestidos costosos, miles de juguetes y cualquier cosa que creyeran que su hija necesitaba, pero hubo algo diferente en esa ocasión. Para nadie era un secreto que el mayor orgullo de Druella Black era su hija menor, ya que siempre había deseado tener una heredera como Narcissa: hermosa, obediente, educada y tranquila. Simplemente, todo lo que una señorita debía ser. Por esto mismo, no era de extrañarse que se mostrara mucho más detallista con la rubia, dándole una sutil, pero mayor muestra del afecto y orgullo que sentía hacia ella.
—Debes cuidar mucho este perfume, Narcissa. No es como cualquiera de los otros que tienes —le aclaró una vez entregado el paquete, suavizando apenas un poco aquellas severas facciones que poseía. Después de todo, era su pequeña estrella, ¿cómo no mostrarse más condescendiente?—. Ha estado en mi familia por generaciones. Tiene un hechizo que no permite que se agote jamás —le informó a la menor, quien observaba con genuina curiosidad el frasco, pero, al mismo tiempo, con admiración.
—Gracias, madre —le dedicó una tierna sonrisa a la mujer mayor, quien simplemente le observó con aprobación y le retiró el paquete, posicionándolo en el escaparate de la infante con cuidado, al lado de los demás.
—No dejes que Andromeda lo toque, podría dejarlo caer —advirtió, usando un tono duro, aquel que solía emplear cuando se trataba de su segunda hija. Finalmente se dio la vuelta y le indicó a Narcissa que salieran de la habitación, pues era la hora de cenar.
En la casa de los Black no había grandes demostraciones de afecto, y las pocas que existían se hacían de esta manera: sin rodeos y sin esperar a cambio una gran reacción al respecto. Además, no eran muy usuales en Cygnus y Druella, quienes solían llenar a sus hijas con lo que estas pidieran, más nunca era con un propósito sentimental; precisamente por esto, la versión pequeña Narcissa apreciaba tanto este detalle, y aún como adulta se mantenía de la misma forma. Su madre había decidido obsequiarle a ella un objeto tan especial (que, ciertamente, pudo haberle dado a Bellatrix o Andromeda mucho antes, pero no lo había hecho), y aquello la hacía sentir inexplicablemente feliz.
Esta vez, ningún recuerdo amargo se coló en sus memorias, algo que agradeció internamente. Después de recordarse que debía retirarse, lo hizo y se dispuso a mojar su pluma en el tintero para continuar con las anotaciones correspondientes.
Y, entonces, repitió el procedimiento una última vez. Infló su pecho y permitió que el aroma se filtrara de nuevo.
Su ceño, que usualmente se mantenía apacible, se contrajo ligeramente. Tomó aire una vez más, intentando que el olor le llegara mejor, pero ya no podía hacer mucho más para tratar de identificarlo, pues lo estaba sintiendo en todo su esplendor. Comenzaba a experimentar una sensación similar a la del primer aroma, sólo que esta vez ningún recuerdo llegó a su mente. No había nada que se conectara a lo que estaba sintiendo, de modo que parecía ser completamente desconocido. Sin embargo, le daba la impresión de ser algo opuesto a ella, no parecía tener una consistencia femenina, parecía ser fuerte, quizás un poco rudo; si tuviese que explicarlo, lo llamaría masculino. Incluso el color comenzó a oscurecerse un poco, a medida que el aroma se tornaba cada vez más potente, tanto así que Narcissa tuvo que alejarse, tratar de respirar el aire normal y anotar en su pergamino la palabra «desconocido». Suponía que, con el tiempo, lograría averiguar de qué se trataba. Por ahora no dejaría que aquello le quitara el sueño, más no podía negar que estaba algo sorprendida, ya que no había esperado en lo absoluto un aroma misterioso, al menos, no en su Amortentia.