COLLEEN STAN: ¿salvada por la llamada de Dios?
En la tranquila ciudad de Red Bluff, California, Cameron y Janice Hooker no destacaban. Se conocieron en 1973, cuando ella tenía 15 años y sufría ataques epilépticos, y tres años después, en 1976, él empezó a trabajar en un aserradero local y alquilaron una casa en el 1140 de Oak Street.
Sin embargo, Cameron era un adicto a la pornografía violenta y logró persuadir a Janice para que le dejara atarla a un árbol desnuda, suspendida por las muñecas. A ella no le gustó mucho la idea, pero su afecto posterior recompensaba. Sus actos sexuales se convirtieron en rutina y, cuando se casaron en 1975, Cameron se creyó con el derecho de hacer todo lo que quisiera con su mujer; ella le pertenecía.
La dinámica siempre solía ser la misma: él ordenaba y ella obedecía; y si en algún momento rechistaba, él la amenazaba de muerte. Pero la vulnerabilidad y la sumisión de Janice empezaron a cansar a Cameron. Él necesitaba más emoción, cosas nuevas, una esclava para jugar. Y para conseguirlo necesitaba a su esposa. ¿Qué le pidió ella a cambio? Un bebé.
Una vez cumplido el trato, tuvieron que analizar y preparar sus hazañas: necesitaban una manera de retener a la esclava y evitar que los vecinos oyeran los posibles gritos o lloros. Así que, con sus fantasías en mente, Cameron diseñó e hizo unas cajas robustas que luego utilizaría con sus víctimas. Cuando llegó el momento adecuado, la pareja empezó a merodear y a buscar a la primera víctima de la cadena de esclavas sexuales que tendrían.
El jueves 19 de mayo de 1977, Colleen Stan, de 20 años de edad, se fue de su casa en Eugene (Oregon) para visitar a una amiga que vivía en Westwood, al norte de California (a unos 640 kilómetros de distancia). Lo decidió de repente; quería desearle un feliz cumpleaños en persona.
No tenía coche ni dinero para coger algún transporte, pero en los años 70 el autostop estaba a la orden del día (a pesar de los asaltos y crímenes cometidos por Edmund Kemper cuatro años antes). Así que la joven empezó su aventura en la autopista interestatal 5 y por la tarde ya había conseguido recorrer 560 kilómetros. Se encontraba en la ciudad de Red Bluff, California, a menos de cien kilómetros de su destino.
Durante el viaje, Colleen había sido bastante precavida y había intentado evaluar a todo aquél que se detenía para llevarla. Incluso había rechazado a un par de conductores que no le daban buena espina. Y entonces, un Dodge Colt de color azul se detuvo. Sus ocupantes eran jóvenes, una pareja con un bebé que tenían buen aspecto y eran amables. «Por fin el último trayecto», pensó Stan.
La familia Hooker, quien la recogió, charló amigablemente con Colleen e intentó que la joven se sintiera cómoda en todo momento. Sin embargo, al cabo de un tiempo, la chica notó que el conductor, Cameron Hooker, no paraba de mirarla por el espejo retrovisor; cosa que la puso algo nerviosa. Cuando se detuvieron en una gasolinera, Colleen fue al baño y pensó en escapar, pero se tranquilizó pensando que el hombre no le haría nada delante de su esposa y el bebé y volvió al coche, donde nada más llegar le ofrecieron una chocolatina.
Después de recorrer unos dos kilómetros, la familia Hooker comentó que muy cerca de donde estaban había unas cuevas de hielo espectaculares y que les gustaría hacer una parada rápida para visitarlas. Colleen no se opuso, y Cameron condujo por un camino de tierra que parecía llevarlos a la nada. De repente, detuvo el coche y apagó el motor. La señora Hooker, Janice, salió del coche con el bebé justo en el momento en el que Colleen notó el extremo puntiagudo de un cuchillo en su garganta. Entonces Cameron le ordenó que pusiera las manos sobre la cabeza y le preguntó si iba a hacer lo que él dijera. Paralizada por el miedo, sólo pudo responder un débil sí mientras él la esposaba, le vendaba los ojos y la amordazaba.
Seguidamente colocaron sobre la cabeza de la joven una caja grande de metal con bisagras hechas de madera laminada. Pesaba mucho, y el agujero que había para pasar el cuello casi la asfixia. El interior estaba tapizado y aislado con dobles laterales, lo cual dificultaba el poder respirar. Colleen se encontraba totalmente inmovilizada y a oscuras y, una vez dentro del coche nuevamente, el hombre la cubrió con el saco de dormir que ella llevaba. El coche retomó la marcha y a la joven le pareció estar yendo por la ladera de una sinuosa carretera de montaña.
Más tarde, la familia Hooker fue a cenar a un restaurante de comida rápida y dejaron a Colleen en el coche preguntándose si alguna vez volvería a ver a los suyos.
Cuando llegaron a su destino, Cameron la empujó para que saliera del coche y entrara en una casa, donde le quitó la caja que le había colocado anteriormente en la cabeza. Pero su alivio duró poco. El hombre llevó a la joven al sótano y le dijo que se quedara de pie junto a una nevera portátil de la marca Coleman. Aterrorizada, obedeció. Entonces le ordenó que levantara las manos por encima de la cabeza y la ató por las muñecas con una correa de cuero a las tuberías. Mientras le quitaba cada pieza de ropa, Cameron notó como la chica temblaba. Seguía con los ojos vendados, y no podía ni imaginar qué vendría después.
Hooker, que estaba aguantando el peso de Collen con su torso, se separó de ella y la dejó colgada, suspendida por las muñecas. Y ante los gritos y las súplicas de la joven, la amenazó diciéndole que le cortaría las cuerdas vocales tal como hizo con su anterior «huésped».
Entonces Cameron salió un momento de la habitación y, cuando volvió, empezó a golpear a Colleen con un látigo tanto por delante como por detrás. La joven chillaba de dolor y pedía clemencia, pero eso sólo provocaba más a su agresor. En un momento de serenidad, por debajo de la venda que le tapaba los ojos, Colleen alcanzó a ver una revista pornográfica en el suelo con la fotografía de una mujer desnuda y colgada, tal como se hallaba ella.
Cameron estaba tan emocionado por su conquista y tenencia de una esclava, que rápidamente fue a buscar a su esposa para mantener relaciones sexuales allí, bajo los pies de Colleen.
Cuando terminaron, descolgaron a la joven. Sus brazos estaban doloridos y su cuerpo magullado. A continuación, hicieron que se sentara dentro de otra caja bloqueada y la dejaron completamente inmovilizada y casi sin poder respirar.
La ingenua idea mañanera de sorprender a una amiga, se había convertido en su peor pesadilla… Y sólo acababa de empezar.
En un triste y oscuro Limbo
A la mañana siguiente, Colleen estaba agotada. Apenas había podido dormir. No dejaba de preguntarse qué pasaría. Tenía mucho miedo. Sin embargo, cuando Cameron fue a verla y la sacó de la caja, por una vez en mucho tiempo respiró aliviada. Aunque su sosiego no duró mucho. La tuvieron todo el día sin comer, hasta que por la noche le trajeron un vaso de agua y patatas. Luego, la colgaron otra vez durante un rato y la volvieron a meter en la caja. Finalmente, le permitieron usar un orinal y tumbarse sobre una rejilla, donde permanecería inmóvil durante horas.
Pasó otro día entero hasta que le permitieron volver a ingerir agua y comida. No obstante, el día era muy caluroso y húmedo y Colleen se negó a terminarse lo que le habían ofrecido porque no se encontraba muy bien. Cameron, enfurecido, le dijo que tenía que estar agradecida y que una esclava debía obedecer sin importar cómo se sintiera. Como castigo, la colgó de nuevo por las muñecas y la azotó hasta que se desmayó.
Y esa fue su nueva rutina: una sola comida al día, la tortura, el aislamiento y la incertidumbre. Colleen Stan se encontraba vagando entre la vida y la muerte, en un limbo triste y oscuro del que no sabía si algún día saldría.
Colleen Stan: persona desaparecida
Los padres de Colleen, divorciados, se habían vuelto a casar y ambos vivían con sus respectivas parejas en Riverside, California.
Colleen, por su parte, también había estado casada justo antes de cumplir los 17 años con Tom Smith, de 22. Pero su unión apenas duró un año; con lo cual regresó a casa para obtener el diploma de secundaria y después mudarse con unos amigos a Eugene, quienes se convertirían en su «familia adoptiva».
El 23 de mayo de 1977, cuatro días después de su salida, esos amigos y compañeros de Colleen hablaron con su familia para saber si sabían algo de ella, ya que hacía días que ellos no la veían ni tenían noticias suyas. Sabiendo (o intuyendo) su idea de ir a Westwood a ver a una amiga, decidieron llamarla y fue cuando descubrieron que nunca había llegado a su destino. Así pues, se personaron en la comisaría de policía de Eugene y denunciaron su desaparición.
El primer sospechoso, evidentemente, fue Tom Smith; pero éste era de Ohio y nunca antes se había molestado en ir a ver a Colleen, así que no había razones suficientes como para pensar que él hubiera tenido algo que ver con todo esto.
La investigación estaba en un punto muerto y la familia, pensando ya lo peor, destrozada y desanimada.
Colleen apenas veía a Janice Hooker o a su bebé. La mayor parte del día estaba encadenada, con los ojos vendados y tendida desnuda encima de una rejilla. Cameron la visitaba frecuentemente para azotarla y fotografiar su cuerpo desnudo y magullado. Incluso alguna vez, cuando el sadismo se apoderaba de él, le metía la cabeza bajo el agua hasta que ella perdía el conocimiento. «¿Perderá el control algún día y me matará?», se preguntaba insistentemente.
A pesar de sus fantasías, Cameron era bastante pragmático, con lo cual pronto se dio cuenta de que mantener a Colleen encadenada y desnuda todo el día podría ser perjudicial para su salud. Así que tuvo que pensar otro modo de mantenerla bajo control y finalmente decidió construir una caja parecida a un ataúd pero de mayores dimensiones. Y esa fue su «nueva habitación», donde permanecería encerrada y atada hasta que él la deseara.
Durante todo un mes, esa fue la vida de Colleen: sin ducha, sin apenas comida, y encerrada en esa caja. Perdió más de 20 kilos y dejó de menstruar. Su mundo estaba entre esas cuatro paredes. Tanto, que incluso empezó a guiarse por la temperatura de la caja para saber qué momento del día era.
Fuera de su refugio, las sesiones de bondage de Cameron se volvieron más largas, frecuentes y «sofisticadas». A veces, usaba una lámpara potente para quemarle la piel o electrocutarla, o intentaba estrangularla mientras la azotaba para terminar abusando sexualmente de ella, aunque nunca con penetración.
Y entonces un día, sin saber porqué, Cameron decidió poner a Colleen a trabajar. Le construyó una pequeña celda en el hueco de la escalera y la trasladó ahí, sin cadenas, para que pelara nueces o hiciera macramé. El pequeño reino de libertad en el que pasaría meses, incluidos los días de Navidad, Año Nuevo o su 21 cumpleaños, tras ocho meses de torturas e incertidumbre.
Tiempo después, Cameron tuvo una idea a partir de un artículo titulado «Venden tanto su cuerpo como su alma cuando firman EL CONTRATO DE ESCLAVITUD», publicado en una revista sadomasoquista underground a la que estaba suscrito. Así pues, decidió escribir un contrato aparentemente vinculante al campo judicial y obligó a Colleen a firmarlo bajo el nombre de Kay Powers, esclava de Michael Powers (Hooker).
La firma de dicho documento significaba que ella estaba de acuerdo con sus deberes para con él, como llamarle «maestro», estar siempre «disponible» para su satisfacción y, en caso de no cumplirlo, poder ser «entregada» a otra persona «menos amable» que él.
Cameron incluso mintió y dijo que había pagado 1.500 dólares para registrarla en la llamada Sociedad de Esclavos, donde también estaba inscrita Janice, y que los responsables de dicha compañía conocían a los familiares de las esclavas y podían matarlos si éstas intentaban escapar.
Sin embargo, con el contrato firmado, Cameron permitió que K (que es como pasó a llamarse Colleen en la casa) hiciera algunas tareas domésticas como cocinar, lavar los platos o limpiar. Aunque cada vez que él gritaba «¡Atención!», ella tenía que desnudarse, ponerse de puntillas, y coger con las manos la parte superior del marco de la puerta que había entre la sala de estar y comedor. Asimismo, debía llevar un collar y una tarjeta de identificación o registro, supuestamente de la Sociedad de Esclavos.
Entonces, una noche Cameron llevó a Colleen al lecho matrimonial y Janice trató de ir con ellos, pero su marido la echó de allí. Por primera vez, Michael Powers violó a K.
Con las prácticas sexuales coitales frecuentes y la nueva frialdad y sumisión de Colleen, Cameron le dio algo más de libertad y confianza y le permitió dedicar más tiempo a los trabajos manuales en su celda. No obstante, poco después los Hooker decidieron mudarse a un remolque en medio de la nada para disfrutar de más privacidad y nuevamente, debido al poco espacio que había ahí, Cameron construyó una nueva caja ventilada que encajaría bajo la cama de agua matrimonial, desde donde la joven oiría los actos sexuales de la pareja o hasta el nacimiento del segundo hijo de los Hooker. No había privacidad ni para ella ni para Janice. Cameron estaba al mando.
Pero a pesar del mal cambio visto desde la comodidad de Colleen, al igual que en una prisión de máxima seguridad, ahora se le permitió salir una hora al día para cepillarse los dientes, asearse, limpiar sus cosas, etc. De todos modos, si alguna vez cometía un error o rechistaba, la castigaban con descargas eléctricas que acabarían marcando su piel.
Y así, bajo amenazas, miedo y torturas de toda clase, pasaron 7 años.
Janice estaba celosa de la excesiva atención que recibía Colleen de su esposo y más de una vez le pidió que la dejara marchar. Pero evidentemente él se opuso y lo único que hizo fue «desterrar» otra vez a la joven a la caja y reducirle libertades. Incluso un día quiso asegurarse de que Colleen sabía cuál era su rol en el «juego», así que la apuntó a la garganta con un arma de fuego y le pidió que disparara. Ella, sin saber si estaba cargada o no, obedeció y apretó el gatillo. Como una recompensa por su obediencia, Cameron le permitió escribir tres cartas a sus hermanas para hacerles saber que estaba viva, aunque antes de mandarlas comprobó su contenido.
El 20 de marzo de 1981, tras tres años y medio de esclavitud, Cameron llevó a Colleen a ver a su familia, pero no sin antes preparar una tapadera, una historia falsa que ella debía aprenderse y aceptar sobre que él, su novio, era un excepcional programador informático, entre otras cosas.
Su padre, completamente sorprendido al verla, una de las primeras cosas que señaló fue el aspecto demacrado de su hija. Pero temeroso de haberles podido ofender y causar así un rechazo, se anduvo con pies de plomo y contuvo todas las preguntas que quería hacer. Al fin y al cabo, estaban contentos de verse. Incluso su hermana tomó una foto de ellos dos y pensó que Colleen parecía feliz. Nadie sospechó que la joven necesitaba ayuda.
Después de esto, su año de semilibertad terminó y pasó los siguientes tres años encerrada de nuevo en la caja. Consecuentemente, su condición física disminuyó: se le cayó el pelo y siguió perdiendo peso.
Sea por esto o por mero aburrimiento, Cameron empezó a no estar satisfecho y a desear más esclavos, lo que implicaba más espacio. Así que decidió construir un calabozo y ordenó a Colleen que le ayudara a cavar un profundo agujero en el patio. En noviembre de 1983, Hooker ya tenía su propia mazmorra. Pero la obsesión por sus fantasías hizo que descuidara una amenaza inminente: su esposa.
A Janice, cada día le gustaba menos el hecho de que su marido mantuviera relaciones sexuales regulares con Colleen y, para calmar su ira, empezó compulsivamente a leer la Biblia, con lo cual surgieron los primeros remordimientos y la sensación de vergüenza por todo lo que estaba pasando en su casa.
Entonces, cuando Colleen cumplió 27 años, le volvieron a dar pequeñas libertades e incluso le permitieron tener un trabajo fuera de casa, en el King Lodge Motel, y acompañar a Janice a una iglesia nazarena local, donde ésta terminó pidiendo consejo al Pastor Frank Dabney y otros miembros de la comunidad sobre un «triángulo amoroso» en el que estaba involucrada. Evidentemente, todos le dijeron lo mismo: que Dios no lo aprobaría. Y esa afirmación, hizo que finalmente ideara un plan.
El 9 de agosto de 1984, Janice recogió a Colleen en el King Lodge Motel y le confesó que no existía ninguna Sociedad de Esclavos, ni ninguna empresa que se dedicara a eso, ni ningún contrato válido ante la ley. Que todo era mentira y que tenían una noche para planificar su huida al día siguiente, mientras Cameron estuviera en el trabajo.
La mañana del 10 de agosto de 1984, Janice acercó a Colleen a la estación y ésta llamó a su padre rápidamente para que la ayudara a comprar un billete de vuelta a casa. Con su boleto de libertad en la mano, llamó a Cameron y le dijo que sabía que había estado mintiendo todo el tiempo y que se iba. Cameron gritó al otro lado del teléfono, colérico; pero Colleen ya había aprendido la lección.
Subió al autobús y se fue.
Colleen Stan regresó con sus padres pero no contó a nadie lo que había pasado. Había hecho un trato con Janice, con quien mantenía el contacto, sobre mantener el secreto hasta que ella abandonara a su esposo.
Finalmente, Janice lo confesó todo al Pastor Dabney, quien aturdido y con permiso, llamó inmediatamente a la policía. Cuando el detective Al Shamblin llegó a la iglesia, Janice empezó a relatar su historia con todo detalle:
Por primera vez mencionó la conexión de Cameron con la desaparición e 1976 de una joven de la zona llamada Marie Elizabeth Spannhake, apodada Marliz. Explicó que su secuestro fue muy parecido al de Colleen, pero que en esa ocasión su marido había disparado a la chica en el estómago y que luego la estranguló hasta la muerte. Sin embargo, no pudo recordar dónde abandonaron su cuerpo y jamás se han hallado los restos.
Entonces les habló de Colleen y de cómo su marido había lavado el cerebro a la niña para mantenerla bajo su control. De cómo había «ayudado» a Cameron a destruir pruebas que en realidad ella conservaba: una fotografía del contrato de esclavitud, diapositivas de las mujeres suspendidas y atadas de distintas maneras, dos rollos de película fotográfica sin revelar y algunas fotos de Colleen en cautiverio donde se la veía desnuda y suspendida del techo o tumbada en la rejilla.
Janice, por testificar contra su marido, obtuvo inmunidad judicial y el 18 de noviembre de 1984, Cameron Hooker fue arrestado por las autoridades y posteriormente condenado a 104 años de cárcel.
Colleen Stan en el juicio contra Cameron Hooker