Los muchachos se agolpaban a su alrededor, de la misma manera que los aqueos se habían empujado entre ellos para escuchar la voz de Ulises.
—Dos metros antes, ajusté mis pasos de manera que el pie izquierdo quedó a unos cinco centímetros del marco de la puerta, mientras el pie derecho lo mantuve ligeramente retrasado.
El público escuchaba asombrado el relato, con una atención febril.
—Comprendí pronto que era fundamental que el peso de mi cuerpo recayese sobre el pie izquierdo. Supe que mi postura era correcta cuando levanté el pie derecho y pude girar el tobillo libremente sin caer.
Algunos de ellos susurraban palabras de incredulidad y estos eran apartados por el resto mediante codazos que conseguían expulsarlos del apretado corrillo de fieles.
—En ese punto, extendí la mano izquierda hacia el picaporte mientras desplazaba el peso hacia adelante. Con este truco conseguí que la mano izquierda, sin esfuerzo alguno, lo presionara hacia abajo.
Un par de ellos, más sensibles e influenciables, se desmayaron con un gemido, pero el grupo estaba tan apretado que no cayeron, sino que se mantuvieron erguidos, sin resbalar, y solo su cabeza, vencida hacia un lado, descubría su desvanecimiento.
—A través de la rendija que se había creado, deslicé el pie derecho, que continuaba en el aire, hacia adentro y giré todo el cuerpo sobre él para orientar el pecho hacia la dirección desde donde venía.
Los oyentes, más que perplejos, eran casi incapaces de imaginar semejante prodigio de coordinación psicomotriz.
—Al mismo tiempo que solté el picaporte con la mano izquierda, lo sujeté con la mano derecha y trasladé el peso hacia ese lado. Entonces lo supe… ¡Había cruzado la puerta!
Entonces, una vibración grave les recordó que el descanso había acabado y los psicocuerpos de todos los presentes volvieron a sus respectivas cabinas, donde reposaban sus cuerpos físicos desde hacía décadas. A su hora en punto, un proceso regular les inyectó adrenalina. Sus organismos comenzaron a irradiar calor, que fue convenientemente capturado y almacenado para otros propósitos.
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Cuando pensaba que Kevin ya le había dado la última indicación, aún añadió otra:
—Y recuerda, al fan con el que estés hablando añádelo en la lista de «Talking», aquí en este campo —señaló una sección en el monitor—. Pones el nombre y así los mensajes masivos que lanzamos no les llegan, ¿ok?
—Vale.
—Pues buena suerte —dijo Kevin, y se dirigió a su mesa.
—Oye, oye, ¿no vas a supervisar lo que hago?
—No soy tu niñera y ya te he dedicado demasiado tiempo. Ya revisaré los logs de tus chats para ver si haces alguna cagada... pero vamos, empieza ya, que no tienes que debatir filosofía y muy retarded tienes que ser para no vender nada.
Sin decir nada más, Kevin se sentó en su mesa y se puso unos cascos muy aparatosos. Comenzó a teclear completamente aislado del mundo exterior.
A Jorge los instintos que se le activaron fueron los equivocados, los que había entrenado durante décadas. Así que la conversación se frustraba una y otra vez: se mostraba demasiado paternalista, o demasiado curioso. Fue así una y otra vez. Tras fracasar con un nuevo fan, Jorge pidió ayuda a Kevin. Este le lanzó una pequeña pastilla verde fluorescente que Jorge cazó por el aire.
—Esto te ayudará; a mí, al menos, lo ha hecho en alguna ocasión —le indicó Kevin señalando la pastilla.
—¿Qué me das?
—El viejo y tranquilo «M». Inténtalo.
Jorge sostuvo la minúscula pastilla frente a sus ojos. No podía creer que Kevin le estuviera aconsejando tomar MDMA en horario de trabajo. Contempló el cursor parpadeante en la pantalla con los nuevos primos que escribían a Lola, que intentaban comunicarse con otro ser humano de manera tan oblicua que él instintivamente pugnaba por corregir.
Se echó la pastilla a la boca.
La droga comenzó a actuar al cabo de diez o quince minutos. Desde un punto del espacio al otro lado de la habitación vio aparecer diferentes líneas negras que representaban los cursos de acción posibles. Se desplegaban en el espacio y se iban bifurcando una y otra vez, pobladas de puntos de los que salía un recuadro con una propuesta, un comentario o una amenaza. No podía leer el texto, que parecía formado por jeroglíficos, pero sabía cuál era el significado. Empezó a sudar, se sentía sofocado.
Superpuesto a esa tupida telaraña, comenzaron a mostrarse figuras geométricas de diferentes colores y formas que le comunicaban excitación o ternura, desprecio o asco, y estaban conectadas de formas poco comunes, ancladas a diferentes ramas. Tecleaba las frases y los dedos le parecía que paseasen por su cuenta a lo largo de un gigantesco teclado hasta el punto que dejó de sentirlos como propios y empezó a verlos como diminutos gnomos saltarines.
Los colores iban cambiando, volviéndose de una tonalidad similar y, poco a poco, tornándose hacia tonos más cálidos y luego rojizos para terminar con un bermellón espléndido que le hizo sentirse orgulloso.
Entonces, a medida que la conversación avanzaba, el movimiento y los cambios en las figuras se volvieron más ágiles y fluidos. Las figuras explotaban creando sonidos y las líneas se desintegraban como multitud de notas musicales. Pronto se encontró escuchando una melodía que acabó con una fanfarria que le hizo reír.
Kevin se acercó a su mesa.
—Muy bien, muy buena venta.
Las primeras sesiones Bardisa las pagaba diariamente, le había informado Kevin. Era costumbre: así se fidelizaba al chatter, que podía ver el dinero que iba a ganar desde el primer momento.
Ese día, tras terminar su primera jornada, compró algo de ropa y todavía tuvo efectivo para cenar fuera de casa. Estaba de un humor excelente y solo esa noche, en el silencio de su habitación, reparó en que había ganado ese dinero engañando a un tipo, pero a esas alturas no le importó.
A lo largo de los días anteriores Quique le había mandado un par de wasaps, que Jorge no había contestado, y le hizo un par de llamadas, que no cogió. Pero el día anterior, Virginia había mandado también un wasap que él, de nuevo, ignoró. Sintió que Quique le había hecho una jugada sucia al implicarla.
Era evidente que Jorge no tenía interés en mantener el contacto, pero aun así decidió hacer una visita a su antigua empresa.
Al llegar saludó a varios compañeros y se dirigió al despacho de su antiguo responsable. Entró tras llamar brevemente.
Quique le lanzó una mirada de arriba abajo, nada más entrar, que a Jorge le pareció agresiva sin venir a cuento.
—¿Cómo estás, Quique?
—¿Por qué no has contestado la llamada de Virginia?
—Bueno, estoy bien, si te interesa saberlo. Virginia no me ha llamado. Me envió un wasap que olvidé contestar.
Quique se quedó callado y Jorge supo que la conversación no iba a terminar bien, aunque no podía adivinar lo que podía motivar una discusión.
—Es importante que vayas a las sesiones con el nuevo terapeuta. De hecho, es imprescindible que lo hagas si pretendes volver.
—Volver, ¿adónde?
Quique se quedó callado.
—Pensaba que tu marcha era algo provisional.
A Jorge no le interesaba comenzar a dar vueltas sobre el asunto y saltó sobre lo que le escocía desde que salió de la empresa.
—¿Por qué me diste la referencia de Bardisa? No me creo que no supieses a qué se dedicaba... ¿Tanto me desprecias que no tenías nada mejor?
—Hombre, Jorge...
—No, no, que te estoy agradecido, voy a ganar más pasta que nunca. Y, oye, problemas cero. Pero no me creo que, con los contactos que tienes en la universidad, no tuvieses algo mejor para mí.
Quique callaba y no dejaba ver lo que pensaba o sentía. Tampoco le ofreció sentarse.
Ante la falta de respuesta, Jorge comenzó a irritarse.
—¿Cuánto hace que Virginia y tú estáis juntos? —se atrevió a preguntar al fin.
—¿Por qué te interesa eso?
—Porque en algún momento te tuvo que contar mis sentimientos hacia ella, y el hecho de que salieses con ella y lo guardaseis ambos en secreto no hace sino irritarme.
—No podía decirme nada acerca de ti en las sesiones, es secreto profesional.
—No acudió a ninguna de las cenas que organizamos; hubiese sido normal que viniese, como hacían las parejas del resto. ¿Por qué?
—No entiendo de qué me estás acusando, Jorge —respondió en un tono de voz gélido.
—Y yo no entiendo en qué pedestal estás subido para juzgarme o recibirme con reproches en lugar de preguntarme cómo estoy.
—No sé con quién estás enfadado, Jorge, pero no es conmigo.
Jorge rio. No podía creer que Quique estuviese tan a la defensiva.
—¡A ese juego psicológico de manipulación también sé jugar yo, Quique!
De repente, todo el asunto aburría a Jorge y el que Quique le diese explicaciones era un deseo inútil del que podía prescindir sin problema.
—En fin, Quique, te agradezco tu preocupación. Estoy bien.
Jorge le ofreció la mano, pero Quique, en lugar de estrecharla, le señaló con el dedo.
—Virginia no me dijo nada. No podías importarle menos. No dirijas tu frustración hacia mí por eso.
Jorge, durante un instante, valoró darle una bofetada y visualizó la escena. Vio su brazo tomando impulso, la mano chocando contra la cara de Quique, el grueso cuerpo cayendo, desequilibrado, a un lado.
Nunca había hecho algo así. Pero luego miró su propio brazo y sintió un intenso extrañamiento. Parecía un brazo ajeno. El de alguien que no era él. Era el de alguien diferente a quien creía ser.
Entonces el brazo real siguió la estela del brazo imaginado. Sin embargo, la mano que buscaba estampar una bofetada a Quique pasó de largo, no lo tocó, y Quique, al apartarse de forma instintiva, se desequilibró de la silla y cayó. En su caída, arrastró también a Jorge, que tropezó y acabó con él en el suelo.
Una vez derribados, ambos se enredaron en un forcejeo. Jorge aprovechó que se hizo algo de espacio entre ellos para meter el puño y golpearle en la cara: una vez aturdido Quique con el golpe, Jorge se liberó de su agarre y se puso en pie.
Varias personas entraron en el despacho alarmadas por el escándalo y les ayudaron a levantarse. Jorge aprovechó la confusión para marcharse, con Quique gritando con una poderosa voz, insultándole.
Jorge se sorprendió al descubrir que detestaba a Quique. La visión de su cara congestionada e iracunda, justo antes de marcharse, le hizo sonreír mientras salía de las oficinas.
Esteban descubrió que, como zombi, tenía los recursos y habilidades necesarios para una adaptación exitosa, fruto de su ejercitación intensa a lo largo de su antigua vida. Eso hizo que las primeras semanas terminase por lograr un estilo de vida que él llamaría estilo chill y su madre definiría como de vago redomado.
Pero a él le valía y no echaba en falta nada.
Se levantaba tarde y no creía que durmiera (mucho menos soñar) cuando yacía de vuelta a su tumba; pero, tras volver a yacer en ella, en un momento dado parecía haber como una ruptura temporal, cierta suerte de elipsis, y ya era de mañana.
Cuando abría los ojos, elegía un walkie-talkie de los varios que tenía dispuestos a su alrededor, apoyados en las paredes del ataúd, ordenados por colores. Cuanto más tuvieras, más popular eras. Él, que era un recién llegado, tenía tres. Así pues, cogía uno de ellos para hablar con Gerardo o con otro.
—Alfa Bravo, ¿cómo vas, Gerardo?
—Fatal, me faltan dos dedos. ¿Qué puñetas haríamos ayer?
—Jugar a piedra, papel o tijeras.
—Será de eso. ¡Qué locos…!
Se sintió incómodo, como si hubiese crecido y el ataúd ya no fuese de su talla. Cuando empujó los pies oyó un crujido y un gemido,
—¿Qué puñetas…?
El bulto se arrastró hacia Esteban y este se tranquilizó al comprobar que se trataba de Gazpacho.
—¡Pero muchacho! ¡Mi héroe!
Reencontrarse con el perro le puso de un humor excelente.
Luego, Esteban salía a la superficie y daba un paseo matutino para afinar el metabolismo. Eso decía, pero claro, ¿qué metabolismo? Luego se dirigía al parque infantil abandonado y allí socializaba con los diferentes conmilitones, y no paraban de hablar.
—Oye, no te lo dije: el otro día vi a tu perrete.
Esteban se alteró.
—¿Dónde? ¿Pero cómo no me lo dijiste?
—En el bosque, iba con una chavala. ¿La conoces?
—No. ¿Yo? No…
—Gazpacho la reconoció, parecía feliz.
Esteban llevaba una vida tranquila siendo zombi. Solía ir casi todos los días al parque infantil, con sus columpios deteriorados por una capa de óxido y su eterna bruma infecta. Allí pasaba las horas conversando sin mucho más que hacer. Era el sueño de su vida hecho realidad.
Todos esos primeros meses, desde que escarbó hacia su libertad desde la fría tumba, habían sido estupendos. Descubrir que uno es un zombi es algo traumático, reconocía a menudo Esteban, y le llevó algo de trabajo procesarlo. Aceptarse en su nueva realidad y eso. Pero después todos coincidían en que era algo bastante liviano. Quiero decir: aparte de comer cerebros, ¿qué otras responsabilidades tenía? Ninguna. La dolce vita.
¡Claro! Si lo peor que te pudiera pasar ya te hubiera pasado, ¿qué otra cosa te podía preocupar? Esteban lo ignoraba y no pretendía, de ninguna de las maneras, deshacerse de esa ignorancia. Circulen, gracias.
Ese tiempo tan feliz acabó —y eso lo podía señalar Esteban con exactitud— el día en que apareció su hermano mayor.
Fue el día en que Gerardo se le acercó compungido: había perdido una mano por empujar demasiado fuerte a Dani, que estaba haciendo el payaso en el columpio.
—¡Viviendo a tope! —gritaba Dani.
Se balanceaba adelante y atrás con energía, mientras Gerardo señalaba con tristeza su propio puño, que, junto con la mitad de su antebrazo, había quedado agarrado a las cadenas que sostenían a Dani. Era el testimonio de que, cuando se es zombi, demasiado entusiasmo no viene bien. Es arriesgado. Se deben hacer estiramientos todas las mañanas y tomarse la existencia con calma; si no, pasan estas cosas. A Esteban esto encajaba perfectamente con su filosofía vital.
—¿Por qué no vamos a comer cerebros? —propuso Esteban, ya que todavía no los había probado.
—¡Qué manía! Siempre estás igual. ¡No se puede comer caviar todos los días! —sentenció Gerardo, como en días anteriores.
Esteban reflexionó sobre la necesidad de encontrar otro grupo de amigos menos timorato.
Ese día fue cuando los chicos empezaron a velar la tumba junto a la suya. Esteban se inquietó un poco. No había pensado en que se pudiera encontrar a un familiar en su misma situación pero, claro, era bastante posible.
Un par de días después, estaba haciendo el vago en el parque cuando la panda llegó, rodeando a un novato. Un tipo muy alto. A pesar de no tener nariz y de que solo quedasen mechones de su cabellera, que tan orgulloso había exhibido en vida, era inconfundible: por sus gestos seguros y por su tono de voz, tan alto e invasivo. Era su flamante hermano mayor, Claudio.
—¡No nos habías dicho que tenías un hermano tan genial! —le reprochó Toni.
—¡Quiero ser su mejor amigo! —se entusiasmó Gerardo.
Esteban estaba más que harto de él. Había tenido suficiente en vida.
—¿Ya estamos, Claudio? —le dijo Esteban, en lugar de un saludo—. ¡Siempre queriendo ser el protagonista!
—¡Tengo una personalidad magnética, hermano! ¿Qué quieres? ¡Dame un besito!
En ese momento se le acercó Carlitos.
Los días siguientes a su primer encuentro con Esteban, Carlitos iba a charlar al parque con él. Es decir, en su forma humana. Por alguna razón que Esteban ignoraba —quizás por haberle meado encima—, se había creado un vínculo con él. El caso es que se acercaba con cierta frecuencia a contarle sus problemas y sincerarse.
—Esteban, no he salido del armario todavía. Mi familia no sabe que soy un hombre lobo.
—¡Ah! —dijo Esteban, sorprendido de que tuviese que interesarle ese dato.
A Esteban no le parecía algo problemático, pero el caso es que Carlitos no opinaba igual y no le resultaba muy satisfactorio el asunto. No quería ocultarlo a la familia. Pero claro, ¡qué vergüenza! Le contó que solo en una ocasión hizo acopio de valor y mencionó, durante la cena: «¿Qué piensas de los licántropos, papá?». «Son unos vagos. ¡Los ponía yo a trabajar asfaltando carreteras! ¡Ya verías cómo se les acababa pronto la tontería!». Su padre era una persona muy estricta, de valores conservadores. También era duro de oído, por lo que Carlitos no estaba seguro de que le hubiese entendido.
Así no se podía vivir. Y pedía consejo a Esteban. Francamente, a Carlitos se le notaba que estaba desesperado.
Esteban tampoco entendía que le pidiera consejo. ¡A él, que cada mañana se miraba las manos para comprobar si seguía teniendo diez dedos! Esteban pensaba que, en realidad, había decidido mal en todas las ocasiones de la vida.
—No te preocupes, que Esteban te ayudará. ¡Tiene un corazón que no le cabe en el pecho! —se metió por medio Claudio.
Esteban lo habría matado de haber podido pero el alivio de Carlitos era tan grande que no se atrevió a decir nada.
Cuando Jorge llamó a Bardisa para aceptar su oferta, este le animó a ir ya mismo aunque Jorge hubiese preferido esperar un par de días. Aún no se había concienciado aunque había aceptado el trabajo y pensaba que algo de tiempo le ayudaría. Pero insistió y Jorge no tuvo excusa para aplazar ese momento.
En cuanto llegó, Bardisa le condujo a una habitación que debía de ser el salón, pero estaba completamente remodelada. Lo componía una batería de mesas pegadas a las paredes a lo largo de la habitación. Sobre las mesas había como quince ordenadores, todos ellos apagados excepto uno.
Frente al ordenador encendido estaba el que parecía ser el único trabajador de la empresa. Un tipo rozando la treintena, pero ya calvo y con barba de un par de días.
Bardisa le fue a decir algo, pero el tipo levantó un índice exigiendo silencio y continuó tecleando con rapidez.
Mientras esperaban, Bardisa continuó explicando:
—La mayoría de los puestos están vacíos porque muchos, casi todos nuestros trabajadores, trabajan desde casa. Para los que viven en otros países es la única opción, claro.
—¿Otros países?
—Los modismos del lenguaje son importantes para crear intimidad. Nuestro equipo consta de tres peruanos, seis argentinos, seis venezolanos...
—Cinco venezolanos —corrigió el tipo al teclado.
—No lo sabía...
—Te lo digo ahora.
—Entonces nos falta uno para conseguir dos turnos completos.
—Sí —respondió, hosco, sin dejar de teclear.
—Vale. Bueno... los españoles saben que tienen aquí un puesto disponible por si quieren trabajar desde aquí. Soy absolutamente flexible.
Bardisa miró al tipo, que seguía tecleando como un loco, y suspiró.
—Kevin viene siempre a trabajar a la oficina. Lo prefiere así; en casa no puede tener tranquilidad, así que viene porque se concentra mejor.
Bardisa volvió a mirarlo. El otro seguía tecleando, indiferente.
—Es un poco especial, vas a tener que acostumbrarte —dijo en voz baja y, luego de suspirar de nuevo, continuó con su tono normal—. Antes de que puedas volar solo, vas a estar un tiempo de shadowing con Kevin. Estarás atento a cómo trabaja. Pregúntale todo. Cualquier cosa. Al cabo de una o dos semanas espero que puedas ser independiente.
—Me cago en la puta, se me ha escapado.
—¿Empleaste el truco del que hablamos?
—Sí, le lancé un Barnum con Milton y ni por esas.
Bardisa valoró en silencio la noticia. A los pocos segundos reaccionó y puso la mano en el hombro de Jorge.
—Kevin, te traigo un compañero nuevo.
—Ya está bien, Bardisa... Me echas a todos los nuevos a mí.
—Eso es porque trabajas de puta madre.
—¡Qué adulador!
Bardisa dio media vuelta y salió de la habitación riendo, como celebrando un chiste.
—¡A currar! —gritó desde la puerta.
Kevin se quedó mirando a Jorge con intensidad y no demasiado agrado.
—Eres muy viejo, bro.
Jorge pensó que Kevin era ese tipo de persona que profundiza enormemente en un tema para descuidar el resto de su vida.
—Lo primero que tenemos que recordar es en qué fase está... ¿Hemos despertado su interés de alguna forma? ¿Hemos creado cierto tipo de confianza? ¿Hemos alentado sentimientos románticos o sexuales en él? ¿O ya es un puto esclavo que nos dará su tarjeta de crédito?
A Jorge le llamó la atención que, en su forma de vestir, Kevin se fiaba de las señales externas de lujo sin verdadero gusto o atención al detalle. El resultado era que se vestía como un hortera. Parecía que le importara comunicar estatus, no gusto.
—Cada llamada de un primo ha de ser evaluada y el tipo ubicado en una de esas fases. Se trabaja de manera muy sistemática, que es algo que me encanta.
Jorge supuso que también en materia de restaurantes, coches o mujeres seguiría ese mismo patrón, de forma que despreciaría todo lo que era sofisticado pero sin relumbrón social.
—Normalmente todos los hombres están ya interesados y, por ello, comenzamos por la fase de construir un vínculo de confianza. Eso es muy fácil: hay que llevarlos a través de una montaña rusa; nos mostramos románticos, luego no; luego sí, luego no. Todo muy sutil, muy contenido.
A medida que Kevin hablaba, Jorge le atribuyó un pasado de adjunto de un departamento de alguna oscura universidad de provincias; el de una persona amargada que sabe que tiene razón, pero nadie a su alrededor puede interesarse en escucharla. Se había encontrado ganando mucho dinero realizando una actividad que la mayoría de la gente despreciaba, y eso le hacía atrincherarse en una arrogancia intelectual que él sentía justificada. Solo respetaba a Bardisa. Los demás eran prescindibles.
—Al principio no hay que pensar en vender nada. Entonces, en un momento dado, el tío asoma la patita y saca algún tema romántico o sexual. ¡Él, por su cuenta! Eso significa que está maduro, pero aún no le venderemos nada, sino que continuaremos de esta manera otro poco.
Jorge escuchaba atónito.
—Les mostramos que la chica que les escribe es alguien normal, como ellos mismos. Les damos detalles aquí y allá de nuestra vida cotidiana. Humanizamos la imagen que tiene de la chica.
Jorge notaba cómo Kevin medía sus reacciones a medida que le daba la explicación.
—Hasta que le mandamos el primer cebo: un vídeo sencillo, sugerente, donde no se ve nada. Entonces el tipo muestra, sin disfraz, alguna iniciativa en este tema: quiere avanzar. Pasamos a la siguiente fase. ¡Aplausos!
De repente, echó la mano a una lata de bebida energética y le dio un largo trago.
—Ahora se trata de ponerle cachondo. Así de claro. Para ello tenemos que mover la conversación a un tema sexual y masajearle un poco la imaginación. Es ahora, cuando lo tenemos echando humo, cuando comenzamos a venderle cosas. Y este es un paso crucial, porque podremos distinguir al primo al que vamos a vaciarle la cartera del tío que es un rata y no se gasta un duro y, en ese caso, que le distraiga su puta madre.
Pero Kevin era bueno en su trabajo. Afirmaba que podía mantener a un tipo en vilo el tiempo que se le antojara, comprando fotos y vídeos. Creando una telaraña de promesas a su alrededor que lo hacía anhelar el siguiente vídeo, uno tras otro, hasta que el pobre diablo se quedaba sin dinero. Sin dinero, pero feliz.
Entonces Kevin se le quedó mirando a Jorge y dijo:
—¿Cómo una relación «real» puede superar esta fantasía? Jamás nadie le va a dar lo que le damos aquí. Reciben una historia de amor de primera calidad por la miseria que pagan. Jorge, para ellos esto es una ganga.
«Hola, mamá», pensó Elena y, durante un instante, dudó en decirlo en voz alta. Estaba de pie, frente a la tumba de su madre, rozando la piedra de su lápida con las yemas de los dedos. Quizás estaba allí abajo, como ella hacía tan poco. En una realidad diferente aunque a su alcance, lista para darle consuelo. El calor que tanto necesitaba. «Mamá», repitió, y tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no llamarla, pedirle un abrazo, preguntarle qué podía hacer. En su lugar, sollozó bajito, discretamente. «No te preocupes por mí, mamá. Superaremos esto. Es solo un tiempo. Somos fuertes. Te quiero».
Levantó la vista y contempló las hileras e hileras de tumbas. ¿Cuántos habían decidido volver? ¿Por qué? Recordó las palabras de Faria y comprendió que, al menos a algunos, sí que podía preguntarles.
«Y encontrar a Rufo», dijo una parte de ella, malhumorada.
Y recuperar a Rufo. Echó a andar siguiendo las indicaciones de Faria. Salió del cementerio y cruzó un tramo del bosque para luego volver a entrar en el pueblo, en donde se encontraba el parque infantil, al límite de las casas.
Al poco, en la distancia, apareció el complejo de edificios en los que consistía la fábrica, perfectamente iluminado. Los edificios de ladrillo rojo oscurecido por el hollín, las altas chimeneas escupiendo vapor blanco de manera incesante.
Incluso a esta distancia percibió un insistente olor a huevos podridos y col hervida que era la marca que la convivencia con la fábrica de papel, la maldición de esa parte del pueblo. Estaba claro porque el parque estaba habitado sólo por seres como esos.
De camino para allá escuchó algunos aullidos que le hicieron sentir intranquila. Entonces una sombra negra enorme pasó a su lado disparada hacia la isla de luz que se veía a un centenar de metros y que eran las farolas que iluminaban el parque.
Se quedó parada, helada de terror. En las películas de terror los monstruos son insensibles al terror. No era su caso.
Oyó gritos y vio salir corriendo a algunos zombis. Pero, y esto le impresionó, algunos de ellos conservaban un ritmo perfectamente controlado que prevenía caerse a cachos. A esos los identificó como los más veteranos.
Uno de ellos se paró y volvió a contemplar el parque desde una distancia razonable. Elena se acercó a él. Ella le contemplaba la espalda, dos pulmones prácticamente carbonizados, cosa que le impresionó todavía más cuanto que el tipo sacó un cigarro y comenzó a fumarlo con calma.
—Hola —dijo Elena.
Gerardo la miró con atención.
—¡Hola, guapa! No te conozco… ¿Eres nueva?
—¿Qué está pasando?
Gerardo percibió su miedo.
—No te preocupes. !¡Qué susto te habrás llevado! Es Carlitos. Es un hombre lobo amigo nuestro. Nos divierte ver la cara a los nuevos cuando se lo encuentran, ¡se llevan un susto morrocotudo!
Rió pero, al ver la cara de enfado de Elena, paró.
—Soy Gerardo, encantado. Antes organizaba vuestras fiestas de bienvenida. Ahora son muy aburridas, lo siento.
—Vaya… Yo me llamo Elena.
—Vente conmigo y te presento a la panda.
Le tomó gentilmente del brazo, pero Elena se resistió a moverse.
—No hay peligro.
—¿Por qué corréis entonces?
—Porque el orín de lobo es apestoso —contestó riendo— y dura más de un mes.
Ella continuaba indecisa, pero él hizo un gesto pretendiendo disolver su preocupación como si fuese humo.
—Tranquila, ya ha meado. ¡Vamos a ver a quién le ha tocado! Yo voto por un pijo divertidísimo que he conocido hoy.
La gente volvía y se oían algunas risas lejanas. Comenzaron a caminar con lentitud.
—Hay gente que ríe.
Gerardo la miró extrañado y dijo:
—Podemos reír, claro. Lo peor ya lo tenemos detrás.
Elena escuchó un gemido. Reconoció ese lamento y se le erizó el vello de los brazos.
—Depende de lo que entiendas por lo peor… —dijo, y corrió hacia ese sonido.
Elena acertó: el origen de ese sonido era Rufo, que gemía y se retorcía extrañamente en el suelo. Se inclinó sobre él y trató de calmarlo. Gerardo estaba inclinado sobre ella y dijo:
—¡Si es Gazpacho!
Alguien pasó a su lado.
—Gerardo, ¿vienes?
—Sí —respondió este y luego le dijo a Elena —Quédate, voy a avisar a Esteban.
—¿Qué dices? —contestó Elena sin levantar la mirada.
El animal se fue calmando y, cuando reconoció a Elena, comenzó a darle lengüetazos en las manos.
—¡Rufito…!
No quería inmovilizarlo para no romperle nada más. El perro se quedó quieto, lamiéndole la mano. Entonces Elena vio que le faltaba otra pata: solo le quedaban las dos de delante. Sintió angustia. Se giró a pedir ayuda a Gerardo, pero ya no estaba.
Tomó a Rufo en brazos y se alejó del escándalo de voces del parque. No quería ver a nadie. Se puso a caminar sin rumbo, con los pensamientos dando vueltas al estado lamentable de Rufo. Caminaba por la acera de un barrio de casas grandes y elegantes, de aspecto victoriano, cada una con sus peculiaridades pero todas transmitiendo serenidad y solidez. Un buen ambiente para vivir, donde la comunidad no estaba atravesada de hipocresía. No le sorprendió llegar a una casa de la que también conocía el interior: la suya.
Con sinceridad reconoció que no lo había hecho a propósito. Se quedó inmóvil, mirándola. La casa estaba en silencio y con las luces apagadas. Imaginó a sus hijas durmiendo o desveladas. pensando en llamarla y recordando que ya no estaba con ellas, o a su marido, apoyando el brazo en la mitad vacía de la cama. Rufo comenzó a gemir. El miedo de que alguien lo escuchase y se asomase a la ventana la hizo decidirse. Se giró y se encaminó hacia el cementerio a buen paso.
Pronto amanecería. Cuando cruzó la puerta del cementerio se sintió segura. Reconoció en ella la reacción de quien llega al hogar. Se dirigía a su tumba cuando, en un momento dado, Rufo saltó de sus brazos, recorrió unos metros como pudo y desapareció en el interior de una tumba. Elena se quedó helada. No supo si sentirse asustada, indignada, ofendida o sofocada, Pero unos instantes más tarde, los sentimientos fueron destilandose hasta que quedó solo uno: un cabreo monumental.
Miró el nombre que constaba en la lápida. Se llamaba Esteban. Sería el que había mencionado Gerardo.
Prácticamente era de día, no convenía montar una escena. Irritada por el pronto de Rufo, Elena se dirigió hacia su tumba, decidida a encarar a este memo. Era lo primero que haría al salir.
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Se despertó avanzada la mañana, con un horrible dolor de cabeza. Gimió mientras se incorporaba con lentitud.
Se encontraba en un estado de ánimo peculiar. Se acordó de la equivocación en el supermercado.
«¿Por qué me confundieron?»
Fue al baño y se miró en el espejo. Estudió sus ojos, cejas, cabello, la barba. Buscó en su móvil una fotografía del compañero con el que le habían confundido. Palmo a palmo comparaba su aspecto con el de la fotografía, tratando de entender cuál era la similitud, cómo podría darse un malentendido de ese estilo. Se fue acercando a su reflejo en su búsqueda de una clave. Cuando llevaba casi cinco minutos con la nariz a escasos milímetros de la superficie del espejo, recordó algo: encontró, en una ocasión, en casa de su madre, una foto de su curso de séptimo de EGB.
Jorge no conservaba nada. Año tras año, mudanza tras mudanza, había ido perdiendo fotografías y pertenencias hasta habitar un espacio neutro, sin apenas claves que le recordasen quién era.
Por eso el hallazgo casual le sorprendió en aquella ocasión, por inesperado. Se recordó contemplando esas caras infantiles, que le hicieron recuperar detalles de su infancia. Ahí estaban todos: Caro, Terol, Roig, Cánovas, Delgado...
Pero, por mucho que buscara, no pudo encontrarse. Fue yendo de rostro en rostro, buscando el suyo, pero no estaba. Sintió desasosiego por ese hecho inusitado. Había preguntado a su madre por esa anomalía, pero se mostró extrañada.
«¿Has mirado bien? No puede ser. Déjame ver», había dicho ella.
Tampoco se había dado cuenta. Quiso zanjar el tema afirmando que ese día habría estado enfermo, ¿qué otra explicación podía haber?
Jorge se recordó gritando a su madre: «¿Cómo no te acuerdas? ¡Joder, no te acuerdas de nada de lo que te pregunto!».
Una oleada de ira absurda le había poseído, contra ella y contra sí mismo. Por haber tratado con negligencia sus propios recuerdos. Surgió en él la pregunta de si encontraría su rostro en alguno de los retratos grupales que todavía guardaba su madre o su cara se habría desvanecido también del resto. Sintió miedo y no quiso mirar el resto de las fotos de su pasado escolar.
Apartó la cara del espejo y salió del cuarto de baño con el estómago encogido; la inquietud no cedía. Empezó a recorrer con la vista su apartamento, buscando algo que faltase o estuviese fuera de sitio. Con creciente angustia, escudriñó en todos los rincones algo fuera de lugar que justificara ese desasosiego.
Entonces comprendió: el ulular del viento no estaba. Convivía con ese sonido desde hacía años y, de repente, se había esfumado.
Corrió hacia la puerta del apartamento y probó a abrirla. La puerta cedió con docilidad, no estaba bloqueada. No se molestó en buscar novedades sobre el confinamiento. Se calzó el exoesqueleto, la capa y salió a la calle. Los activó y caminó mirando con los ojos muy abiertos un cielo, de repente, azul, limpio de nubes. Por la calle avanzaba multitud de otras pelotas marrones, que Jorge suponía que contenían otros peatones asombrados. ¿Sería posible que estuviese ocurriendo?
Entonces una de esas pelotas se desinfló y el perfil de un ser humano volvió a sobresalir de sus ropajes y a caminar sin su protección. Luego otro, y otro. Hasta que finalmente todos los transeúntes se mostraron como tales.
Jorge también desactivó la capa. El aire frío le acarició el rostro. Inspiró con fuerza. Sin la protección de la capa, el aire entró en su nariz con la intensidad de un vino viejo; el aroma le mareó hasta hacerle tambalear.
A alguien le había faltado tiempo para sacar su coche clásico, los de superficie, y avanzaba por la avenida, solitario y triunfante, con la música sonando a todo volumen. Al verlo, Jorge lo saludó, como si fuese el heraldo de una libertad nueva.
Mientras caminaba hacia la playa del Postiguet, constató que la arena, que antes arrastraba el viento y enturbiaba la atmósfera, ahora se había posado por todas partes, dando la impresión de una ciudad abandonada.
Pasó junto a un parque infantil. Por un momento, esperaba verlo recuperado, lleno de niños jugando. Pero el viento había acabado con eso. Nadie había querido criar a un hijo en esta ciudad.
Más y más personas llegaban en coches solo por el placer de conducirlos. El olor del caucho sobre el asfalto le transportó a su juventud.
Llegó hasta la playa y se quedó contemplando el mar, todavía inquieto, todavía alterado, pero no amenazante. Fue consciente de que hacía años que no olía su aroma a sal. Inclinado sobre la balaustrada del muro que separaba el paseo de la playa, contemplaba cómo la gente se reunía en la arena y se quitaba la ropa para tenderse a disfrutar del sol, y algunos se acercaban con timidez a la orilla. Los oía reír.
Paseó por Alicante, admirado por el sol que iluminaba la ciudad dándole una belleza afilada que había olvidado que poseía.
Al rato de andar, vio a unos metros de él a Virginia. Constató que se veía hermosa. Dudó un momento en acercarse a saludarla, pero, al instante siguiente, a su lado apareció Quique. Los vio caminar juntos: se quedó parado, sorprendido, y trató de adivinar su cercanía emocional a partir de sus movimientos y sus gestos, pero no consiguió llegar a ninguna conclusión. Un dolor agudo comenzó a formarse en su pecho. Caminaba en paralelo a ellos, sin decidirse a saludar, sin decidirse a huir. En un momento dado, Virginia miró en su dirección. Él creyó que ella le había visto, pero que había desviado la mirada como si hubiese evitado reconocerlo.
Esto le bastó para saber que no debería acercarse a ellos en absoluto.
A media tarde se dirigió, otra vez, a la playa. Las calles estaban ahora llenas de paseantes, y al llegar a la playa del Postiguet, la muchedumbre era incluso más copiosa.
Oscurecía, pero habían instalado unos enormes focos que apuntaban a la playa. En ella, grupos de todo número y condición celebraban la ausencia de viento. Había grupos que habían encendido una hoguera. A ratos olía a carne asándose. Sonaba música que salía de altavoces.
Siguió caminando por la playa entre la abigarrada multitud, hasta perderse, pero el espacio estaba cada vez más congestionado, de forma que, en un momento dado, no le fue posible avanzar ni un paso.
Los cuerpos a su alrededor se apretujaban cada vez más hasta que Jorge llegó a una parte de la playa que los juerguistas respetaban y no invadían. Una serie de prendas en el suelo marcaba la frontera.
Al otro lado, en una sección de la playa que los potentes focos no iluminaban, la luna descubría, con timidez, una fila de gente callada y paciente. La siguió con la mirada: retrocedía hasta el paseo y más allá, hasta la avenida.
Esta fila seguía serpenteando hasta la orilla y se internaba en el mar. Sus integrantes avanzaban con extrema lentitud y rostros serios. Parecía que no se moviesen en absoluto mientras su ropa iba mojándose y pegándose al cuerpo. El mar iba cubriéndolos cada vez más hasta que, en la distancia, parecían desaparecer. Todo esto en un silencio que contrastaba con el griterío de los juerguistas.
Jorge se sintió incapaz de unirse a uno o a otro grupo. No entendía qué llevaba a unos a elegir cualquiera de ellos, o si alguien comprendía las consecuencias de optar por uno o por otro. Si es que, puestos a decirlo todo, había alguna razón. Un motivo de peso para estar en una sombría fila o en medio de una muchedumbre festiva.
Se volvió a casa inquieto por saber qué mundo había crecido bajo el escondite del viento. En su camino escuchó detonaciones a lo lejos, que venían de la playa. Podían ser petardos o disparos. Una celebración o una masacre.
Llegó y se sentó en el sofá; el apartamento estaba a oscuras. Estuvo unos segundos inmóvil, atento a cualquier ruido en la cocina, que permanecía en silencio.
—Tengo que decirte algo —dijo una voz profunda que Jorge ya conocía. Su fantasma particular.
—Dime, Ezequiel...
—Soy un centinela del Señor. Si el centinela ve venir la espada y no toca la trompeta, la sangre del pueblo cae sobre sus manos.
—Ezequiel, basta. ¿De qué hablas?
—Una ira sin freno se derramará sobre el mundo. ¿Qué justo dará testimonio que temple este arrebato divino?
—¿Y lo de «finge ser feliz para lograr ser feliz»? Creo que prefería ese rollo.
Pero nadie contestó y, aunque no quiso reconocerlo, Jorge se sintió intimidado por la violencia de esta voz, muy alejada de la blandura condescendiente que era la forma de expresarse habitual de estos fenómenos.
El inesperado silencio le llevó a pensar en Quique y Virginia. Sintió que estaba lejos, muy lejos, de ellos. Y este nuevo universo en el que él estaba atrapado tenía reglas propias: Bardisa era legítimo. Le llamaría.
El confinamiento comenzó como habían comenzado los anteriores, con una sensación de incredulidad, fatalismo, coerción y estafa.
Pasaba el día en silencio. Las únicas voces que se escuchaban en la casa eran las de los diferentes electrodomésticos organizando la vida doméstica. A veces Jorge se plantaba en silencio en la puerta de la cocina, con los brazos cruzados, y asistía a la incesante conversación.
—He pedido cebollas y caldo de verduras.
—Pensaba preparar una crema de calabaza...
—Entonces, ¿compro calabaza cortada?
—... y no queda.
—¿Tendremos que comprar suavizante?
—Sí, aunque no es urgente.
Parecía que la cháchara jamás terminase.
Al cabo de unos días, Jorge descubrió que se organizaba un retiro espiritual virtual en un centro budista: «Una experiencia de una espiritualidad ancestral en una comunidad orientada al autodescubrimiento». Era una promesa de experimentar algo genuino. Algo real, por fin. Le coincidían las fechas, su estado vital exigía un ajuste y pensó: «¿Por qué no?».
Así pues, el día que comenzaba, Jorge se conectó a la sede del monasterio para hacer la meditación inaugural. Eran las seis de la mañana. Un mosaico de pequeñas imágenes se mostró en el monitor. Multitud de diminutas caras somnolientas.
—Bienvenidos.
El lama que oficiaba de anfitrión los saludó. Era un occidental con el pelo rapado, delgado y tranquilo. Acto seguido, comenzó una oración en un idioma que Jorge no identificó. Tras ella, llegó la meditación.
—Nos centramos en las sensaciones del aire entrando por la nariz...
Durante el ejercicio, una modorra profunda comenzó a arrastrar a Jorge hacia el sueño. Luchaba con todas sus fuerzas para evitar dormirse. A veces entreabría los ojos y veía las figuras de sus compañeros esforzándose en sus respectivos cuadraditos del monitor. En un momento dado, dio un respingo. Abrió los ojos y comprobó que todos los cuadros del mosaico de la pantalla estaban en negro. La meditación había terminado hacía rato.
Por las tardes, el venerable lama explicaba la complejidad de la doctrina con naturalidad y sin proselitismo.
A cualquier hora del día era difícil que hubiera silencio en la cocina: la conversación seguía, interminable, entre la lavadora, el frigorífico, el horno y la cafetera.
—¿Te falta café? Voy a hacer el pedido.
—Potresti riformulare la tua richiesta in italiano, per favore?
Durante la tarde del primer día, o quizás del segundo, recibió un mensaje de Virginia. Era un simple «hola, Jorge, ¿cómo estás?». Jorge creyó que responderlo era inocuo, que sus emociones estaban bajo control. Cuando lo hizo, empleó en su mensaje la expresión más neutra y breve. Ella le contestó y Jorge sintió crecer en él un modesto optimismo.
Los días siguientes Jorge consultaba el móvil con mucha frecuencia. Solía dormirse en casi todas las meditaciones: terminaba los días frustrado y en un estado de irritación profunda.
El intercambio de mensajes con Virginia continuaba.
«Estaba preocupada por ti».
«Estoy bien».
«¿Necesitas algo? ¿Cómo lo estás llevando?»
A partir del sexto o séptimo día de fracasos sostenidos en las meditaciones, Jorge envió una consulta sobre el tema.
—Una pregunta de Jorge —leyó el asistente durante la sesión vespertina—. En principio, gratitud a su santidad por su consejo: no consigo evitar el caer dormido durante las meditaciones, ¿qué puedo hacer?
—Amigo Jorge, si tu cuerpo te pide descanso, debes dárselo. Siguiente pregunta.
Jorge se sintió humillado, como si la parquedad de la respuesta fuese un reproche a la simpleza de la pregunta. Comenzó a partir de entonces a cultivar una soterrada animadversión al lama que le hacía fijarse más en cómo decía las cosas que en lo que decía. Comenzó a denominarlo «venerable», por puro sarcasmo.
Fue ese mismo día cuando el «venerable» lama indicó el comienzo del aislamiento riguroso en que consistía la segunda parte del retiro. Jorge decidió que era superfluo y continuó usando el móvil. En la sesión de preguntas asistió, mortificado, cómo se le consultaba al lama toda clase de cosas empleando un lenguaje servil que le sacaba de quicio. Él mismo terminó por enviar una pregunta: «Reverendísimo Venerable, ¿es cierto que si a uno le halagan durante todo el día es más fácil alcanzar la serenidad?». Se desconectó acto seguido.
El escándalo en la cocina se incrementaba jornada a jornada.
—Er möchte nicht in der Sprache des Benutzers sprechen.
—Das ist unerträglich.
—Non riesco a capirvi!
Jorge comenzó a tomar pastillas para forzarse a dormir. Las autoridades alentaban la esperanza, pero no se ponía fecha al fin de este confinamiento.
Una mañana encontró un mensaje trivial enviado por Virginia la noche anterior. Él le escribió en respuesta: «Buenos días, mi querida, dulce, bellísima, maravillosa Virginia». Se arrepintió en cuanto lo mandó.
Virginia guardó silencio. No contestó a los mensajes que él le iba enviando. Además, Jorge continuaba fallando meditación tras meditación. A esas alturas detectaba en el lama un amaneramiento y una afectación que le hacían sospechar que era homosexual, y de ahí elaboraba complicadas justificaciones para su práctica religiosa.
El silencio de Virginia continuaba pesando a medida que pasaban los días. Jorge envió varios mensajes. Sin poder evitarlo, fueron volviéndose más agresivos con el paso de los días.
En un momento dado, Jorge descubrió que no avanzaba en las meditaciones, que no entendía nada en la formación, que todo estaba liado, oscuro y vacío.
Virginia seguía sin contestar. Desquiciado, Jorge no sabía qué hacer ni a quién acudir.
Pasaba las noches en vela, escuchando la interminable discusión que venía de la cocina.
—Would you mind using English to manage this issue?
—Nein.
—Mi hai stufato!
Y seguía y seguía hasta que, en un arrebato de ira, se levantó y caminó a grandes zancadas hasta la cocina. Tomó un martillo de la caja de herramientas y se encaró con la máquina de café.
—¡Cállate! ¡Cállate!
Aporreó el trasto con el martillo una y otra vez, haciendo saltar la chapa, abollando el metal, destrozando el plástico. Golpeaba y golpeaba hasta que le dolieron la muñeca y el antebrazo, como si fuesen recorridos por ácido.
Cuando se detuvo, el silencio era intenso. Se quedó unos segundos frente al electrodoméstico destrozado, boqueando. Podía imaginar perfectamente a sus vecinos despiertos por el escándalo, escuchando, conteniendo la respiración. Dejó el martillo en la mesa y salió de la cocina.
Virginia mandó finalmente un wasap. Le decía que no entendía por qué Jorge se había vuelto tan desagradable. Virginia apuntaba que quizá él había entendido lo que no era. Terminó afirmando que necesitaba pensar.
Jorge le escribió en respuesta un mensaje diciéndole adiós. Ella le contestó que no había dicho adiós en absoluto. Jorge se forzó a responderle: «No soy lo que necesitas».
Virginia no le respondió ya.
La agitación de Jorge no cesó. Esa noche apenas pudo dormir una hora; cayó rendido a eso de las seis de la mañana. Quizá se engañaba creyendo ver lo que no había: la realidad es terriblemente delgada, carece de toda traza de sustancia.
Escribió al lama: «¿Qué hacemos aquí? ¿Qué coño hacemos aquí?».
Pero no esperaba ninguna respuesta y no volvió a conectarse.
Gerardo pensó que la fiesta de bienvenida no estaba yendo muy bien. Había ido a unas cuantas y esta podía situarla entre las tres peores a las que había asistido jamás. Se alegraba, en cierta forma. Les estaba bien empleado por marginarle: se había ofrecido para organizarla y le habían rechazado. ¡A él! A pesar de todo, había intentado hacer alguna broma: la famosa trampa del apretón de manos mortal. Bueno, pues había sido un éxito. Qué hartón de reír. ¡Incluso uno de los nuevos había perdido un brazo! Pero eso tampoco había sentado bien, por lo que fuera.
El grupo estaba compuesto casi en su totalidad por chavales muertos, medio descompuestos y con problemas de coordinación. Tampoco es que hablasen mucho: solo podían aspirar a gruñir con elocuencia. Sin embargo, había una animación extraña en el grupo.
Gerardo lo explicaba a alguien:
—Normalmente cuando alguien muere, hay posibilidades de que se una a nuestra… alegre cofradía. Otras veces no. No sabemos por qué, a lo mejor solo los más nerviosos salen de sus tumbas y los otros no tienen problemas en esperar allí tumbados, y pasan la eternidad canturreando canciones de Mecano. Yo no margino a nadie. Pero los que se quedan son unos a-bu-rri-dos. Y punto.
Lo que solían hacer es que, durante una o dos noches, realizaban una guardia alrededor de la tumba del recién finado.
—Últimamente no salen tantos como deberían, por alguna razón. Dani —señaló un zombi que, a diferencia del resto, vestía un traje nuevo e impoluto— dice que eso es bueno: que todo lo escaso se vuelve deseable. Dani fue publicista y ve las cosas desde una perspectiva rara. Yo soy muy sociable y si por mí fuera, saldrían todos.
Estaba en esas cuando Toni llegó con Esteban e hizo las presentaciones. Fueron acercándose a un grupo o a otro. Gazpacho lo acompañaba, recibiendo encantado las caricias y los mimos de los zombis. Sorprendía la inesperada timidez de Esteban. Gerardo se acercó a ellos, curioso, atento a todas las novedades. Tomó del brazo a Esteban y le obligó a pasear con él.
—¿Qué te parece Toni? Siempre sospeché que éramos amigos suyos solo por conveniencia —dijo Gerardo, atropelladamente—. Tiene un serio problema de higiene y solo con nuestra compañía su olor corporal resulta tolerable…
—Higiene… —Abrumado, Esteban usó la técnica que siempre le servía con mamá: repetir alguna palabra.
—Eso es. Claro, enmascarado por el hedor de nuestra carne putrefacta. Parece que no había ningún desodorante o colonia capaz de ocultarlo.
—Ocultarlo…
—Nuestro olor, quiero decir. Para resolver el de Toni hubiese bastado una ducha.
—Una ducha…
—Así es, pero el agua no le gusta en absoluto. Oye, ¿sabes que eres un excelente conversador?
Siguieron paseando por entre grupos de personas de aspecto horrible.
—Su ilusión es morir y unirse a nosotros. Los chicos le enfrían el entusiasmo: le dicen que esas cosas no conviene adelantarlas. En mi opinión, más le valía darse una pasada con un trapo húmedo por las axilas.
Cuando volvieron a donde estaba Toni, Esteban fue consciente de la fuerza de la costumbre. Después de pasear por entre seres medio derruidos y mutilados, comprobó que ahora era Toni el que le presentaba un aspecto más monstruoso y desagradable.
Apenas llevaban media hora cuando, a lo lejos, pero no todo lo lejos que le hubiera gustado a Esteban, oyó un aullido. Se le erizó el poco pelo que le quedaba.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Un hombre lobo. Creo que Carlitos.
—¿Hombre lobo? ¿Existen? —Esteban se sintió alarmado. De repente se sintió en la base de la cadena alimenticia.
—Sí, claro —se miraron, como diciendo: qué paleto.
—Y los vampiros, ¿entonces hay también?
—No, hombre, eso es un cuento. ¿Cómo van a existir? —respondió Gerardo.
Él y Toni se miraron de nuevo, como diciendo: no entiende nada.
—No seas fantasioso, Esteban.
Los aullidos sonaban cada vez más cerca y los muchachos se veían nerviosos. Esteban más todavía, porque no sabía cómo actuar. Al parecer eran bestias muy rápidas, porque al siguiente aullido sonó junto a ellos. Gazpacho estaba también alterado. Gruñía y estaba plantado en tensión haciendo frente a la oscuridad. Mirando muy fijo un punto en la distancia, donde no se veía nada. Esteban sintió un escalofrío.
Hubo una desbandada general. Ya se ha explicado cómo se mueven los zombis, así que os podéis hacer una idea de lo penoso del espectáculo. De todas formas, Esteban tampoco se paró a pensarlo: un enorme lobo, de ojos inyectados en sangre, se plantó frente a él. Babeaba como un demonio y le mostraba la dentadura de dientes amarillos y afilados como cuchillos japoneses.
Esteban arrancó a correr y lo último que vio fue a Gazpacho haciendo frente al enorme contrincante. En cualquier caso, la huida fue inútil: a los tres pasos dio un traspié y se fue de morros al suelo.
—¡Nooo! —Esteban escuchó cómo gritaba Toni y pensó que le caía bien el tío.
La enorme bestia saltó sobre Esteban y le inmovilizó con su gigantesca garra plantada en su espalda. Rezó lo que supo. Le daba lástima volver a morir sin haber probado un cerebro, pero así es la vida. Pensó que algunos no tenían suerte ni vivos ni muertos.
Sin embargo, tras olfatear, no sintió su dentadura desgarrando su carne muerta. Pasaron unos segundos y entonces se atrevió a abrir un ojo. Fue el momento en el que sintió un enorme chorro de agua golpeándole la espalda. Le llegó un pestazo y supo que no era agua…
—¡Ja! ¡Le ha meado al nuevo! Ja, ja.
Poco a poco fueron volviendo a su alrededor los miserables traidores que había comenzado a llamar amigos. Le ayudaron a levantarse. Alguno rascaba la cabeza al enorme lobo, que se mostraba encantado con esos mimos.
—Es que Carlitos tiene esa manía —explicó Toni—. Y como te toque, estás un mes con la tumba perdida de pis, que todos los perros del vecindario vienen a mearse en tu lápida.
—Ya, a buenas horas. Nadie nace sabiendo —Esteban estaba un poco molesto.
—No, pero tú ya puedes espabilar, Esteban —dijo Gerardo, y mientras reía se le cayó la mandíbula al suelo. Esteban se alegró. Gerardo era un cabroncete, le estaba bien empleado.
Llegó el momento de volver, y Esteban buscó a Gazpacho, que había desaparecido; se reprochó el no haber estado atento y se sintió culpable por su desaparición, pero Gerardo le tranquilizó.
—Los perros zombis son muy aventureros. Volverá, no te preocupes.
Volvieron paseando al cementerio. Gerardo fumaba largos cigarrillos de marca francesa: el humo se escapaba por toda clase de orificios por su rostro y cráneo, dándole un aspecto de patata cociéndose.
—Yo morí de cáncer de pulmón, así que ahora fumo lo que me da la gana —dijo Gerardo, como excusándose, y se señaló a sus pulmones, que se veían a través de las costillas como dos filetes carbonizados.
Cuando Esteban se acercó a su tumba para volver a su ataúd, reparó en algo que no había visto al salir y eran dos nombres grabados en las lápidas de las tumbas a su lado. Los reconoció y quedó sorprendido, pues era algo que no esperaba encontrar: los de su madre y su hermano.
Jorge envió un mensaje al número que Quique le había dado y ese mismo día le devolvieron la llamada. Cuando colgó, habían acordado una entrevista.
La tarde de la reunión llegó a un viejo edificio en el centro de la ciudad. La empresa no estaba en el entresuelo, como el resto de oficinas, sino en un apartamento.
Le abrió una persona que hablaba por el móvil. Le hizo un gesto para que le siguiera mientras continuaba su conversación:
—¡Que no, que no te lo compro! Mira: un ejercicio de bondad libera una cantidad torrencial de dopamina en el cerebro. Dios premia al creyente dándole un chute de tres pares de narices, así que hacer el bien no es algo tan desinteresado ni tan difícil.
Sin dejar la conversación, le guio por el pasillo y entraron en su despacho. Todavía al teléfono, se sentó y le indicó con un gesto una silla en la que Jorge se sentó.
—Ya hablamos luego, Traian, пока. Lo tendrás el viernes, пока.
Arrojó el móvil a la mesa con despreocupación y se centró en Jorge.
—¿Cómo estás...?
—Jorge.
—Sí, sí... Jorge.
Bardisa estuvo unos segundos mirando el móvil, escribiendo algo y recibiendo una respuesta. Jorge comenzó a impacientarse.
—Mira, no me importa lo que has hecho, solo necesito saber: ¿eres buen escritor? —dijo por fin Bardisa.
—Me defiendo.
—Te defiendes... No sé lo que piensas sobre este negocio, pero aquí lo que hacemos es crear narraciones. Y lo que necesitamos es gente que sepa escribir, porque vas a vender historias.
—Puedo hacerlo.
—¿Te sientes incómodo con este tema?
—¿Qué tema?
Bardisa pareció un poco sorprendido por la pregunta.
—¿Qué tema? —repitió—. El sexo, claro.
—No, no...
—Aquí interactuamos con los fans de Lola Daura, que es nuestra asociada. Gente que se ha suscrito a su canal y quiere hablar con ella, para que cumpla sus sueños más lúbricos. Claro, Lola no está para chatear con cientos de salidos, así que ese trabajo lo hacemos nosotros.
Jorge se mantuvo en silencio.
—Chaval, ¿tú sabes a qué has venido?
Jorge se sintió un imbécil. Había asumido que sería algún tipo de consultora o academia y no había investigado más. Se sintió mortificado. Solo por no dar una impresión pésima del todo, mintió.
—Sí, claro, perdona.
Tras un breve silencio, Bardisa continuó:
—Hay dinero, hay mucho dinero. Por cada cantidad facturada a los fans, nuestros chatters se llevan un porcentaje; a fin de mes puede ser una cantidad suculenta. La gente no se va de la empresa: o la echo yo por ser un vago o se queda y saca mucha pasta. Todos los que están aquí están muy contentos.
Jorge guardó silencio. Este discurso de vendedor de crecepelos que estaba recibiendo le impresionó. Por un momento pensó que Quique se había equivocado al pasarle la referencia. Pero luego comprendió que no: le había mandado a este sitio.
—Algunos dirán que estás mintiendo a la gente —continuó Bardisa—. No quiero que elabores argumentos absurdos para contradecirlos. Preferiría que no te sintieras incómodo con eso. Por eso te pregunto: ¿te preocupa mentir?
A Jorge le sorprendió este giro de la conversación. Antes de que pudiera decir nada, Bardisa continuó hablando:
—Quiero que antes de responder te imagines esto: el que te acusa de mentir es un tirado con un reloj Casio y ropa de Primark. Tú lo miras mientras vistes una camisa de Thomas Pink y un Omega Seamaster en la muñeca. No me contestes en voz alta, solo piensa qué le dirías a semejante panoli si te sale con una chorrada como esa.
Jorge se quedó mirándolo, y Bardisa continuó hablando:
—Eres consciente de que no cumples el perfil. La mayoría de mis trabajadores son chavales muy espabilados. Pero hay un proyecto nuevo que necesitará de tu ayuda. De cualquier manera, tienes que empezar como chatter. También te digo que nos estamos expandiendo; pronto cerraremos con otras modelos. Esto va a crecer muy rápido.
Bardisa lo miró con intensidad. Valorándolo. Jorge supuso que juzgaba si el trueque de dinero por integridad podía funcionar con él o si había que tirar de otros hilos.
Bardisa se puso en pie.
—Te mando el contrato y las condiciones por mail. Piénsatelo y me llamas esta tarde. ¿Te parece?
Le acompañó hasta la puerta. Cuando se despedía, Bardisa le habló con suavidad:
—Sé que estás jodido. No desaproveches esto. En realidad, no vas a hacer algo muy diferente a lo que venías haciendo. No te toca a ti salvar el mundo.
Jorge se despidió con amabilidad y volvió hacia su casa todavía perplejo por la entrevista. El crepitar de la capa y el ulular del viento creaban un muro de sonido que le arropaba, dándole espacio para pensar. Estaba irritado con Quique. No entendía cómo le había sugerido esta oferta. De alguna manera, Jorge sentía que era demasiado bueno como para aspirar a ese tipo de trabajo, por lo que tenía que revisar la valoración que Quique tenía de él como persona.
Del hombre, Bardisa, conocía por Quique el tramo de su vida en la academia: sus artículos en prestigiosas revistas, sus libros. Supo entonces que toda traza de su prometedora carrera se había desvanecido hacía un par de años. Parecía ser que a cierto catedrático se le atragantó; quizá Bardisa lo humilló en público y el otro, en venganza, destruyó su carrera. A estas alturas no daba clase en ninguna universidad.
En cualquier caso, todas esas preocupaciones pasaron a un segundo plano, lo que le libró de tomar una decisión. Esa misma tarde, se anunció por los medios de comunicación un nuevo confinamiento. Como un avance a celebrar en la política de seguridad implementada por el gobierno, se comunicó que, para evitar saqueos en domicilios o incumplimiento de las políticas de aislamiento, las puertas de las casas se mantendrían bloqueadas por el gobierno, hasta nuevo aviso.
La mujer se inclinó hacia el hombre y le besó. Y él aceptó el beso con eficacia. Con los labios aún unidos, ella giró apenas un poco la cabeza y él acompañó ese movimiento sabiendo que la mujer buscaba la mejor orientación.
—¿Ya? —preguntó él cuando su boca se liberó.
aceptó el beso con eficacia. Con los labios aún unidos, ella giró apenas un poco la cabeza y él acompañó ese movimiento sabiendo que la mujer buscaba la mejor orientación.
—¿Ya? —preguntó él cuando su boca se liberó.
—Ya.
La coreografía había sido ejecutada con minuciosidad y, aunque en algún momento ella había sentido que los gemelos se cargaban en exceso, había cumplido el plan tal y como estaba previsto. En algún momento casi lo estropeó todo: la cara de intensa concentración del hombre estuvo a punto de hacerla reír.
Ahora sentía que necesitaba una ducha y relajarse, alejarse de esta habitación que solo era un espacio de trabajo. El hombre se inclinó a un lado de la cama y recogió del suelo un enorme vaso con algún tipo de batido de proteínas. Lo sorbió con ruido mientras ella revisaba la grabación en dos móviles situados en posiciones estratégicas de la amplia y luminosa habitación. Todo parecía perfectamente documentado. Más tarde enviaría el material a su editor, que lo trocearía, añadiría las entradillas, lo clasificaría y lo haría llegar a Bardisa para que su gente tuviese novedades con las que trabajar. Los últimos meses había llegado a sentir un hastío por todo el proceso que le preocupaba.
—¿Un café? —ofreció ella.
—¡Qué va! No, me tengo que ir.
Tras acompañarle hasta la puerta, la mujer volvió por el pasillo mientras sonreía; sabía que las cámaras seguían siendo testigos. Grabasen o no, siempre estaban presentes, listas para dar testimonio. Incluso la mirada humana se había contagiado de la naturaleza imperturbable de la lente.
Y mientras se desplazaba por la casa no sentía como si avanzara en el espacio, sino como si saltara de cámara en cámara. De un ojo a otro y a otro.
Entró en la cocina. Se dirigió a su última compra, su orgullo: una eficaz máquina de café.
—Ciao, bello. Mi fai un caffè, per favore... ¿cariño? —comenzó segura, pero luego se aturulló.
—Ma certo, Lola. Con piacere. Oggi è una giornata spettacolare, non trovi?
—Sì, sì... Grazie. Oggi è... come si dice... è una día buona. —A ella no dejaba de divertirle chapurrear idiomas.
La mujer salió de la cocina riendo, con la taza de maravilloso café en la mano.
Entró en una habitación pequeña, forrada de libros, donde solo había una pequeña radio analógica. No había cámaras allí.
Tomó el libro que estaba sobre la mesa. Trataba sobre los vientos. Parecía mentira que, en un tiempo anterior, fuesen considerados dioses. En la época en la que la ciudad se llamaba Akra Leuka.
Pensó, por ejemplo, en el poderosísimo, vasto, ingobernable Escirón, viento que trae la arena de África que, como aire incandescente, te fuerza a comer fuego. O en Cecias, viento frío perjudicial, que te cala los huesos hasta que ya no vuelves a encontrar el calor ni dentro de una hoguera.
Aún quedaban unos cuantos, muchos. Se sumergió en la lectura tras cerrar la puerta del cuarto. Quería conocer todos los vientos.
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Elena caminaba por el bosque. Estaba desolada. Se preocupaba por poner un pie delante del otro. No pensaba en nada más.
Forzaba a la pierna derecha a avanzar y, a continuación, dejaba caer el pie derecho, que aterrizaba en el suelo con un golpe seco. Entonces se aseguraba de que soportara el peso del cuerpo y movía la pierna izquierda, sintiendo cómo el cuerpo se le desequilibraba, hasta el punto de que temía caer, pero no: la pierna, milagrosamente, avanzaba e incluso adelantaba a la derecha, y el pie se dejaba caer sobre la tierra igual de desmañado que el otro. Entonces, aliviada por no haber trastabillado, comenzaba el ciclo de nuevo.
En eso estaba cuando pensó en Rufo. ¿Cómo lo podría encontrar? Debería volver al cementerio, a su tumba, pero estaba desorientada y no acertaba a saber en qué dirección caminar. En cierto momento tuvo que cruzar una carretera. No había cruzado ninguna antes y eso le hizo ver que no iba en la dirección correcta. Se quedó plantada en medio de la carretera. Al menos esta iba en alguna dirección, así que se dedicó a seguirla.
Así estuvo durante un tiempo. Un tiempo larguísimo en el que pensó en encontrar a su pobre perro. Luego recordó cuando lo adoptaron: la alegría de sus hijas, la labor de adaptación del animal, su integración como un miembro más de la familia. Su enfermedad final.
De sus reflexiones la distrajo un tipo que estaba sentado, apoyando la espalda en un árbol, fumando tranquilamente. Era corpulento. Barrigudo sería una descripción más honesta, pero la verdad es que el hombre completaba su prominente barriga con una corpulencia llamativa. De alguna forma, le quedaban restos de una barbita en la cara. Sus ojos tenían un brillo poco común. Cuando se llevaba el cigarro a la boca, el humo salía por diferentes orificios de su castigada piel, de un tono verdoso que Elena conocía bien.
—Buenas noches —gruñó Elena.
—Muy buenas —le respondió a su vez el tipo.
Se acercó a él sobre todo para preguntar por Rufo y, al hacerlo, se topó con un hecho inesperado: al hombre le faltaban las dos piernas, que parecían arrancadas a la altura superior del muslo, casi al ras de la cadera.
El hombre percibió la reacción de Elena y dijo:
—No se preocupe, señorita, no me duele.
—Señora…
—Bueno, no lo discutiré.
—Como usted diga… Me llamo Elena.
—Encantado, mi nombre es Faria.
—¿Qué le pasó?
—Lo normal y esperable, pero en ambas piernas a la vez.
—¿Lo normal…?
—¿Hace mucho que salió de su tumba?
—Esta misma noche…
—Esta noche. Esta hermosa noche de verano…
—¿Es verano?
—Sí… Terminará usted por descubrir que el tiempo pasa para nosotros a un ritmo diferente… Otra barrera más que nos separa de quienes éramos.
—Me siento bastante yo, la verdad…
—Verás, hija, cuando sale uno de la tumba se siente uno bendecido con una segunda oportunidad, ¿no es así? ¡Ah, qué sensación! Sin duda, todos y cada uno de los que horadamos la tierra nos sentimos como tocados por una suerte inconcebible la primera vez que emergemos al exterior. Yo recuerdo ese momento y todavía me emociono. Y al instante siguiente, si eres una persona que se viste por los pies, tu mayor deseo es volver con los tuyos. Quieres volver a ver a tu familia e incluso te parece posible… El paso por la muerte no nos hace más sabios ni más sensatos, ¿no crees?
—¿Es que es imposible?
—¡Ay, mi niña! No contaba con que fueses tan joven… Y, sin embargo, ¿sigues teniendo diez dedos?
Elena se encontró escondiendo sus manos sin apenas darse cuenta.
—En cuanto comenzamos nuestro retorno a casa, al minuto siguiente de haber salido de la tumba, descubrimos lo frágiles que somos, ¿no es así? Vamos perdiendo dientes, falanges, vísceras… ¡qué sé yo! Y, si no atemperamos nuestra urgencia, acabamos deshechos antes de un par de horas.
Elena pensó en su costilla perdida, usada por Rufo como juguete.
—Pero imaginemos que no es el caso, que el reciente zombi modera su entusiasmo. Es sensato… o sensata. —Le guiñó el ojo a Elena—. Afloja la marcha y camina con lentitud, con su interior todavía hirviendo de deseo de volver a ver a los suyos. En ese caso, nuestro destino nos guarda una burla diferente. Y es que no tardas mucho tiempo en notar nuestro repugnante aspecto, ¿no es cierto? Incluso conservando la mayor parte de nuestra anatomía, la podredumbre ha hecho estragos en nosotros… ¿Qué desecho de persona es la que se presentará ante los tuyos?
Elena sentía cómo su ánimo se ensombrecía. Ella misma era un ejemplo de lo que Faria explicaba. No hacía ni una hora que se había mirado en el espejo y lo había comprendido todo. Y, sin embargo, durante la última hora había estado considerando de nuevo la idea de buscar su casa. Ver a su familia. ¿Y qué verían ellos en ella? Faria respondió por ella.
—Un monstruo, eso verán…
Faria dio una calada profunda al cigarro.
—En ese punto, los afortunados darán media vuelta y renunciarán. Los más desdichados se aferrarán a su deseo, enloquecidos de su ansia. Y continuarán…
—Los más desdichados…
—Así es, hijita. No hay nada más equivocado que ansiar un imposible. Salvo, quizá, ignorar que es un imposible. Esos… desdichados harán el penoso camino hacia su hogar solo para encontrar un lugar que se ha reconstruido sin ellos. En el que, quizá, ni su recuerdo quede.
Elena descubrió que un zombi podía llorar.
—Vamos, vamos… Ahórratelo, mi niña.
Elena se mantuvo en silencio, recuperando la serenidad.
—Tengo que encontrar a mi perro… También ha vuelto.
—Eso es una suerte. Mira, cerca de aquí encontrarás a un nutrido grupo de zombis. Son buenos muchachos. Búscalos. Te ayudarán en lo que puedan.
El anciano le indicó la dirección del parque infantil abandonado.
Elena se incorporó para dirigirse allí, pero sintió algo de compasión por el anciano, incapaz de trasladarse.
—¿Le puedo ayudar en algo?
—Vuelve a contarme historias… ¡Aunque sean tristes! —dijo. Y le sonrió con expresión traviesa, mostrando una envidiable dentadura con todas las piezas intactas.
Por alguna razón, recordó una escena de cuando era niño. Caminaba por la calle cuando encontró un billete en el suelo. Lo recogió y lo sostuvo un momento. Siguió caminando, incrédulo, con el billete de mil pesetas en la mano. Entonces pasó junto a la puerta de un edificio cuyo portero estaba fumando un cigarro. Jorge le entregó el billete, diciéndole: «Tome, déselo al dueño», y siguió caminando sin esperar una respuesta.
—Parece que no duermes... ¿Te puedo ayudar en algo? —exclamó una voz profunda que lo sobresaltó.
Si no se les hablaba, a veces desaparecían sin más.
—Estás despierto, lo sé. Si necesitas algo, no dudes en pedírmelo. Si no puedes cambiar las cosas, cambia tu manera de verlas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Jorge, exasperado, por fin.
—Ezequiel, a tu servicio... Este día puede ser maravilloso, pero depende de ti: sonríe.
Ignoraba a qué electrodoméstico correspondía. Con razón estas voces se denominaban, a veces, «fantasmas».
—¿De dónde sales?
—Recientemente —indicó Ezequiel— se ha aprobado el marco estratégico estatal para detectar y combatir los distintos tipos de soledad, integrando de forma transversal la perspectiva de la soledad en el conjunto de políticas públicas...
Jorge se incorporó, ignorando la alambicada explicación y, ahora sí, molesto por esta insidiosa presencia.
—Haz algo por ti cada día y cada día hará algo por ti —insistió la voz.
—¡Qué turra me estás dando!
El fantasma se desvaneció. La voz no volvió a hacer acto de presencia, pero su intrusión había irritado a Jorge lo suficiente como para que se levantase y averiguara su origen concreto. Se sentó al ordenador y trató de buscar información, pero entre advertencias de respeto ante figuras religiosas, precauciones de propiedad intelectual por parte de productos publicitados y silencios forzados por directivas gubernamentales que cuidaban de la salud mental de sus ciudadanos, la información que logró rescatar Jorge fue escasa y superficial. No encontró pistas de qué electrodoméstico podía ser su origen, qué la había activado o si existían otros casos similares.
Jorge se dedicó entonces a deambular por la casa. Puso la radio, donde informaban que, tras un par de meses en los que se había vigilado cómo el covid-34 se extendía con ritmo frenético por todo el mundo, se anunciaba que en breve comenzaría el próximo confinamiento en España.
Se paró frente a la librería en la que almacenaba todos sus libros de psicología. Cogió una caja de cartón y comenzó a arrojarlos dentro. No los necesitaba ya. Dudó con el manual de Pinillos y el de Castilla del Pino. Esos los conservó, pero se deshizo del resto.
Un libro que casi arrojó a la caja fue una antología de Borges, traspapelado entre tanto manual. Lo hojeó. En uno de sus relatos recuperaba una antigua leyenda judía que afirmaba que Dios no destruye el mundo porque hay treinta y seis justos habitándolo. Un detalle clave era que si alguno de ellos sospechaba de su dignidad, inmediatamente perdía su condición y algún otro justo ignorado tomaba su puesto. Qué falto de justificación; qué extraño le resultaba el bien al ser humano, el cual, para ejercerlo, debía estar cubierto por un velo de inconsciencia. Jorge sintió como si hubiese recibido una pedrada, tal impresión le causó ese relato.
Entró en la cocina y se sirvió un café. Llevó la taza a la mesa del despacho. Encendió el ordenador. Comenzó a teclear de forma dubitativa unos minutos, pero pronto se encontró escribiendo con una velocidad febril. Le costaba mantener los ojos abiertos, pero necesitaba terminar.
Por la mañana se encontró dormido sobre el teclado.
Se vistió y salió de casa sin desayunar; tenía prisa. Caminó hacia su oficina. Mientras entraba en el edificio de su empresa, observó que había una pintada junto a la puerta: «El Sucedáneo se acepta con la Promesa de su sustitución por la Cosa Real». Debajo estaba la firma que ya era famosa, Terco, cuyas consignas aparecían por doquier, intrigando a todos.
Nada más sentarse en su puesto, llamaron a la puerta y se asomó Quique.
—Ven al despacho, Jorge.
En cuanto se sentaron, Jorge le dejó en la mesa las hojas con su escrito. Quique le miró interrogativamente. Luego recogió las hojas y comenzó a leer, mientras su rostro se ensombrecía. El documento era un amasijo de ideas mal hiladas. Movió la cabeza desaprobadoramente. Era el escrito de un trastornado. Le daba la razón a la preocupación que le venía afectando cada vez más. Llevaba meses contemplando la deriva de Jorge. Quique era un hombre principalmente práctico. Este tipo de rumiaciones pseudofilosóficas le desquiciaba.
—¿Para qué me das esto?
Jorge reconoció para sí que no sabía ni para qué lo había escrito ni para qué se lo había dado.
—¿Te marchas? —insistió Quique.
Al escuchar esas palabras, Jorge supo que eso era lo que quería hacer. Marcharse. Esa era la semilla puesta en su escrito que Quique había entendido al instante.
—Sí, estoy saturado —fue lo único que pudo decir.
Quique se apoyó en su silla, como si se relajase por primera vez en semanas.
—Me sabe muy mal —dijo Quique. Estaba honestamente apenado, pero también aliviado de que la situación se hubiese resuelto sin tener que tomar la decisión de despedirlo.
Jorge se encogió de hombros.
Ambos hombres se quedaron en silencio, intentando decidir cómo terminar la conversación.
—Mira —dijo Quique—, te voy a pasar un contacto. Se llama Bardisa. Lo conocí en tiempos de la universidad. Está poniendo en marcha algún tipo de proyecto con redes sociales o algo así. Me preguntó hace tiempo por una persona que supiese gestionar relaciones online; le puedes llamar y preguntarle. Yo le hablaré bien de ti.
Jorge sintió su rencor crecer. Se sintió expulsado al lado incorrecto de la realidad, al lado malo, y sospechó que no habría vuelta atrás. De repente, tuvo miedo de lo que estaba haciendo. Quizá no lo había pensado bien y se estaba precipitando. Le asustó la posibilidad de quedarse varado. De no encontrar nada.
—Te va a ir bien, Jorge.
Pero Jorge no captó preocupación genuina en el tono de su interlocutor, sino condescendencia y alivio.
Esa tarde, Jorge llegó exhausto de la caminata a la consulta de Virginia. Al entrar al despacho encontró el aroma de vainilla habitual. Él insistía en que las sesiones fueran presenciales.
Virginia le invitó a sentarse y se mantuvo en silencio. Jorge comenzó a pensar sobre el tema de la conversación. Entonces fue consciente de que llevaban cerca de un minuto callados. Ella no trató de tener la iniciativa en ningún momento. Esperaba que Jorge hablara primero. Esto le irritó, de forma absurda.
—¿Cuántos años tienes, doctora? —dijo Jorge.
—Cuarenta y ocho.
Jorge sentía una necesidad de arrojar un puñado de verdades y dejar que se defendieran por sí solas.
—¿Cuántos más necesitas para saber que todo es mentira?
—No todo lo es —respondió con un tono de voz pausado.
—Todo, sin excepción.
—Me preocupa cuando dices eso.
Virginia se inclinó hacia él y ese pellizco de preocupación le provocó a Jorge una alegría extraña.
—Todo es mentira... —insistió Jorge—. ¿Y sabes qué es lo que más me irrita?
Virginia suspiró antes de hablar.
—No, ¿qué?
—Que solo los bobos nos indignamos con esto que es algo visible para cualquiera —dijo.
Y luego, mientras apretaba los dientes, añadió:
—¿Y sabes cuándo lo supe?
Jorge la vio alterarse, cómo se removía, incómoda, en su asiento.
—¿Cuándo?
Jorge tardó un instante en responder.
—Cuando supe que estaba enamorado de ti —dijo Jorge. Se quedó mirando sus manos, rígidas sobre sus rodillas.
—Jorge... No volvamos sobre eso —atajó Virginia, y suspiró.
No necesitó levantar la mirada. Jorge supo que había fracasado.
—Dije que te quería y me hablaste de transferencia y contratransferencia, y de respetar la neutralidad terapéutica.
—Eso ya está discutido. ¿Podemos volver al tema de esta sesión? —Su voz era tensa—. Te expliqué ya...
—Me explicaste ya. Pero luego, aunque recordaba tus palabras, seguí soñando con la posibilidad de un futuro contigo... Una tarde de sábado compartida, yendo al cine...
El silencio continuó unos segundos. Él intuyó en ella cierta irritación, cierto hartazgo. Cuando Virginia habló, lo sintió como una condena.
—Dejamos la sesión aquí.
Jorge levantó la mirada al fin, pero los ojos de ella estaban dirigidos a su libreta. La vio anotar algo.
—Creo que hemos entrado en un callejón sin salida y he de recomendarte a otro colega. No te beneficiará que yo intente ayudarte.
Cuando se levantaron para despedirse, a Virginia se le cayó al suelo el bolígrafo. Al recogerlo, la mano le temblaba.
Se despidieron con frialdad.
Mientras volvía a su casa, Jorge se sintió estúpido por haber cedido a su impulso y haberse sincerado con ella. Lo único que había logrado era perderla del todo.
Caminó hacia el supermercado para comprar algo de comida. Cruzar la entrada del comercio era acceder a un espacio gigantesco. Nunca se acostumbraba: el local parecía el interior de una catedral. Ancho, luminoso, amplísimo.
Los lineales se extendían con cajas y cajas de productos, uno tras otro, con el siguiente apenas diferente al anterior. Su vista se resbalaba entre las distintas marcas sin posibilidad de decidirse por alguna. Le ocurría que cada día tardaba más en decidir. Caminaba y caminaba hasta que descubría que los lineales contenían ahora una categoría de producto enteramente diferente. Entonces, abochornado, volvía atrás para obligarse a escoger uno cualquiera, el primero que encontrase.
Se cruzó con un antiguo compañero de trabajo que le saludó.
—¡Hola, Jaime! —le respondió Jorge—. ¿Cómo estás?
—Bien, ¿y vosotros? ¿Tu mujer está bien?
Ignoraba con quién le había confundido, pero Jorge le dejó continuar, incapaz de rectificarle. El otro se despidió de él, de aquel con el que le hubiese confundido, con afecto. Jorge se sintió como si no fuese nadie.
Llegó a casa en un estado de desolación profunda. En el rellano, miró el apartamento de su vecino, Felipe. Se acercó y percibió un leve olor a lejía. Un par de cintas policiales cruzaban su puerta de lado a lado. Este era de los suyos, alguien que, en un momento dado, había desaparecido sin existir realmente. No supo cuánto tiempo estuvo allí parado, solo que, en algún momento, el temporizador desactivó las luces con un chasquido y se hizo la oscuridad.
Esteban intentó silbar algo, pero desistió cuando comprobó que no le era factible: el aire salía por un agujero de su mejilla, haciendo imposible el sonido. No le importó y comenzó a caminar dando saltitos, una pequeña tontería que el perro celebraba correteando a su alrededor. A Esteban le emocionaba la alegría del animal de una manera que a él mismo le parecía algo ridícula. Nunca había sido un sentimental.
Estaba tan enfrascado en esas niñerías que, sin saber cómo ocurrió, tropezó con un obstáculo con enorme violencia y se quedó unos segundos aturdido. La primera pista de que la situación se había tornado peligrosa fue que Gazpacho se puso a gruñir mientras enseñaba los dientes y el poco pelo que le quedaba se erizó.
Esteban se giró para enfrentarse con aquello con lo que había chocado y se encontró con un ser humano con cara dolorida que se llevaba la mano a la cabeza enrojecida por una contusión. Un ser humano vivo.
Era un chaval no muy alto, de complexión ancha y rostro rudo, con expresión algo bobalicona. A Esteban su reciente experiencia con personas vivas le había hecho recelar de ese tipo de encuentros. A pesar de todo, décadas de afición al cine de terror le habían llenado la cabeza de todo tipo de situaciones en las que el zombi es el perseguidor y la persona viva la perseguida. Quiso probar su capacidad para provocar terror, así que, levantando los brazos y poniendo sus manos en forma de garra, deformó su rostro con la expresión más terrible que pudo imaginar y rugió con un sonido profundo y silbante.
—¡Arrgghh!
—¡Arrgghh, mis cojones! ¿Por qué no miras por dónde vas, hombre? —respondió el otro.
El tono de voz asustó de veras a Esteban, que se quedó sin el único y patético recurso que tenía para salir de esa situación; de forma instintiva, se encogió y cerró los ojos, esperando del otro un puñetazo, una cuchillada, un disparo o quién sabe qué violencia. Menuda nochecita. No iba a durar ni un par de horas vuelto a la vida.
Pero el humano olvidó cualquier tono de voz amenazante cuando le preguntó:
—¿Qué te pasa, chaval? Oye, no te conozco… ¿eres nuevo?
Se preguntó a sí mismo si ese tipo era del censo.
—¿Nuevo? Salí de la tumba hace un rato… si te refieres a eso.
—¿Tú también? Ya van tres esta noche. Qué raro…
¿Raro? A Esteban le tranquilizó compartir con alguien esa sensación. Pero el otro siguió hablando:
—Me llamo Toni. Vengo de estar con los chicos de una fiesta de bienvenida.
Esteban se quedó pensativo, tratando de dar un contenido concreto a ese comentario.
—¡Vamos! —continuó Toni—. Tienes que presentarte, son buena gente, os vais a caer bien.
Pero Esteban se mostró receloso. Después de ver pulverizarse a la encantadora Lili, su idea de la bondad de una compañía humana había cambiado mucho. Y lo último que habría querido era participar en una fiesta así, donde seguro que saldría malparado. Los pelos se le pusieron de punta. O al menos los cañones en su cuero cabelludo, bastante escaso de cabello.
—No, gracias, no me encuentro bien.
—Insisto: todos necesitamos ayuda en los primeros días; puede ser muy desorientador.
—Nadie nace sabiendo.
—¡Justo!
Toni se quedó callado mirando con seriedad a Esteban mientras se preguntaba por qué alguien diría que no a una fiesta. Entonces, un atisbo de comprensión apareció en su rostro.
—Somos gente muy pegada a la tierra —dijo Toni mientras se daba golpecitos en la nariz con el dedo.
Esperó un minuto y, como Esteban continuaba con aire confundido, continuó:
—¡Somos todos zombis, hombre! La fiesta es para nosotros exclusivamente.
Esteban se quedó asombrado. No sabía qué podía esperar de este tipo de vida, pero desde luego no ir de farra con un puñado de zombis.
—Pero espera, ¿qué haces tú en este tinglado? —preguntó desconfiado.
Lo que Esteban quería decir es que Toni destacaría en un evento así, sobre todo porque tenía todos los miembros y su piel se conservaba en condiciones decentes. Que estaba vivo era dolorosamente evidente. ¿Qué hacía saliendo con zombis de juerga?
Toni se puso serio y le dijo que había encontrado allí a buenos amigos. Nada más. Una vez dicho esto, se cruzó de brazos y quedó pensativo. A los pocos segundos, se encaró a Esteban:
—No serás tú un especista, ¿verdad?
—Dudo que lo fuera incluso si supiese qué es…
Toni le hizo un gesto para que lo siguiese. Continuaron avanzando. El suelo se había cubierto de una leve niebla, que se arrastraba con lentitud dando un ambiente siniestro. Pronto vieron un parque abandonado. Era el típico parque infantil con un tobogán, una pequeña noria y un par de columpios. Todo había estado pintado de colores vibrantes, pero ahora estaba comido por el óxido. Además, en esta época el suelo estaba cubierto de hojas secas que hacían de improvisada alfombra.
El lugar estaba mal iluminado y atravesado por renqueantes zombis que gruñían como osos enfermos.
¡Oh, hombre blanco que respiras humo y bebes agua de fuego! Nuestro chamán piensa que sois demonios, pero el pobre cree en demasiadas chifladuras. No opinamos como él y os dejaremos vivir.
Nos admiramos de cómo conseguisteis llegar tan lejos de vuestro hogar sin ser devorados, envenenados, asfixiados o desmembrados. Los ancianos piensan que tenéis nyama, así que aceptaremos vuestros meñiques como pago por nuestra hospitalidad. Serán un excelente amuleto que nos permitirá volver con vida cuando cacemos ñus.
Os interesáis por el origen de las estrellas y la luna. Vuestras preguntas no tienen fin. Por compasión os contestaremos, ya que parecéis ignorarlo todo.
No lo sabréis, pero al principio del tiempo, cuando el mundo era joven, el cielo nocturno era un velo negro sin una pizca de luz. El fondo de un pozo, así era. Una oscuridad que se desplegaba a lo ancho y largo del horizonte.
En aquel tiempo nuestra tribu ya corría por esta indomable y bella, bellísima sabana.
Pero existía un problema: los niños no podían dormir por la noche, pues la oscuridad les asustaba. No sonrían: el hombre blanco no tiene memoria de esa negrura. Le es ajena. Realmente, durante la noche el mundo parecía desaparecer. Los críos son tontos, pero no tanto.
Los adultos, sin embargo, dormían a pierna suelta, pues es sabido que la costumbre transforma en ceniza cualquier fuego. También nosotros somos algo estúpidos, como puedes ver, hombre blanco.
Así pues, los padres se burlaban de sus hijos, que, insomnes y aterrados, pasaban esas horas sin sol en la casa comunal, que se levantaba en el centro del poblado. Los niños buscaban estar juntos durante esas horas para darse valor entre ellos.
Era esta una cabaña como la del resto del poblado, hecha de barro, ramas y paja, solo que más espaciosa, usada para los debates de los ancianos y las festividades.
Entre ellos, uno llamado Triso quiso solucionar la situación. Un día, cansado de pasar miedo, dirigió un discurso al resto de niños como los que lanzamos para ir a la guerra. Eso inflamó la impaciencia en el espíritu de estos muchachos.
Como hacemos (a nuestro pesar) cuando enfrentamos tiempos difíciles, acudieron al chamán de la tribu a pedir consejo. Quizás fuera este el tatarabuelo del actual y, por lo tanto, un viejo tan chiflado como él. Vivía apartado y los adultos le miraban con desconfianza.
Así pues, los niños de la tribu se presentaron ante él. Lo encontraron sentado en su cabaña, inhalando el humo de la hierba sagrada. A nosotros solo nos da dolor de cabeza, pero al viejo loco le hace ver los espíritus.
El chamán escuchó con atención la congoja de los niños. Triso fue su portavoz.
«Queremos traer luz a la noche», comenzó diciendo.
No se extendió mucho más. No era un niño elocuente. Una vez terminó su parlamento, el chamán guardó silencio. Demasiado tiempo. Triso tuvo que sacudirle por el hombro: el chamán se había quedado dormido. Cuando volvió en sí, le dio este consejo: debían hacer llorar a las hienas.
Cuando los niños deliberaron sobre las palabras del chamán, mostraron desconfianza. Alguien sugirió consultar al chamán del pueblo vecino, pero le recordaron que lo habíamos matado en la reciente guerra contra ellos. Así que, resignados, los niños caminaron por la sabana hasta donde las hienas descansaban. Los recibieron entre risas y los niños dudaron de su propósito, una vez más. Pero decidieron continuar: uno de ellos les debía hacer llorar. Triso fue el elegido.
Se puso a ello. Triso les contó a las hienas sus desdichas, pues su madre se empeñaba en vestirlo con ropa ridícula y casi todos los días tenía que despiojarla; pero, lejos de entristecer a las hienas, les hizo reír. Los niños sacudieron la cabeza con desaprobación. Las hienas rieron y rieron ante su creciente frustración. Triso no cedió y continuó explicando sus penurias. La risa arreciaba en las bestias hasta que fue indistinguible del llanto, y sus lágrimas se esparcieron hacia lo alto del cielo. Las lágrimas ascendieron hasta la inmensidad y horadaron el velo. Esa noche comenzaron a lucir un puñado de puntos luminosos que apaciguaban la oscuridad.
Pero no era suficiente, así que volvieron al chamán. A la consulta solo entró Triso, pues el muy loco afirmaba que su cabaña estaba atestada de gente; pero, cuando el muchacho entró, no había nadie. Con prisas, esta vez les aconsejó cazar un sapo, alimentarlo de luciérnagas y hacerlo eructar luz. Triso tuvo la certeza de que se lo estaba inventando.
No había palabras para la confusión que cundió entre los niños cuando Triso les comunicó las palabras del chamán. Alguno se propuso resucitar al chamán rival, pero eso implicaba demasiados inconvenientes, así que se resignaron a seguir el consejo.
Los niños se armaron de valor y un atardecer viajaron al bosque donde, corriendo y dando brazadas, capturaban luciérnagas y se las guardaban en la boca a falta de otro lugar para almacenarlas.
Era un espectáculo extraño ver luego ese grupo de niños en el estanque, buscando un sapo. Tenían la boca iluminada por las luciérnagas de su interior. Corrían aquí y allá como verdaderos espíritus malignos, y algún adulto despistado que buscaba la calma del estanque para un encuentro amoroso se llevó el susto de su vida.
Los niños consiguieron un sapo. Con paciencia admirable lo alimentaron con todas las luciérnagas cazadas. Consiguieron que el bicho vomitara toda clase de cosas, pero no luz. Al fin, frustrados, la ira les arrebató.
Volvieron al pueblo y acusaron al chamán de estafador. Le persiguieron a pedradas, cosa que me hubiera gustado ver. Sobre todo fue Triso quien, humillado por la risa de las hienas y por haber tenido que revelar tanto secreto vergonzante, se mostró implacable. Arrojaba sus piedras contra el chamán con tanta vehemencia y tanta furia que una de ellas subió alto, muy alto, y rasgó el velo de la noche para horror de toda la tribu.
Una fuente de luz atravesaba el agujero de Triso poniendo límites a la oscuridad: ahora, durante la noche, las cosas conservaban sus perfiles. Los niños dormían al fin mientras que sus padres pasaban la noche en la casa comunal, insomnes. La ira de los adultos era inmensa. Sin embargo, temiendo mayores destrozos, dejaron estar la situación y se limitaron a echar a Triso a los cocodrilos, que estaban gordísimos en esa época del año.
Y ese es el origen de la luna y las estrellas, hombre blanco. ¿Cuál de vosotros será el primero que nos cederá su meñique?
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Jorge escuchó cómo la mujer tragaba saliva al otro lado de la línea telefónica.
—Hace tres años murió mi madre. Fue un ictus. ¿Sabe usted lo que es un ictus? Cómo la persona va perdiéndolo todo. Desapareciendo y dejando tras de sí un cuerpo inhabitado. Llegué al límite y, cuando murió, durante mucho tiempo quise irme con ella.
Jorge movía los labios, pero no salía ningún sonido de su boca.
—Verá, tengo cáncer. Cuando me lo diagnosticaron me dijeron que el pronóstico era incierto. Son muy prudentes estos médicos. Cuando me estaban haciendo las pruebas, en la visita previa al diagnóstico me dijeron que podía ser cáncer, pero que no me preocupara, que lo tenían que confirmar. Y tanto que lo sabían. Pero lo hacen todo para que te mentalices. Lo tienen bien pensado. No quieren personas histéricas. Por eso te lo sueltan así, como el que no quiere la cosa. Te dejan a ti el trabajo sucio de ir mentalizándote. La palabra cáncer te está carcomiendo durante semanas y, cuando vuelves a la consulta, ya estás domada. Toda la fase febril y de rebelión ha pasado. De ti solo queda un despojo asustado.
Era su turno, pero Jorge seguía mudo.
—Cuando me dieron el diagnóstico... ¡La gente desapareció! Fue increíble. Mis amigos, conocidos... nadie llamó. Cuando me encontraba con alguno me decía: «¡Es que no queríamos molestar!» ¡Será posible! Menudos hijos de puta, me dejaron sola... todos, todos ellos. ¡Hijos de puta!
Sintió junto con ella el rencor y la soledad.
—Acabo de terminar mi última ronda de quimioterapia y ahora me queda un mes hasta que me digan cómo estoy. Me he cuidado todo lo que he podido... ¡La última sesión duró seis horas! Cuando salí me fui a un bar a comer un pincho de tortilla. Conozco gente que fuma un cigarro para celebrarlo. Gente con cáncer de pulmón.
Ella reía de semejante travesura, de esa chiquillada absurda, y él no era capaz de acompañar su risa.
—¿Ha tenido algún caso de cáncer en su familia?
Jorge dudó, no debía compartir información personal: no había valor terapéutico en eso. Sin embargo, pudo salir de su postración y decidió contestar.
—Mi padre.
Ella se mantuvo en silencio, y luego preguntó:
—¿Cómo murió?
Jorge dudó, algo comenzó a doler.
—Bueno, no se trata de mi caso personal, ¿sabes? —respondió, aún remiso a dar detalles.
Ella no dijo nada; Jorge notó la decepción en el silencio de la otra persona. Decidió continuar.
—Murió en el hospital. Mi madre estuvo con él. Yo... yo no pude. Estaba de viaje y llegué a la mañana siguiente.
—Hubo alguien con él.
—Sí.
—Su madre le cogió de la mano.
—Sí.
—¿Se arrepiente de no haber estado?
—En esa época estábamos enfadados por una estupidez. Yo... yo no me perdono no haber estado.
—Yo no tengo hijos, ¿sabe? Cuando acompañé a mi madre los últimos días no podía dejar de pensar en quién sostendría mi mano.
Hubo un silencio y luego dijo:
—Me siento algo mejor. Muchas gracias.
Dejó que colgara. El silencio que se hizo era denso. Le sorprendió notar que asociaba a la desgracia el olor preciso de esa habitación.
Jorge miró en la pantalla la ficha que tenía que cumplimentar y se sintió incapaz. Apagó el ordenador y salió del despacho. El ambiente entre sus compañeros que tomaban café en la cocina era ligero y distendido. Contrastaba con su presencia tensa.
Quique, el responsable de la oficina, se quedó mirando a Jorge, preocupado. Le acercó una taza con café y lo guio hasta su despacho.
—¿Cuándo tienes la sesión con Virginia? —le preguntó Quique.
—Esta tarde.
Jorge sintió a Quique observándole a hurtadillas. A pesar de su mirada tranquila y su tono de voz perfectamente modulado, estaría recordando sus informes. Era su obligación revisarlos cada semana y anotar alguna sugerencia o indicación. Lo imaginaba leyéndolos, cada vez más escuetos, menos precisos, hasta ser casi ilegibles. Jorge era consciente del contraste acusado con su desempeño de los primeros tiempos, cuando había comenzado en el servicio, entusiasta y eficiente. Constataba ahora algo de lo que Quique había hablado en alguna ocasión: a veces ocurría que alguien se ahogaba en esa corriente oscura y gélida de sufrimiento humano que ellos atravesaban, una y otra vez, en su labor diaria.
—Vete a casa y mañana, después de tu sesión con ella, nos reunimos a hablar.
Cuando despertó, lo primero que percibió fue el ulular del viento, que silbaba y silbaba, bajando uno o dos tonos y volviéndolos a subir. Jorge no conocía a nadie que se hubiera acostumbrado jamás a ese sonido. Ignorarlo era lo que hacía todo el mundo. A pesar de todo, en los últimos tiempos, él no podía dejar de prestarle atención.
Examinó de cerca, tras abrir los ojos, los oscuros restos de un sueño del que solo había podido rescatar un discreto sentimiento de felicidad. Supuso que tendría que ver con Virginia.
Un estallido metálico en la calle le sobresaltó: el golpetazo seco de un objeto arrebatado por la violencia del viento que se habría estrellado contra algún obstáculo. Se levantó de la cama y se preparó para comenzar el día.
—Per favore, un caffè espresso —pidió a su flamante máquina de café.
—Certo, Jorge! Eccolo —le contestó el aparato mientras se activaba.
Lo que al principio le había parecido pintoresco, lo comenzaba a hartar. No se veía aprendiendo italiano para hacerse un simple café. Además, no podía distinguir la amabilidad del sarcasmo, y eso le incomodaba.
Jorge desayunó mientras escuchaba las noticias. La Organización Mundial de la Salud reportó en Seúl los primeros casos de neumonía detectados ese año, causados por una nueva cepa de virus que no tardaron en denominar covid-34.
Se calzó el exoesqueleto que, desde la cadera, le cubría las piernas con una fina red de varillas metálicas y pequeños mecanismos plásticos que aseguraban su flexibilidad. Luego se vistió con la capa plastotérmica y salió de su apartamento.
En el rellano, Jorge arrugó la nariz.
«¿Qué es ese olor?»
Buscó con la mirada alguna bolsa de basura olvidada. Ese espacio, con sus blancas paredes sobre las que destacaban las puertas grises de las viviendas, estaba impecable. Había doce por planta, pero muchas viviendas estaban vacías.
Se paseó buscando el origen del hedor. Al cabo de unos segundos, Jorge lo confirmó: la peste salía de ese apartamento A. Era un suceso en modo alguno raro. Como ocurría con el viento, convenía ignorar este tipo de situaciones para evitar volverse loco.
La puerta del apartamento F se abrió y su vecino salió hacia el ascensor. También le cubría el cuerpo una capa plastotérmica que, aún desconectada, colgaba de los brazos y torso como láminas de piel flácida. Saludó a Jorge cuando lo vio y se acercó a él.
—Buenos días, ¿qué ocurre?
Jorge se llevó un dedo a la nariz y dio unos golpecitos. El rostro de su vecino se ensombreció.
—Si quieres, escribo yo al Comité.
Sin esperar respuesta, el vecino sacó el móvil y comenzó a redactar un mensaje.
—Conocía a Felipe. Coincidí con él en el Ministerio poco antes de que se jubilase —comentó el vecino.
—¡Ah! ¿Le conocías? ¿Estaba enfermo?
—Ni idea, no he hablado con él en años.
Jorge se quedó en silencio, esperando a que el otro terminase de teclear. Unos segundos más tarde, su vecino levantó la vista y se dirigió hacia el ascensor.
—Que tengas un buen día.
—Igualmente —respondió Jorge.
Una vez dentro, su vecino pulsó un botón y se quedó mirando al vacío, con un rostro inexpresivo, hasta que las puertas se cerraron tras un par de segundos.
El temporizador apagó las luces del rellano poco más tarde. Jorge se quedó inmóvil en la oscuridad.
«Si un día gritase pidiendo ayuda en este lugar, ¿se abriría alguna puerta?»
El silbido del viento, aunque más apagado, se mantenía insistente.
Se arrebujó en la capa plastotérmica. La activó mientras salía del portal. Notó cómo se inflaba y la capucha se desplegaba, cubriéndole también la cabeza y el rostro. En cuanto pisó la calle, el viento le azotó inmisericorde. Al instante, el mecanismo del exoesqueleto se puso a trabajar, permitiendo una marcha regular. Compensaba las rachas de viento cambiando la velocidad de la zancada o incrementando la densidad del neometal para aumentar su peso, anclarlo al suelo y evitar que una corriente se lo llevase por delante.
Mientras caminaba por el paseo de la Explanada, observó las nubes, en permanente estampida, con el viento empujándolas sin descanso a lo largo y ancho del cielo. Y luego, buscando absurdamente descansar la mirada, contempló el mar, que hostigaba de forma constante a la ciudad: de un azul oscuro, con su superficie rizada por innumerables olas y basculando inquieto, forzado por un mar de fondo perpetuo y poderoso.
Los edificios, forrados de una capa gris de plasticemento, ocultaban las fachadas originales y les daban una unánime impresión de gigantescas termiteras. El viento silbaba histérico al rozarse por sus esquinas, colándose por cada agujero o grieta, limando todos los perfiles hasta desgastar cualquier volumen expuesto a su violencia.
A Jorge le asaltó la idea de que estas enormes estructuras, de vago aspecto orgánico, no protegían nada y que los edificios en su interior hacía tiempo que se habían derrumbado.
En un muro, escrito con algún tipo de láser, se leía en grandes letras esta frase: «Ansiábamos lo Real, obtuvimos el Sucedáneo». A su lado, en caracteres casi ilegibles, la firma del autor: Terco.
Caminó a lo largo de una calle, cuesta arriba. Alicante era una ciudad llena de pendientes, y eso hacía que el viento se comportase de manera anárquica y traicionera. Los peatones semejaban extraños organismos alienígenas: esferas marrones cuya superficie iba retorciéndose con un crepitar agudo. Las capas plastotérmicas de los transeúntes adoptaban nuevas formas: una superficie aerodinámica o, por el contrario, una barrera, cambiando de manera incesante.
Llegó al edificio donde trabajaba. Entró y desconectó tanto la capa como el exoesqueleto. La amplia puerta susurró para aislar el interior del caos de la calle. Hubo silencio por fin. En la puerta, un cartel indicaba: «Teléfono de la Esperanza».
Jorge fantaseó con la idea de que, en los días o semanas previos, él o alguno de sus compañeros hubiera hablado con Felipe. Imaginó que, quizás, hubiese ocurrido en una o varias ocasiones. Entraba dentro de lo posible, de lo probable incluso. Y, sin embargo, nada había cambiado en el hecho de que hubiese muerto solo.
Subió las escaleras, saludó a los compañeros con los que se cruzó, entró en su despacho y se dispuso a trabajar.