Cuando era niña, observaba a mi madre usar la magia para todo. No como algo extraordinario, sino como parte de la rutina: para reparar un plato agrietado, para desgnomizar el jardín, para ordenar los cuartos sin mover un solo dedo. Y no solo era ella; en mi familia la magia era tan cotidiana como respirar. Nadie se preguntaba si estaba ahí. Simplemente lo estaba.
Por eso, cuando mi hermano mellizo, Even, despertó su magia a los seis años, entendí que algo no estaba bien.
Todo comenzó de forma involuntaria. Cuando se enojaba, su cabello pelirrojo se volvía de un rojo intenso, brillante, como los caramelos de azúcar que vendían en los mercados. Si algo no le gustaba, el color cambiaba otra vez: un verde apagado, seco, parecido al pasto cuando el invierno está a punto de llegar. Nadie parecía alarmarse. Al contrario, lo encontraban fascinante.
—Seguro Bridget despertará su magia más tarde, nació un poco débil— decían con naturalidad.
Yo también quise creerlo. A medida que crecía, comencé a notar destellos en lugares donde no debería haber nada. Pequeños brillos que aparecían y desaparecían. Cuando visitábamos el castillo de mis abuelos, era capaz de encontrar artefactos antiguos guiándome solo por esa luz invisible para los demás.
—Tiene un don para encontrar objetos mágicos perdidos— comentaban.
Pero ese don nunca fue suficiente.
Mi madre intentaba tranquilizar a todos. Sonreía, cambiaba de tema, me acariciaba el cabello como si nada ocurriera. Sin embargo, algunas noches, cuando creía que dormía, la escuchaba llorar junto a mis abuelos. Siempre la misma pregunta, dicha en voz baja, como si pudiera romperme incluso a la distancia:
—¿Habrá algo mal con ella?
Nunca me hicieron menos. Nunca dejaron de quererme. Pero la preocupación era evidente. Lo que yo podía hacer no alcanzaba ni una fracción de lo que Even lograba con facilidad, sin siquiera intentarlo.
—¿Y si nunca consigo hacer magia?— le pregunté una noche, un par de semanas antes de cumplir los once años—. El año escolar está por empezar, pronto será nuestro cumpleaños y no sé si alguna escuela me acepte. Soy prácticamente una squib.
Even me miró como si hubiera dicho algo imposible.
—¡Hey! No eres una squib. Es verdad… no puedes hacer tantas cosas como yo, pero es porque te preocupas demasiado. Eso te bloquea— dijo tras pensarlo un momento—. Es como cuando una escoba se cae detrás de una puerta y ya no se puede abrir. Pronto llegará alguna carta de invitación y buscaremos nuestras cosas juntos.
Los días pasaron y, al cumplir los once años, intentaron que ingresara a Beauxbatons. La respuesta llegó rápido.
“La magia que la niña puede manifestar es severamente limitada; es prácticamente una squib.”
No abrí la carta de Hogwarts, era diferente a la de mi hermano, la mía estaba escrita con tinta negra con el sello del director, mientras que la de él estaba escrita con tinta verde esmeralda y un sello rojo con el escudo de la escuela. Ni siquiera quise tocarla. Even tampoco abrió la suya.
—No iré a una escuela donde a ella la rechacen— declaró con firmeza.
Nunca supe qué decía aquella carta. Lo único que supe fue que mi hermano terminó inscrito en Durmstrang.
—No te preocupes, hay muchas otras cosas que puedes hacer…— comenzó a decir mi madre.
Habló de mi tía, que vivía en el mundo muggle desde que se había casado con uno. Habló de sus hijos squibs, de academias respetables, de un futuro distinto, pero seguro. Artes, filosofía, lenguas. Una vida adecuada para una joven de buena familia.
Mientras ella hablaba, imaginé cómo la magia que siempre había formado parte de mi vida se desvanecía poco a poco, como esos destellos que solo yo veía… hasta que desaparecían por completo.
La familia de mi madre había sido respetada durante generaciones en el mundo mágico. Creadores de calderos de una calidad excepcional. Algunos decían incluso que nuestro linaje rozaba la realeza, aunque nunca me importó demasiado.
Al final, nada de eso me acompañaría.
Porque bastaría con poner un pie en el mundo muggle para que toda esa historia, toda esa magia… dejaría de existir para mí.
Al poco tiempo me mudé con mi tía Beatrice, su esposo y mis primos. Ellos estaban al tanto del mundo mágico. Mi tía era una gran bruja, pero en el mundo muggle era conocida como una auténtica dama de sociedad.
El día que llegué, formó a los sirvientes frente a mí y me presentó con una solemnidad que me hizo enderezar la espalda sin darme cuenta.
—Ella es mi sobrina, Bridget— anunció—. Hija de mi hermana. La señorita Kyteler estará con nosotros a partir de ahora. Mi hermana cree que es mejor para ella crecer en la ciudad de Londres, y coincido plenamente. Aquí recibirá una mejor educación y tendrá más opciones cuando se convierta en una señorita en edad casadera.
Hizo una breve pausa antes de continuar, recorriendo el rostro de cada uno de ellos.
—Por favor, considérenla como una hija mía. Cualquier necesidad de la señorita deberá ser atendida.
Me condujeron a una habitación enorme. La cama ocupaba el centro de la recámara y, sobre las paredes, colgaban cuadros que se movían lentamente, igual que en casa. Había una pequeña mesa para el té y una estantería con libros de historia de la magia mezclados con volúmenes sobre la historia del mundo muggle. Aquella combinación me resultó extrañamente reconfortante.
—Aquí no ocultamos la magia— dijo la voz de mi tía al entrar en la habitación.
—Mis hijos serán squibs, pero la magia forma parte de la vida diaria. No tienes de qué preocuparte. El Estatuto del Secreto Mágico está cubierto— añadió con naturalidad—. Tu doncella, Alice, también es squib. Sabemos que en el mundo mágico es difícil emplearlos, así que esta casa es un refugio… y una fuente de trabajo. Afortunadamente, tu tío Charles quedó maravillado con la magia desde el inicio y no hizo más que aceptarla.
Abrió entonces la puerta del baño. Era más grande y elegante que cualquiera que hubiera visto antes, decorado con cuidado y buen gusto.
—Tienes una bañera— continuó—. Puedes tomar un baño cuantas veces desees. No compartimos los hábitos de higiene de los muggles de por aquí. El baño es de descarga, como en casa de tus abuelos: ruidoso y, por supuesto, mágico. Los baños muggles son, sinceramente, sucios y poco confiables— murmuró con una ligera mueca.
Luego volvió a mirarme con suavidad.
—Tus lecciones iniciarán el dos de septiembre. No te preocupes, te enseñaremos todo lo necesario para que puedas integrarte al mundo muggle.
Sus ojos se llenaron de una tristeza que no intentó ocultar. Ella sabía lo que significaba estar allí para mí.
—No puedo imaginar lo que estás sintiendo ahora— dijo en voz baja—. Tus primos crecieron sabiendo que la magia no formaría parte de sus vidas… pero tú— vaciló—, con destellos tan débiles de magia… siempre existió la posibilidad de que algo más surgiera de ti.
Acarició mi rostro justo cuando una lágrima escapó sin permiso por mi mejilla.
—Te prometo que, incluso sin magia, tendrás una vida plena y feliz.
Yo asentí, aunque en el fondo no estaba segura de creerle. Porque, aunque la casa era hermosa y mi tía amable, sentía que había cruzado una frontera invisible… una de la que no sabía si podría regresar.
El tiempo pasó por estaciones. Los tutores me enseñaban historia muggle, su música y sus normas sociales. Al crecer junto a mis primos, Agnes y Thomas Whitford, unos años mayores que yo, compartimos a los mismos instructores.
—En esta casa, las mujeres aprenderán ciencias y matemáticas— murmuraba mi tía cada vez que los tutores se retiraban, ignorantes de la magia que habitaba entre esas paredes—. Es ridículo no enseñar algo tan importante. Negárselo a una mujer es como prohibirle crear pociones. Los muggles tienen ideas terriblemente arcaicas.
Algunas veces a la semana asistía a la academia de señoritas. El uniforme era soso: un vestido gris, rígido, que no permitía grandes movimientos. Un horror absoluto.
Cuando llegaban las vacaciones regresaba a casa con mis padres y con mis abuelos maternos durante dos semanas. Casi al cumplir los dieciséis años, algo cambió para mí.
El castillo de mis abuelos se volvía más animado durante esas visitas. Los elfos domésticos limpiaban, cocinaban y recorrían los pasillos con una energía inagotable.
—Respondiste muy pocas cartas— me regañaba Even cada vez que volvíamos a casa.
—El mundo muggle es simple— respondí fingiendo tomar el té de forma exageradamente elegante—. No creo que te interese cómo me explican que debe comportarse una señorita en sociedad.
—Ya sé que no te referías a eso— añadí, encogiéndome de hombros—. Solo… ya sabes. La vida es más tranquila.
Mi madre nos observaba a ambos con orgullo, pero conmigo nunca lograba ocultar del todo la tristeza. Sus ojos se humedecían y enseguida desviaba la mirada, como si temiera que yo lo notara.
—Tu tía nos contó que enseñar ciencias a las señoritas en el mundo muggle está mal visto— comentaba mi abuelo Edmund—. Pero sé que a ti y a tu prima Agnes las obliga a tomar clases junto a tu primo Thomas. Para los muggles debe parecer una gran revolucionaria, aunque he de admitir que esos pequeños frascos de cristal jamás reemplazarán a un buen caldero de la familia Fairleigh.
—Jamás, abuelo— respondí acercándome para abrazarlo—. Son tan frágiles que no soportarían las pociones de mamá o de la tía Beatrice. Siempre la veo usar su caldero en el cobertizo.
—En Durmstrang casi todos usan tus calderos, abuelo— dijo Even con orgullo—. Gracias a eso soy popular. Es más fácil presumir el apellido Fairleigh que el Kyteler.
Mi padre soltó una risa sincera.
—Es cierto que Fairleigh tiene más glamour en el mundo mágico— admitió—, pero si vas al Ministerio, los aurores Kyteler son una leyenda.
—Bueno— intervino mi abuela Eleanor—, por lo que dice tu tía Beatrice, el apellido Kyteler podría empezar a ganar fama también en el mundo muggle. Comenta que Bridget es una señorita muy respetada en la sociedad. Algunas damas parecen buitres esperando a que cumpla la edad suficiente para entrar oficialmente al mercado matrimonial.
Los labios de mi padre se tensaron. Me miró con una tristeza que ya sabía interpretar. Con los años había comprendido que las oportunidades para las mujeres muggles eran mucho más limitadas que para las brujas: dependemos casi por completo de un buen matrimonio.
—Por ahora espero cambiar el mundo junto con la prima Agnes— dije, intentando sonar ligera—. Estamos muy emocionadas. Un nuevo instructor de ciencias naturales modernas aceptó enseñarnos medicina muggle básica.
Miré a Agnes, que sonrió desde el otro lado de la habitación.
—Ambas son increíblemente talentosas— dijo Thomas, dejando su maleta en la entrada—. Estoy seguro de que podrían ser brujas. Son más educadas y letradas que muchos de mis compañeros con los que entraré a la universidad este año.
Mis abuelos se alejaron para abrazar a mi tía Beatrice y a mi tío Charles. En ese instante, mi padre se acercó y me miró directamente a los ojos.
—Solo prométeme no elegir al primer muggle que se cruce en tu camino— susurró con una sonrisa—. Te prometo buscarte un mago talentoso que aprecie las artes muggles.
—Aún faltan varios años, padre— respondí—. No pensemos en eso. Por ahora quiero saber todo lo que mi hermano ha aprendido este año.
Desde que me había mudado con la tía Beatrice, cada vez que llegaban las vacaciones Even me mostraba todo lo que aprendía. Los primeros años incluso me prestaba su varita. Yo solo lograba arrancarle pequeñas chispas.
Con el tiempo, me limité a observarlo realizar transformaciones, encantamientos y pociones. Durante dos años se ofreció a enseñarme esta última parte, quizá porque era lo más parecido a la química muggle… pero desistió cuando notó mi miedo constante a no lograr nada.
Agnes, Thomas, Even y yo nos retiramos a los jardines del castillo para hablar como era debido.
Cuando los cuatro estábamos allí, era como si todos perteneciéramos por completo a ese mundo. Nuestra ropa cambiaba casi de forma ritual: mi primo dejaba los sacos para vestir túnicas; mi prima Agnes y yo cambiábamos los vestidos con corsé por camisas y pantalones holgados. Even nos enseñaba a volar en su escoba y nos paseaba por turnos, elevándonos sobre el jardín como si fuera lo más natural del mundo.
—Siempre deben tener cuidado al subir— decía Even con solemnidad—. El cuerpo de un mago es más resistente que el de un squib. Por favor, no hagan nada imprudente estando en el aire.
Nos aseguraba a él con un cinturón para evitar caídas. A lo lejos, mi padre observaba atento, vigilando que nada se saliera de control.
Al subir con Even a la escoba me sentía libre. El viento golpeando mi rostro, enredándose en mi cabello… era una sensación increíble.
—Envidio todo esto— dije desde el aire.
Even redujo la velocidad, convirtiendo el vuelo en un paseo tranquilo.
—Esto. La magia. Poder viajar en escoba, ver estas vistas como parte de tu día a día.
—Yo sé que la magia también vive en ti— dijo mirando al frente—. Sé que eres una bruja, pero algo… algo te lo impide. Yo sé que puedes, porque si no…
—¿Qué es eso?— lo interrumpí.
—Allí— señalé hacia una montaña cercana—. ¿No lo ves? Hay un brillo… es el brillo más fuerte que he visto en mi vida.
—Echemos un vistazo— respondió—. Si hay algún riesgo, nos largamos de inmediato.
Cuando aterrizamos pude verlo mejor. Era —o había sido— una cueva, cubierta por una enorme piedra que brillaba con una luz extraña.
—¿Es normal?— pregunté, observándola con atención.
—¿Estás bromeando?— dijo—. Es solo una roca. Enorme, eso sí. Déjame intentar algo. Hazte a un lado.
Me alejé, y Even me hizo señas para que me apartara aún más.
La roca se movió lentamente, dejando al descubierto una cueva pequeña y poco profunda.
—¿Por qué alguien se tomaría la molestia de sellar este lugar?— murmuró al entrar—. No hay nada aquí, solo objetos sin valor.
Mientras hablaba, mis ojos se fijaron en una de las paredes —si es que podía llamarse así—. Era lisa, pulida, y brillaba de una forma distinta. Le hice una seña a Even; él se encogió de hombros.
Cuando toqué la superficie, destellos plateados estallaron a mi alrededor. Un viento poderoso envolvió la cueva, haciendo vibrar el aire. Me aparté de inmediato, sobresaltada.
—¡Lo sabía!— gritó Even, sonriendo—. ¡Lo sabía! Tenemos que traer a papá y al abuelo para que vean esto.
Tocó la pared, pero bajo su mano no ocurrió nada. No hubo luz ni viento. Solo piedra.
—¿Qué fue eso?— pregunté, aún aturdida.
—Magia— respondió con los ojos brillantes—. Magia, hermana. Eso fue magia.
Me tomó del brazo y me sacó de la cueva. Con unos movimientos rápidos de varita volvió a cubrir la entrada con la roca, como si nada hubiera ocurrido.
—Tenemos que ir por ellos— dijo con urgencia.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que aquello que siempre había esperado… por fin había respondido.
Cuando regresamos al castillo, mi prima Agnes nos hacía señas con urgencia. Mi primo Thomas nos observaba con evidente preocupación; ambos parecían gritarnos algo desde la distancia.
—¿Qué pasa?— pregunté al verlos desde el aire.
—No seas ingenua— respondió Even con el ceño fruncido—. Tenemos la misma información.
En cuanto descendimos de la escoba, corrieron hacia nosotros. Agnes salió disparada, gritando:
—¡Abuelo! ¡Even y Bridget regresaron!
—¿Qué hicieron ustedes dos?— preguntó Thomas, mirando fijamente a Even.
—Descubrir algo asombroso, si me lo preguntas— respondió él, serio—. Pero veo que algo relacionado ocurrió aquí— añadió, observando sus rostros.
—¿Cómo lo sabes?— preguntó Thomas, confundido.
—Porque lo que pasó allá fue increíble y, apenas llegamos, nos preguntas qué hicimos— replicó Even mientras apoyaba la escoba contra la pared—. No soy un genio, pero es bastante lógico.
—Hay un hombre que dice venir de Hogwarts. Los está buscando.
Even frunció el ceño con molestia.
—¿La escuela?— pregunté, aunque ya sabía la respuesta—. ¿Se enteraron de lo que pasó?
—Vamos a averiguarlo…— comenzó Even.
No alcanzamos a avanzar mucho cuando la puerta principal se abrió. Un hombre de semblante serio y oscuro entró acompañado de mi abuelo Edmund y de mi padre. Agnes se hizo a un lado instintivamente.
Era alto, de cabello negro y ojos profundos, casi intimidantes.
—Thomas, Even— dijo mi abuelo—, ¿podrían dejarnos solos con Bridget, por favor?
—Si es por lo que pasó, Even estaba conmigo— intervine con rapidez.
—Me retiro, abuelo— respondió Thomas finalmente, lanzando una mirada cautelosa al hombre de negro. Juraría que este lo observó con desdén antes de volver su atención hacia mí.
—Supongo que el joven puede acompañarnos— dijo el desconocido mirando Even—. ¿Podríamos ir a un lugar más… privado?
—Por supuesto— respondió mi padre, indicándonos el camino hacia su oficina.
Caminamos por los pasillos del castillo. El ambiente se sentía pesado, y mi corazón comenzó a latir con fuerza. La angustia se apoderó de mí.
¿No debía tocar esa roca?
Mientras mi mente daba vueltas, empecé a notar detalles: mi abuelo, siempre relajado, se veía serio… pero orgulloso. Mi padre llevaba una pequeña sonrisa ladeada, lo que me hizo pensar que, de algún modo, todo estaba “bien”. Even, en cambio, caminaba rígido, la espalda recta, como si estuviera preparado para interponerse entre aquel hombre y yo en cualquier momento.
Llegamos rápidamente a la oficina de mi padre. Nos condujo a la pequeña sala contigua. Me señalaron un sillón individual y me senté, aunque Even permaneció de pie detrás de mí, protector.
—¿Estoy en problemas?— pregunté, mirando a mi padre.
—En absoluto, señorita Kyteler— respondió el hombre de negro—. Mi nombre es Phineas Nigellus Black. Soy el director de la Escuela de Magia y Hechicería de Hogwarts.
Mi respiración se detuvo.
—Iré directo al punto— continuó, sacando un sobre de su abrigo. La tinta verde esmeralda brillaba suavemente, idéntica a la que había visto años atrás—. El día de hoy, esta carta llegó a mis manos.
Mi nombre estaba escrito en ella.
—Lo inusual— añadió, alzando la mirada hacia mí— es que haya sido enviada en este momento, cuando usted debería estar en su quinto año, imagino que el dia de hoy ocurrió algo.
Cuando abrí la boca para hablar, sentí el peso de Even cambiar de lugar. Se adelantó a mis palabras.
—Estábamos dando un paseo en escoba cuando nos detuvimos a descansar— dijo con naturalidad—. Ella comenzó a contarme sobre su vida en la ciudad, lo mucho que le gustaba subir a la escoba conmigo… y entonces empezó a levitar.
Había cambiado la historia por completo.
—¿Es eso cierto, Bridget?— preguntó mi padre, sonriendo.
—Sí, padre— respondí, siguiendo el hilo que mi hermano había tejido—. No sé cómo ocurrió. Solo hablaba con Even de lo mucho que me gustaban las vistas desde su escoba cuando comencé a levitar. Aunque, honestamente, no estoy segura de poder replicarlo— añadí antes de que alguien pudiera preguntarlo—. Solo… sentí un cosquilleo en las manos.
—Es bastante inusual que a su edad la magia comience a manifestarse— dijo el director Black con voz medida—. Normalmente aparece a una edad temprana. En algunos casos, como el suyo, la magia puede reprimirse durante años. En esta situación excepcional, la escuela estaría encantada de que el próximo septiembre se una a nosotros.
Hablaba como si leyera un guión cuidadosamente ensayado.
—Siempre es bien recibida alguien de tan buena familia.-añadió sonriendo.
—Y nosotros estamos encantados de que la acepten— dijo mi abuelo, sonriendo con orgullo.
—Sin embargo— continuó Black—, necesitaremos que durante los próximos dos meses intente regularizarse en los contenidos académicos. Sé que es una tarea complicada; son cuatro años de formación los que no cursó. Espero que la señorita sea una estudiante aplicada.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
¿Me estaban llamando bruja?
¿De verdad la magia corría por mis venas?
No lograba prestar atención. Mi mirada se fijó en la chimenea apagada, aunque no conseguía enfocarla del todo. ¿No era demasiado grande? ¿No se suponía que mi vida ya estaba definida en el mundo muggle? Mi habitación en casa de la tía Beatrice, mis clases en la academia de señoritas…
Cuando volví en mí, la habitación estaba en silencio.
—Bien— dijo el director Black, observando con atención—. Veo que la señorita posee la capacidad de hacer magia.
Extendió la mano hacia mí, ofreciéndome la carta. La tomé con cuidado, como si pudiera desaparecer.
—La espero el dos de septiembre, señorita Kyteler. No falte. Es importante que se presente.
Y sin que alcanzara a procesarlo del todo… se fue. Simplemente desapareció.
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