Siempre le ha gustado vivir el presente, aquí y ahora. Sin deprimirse por el pasado, sin sentir su estómago revuelto por el futuro; lo que quiere lo hace, lo toma, lo consigue y se enorgullece de ello. En una realidad donde nadie esperaba algo significativo proveniente de Nari, se encargó de recordarles que valía tanto como sus hermanos, que a pesar de cargar con ese maldito apellido, lo hacía con la frente en alto. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué palabras tan absurdas le preocupan? ¿Por qué ha comenzado a imaginar una verdadera posibilidad? "Lo peligroso es juntar a dos lesbianas. ¿No has visto los niveles de toxicidad?" Se escuda tras una broma de mal gusto, recomponiéndose a la fuerza y liberando un resoplido con cierta gracia. Realmente detesta darle vueltas a este asunto, mostrarse vulnerable cada instante en que Jia parece retroceder y, aun así, se queda. Debe ser honesta consigo misma, admitiendo que no recuerda haber tenido una sola relación larga y duradera, tampoco haberla deseado con aquellas personas; mas su anhelo por esta mujer, por conocerla y no limitarse a un gozo pasajero que ya ha conseguido, dice demasiado de la propia coreana. Y su cabeza vuelve a ser caos, entre colores arcoíris que la ciegan y dudas existenciales que la carcomen. "No me pongas a prueba, muñequita. Si me retas, esto podría terminar muy mal y me gusta pasarla bien contigo". Traicionarla. Tal como planea hacer con su propia familia, sangre de su sangre. Decepcionarla. Fallarle. ¿Eso es lo que quiere? Porque podría hacerlo. Pero no le nace. No cuando ha vislumbrado una ínfima posibilidad de ir tras ella, incluso luego de urdir su plan. Tonta e ilusa, así es como se siente junto a Jia; también, extrañamente feliz.
"Para tu información, soy excelente al volante. Así que espero una copiloto digna de mis habilidades". El sonido de una risa entre dientes corta el hilo descabellado de ideas, volviendo a guardarlas justo donde deberían estar: en lo profundo de la mente. Ignorando las preocupaciones contrarias, no pierde tiempo al aferrarse a esa mano que le ofrece confort incluso en medio del riesgo latente. Su sonrisa reluce ante la muestra de afecto y decide dejarse llevar, flotando tranquila sobre la nube de sentimientos que solo la castaña puede generarle. "No te arrepentirás cuando pruebes mi elección. O mejor dicho, no admito quejas acerca del helado de chocomenta". La compra no toma más de un par de minutos y, con los últimos billetes que le quedan en efectivo, decide que un litro será suficiente para las necesidades del día. Con la compra realizada e ignorando el hecho de no poder seguir su rutina de shopping convencional dada la precariedad en la que ahora viven, el camino hacia el vehículo es como hallar un oasis. Se sienta frente al volante, dejando el helado en un costado y encendiendo el motor al escuchar la otra puerta cerrarse. Gafas de sol cubren sus ojos, el aire acondicionado zumba ligeramente y el sonido de una canción pop popular inunda el espacio. "Relájate. Prometo que llegarás en una sola pieza a casa". Si su palabrería se cumplirá o no, están a punto de conocerlo.