Me encanta la fachada del bar: madera roja, con una puerta al centro. Luce peculiar, porque de este lado del mundo los bares no se ven así. Y sin embargo, este me atrapa. Me recuerda a los pubs de Londres.
Solo estuve una vez allá, pero bastó con esa única vez para enamorarme de las cosas frías, los climas inestables, lo melancólico.
Quizá por eso estoy aquí.
La lluvia y el frío de la noche ayudan. Y digo ayudan porque me gustan las noches lluviosas, sobre todo esta llovizna leve, que más que mojar, acaricia. Una caricia fría que no pide nada a cambio.
Ya llevo un rato esperando. La culpa es mía: soy puntual. Lo cual es un problema cuando uno nació impaciente… y tú, tan impuntual como siempre.
Eso es algo que no tolero de nadie. Bueno, de casi nadie.
Porque mírame: aquí estoy, tolerándote. Otra vez. Haciendo cosas que me alejan de mí.
En la esquina hay un bar aún más raro: apenas una barra, unos bancos de metal, y luz blanca.
¿Luz blanca? ¿En serio? ¿Quién demonios ambienta un bar con luz blanca?
Una tragedia el gusto del dueño.
Pensé en sentarme ahí, pedirme algo mientras llegas. Pero ya vi la escena y no me gustó: yo, solo, en ese lugar vacío, con el tipo de la barra viendo el partido, una cerveza que no quiero y scrolling sin sentido, buscando nada.
No, mejor me quedo aquí, recargado en este poste de luz.
Me compré un cigarro en la tienda. Ni sé por qué. No me considero alguien que fume. Y si lo hago es porque ya bebí mucho… o porque estoy esperando.
¿Ya dije que me caga esperar?
Y no sé si eso sea un error.
He estado esperándote mucho últimamente, y cada vez se siente más como esas noches grises de Londres.
Inestables. Frías. Deprimentes.
Mierda… justo lo que me enloquece.
Pero aquí estoy. Esperándote.
Como si la lluvia no bastara.