Lleva rato ignorando las notificaciones de su móvil, que ha pasado de vibrar a simplemente encender la luz cada vez que llega una notificación. Y no le molestaría si no fuera porque sucede cada cinco segundos, y ha estado sucediendo a lo largo de todo el mes. La única solución que encuentra viable, para ese punto, es la de deshacerse de él. “Ten, te lo regalo.” La persona más próxima al lugar que ha elegido para estudiar es la afortunada ganadora de su móvil. Tras entregárselo, vuelve a enfocarse en las hojas que tiene frente a sí. “Si no te hace falta, puedo enseñarte a hacer que explote — es divertido.”
Recibe el móvil y observa superficialmente cómo las notificaciones aparecen en la pantalla. No quiere leer, para no ser intruso en su privacidad, pero su mirada de todas formas se pasea por algunas palabras antes de ocultar la pantalla. “Ah, noona, qué popular,” comenta un tanto juguetón, molestándola sin malicia. “¿De verdad estás ofreciéndome explotar tu teléfono?” Tiene que asegurarse, porque al menos lo que era él, tenía varias cosas de importancia en el aparato. Entre ellas sus apuntes (y en menor escala, sus selfies). “Hay otras formas de lidiar con la popularidad, aunque aprecio mucho tu regalo.” Le sonríe, sosteniendo el celular entre sus dos manos y mirándola con significado. Si antes fuera su teléfono la que la distrajera tal vez ahora fuera él. “Me daría pena sacarte de tu estudio,” admite, “pero no puedo ocultar tampoco que sería muy interesante ver cómo explota. ¿Sabes?”















