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@bethcollinwood
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—Un poquito de diferencia hay, pero muchas gracias por esforzarte en recordarlo, es un honor. —Sonrió de forma divertida, cruzándose de brazos. —No es necesario, de veras… —Volvió a insistir. —Pero puedo pensar en algo si es que quieres devolverme el favor. —Se encogió levemente de hombros, aunque en el fondo le sabía mal que Beth se tomara el hecho de haber recibido ayuda por parte de Giulietta como un favor el cual deber, no creía esa “recompensa” como algo necesario.
Créeme que lo es --agregó esta vez con un tono más divertido mientras negaba levemente y levantaba una mano en forma de hacer que la castaña se callara--. Me da igual, para mí sí que es necesario --sentenció de manera que esperaba diera por terminada cualquier tipo de discución--. No tengo idea de tus gustos o intereses, pero si me dices algo puede que se me ocurra alguna manera para devolverte el favor.
—Uhm… Creo que prefiero la primera opción, eso de la obsesión con los roedores es un tanto… Bizarro. —Comentó sonriendo ligeramente un tanto incómoda por llegar a imaginar cómo sería un tipo de obsesión como aquella. Dejó escapar una pequeña risa, negando con su cabeza a la misma vez. —Casi, mi nombre es largo y también empieza por “g”, soy Giulietta. —Corrigió alzando una de sus manos, realizando un gesto quitándole importancia a la situación. —No, no me tienes que devolver nada, en serio.
Menos mal, si no te pasaría urgente el número de un psicólogo. Giulietta, Gabriella ¿Hay diferencia? Es casi lo mismo, pero intentaré recordarlo --hizo un ademán con su mano para restarle importancia, para después ladear la cabeza a un lado--. No, en serio. Detesto deberle a la gente, así que si hay algo que pueda hacer por ti, dímelo --era obvio que no lo hacía por mera amabilidad, si no que lo sentía más como una responsabilidad.
—Por muchas veces que pase por aquí siempre termino observándolas, no tengo remedio. —Rió con suavidad, aunque pareciera un gesto un tanto infantil no podía evitarlo, parecía ser que aquella niña en su interior se reflejaba en ese tipo de actos. —Eres Beth ¿Verdad? —Inquirió, puesto que había reconocido a la rubia gracias a haber tenido varios encuentros con ella.
Eso indica que eres bastante fácil de impresionar o, en su defecto, que tienes una extraña obsesión con los roedores --no entendía mucho porqué encontraba tan fascinantes a unas simples ardillas, pero quizá era lo mismo que le pasaba a a ella con la fauna marina--. La misma que viste y calza. Beth Collinwood --asintió mientras dejaba el pote vacío de yogur a un lado en la banca para observar con atención a la castaña y ver si podía recordar su identidad-- ¿Tú eras Gabriella? --cuestionó con una ceja arqueada, despreocupada de haberle errado--. Aún te debo el dinero por la botella de agua.

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—Oh, no te estaba mirando a ti… Si no… —Negó con su cabeza con cierto sobresalto al escuchar las palabras de la rubia agachando su mirada, no tenía ganas de un enfrentamiento aunque la actitud de la contraria no fuera la correcta. —A aquella ardilla. —Comentó señalando al adorable pequeño animal el cual se encontraba sobre el césped del parque observando a los transeúntes con cierta intranquilidad. —Disculpa por molestarte igualmente. —Musitó volviendo la mirada al roedor, a pesar de haberlas visto ya varias veces al ser residente en Nueva York y poder visitar el parque cuando quisiera no podía evitar que en algún momento durante las visitas estas captaran su atención.
Reconoció a la castaña por encuentros anteriores, como el de aquella cafetería en la que se ganó un buen moretón en la frente por una semana. Una ceja arqueada fue el resultado de la infantil aclaración de la chica y por un segundo creyó que le tomaba el pelo, por lo que volteó en dirección a la que señalaba y para su sorpresa sí había un roedor allí. Volvió la mirada hacia ella, encogiéndose de hombros con suavidad--. Es bonito... como sea, disculpas aceptadas --dijo únicamente.
-Estaba mirando a ver si eras Beth o no. Pero bueno… Me voy si tanto lo deseas… -dice Elliot algo cabizbajo, puesto que las cosas en su casa seguían sin mejorar.
Pues sí, soy Beth... Aguarda, ¿Elliot? --espetó con sorpresa dejando a un lado el pote de yogur, puesto que inicialmente no lo reconoció y mucho menos con ese aspecto tan poco usual en él, quien generalmente irradiaba felicidad. Tanta que hasta resultaba irritante, pero eso no se veía en el hombre frente a ella-- ¿Qué demonios te ocurre? ¿Algo va mal?
La rubia se encontraba en sentada en una de las bancas de Central Park disfrutando de un yogur. Esa era una de las tardes libres que tenía de su trabajo y la facultad, por lo que le gustaba salir y distraerse un rato de todo. Sin embargo, algo la estaba poniendo incómoda allí y es que sentía que alguien la observaba, razón por la que volteó a mirar a su alrededor y acabó topándose con una persona--. Ew, ¿qué tanto miras? Piérdete --espetó.
Después de Boston la joven no había parado para nada cuando llegó finalmente a Nueva York. Era una locura y estaba cien por cien convencida esta vez de que quería mudarse, lo más rápido posible. Lo de Boston hizo que se saturara por completo ¿Y por qué no ir a una agencia al menos para observar casas? La joven se encariñó con una en particular, pero había otra también que quería debatir, por lo cual, con la mujer de la inmobiliaria había quedado el viernes de la semana que viene para ir a verlas y decantarse por una. Agarrando el carricoche, la chica se encaminó hacia fuera, y, sin darse cuenta, sintió como daba de golpe con una persona, haciendo que la joven abriera sus ojos de par en par asustada.— ¡Joder! Lo siento, ¡Lo siento muchísimo!
Hacía unas semanas se había puesto en contacto con una inmobiliaria para poner en alquiler la casa que solía ser de su abuelo y ahora le pertenecía. Necesitaba dinero de algún lado y esa era la mejor opción, además que corría el riesgo de que se arruinaran los muebles o la usurparan si seguía así de abandonada. Iba en ese mismo momento a su reunión con la mujer cuando casi la atropellan con un carrito para bebes. Por instinto dio un saltito hacia atrás y soltó un bufido--. No te gastes en disculpas, mejor aprende a controlar ese carro --espetó con un tanto de indiferencia.
¡Eh!
— Tú, cuidado con lo que haces con mis flores. Puedes olerlas pero no tocarlas. —amenazó con un tono aparentemente serio, aunque su rostro mostraba todo lo contrario.
Rodó los ojos ignorando las tontas palabras de la rubia, para después señalar unas cuantas flores--. Estoy buscando gardenias ¿Tienes o tengo que irme a otra florería?

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Beth leaving her apartment in New York City
ooc.
Beth Collinwood + personality tests {insp}
Capricorn | Sheep | King | Choleric | Birch | Type 8 | ENTJ | Slytherin
Beth Collinwood, tiene 23 años es universitaria y actualmente está estudiando un máster en oceanografía en la Universidad de Nueva York. Viene de Nueva York, Estados Unidos. Tiene cierto parecido con Taylor Swift.
historia
Beth nació en Manhattan veintitres años atrás, siendo hija de Patrick y LeAnn Collinwood. Fue criada en una familia de clase alta, más que nada por los grandes ingresos que su madre obtenía por su trabajo de corredora de bolsa. Desde pequeña demostró que poseía un carácter fuerte y difícil de domar, convirtiéndose en un verdadero dolor de cabeza para sus padres.
Adoraba su vida en la gran manzana, después de todo estaba viviendo el sueño de toda niña: las mejores ropas, los más costosos juguetes y todo lo que se cruzara por sus ojos. Sin embargo, todo cambió el 11 de Septiembre del 2001. Sí, esa fecha tan trágica en la que las emblemáticas Torres Gemelas se derrumbaron por un atentado terrorista y miles de personas perdieron su vida, entre ellas la madre de Beth. Ese día la señora Collinwood debía asistir a una reunión de negocios en el afamado restaurante Windows Of The World, ubicado en la torre norte del complejo… quién diría que ahí perdería la vida. Su padre, devastado por la pérdida de su mujer, decidió que lo mejor para él y su pequeña princesa sería tomar los ahorros familiares y recomenzar en un nuevo lugar: Hawaii. Si bien al principio le molestó tener que dejar su preciada vida a cambio de una simple islita en medio del océano, entendía los motivos de dicho traslado. Con el tiempo aprendió a amar el clima tropical, las playas de arena blanca y el océano cristalino, hasta el punto de amar su nuevo hogar y olvidarse por completo de Nueva York.
Jamás habría dejado Maui de no ser por la petición de su padre: asistir a una prestigiosa universidad en vez de seguir estudiando en la de Hawaii. Tampoco fue muy difícil convencerla dado que ella siempre quiere lo mejor de lo mejor. Buscando en Internet diversas instituciones al rededor del mundo fue que se topó con la Academia Wilson, y esa se convertiría en su elección: no estaba demasiado lejos de su paraíso y podría tomar un vuelo cuando deseara. Allí siguió con su vida, estudiando lo que más le apasiona en esta vida que es el mundo marino y todos los misterios que lo rodean; además de tener uno que otro encuentro desafortunado con gente desagradable de su antigua vida. Le gustaba estar allí en San Francisco, se sentía bien y siempre regresaba a Hawaii cada vez que podía.
Sin embargo, recibió una noticia que no se esperaba para nada: su abuelo por parte materna había sido diagnosticado de cáncer de pulmón. Si bien fue descubierto a tiempo y según los médicos podría recuperarse con una serie de sesiones de quimioterapia, lo que el anciano más deseaba era volver a ver a su nieta después de más de una década de simples comunicaciones telefónicas y a Beth esto le tocó la fibra sensible de su negro corazón. No podía negarle esa petición a su abuelo, por más que eso quisiera decir que tenía que regresar a la ciudad que le arrebató a su madre. Odiaba Nueva York, pero ¿Cómo podía decirle que no al único pariente vivo que le queda aparte de su padre? Sería totalmente extraño el reencuentro, pero era algo que tenía que hacer.
Al enterarse que Wilson abriría una sede de la universidad en Nueva York pidió el traslado y, más a regañadientes que nada, se mudó a Brooklyn para acompañar a Malcolm en su tratamiento. Sí, ya no viviría en Manhattan como antes pero estaba más cerca de ese lugar de lo que le gustaría. Ahora tendría que enfrentarse a los trágicos recuerdos que tanto tiempo llevaba ignorando y al mismo tiempo tratar de no entrar en una crisis por esto mientras continúa estudiando y atormentando a los idiotas del lugar.
Tras pasar un tiempo allí, todo se vino abajo y acabó de la peor manera. Su abuelo falleció. Beth, quien ni siquiera había logrado superar la muerte de su madre todavía, entró en crisis y casi en depresión. Para tratar de sobrellevar esto, decidió aceptar la propuesta de su recién recuperada mejor amiga e irse con ella a Francia. Total, ¿qué podía salir mal? Sólo estaba haciendo lo que ya había hecho antes: escapar de los fantasmas que la atormentan, olvidándose en Nueva York de su trabajo, de la universidad… pero principalmente, de la muerte.
Ya en la ciudad de las luces, decidió que debía buscar ayuda. Sabía que estaba mal y nada mejor que un psiquiatra para ayudarla. Tras tres meses de sesiones, logró dejar atrás todo el dolor y aceptar que la muerte es algo natural y no hay una conspiración del mundo en su contra o algo parecido, ahora ha vuelto a ser la misma Beth de siempre. Aunque, obviamente no es lo único que hizo en París: noches de pasión con bellos jóvenes franceses, fiestas, tardes de compras a más no poder, ir cada día a un cine distinto para ver desde clásicos a películas nuevas y muchas cosas más.
¿Y por qué demonios regresó? Le dieron el alta médica y como se aburrió de París decidió que iba a enfrentar a sus fantasmas y eliminarlos de una vez a por todas; además de volver a reinar en las calles de la ciudad. Además, Miranda sólo hablaba de Evita y acerca de su novio de turno. Es decir, se alegra por ella, sí ¡Pero no quiere escucharla! Una vez que lo charló con su padre, decidieron que estaba bien y compró un pequeño departamento en Brooklyn, ya que no quería vivir en lo de su abuelo de momento. Iría pasito a pasito, sin apresurar nada porque no quería acabar teniendo otra crisis por el impacto.
personalidad
La rubia es dueña de una personalidad muy particular. Altanera, histérica y quisquillosa serían las mejores palabras para describirla, además de brutalmente honesta. Está muy acostumbrada a conseguir siempre lo que desea, así que nunca te aceptará una respuesta contraria a sus intereses. Se podría decir que sufre de complejo de abeja reina, dado que ella misma se pone en un pedestal muy por encima de los demás, creyéndose intocable e inalcanzable.
Además, Beth desafía el estereotipo de rubia tonta y desinteresada, siendo que es una joven muy inteligente y capaz, cosa que demuestra siempre en sus calificaciones y en cualquier cosa que se proponga. Puede pasar horas hablando sobre temas de interés mundial como puede ser la política, el rol de la prensa o lo que desees, eso sí: no esperes ganar la discusión, la chica defiende sus argumentos a muerte. Tiende a ser perfeccionista, todo lo que la rodea tiene que estar hecho a su preferencia, lo que no lo está inmediatamente debe ser eliminado, nada puede amenazar su preciado orden. Incluso si hay algo consigo misma que le disgusta trabajará hasta el cansancio para corregir ese defecto.
La pérdida de su progenitora la afectó más de lo que la misma admite, antes solía ser más abierta pero desde ese momento se cerró herméticamente hacia cualquier otra persona. Desconfía mucho del resto de las personas, siempre creyendo que alguien le clavará un puñal en la espalda cuando menos se lo espere, y es que es una experta en eso porque es lo que suele hacer a menudo. Es desconfiada, pero por sobre todo le tiene miedo a la pérdida, a quedar sola. Esto último ha comenzado a superarlo gracias a la terapia. Está mejor sola, ¿para qué tener amigos? Prefiere que la gente le tema o la admire de manera platónica.
Aún así, tras los últimos años se ha 'ablandado' un poco y puede llegar a ser bastante amable contigo si te conoce hace tiempo y le caes bien en la medida de lo posible.
datos curiosos
Practica surf desde los trece, es algo que le apasiona aunque nunca se planteó ser profesional.
Fanática de la moda, nunca se pierde ninguna nueva tendencia.
Tiene una cicatriz en su muñeca, que cubrió con un pequeño tatuaje en forma de corazón. Recientemente añadió otro en la zona de la costilla, en su costado izquierdo, que dice "Wish you knew I'll never forget you as long as I live". Es en honor a su madre y a su abuelo.
Durante sus meses en la ciudad francesa, comenzó a gustarle bastante el cine y necesita ver al menos una película por semana en la gran pantalla.
Va todos los fines de semana al memorial para las víctimas del 11S y luego al cementerio local, ya no le teme a los recuerdos y es capaz de llevarles flores a sus familiares muertos.
Se rindió con los chicos y con el encontrar pareja, preferirá vivir de manera loca mientras pueda. Se comenzó a creer que tiene una maldición encima que hace que todos la dejen incluso antes de comenzar nada.
Tiene una gatita llamada Nieves, que rescató de la calle.
Su relación con su padre está rota, no se hablan desde hace meses por culpa de su nueva mujer y su hermanastra, a quienes odia con fervor.
Se cambió de universidad y, mientras estudia el máster, es interna en el Brookhaven National Laboratory en el área de biología marina (al que consiguió entrar no sólo por sus excelentes promedios a la hora de graduarse, si no también gracias a los contactos de su padre y al nombre de su madre que es bien recordada y era buena amiga del actual director, a pesar de que le disguste admitirlo).
Desde hace un año lleva siempre su cabello corto, cosa que le encanta y dice que va más con su personalidad.
familiares
Patrick Collinwood (padre).
LeAnn Collinwood (madre, fallecida).
Malcolm Williams (abuelo materno, fallectido).
Alana Hamilton (madrastra).
Jojo Keani (hermanastra).
La habían golpeado, sí, le habían roto un labio y le habían dejado un ojo morado, ¿por qué? Para robarle su móvil. La inseguridad en Nueva York cada vez se hacía más grande, y Jojo no estaba acosumbrada a ella, en Hawaii las cosas no eran así, no te golpeaban sin piedad para robarte un maldito teléfono, no lo hacían. Y lo que más le dio rabia a la muchacha, fue que cuando fue a hacer la denuncia, le dijeron que no podían hacer nada si ella no sabía el nombre de los agresores. ¡¿Cómo iba a saberlos?! Era algo de locos. Y ahí se encontraba Jojo en el Central Par, con la sangre fresca sobre su labio y su cara empapada por las lágrimas, que lloraba de rabia e impotencia, no por el dolor que sentía
Bienvenida a Nueva York --fue lo único que alcanzó a decir al encontrarse a la morena en Central Park al regresar del Monumento Homenaje a los caídos el 11S, debía comprar unas cosas en aquella zona--. Vete a un hospital para que te atiendan, idiota, no puedes quedarte ahí sentada como una loca.

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—Debí imaginarlo. —Dijo sonriendo, le gustaba la actitud de la chica. Se veía más segura que otras. —Así es. Al parecer me recordaste.—Comentó, se alegraba de aquello. —Tu eres Beth, si mal no recuerdo.
La misma que viste y calza un buen par de tacones Jimmy Choos. Ahora andando, que necesito recuperar el cupcake que arrojaste al suelo y de paso alejarme de los gritos de esas locas, desde aquí se escuchan todavía y me causarán dolor de cabeza.