( émeric )
Desde hace un par de días la función se había vuelto tediosa, entre una posición insegura y el tener que hacer las cosas porque el tiempo no esperaba a nadie. El azul se veía en posición de luz, un foco industrial sobre sí en eso que buscaba hacerse más pequeñito, bien los espectadores parecían no querer observar más allá del muchacho de pecas y cabellos revueltos, llevar más allá la teoría y la práctica y notar si respiraban sobre el francés con la intensidad suficiente este llegaría a combustionar. Sentía como un animal de circo, o aquellos animales en cautiverio que todos veían mientras el concepto felicidad se les arrancaba de las vidas.Entre las injusticias, tan presentes durante los últimos días, parecía ser el principal ejecutor de la más grande de estas, arrastrando a Ludvik a una posición que de grato no llevaba siquiera su definición. Él, junto con la inseguridad de los hechos recientes, parecía envolver en ansiedad, el terror cayendo no solo al futuro sino a quienes podían o no, según sus elecciones, ser parte de este. Es su nombre lo que se hace lugar entre un bullicio a distancia de letras y bajos, incapaz de buscar la mirada de Ludvik sin llegar a convertir las orbes propias en cristal. Sentía patético por sus decisiones, como el salir de la cama o decidir cantar al viento parte de sus preocupaciones, como si necesitara una segunda opinión entre el qué debía hacer o sentir. ❛ No digas nada. ❜ le dice entre frustración, con tonalidad vacía y la vibrante desaparecida. Émeric es consciente de que Ludvik parecía jugar contra cualquier regla, así no fue sorpresa cuando las palabras volvieron a brotar de los impropios. Se muerde el interior del labio inferior con tanta fuerza que está seguro de saborear lo metálico, mecanismo de escapatoria ante esas situaciones que bien preferiría evitar, enfrentamientos suficientes como para todo un semestre. La palabra reemplazo llega con el viento, y no ve cómo decir a Ludvik que si bien teme a su reemplazo, la fobia va más bien al olvido. Entre dichos populares, la gente suele desechar a las personas como residuos tóxicos, le embolsan y etiquetan para dejarles caer al vacío mental donde van a parar los números telefónicos y eventos poco importantes.
Juega a cargar y mover sus el peso de su cuerpo sobre sus propios antes brazos, manos puestas al borde del mesón en eso que finge que este no le funciona de pilar ante rodillas temblorosas. A sus errores, termina por levantar la mirada y encontrarse con la sinceridad representada en matices azules, Se le vuelve a confirmar lo que de alguna forma ya sabe, cayendo en lo cobarde cuando evita el mirar y concentra su foco tanto en sus zapatos como las cerámicas del suelo. Es más fácil, tener que escuchar pero no observar, pues el ruso tenía esas de transmitir el alma con un solo mirar. Y así no sentía tan culpable, por esas conclusiones que andaba tomando entre la rabia y el lamento. Estúpido, idiota, ridículo. Un lista sinfín que parece hacer sinónimo a su propio nombre, porque aun cuando tiene a quien ama con el corazón trizado, no puede hacer ni lo más mínimo y dedicarle la mínima señal. ❛ Sí te creo.❜ suena similar a la manera en que un niño admite una travesura, como haber rallado las murallas con crayones o haberse comido aquella última galleta que juro dejar hasta luego de la comida. ❛ Yo… no… en realidad no es eso. No digas eso, sí te creo. ❜ lo admite a voz alta y las piernas se le vuelven gelatina, muerde con más intensidad su labio y traga saliva con dificultad. Es un nudo, lo que le aprieta la garganta y amenaza con quebrantar su voz. ❛ Sólo… ❜ e intenta de nuevo, buscar silencio cuando no hay lugar para este, posando su mirada en cordones negros en eso que esperaba que sus cabellos hicieran sombra a su rostro, a ver si así evitaba la vergüenza de la confesión. ❛ Creí que sería más fácil culparte a ti que a ellos.❜ …es más fácil culparte a ti que tener que culparme a mí. Confiesa un daño direccionado a quien no le ofrece más que amor, y si ya no se sentía lo suficientemente idiota, ahora que le ha compartido con el receptor de sus emociones catalizadas el sentir parece multiplicarse con cada milisegundo. De cierta forma, acababa de admitir sus intentos por apartar al ruso sin tener que atribuir la culpa sobre sí, escapar de la situación en vez de enfrentarla como haría cualquier otro; enfrentar el latir inquieto ante un beso o la calma interna proporcionada por una caricia, enfrentar a Ludvik y su ser, qué ofrecía y reclamaba. Parecía más fácil hacer de Ludvik el villano, sellar de ellos como un corazón roto pero asegurar tener una familia, a que quedar varado en la nada pero con un amor. Porque habían personas que pasaban una vida entera si la compañía de un amor, y se las habían arreglado, de una forma u otra. El sólo hecho de ser lo suficientemente conformista como para resignarse a no amar le hacía notar lo mísero de su existencia, la falla en su personalidad y carácter. ❛ No necesito un tiempo, yo… no quiero apartarte, no en realidad. Tú sabes lo que siento por ti. ❜ sonríe en tristeza, con el peso de las comisuras y el alza tímido de una mirada, yendo a buscar el rostro de Ludvik en el tiempo que esperaba haberse perdido de una reacción. La cuestión era que, entre su familia y Ludvik la decisión era bastante fácil; el pánico residía más bien en el tiempo, y en si las cosas no funcionaban y se quedaba de pie y en solitario con la espalda dada a su familia. Los Lefébvre consistían de tres hermanos y tres mujeres que, a pesar de no ser por la gentileza de sus corazones, habían criado de sus sobrinos hasta la decencia. No era una familia extremadamente numerosa como los Mijáilovich, donde si uno te daba la espalda otro cinco te sujetaría la mano. O donde una madre cariñosa insistiría en avergonzarte con preguntas o recuerdos de infancia. Los Lefébvre eran expectativas y el qué diría la gente, tradicionalidades y orgullo. ❛ Sólo parecía la solución más fácil y… soy un idiota, lo siento. ❜ es su cuerpo el que se endereza, debatiendo entre acercarse o no al de mayor altura, con el llanto al borde y como pronta amenaza. La realidad es que, todo parecía ser impulsado por el miedo a la soledad. ❛ Quizá—tal vez, puedo irme, si quieres. Estoy siendo un desastre, entendería si no… Se supone que es una fiesta, no quiero arruinar… la estoy jodiendo un poco.❜
”Creí que sería más fácil culparte a ti...” Esas palabras se quedaron dando vueltas en su cabeza como un disco de vinilo. Émeric había seguido hablando, pero Ludvik lo escuchaba más lejano que nunca. Tal vez no se trataba de las palabras en esencia, sino de lo que le hacían sentir. Era como abrir un baúl que había escondido en un rinconcito oscuro de la memoria, uno que se había propuesto no visitar nunca más. Sin embargo, allí estaba, trayendo a la piel esa oleada de exasperación, los alfileres en el pecho y una culpa que no le pertenecía. Esas razones que le obligaban a tragarse cualquier cosa que sintiera; a no emitir una sola sola palabra en contra y a desviar la mirada, cuidando no establecer contacto visual que pudiera revelar algo. Todo en orden de proteger los sentimientos ajenos, porque no recordaba un momento en que hubiera decidido poner los propios como imperativo y aquel estaba a millas de ser la excepción. Estaba seguro de que fueron sólo un par de minutos, pero Ludvik los sintió como una infinidad. Tiempo suficiente para darse cuenta de que en realidad conocía el sentimiento. Recordaba una tarde nublada, el frío por no llevar un suéter y el estar aceptando la culpa de todo lo que ella reprochaba, porque aquello era lo mejor que podía hacer. Aceptar la culpa por algo que se le había escapado de las manos, guardar silencio y hacer la promesa de que seguiría sin decir una sola palabra en el futuro. Incluso cuando ella trizaba el órgano entre sus pulmones, incluso cuando era nombrarlo como quien había arruinado todo y no le quedaba otra opción más que aceptar cargos que no le correspondían. Allí, junto a Émeric, estaba reviviendo esos sentimientos que detestaba con exageración. Mucho más cuando en esta realidad parecían multiplicarse como una tormenta en pleno invierno.
Y no supo cuánto tiempo estuvo en silencio, tragando cualquier mal sentir que pudiera ser un detonante para alguna frase hiriente. Estaba mirando sus zapatillas sucias, poniendo en práctica aquella teoría que alguna vez había escuchado por ahí y que hablaba sobre poner atención a lo menos relevante cuando se tiene que enfrentar una situación que de relevante lo tiene todo. Se sentía perdido en un mundo demasiado grande. “No...” Y lo tuvo que intentar de nuevo, levantando la mirada para encontrar ese rostro de angelito y un cielo francés que se veía excesivamente triste. Dejó que el aire llenara sus pulmones y luego lo expulsó sigilosamente. Entonces se acercó a Émeric para envolverlo en un abrazo cálido; una súplica a alguna fuerza superior que permitiera quedarse junto a él. No podía simplemente dejarlo ir. No esa anoche, no esa vida. “No importa que hayas—no importa.” Sus palabras llevaban el volumen suficiente para que sólo el francés pudiera oírlo. Su diestra viajó hasta el cabello castaño impropio para dejar caricias suaves. Un intento desesperado por calmar el caos. “No importa si por ahora tomas más de lo que puedes dar, Émeric. Puedes tomar todo de mi, todo. Yo— Puedes romperme el corazón, no me importa, yo puedo soportar lo que sea, pero por favor no me dejes...” Interpuso un ápice de distancia para sostenerse del azul en los iris ajenos, mientras acunaba un lado de su rostro con la mano izquierda. “Yo—yo entiendo que la familia es mucho más importante y si decides... Yo voy a estar aquí siempre, esperando. Sólo no me borres de tu vida porque yo—” La molestia en su garganta no le permitió terminar de articular oraciones desesperadas. Y es que esas dos palabras que había dicho tanto el último tiempo ya no le parecían suficiente. Te amo, te amo, te amo. No me dejes, no me dejes, por favor... Lo observó a los ojos durante un par de segundos antes de inclinarse para juntar sus frentes. Sus párpados ocultaron el azul y su pulgar dejó caricias sutiles sobre la porcelana, al mismo tiempo en que pensaba que caricias y besos eran lo único que debían tocar esa piel. Y también pensó en cuánto lo amaba y en cuánto lo necesitaba. Y se acordó de todas las otras veces en que había llegado a la memoria esa advertencia de “ya no hay vuelta atrás”, la cual nunca tuvo intención de explorar en profundidad por ignorancia a su significado. Ahora lo tenía allí, entre las manos. Todavía era demasiado joven, pero en ese preciso momento estaba seguro de que sólo en otra vida le sería posible volver a sentir un amor como el que le tenía al muchachito de las pecas.
















