Comenzó a asentir a lo que decía el menor, fijando su vista ahora en el escritorio, más en específico en el primer cajón y al abrirlo, sacó un abrecartas.
— Soy un hombre de palabra. — Aseguró, posó el dedo en la punta del objeto afilado, jugando un poco con él.
— Pero si no confías en mí, podemos hacer un tipo de contrato para que te sientas seguro.
Entrecerró la mirada al ver el abrecartas, curioso de saber qué haría al verlo jugar con él de esa manera. Un bufido algo molesto saliendo de sus labios al escucharlo.
— Sabes que no confío en ti nunca. — Confesó como si nada, acercando sus manos a las del mayor, con cuidado presionando el abrecartas hasta que una pequeña gota de sangre saliera de su dedo.
— Pero tal vez así lo llegue a considerar.














