Dejó salir un bufido de exasperación después de chasquear la lengua. Realmente le caía mal ese tipo, especialmente cuando tenía razón, su reputación en el hospital no era la mejor y rara vez alguien le hacía caso aun cuando hablaba en serio,
¿debería cambiar? Sí; ¿lo hará? Por supuesto que no. No le daría ese gusto a nadie.
— Bah, solo espera unos días y ya me deshago de ella. Más te vale que me cumplas lo que te pedí o el que te va a molestar seré yo.
Comenzó a asentir a lo que decía el menor, fijando su vista ahora en el escritorio, más en específico en el primer cajón y al abrirlo, sacó un abrecartas.
— Soy un hombre de palabra. — Aseguró, posó el dedo en la punta del objeto afilado, jugando un poco con él.
— Pero si no confías en mí, podemos hacer un tipo de contrato para que te sientas seguro.














