A un mes de mi día feliz
Mi novio y yo nunca habíamos peleado. Sí, admito que nos separamos un par de veces pero nunca en malos términos. Sin embargo, dos meses antes de comprometernos, nos peleamos muy feo. Eso me destruyó, destruyó mi confianza en él y en mí, la idea que tenía de que estaba en un punto estable se me escapó de las manos y la vida me recordó que todo se puede ir a la mierda en cualquier momento. Hoy, un mes después de que le dije que sí quiero casarme con él, sigo con miedo y pesadillas todas las noches.
Mi mamá tuvo mala suerte con el matrimonio, así que era de esperarse que me criara para ser totalmente anti uniones para toda la vida. Desde pequeña aprendí las únicas dos verdades que necesitaba para proteger al corazón: nada es para siempre y los hombres son una basura. Mi sueño nunca fue vestirme de blanco, ni tenía muñecas porque ser madre nunca fue ni un vago pensamiento en mi cerebrito recién salido al mundo pero ya marcado por una historia de rencor hacia mi figura paterna. No me imaginaba tampoco en relaciones, no mostraba sentimientos hacia nadie, nunca aprendí a dar abrazos ni besos ni manos. Tomar decisiones me aterra todavía, porque hasta una carrera universitaria dura más que mi voluntad para estar comprometida en el asunto. Me aburro fácil, o eso digo cuando me da pánico ver que algo ya se está volviendo irreversible, serio, que va a traerme consecuencias de las que no puedo escapar, que se está volviendo real.
¿Por qué le dije que sí, entonces? Porque lo quiero y porque es humano. Mi novio no salió corriendo cuando al mes de salir le tuve que confesar que nunca comía nada, me dio la mano cuando me vio llorar hasta no poder respirar porque me había ido mal en un examen, o porque me sentía fea, o porque simplemente no me salía bien alguna tontera a la primera.
Mi novio me abrazó con más fuerza cada vez que vio que brincaba hacia el lado contrario con solo que me rozara la piel. Mi novio aprendió a quererme cuando no podía ni siquiera ponerme en pie, a verme bonita en mis peores momentos de depresión, a sentir los dedos llenos de piquitos o sin una sola uña después de un ataque de ansiedad. Mi novio quiso seguir rutinas estúpidas con las que yo no puedo vivir, como lavarse las manos dos veces antes de tocar las cosas que le presto o no sacarse “mentiras” o hacer sonidos agudos que me ponen nerviosa. Quiso por voluntad propia someterse a los mismos restaurantes y las mismas comidas una y otra vez para que me sintiera cómoda. Mi novio me ha suplicado mil veces para que no me deje morir, me ha enseñado que soy valiosa y ha creído hasta los huesos en que puedo conseguir cualquier cosa que me proponga.
El compromiso es algo nuevo, que me asusta. Me he concentrado en recordar especialmente esas enseñanzas y malas experiencias de mi familia y en que no quiero que me pase lo mismo. Tengo pánico de que me vaya mal como a mi mamá, que sus predicciones se cumplan y que al final todo termine en un caos peor a como está mi vida ahora. Me pongo a sudar de la vergüenza con solo imaginarme ahí de pie y fracasada, mientras ella me recalca todas las veces que “me lo advirtió”.
Pero como dije antes, es humano. Soy humana. Los dos nos vamos a volver a equivocar, a hacernos daño y a pasar por muchas pruebas. Nada me puede asegurar que va a funcionar, que estoy haciendo lo correcto, que no voy a tener que regresar a mi casa “con el rabo entre las piernas” como siempre dicen. Pero vale la pena porque lo amo y porque, aunque no puedo asegurar que él me ame de vuelta, por lo menos estoy feliz de que sienta que soy lo suficientemente importante en su vida como para ponerse a planear el resto de ella a mi lado. Las pesadillas no se van a acabar, pero podemos y vamos a enfrentarlas juntos.











