Lindo Perú, tierra de mar y fuego, de pescadores y granjeros, de ceviche y chancho. Te extrañaremos.
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Las dos últimas olas del viaje no han estado nada mal!
CHICAMA Y EL MUELLE DE LOBITOS
Sobre Panamá, desde Santa Catalina, sentado en la mejor cama que hemos tenido en todo el viaje, rodeado de un mundo de coincidencias y situaciones inesperadas. Buenas algunas, malas la mayoría, depende de cómo decida uno tomárselo.
Estamos recogiendo todo y nada más publicar esto estaremos conduciendo rumbo a la capital, destinados a afrontar uno de los capítulos más duros del viaje, la prueba definitiva que decidirá el éxito de nuestra aventura: el paso a Sudamérica. No será difícil, sólo complicado, así que con paciencia sabemos que llegaremos sin problemas.
Nos acompaña un grupo de argentinos con quienes compartiremos la aventura. Creo que ya os hablé de ellos. Los conocimos en el norte de Nicaragua y hemos ido coincidiendo en distintos lugares desde entonces.
Estos días también nos acompaña un Canadiense, Luke, a quien subimos en nuestro carro nada más conocerlo. Desde el primer momento sacó una cámara de vídeo y no ha parado de apuntarnos en ningún momento. El chaval se ha currado un vídeo que nos da un poco de vergüenza, por ser puro postureo, con entrevista en inglés y toda la historia. Nuestra intención era ocultarlo para que nadie pudiera bacilarnos en un futuro, pero finalmente hemos decidido poner un enlace a su página, y quien se quiera reír, que se ria, que es muy sano.
Un beso a todos, estamos muy bien por aquí. Rezad por nosotros, que estos días van a ser intensos. Intentaré escribir pronto y currármelo un poco para que sepáis cómo nos ha ido.

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PAVONES
ILUSOS
#dosgallegosmuyliados #viñeta
COSTA RICA
El que quiera leérselo que se tome un rato, que esto va para largo. Quiero contaros la historia de todo aquello que ha ocurrido desde que dejamos Popoyo. Las horas de viaje en vano para llegar a Santa Teresa con un italiano loco, donde en medio de la noche oscura casi perdemos nuestro amado troke engullido por un enorme conducto de alcantarillado medieval, la aventura más loca que nadie nunca vivió en un lugar llamado Roca Bruja, los días en el Caribe buscando un barco que al parecer no existe, las invasiones de cangrejos en Matapalo... Me voy a quedar muy corto escriba lo que escriba aqui: Costa Rica ha sido una locura. Ahora en el recuerdo es casi hasta gracioso, pero en serio, hemos estado muy liados por aquí.
Pasamos la frontera sin ningún problema mayor que los típicos hurtillos que pretenden hacerle a uno en la frontera: que si un dolarcillo por aquí, un par de billetes por allá... Pagamos lo que debíamos y de lo que no, nos libramos. Como de costumbre. Una vez pasada la frontera esperábamos encontrarnos con lo que nos habían contado sobre Costa rica: un país más caro que los de alrededor, con un nivel de desarrollo muy por encima que el de las naciones vecinas. Calles limpias, carreteras bien asfaltadas, gente civilizada... "parece como si fuera otro estado de los Estados Unidos", decían. Pero no: las carreteras y las calles eran casi idénticas a las nicaragüenses, la gente también, la flora y fauna y todo eso, idéntico. Eso sí, los precios más del doble de caros que en Nicaragua.
El mismo día en que entramos en CR teníamos que llegar hasta Santa Teresa, donde Ander ya llevaba un par de días con su novia, Sara. Flo también nos esperaba allí. Nuestro plan era llegar y quedarnos un par de noches en la increible casa que Flo se había alquilado, para descansar después de tantos días de surf y tantas noches de camping sin ducha. Condujimos por un camino de tierra por la selva durante más de dos horas, de noche, para por fin llegar al pueblo, que estaba completamente desierto. No conseguimos contactar con ninguno de los dos, así que anduvimos buscando la casa de Flo con las vagas instrucciones que nos había dado por facebook un par de días antes. Las indicaciones nos llevaron a un estrecho camino de barro por el que nos metimos con cierto presentimiento de catástrofe inminente. Cansados, perdidos en un camino que seguro no nos llevaría a nada bueno, y desesperados por recibir alguna noticia buena que nos indicase que acabaríamos por dormir bajo techo esta vez: lo último que queríamos era volver dormir en el coche nunca más. Cuando ya habíamos casi abandonado en nuestro empeño y lo único que hacíamos era maldecir los motivos por los que estábamos en esa situación, una de las ruedas traseras del coche cayó por un conducto de alcantarillado de más de un metro de altura, quedando apoyado el chasis en el barro, torcido, escorado, con la rueda delantera izquierda en el aire y las otras dos aplastadas contra los bajos del coche, que no andaba ni para adelante ni para atrás. Ya era muy tarde y no era tiempo para este tipo de bromitas. Intentamos hacer todo el tipo de estupideces que intentan hacer los colgados que han metido el coche en un socabón del que no lo van a poder sacar: pusimos maderas bajo las ruedas, empujamos, nos arrepentimos de no tener un gato a mano... En una de estas pasó un todo terreno cerca nuestro y se nos ocurrió la muy brillante idea de pararlo y pedirle que empujase nuestro coche en contacto directo, sin cuerda ni nada, culo contra culo, para sacarlo del marrón en el que estaba metido. El conductor del coche, incrédulo con la imagen de nuestro pedazo de tanque ahí hundido, accedió inseguro a nuestra petición. Su cara decía que no lo íbamos a conseguir. Cuando me vi poniendo una funda de tablas entre los dos parachoques de esos pedazo de carros para que no se rozasen, yo mismo tenía muy claro que eso no iba a funcionar, sino que nos iba a poner en una situación mucho peor aún. Creo que todos lo sabíamos, y sin embargo nadie dijo nada y la cosa se hizo: Martija se puso al volante y los dos coches dieron gas al mismo tiempo. Un par de segundos después, el troke estaba ya fuera del agujero en el camino otra vez. Nadie se lo creía, gritábamos de emoción y abrazábamos al conductor del otro coche y teníamos la sensación de que todo había terminado. Pero no, para nada, simplemente estábamos igual de liados que antes de meter el coche en el agujero. Terminamos llevando al pobre Italiano a su hostal a la una y media de la madrugada, y decidimos pagar por dormir esa noche allí, algo que no se repetiría más.
Al día siguiente todo se solucionó y contactamos con nuestros amigos y todos cenamos bien y dormimos bien después de haber decidido el plan para los siguientes días: Iríamos a Roca Bruja, a unas siete horas al norte, pasando antes por playa negra, un poco más cerca, para pasar allí un par de días. En playa negra nos encontramos con dos gallegos que habíamos conocido en Popoyo, Marcos y Carlos, con quienes ya habíamos pasado unos días increíbles, y más que quedaban por venir. Ir a Roca Bruja no estaba en sus planes; el camino que lleva hasta la playa tiene fama de estar en muy mal estado, y había pocas posibilidades de poder llegar hasta ahí con su coche. Al final los convencimos con las fotos y vídeos de las olas, las historias que les contamos y la seguridad que les daba el tener nuestro coche cerca por cualquier cosa que pudiera pasar.
Estábamos encantados de que los gallegos viniesen con nosotros, así que arrancamos el troke y nos pusimos en marcha. Después de dos o tres horas de carretera de asfalto, por fin llegamos al parque natural por el que se accede a la playa, no sin que por el camino la policía nos parase. Al no haber nadie en la puerta pudimos entrar sin pagar nada. Todo era emoción cuando empezamos a meternos por el camino de tierra, incluso sacamos fotos y vídeos pasando al lado del cartel que recomienda no meterse por ahí. El camino no parecía tan complicado y casi todo discurría cuesta bajo. El troke bajaba sin ningún problema mientras que la mono volumen de los gallegos se las veía un poco más negras para avanzar. Después de otro par de horas, completamente oscuro ya, cruzamos el estrecho puente de madera que cruza el último riachuelo antes de llegar a la zona de acampada, donde aparcamos y salimos todos de los dos coches, emocionadísimos de estar ahí, hablando del camino y de la zona, los animales, las olas de mañana... Los dos seguratas del camping vinieron con una sonrisa, uno de ellos vestido con una cazadora militar, y nos explicaron las normas del parque natural.
-Buenas noches caballeros, veo que vienen en dos coches, ¿cuanta gente son?
-Buenas noches, sí, somos ocho personas.
-¿Cuantos de vosotros son surfos?- El de la chupa de camuflaje sacó papel y boli y se dispuso a hacer un vale de algún tipo. Nadie supo el por qué de esa pregunta, de todas formas, así suele empezar la cosa cuando quieren sacarle a uno el dinero. Tocaba negociación y lo sabíamos. Seis de nosotros surfearíamos, todos menos Ander, que estaba lesionado de la rodilla, y Sara.
-Seis.
-Bien, el derecho a camping son dos dólares, más la entrada al parque natural, que son quince dólares por persona y día para los surfos, y diez para los que no vayan a hacer surf.
Podéis imaginaros nuestra reacción. Nos lo tuvimos que tomar con calma y no borrar nuestra sonrisa; quince dólares por persona es bastante más dinero del que hay en nuestro presupuesto diario, y una auténtica salvajada que nuestros principios nos impedían pagar. Durante el viaje hemos aprendido a negociar bastante bien estas cosas, y los gallegos son unos auténticos maestros de la seducción verbal, pero nadie pudo hacer nada con la tozudez del guarda, que no cedía ni un poquito. Encima nos quería cobrar el día en el que habíamos llegado, que ya había pasado. La situación era surrealista: nos turnábamos para intentar sacar algo al guarda, cada uno con sus historias, pero era imposible; nunca suele ser muy difícil, porque todos los guardas, policías, militares etcétera son unos corruptos y se puede negociar con ellos, pero este quería llevarse una enorme tajada del dinero que nos pretendía sacar, y parecía no atender a nada. Era como hablar con un chimpancé retrasado vestido con una chupa militar. Ese tío era un auténtico subnormal, y era muy tarde, y otra vez estábamos demasiado cansados para tonterías, pero él no paraba de amenazar con llamar a la policía si no pagábamos o nos íbamos. Nos quedamos un rato sentados, pensando qué hacer mientras él hacía como que llamaba a alguien; sabíamos que ningún policía se pondría a esas horas a bajar por ese camino asqueroso para echarnos de ahí, pero había que hacer algo, y desde luego ni de lejos llevábamos suficiente dinero encima como para pagar la locura que nos pedía: surfear un día nos costaría por lo menos 27 dólares por persona, durmiendo en un camping en el que no había luz. No quedó más remedio que irse de allí. Después de haber soñado durante meses con esa ola, haber esperado a la marejada apropiada y haber conducido más de seis o siete horas para llegar allí, ahora, de noche, totalmente destrozados, nos dábamos la vuelta y nos íbamos de un sitio increíble sin haberlo visto siquiera.
Para cuando emprendimos el largo camino de vuelta, el coche de los gallegos ya había empezado a perder aceite a chorros. En alguno de los incontables golpes que se llevaron los bajos del coche algo se rompió por ahí y el coche no aguantó ni diez minutos durante el camino de vuelta antes de quedarse seco del todo. Con el coche quieto, después del primer vistazo en profundidad, Marcos descubrió que simplemente se había soltado la tapa del aceite, así que no había más que dejar el coche donde estaba, subir las dos horas de camino hasta la carretera y conducir hasta el taller abierto más cercano, comprar aceite, volver hasta el coche, y volver a subir los dos coches hasta la carretera. Entonces encontraríamos alguna playa en la que dormir fuera gratis y todo habría acabado. Algunos fueron a por aceite y otros nos quedamos en medio del camino en mitad de la selva, entre monos aulladores y el ruido de las ramas al moverse con el viento. Sacamos la cocina e hicimos macarrones en el fuego de gas, como si todo estuviese bien. Fue cuando vimos un escorpión enorme cuando realmente nos dimos cuenta de dónde estábamos, y de la liada en la que estábamos metidos, ahí, en medio de la selva, encerrados dentro del coche quemando el cartón de las cajas de huevos para aullentar a los mosquitos con el humo.
El troke volvió a las horas, con el aceite. Entonces parecía que ya estaba, que todo estaba a punto de terminar. Pero el camino de vuelta era todo cuesta arriba, y el coche de los gallegos avanzaba con muchos problemas. Parecía que se fuera a quedar atascado en cualquier momento. Y en un momento cualquiera, efectivamente, se quedó atascado. Ni adelante ni hacia atras, nada, quieto, enterrado entre cantos rodados, arena y rocas. Tardamos más de media hora en sacarlo de ahí, puede que hasta una hora completa. Intentamos empujarlo con el troke con una cuerda que teníamos, pero la cuerda se rompió y se volvió a romper, intentamos mover las piedras para crear tracción y que el coche saliera, empujamos. Nada funcionaba, parecía que el coche había llegado al final de su camino. No se qué tipo de milagro hizo que al final saliese de allí, sólo recuerdo empujar entre piedras que salían disparadas de las ruedas, el olor a goma quemada, el insoportable ruido de sufrimiento del pobre coche, los gritos. Pero lo hicimos, salió. Todavía quedaba mucha cuesta y pensamos que esto mismo volvería a pasar, así que Marcos pisó el acelerador a tope y avanzó lo más rápido que pudo por las piedras para que el coche no volviese a hundirse, chocando los bajos con rocas sueltas cada dos por tres, con un ruido ensordecedor del motor, hasta arriba. Por fin llegamos y lo celebramos chocando manos y dándonos abrazos de ánimo. Ahora podríamos relajarnos y conducir hasta una bonita playa a ver el amanecer tumbados en la arena para dormir. Marcos volvió a revisar el aceite y estaba bien, pero ahora el coche chorreaba líquido de transmisión por tres rajas en el cárter, o algo así. El tema es que volvíamos a estar liados. Ahora había que llevar el coche hasta un taller abierto antes de que la transmisión se quedase también seca, los gallegos podrían quedarse allí y nosotros podríamos buscar una playa para dormir, ya sin esperanzas de llegar de noche. Habíamos pasado ya unas diez horas en el parque natural de Santa Rosa, y no habíamos pagado nada. Era hora de irse.
Para cuando amaneció, conducíamos cuesta abajo hacia un pueblo en el que sabíamos que no había taller, por el simple motivo de que el coche gallego ya no era capaz de subir la cuesta; sólo podían bajar. Ellos iban delante, y nosotros detrás. Un coche de policía nos adelantó, adelantó a los gallegos, encendió las luces, y nos paró a todos. Papeles, pasaportes, preguntas... Los policías buscaban alguna manera de sacarnos dinero, otra vez, y cuando los gallegos les contaron la historia y les pidieron ayuda, vieron que ahí no había nada que sacar, se dieron la vuelta y desaparecieron con un buenas noches. Se pensaron eso de ayudar, pero creo que les dio pereza.
El coche de los gallegos había muerto ya, así que ahí quedó; ellos se subieron al troke, y les llevamos a un taller que ya estaba abierto. Ahí los dejamos, ya de día, y buscamos una playa para terminar por fin con toda la locura. Acabamos en una playa de arena gordísima que de lejos parecía muy bonita pero resultó ser una gran decepción. Ahí intentamos dormir bajo el intenso sol y el fuerte viento que llegaba a levantar esa arena gorda y fea de la que estaba hecha la playa. Supongo que puedo decir que ahí acabó la historia. Y ya era hora. El día siguiente seguimos el rastro de los gallegos hasta llegar a playa negra, otra vez. Ellos aparecieron más tarde que nosotros; les habían arreglado todo sin problemas, y el coche volvía a funcionar. La reparación costó más de lo que hubiera costado quedarse en Roca Bruja, obviamente. Justo antes de llegar de vuelta a playa negra, un policía los paró y estuvo a punto de multarles con 230 dólares por no llevar el cinturón. El mismo policía también nos paró a nosotros, pero después de habérselas visto con los gallegos no le quedaron huevos de intentar sacarnos nada. Esa noche cenamos chorizo hecho al fuego de la parrilla. Lo menciono porque creo que es de lo mejor que hemos probado en todo el viaje. Os aseguro que no valoráis el chorizo, el salchichón, el jamón y el queso como se merecen. En serio, son dios.
El resto de días en playa negra pasaron relajados, tratando de asimilar lo que acababa de pasar. Cuando llegó el día de irnos, nos despedimos de los gallegos y condujimos hasta San José, la capital costarricense, a llevar a Sara al aeropuerto, de vuelta a Donosti. Había venido para diez días y se comió una de las peores noches de todo el viaje sin quejarse ni un poco, como una campeona. Sara volvió a casa y nosotros fuimos al caribe, a puerto Limón, donde habíamos escuchado que quizá podríamos encontrar un barco con el que cruzar a Colombia junto al coche. No se si lo he contado antes, pero al parecer no hay carretera entre Panamá y Colombia. Si eso hay algún camino de tierra controlado por las FARC, pero no es muy recomendable meterse por ahí. Sería algo así como meterse de cabeza en la boca del lobo, como una forma de buscarse un secuestro fácil. O eso cuentan las malas lenguas. El tema es que al parecer nadie pasa por ahí, y nosotros no vamos a ser los listos que lo intenten por primera vez, así que lo que tenemos que hacer es pasar en barco desde Panamá o Costa Rica. Lo que hace todo el mundo es meter el coche en un container, meterlo en un carguero, y pasar en avión a Cartágena, Colombia, donde lo recogen. Nosotros no queremos separarnos del troke, y pretendemos encontrar alguna forma más barata de pasar todos. Así que ahí fuimos, a buscar.
El problema es que todo es demasiado caro, así que en resumen nos pasamos cuatro días preguntando por todas las navieras bajo el sofocante calor del caribe,comiendo muy poco y mal, y durmiendo noche sí y noche también en el coche. En su día digimos que no volveríamos a dormir en él, pero no hubo más remedio, y os aseguro que en el coche se duerme fatal, sobre todo a partir de la segunda noche.
No encontramos nada en Limón, así que cansados y hartos de todo nos fuimos de ahí. Buenas olas venían hacia la costa del Pacífico, así que decidimos ir a Matapalo, el cabo más al sur de la península de Osa. El plan era volver a la acampada libre, así que hicimos acopio de provisiones y fuimos a la aventura. No conseguimos cargar la bombona de gas porque aquí no existe el sistema que utiliza la nuestra, y comprar una nueva sería demasiado caro, así que no teníamos gas. Sólo nos quedaba una pequeña linterna de mano. Sumad a esto la lluvia: Es la segunda noche en medio de la jungla, en una playa tomada por hordas de cangrejos, ruidos de la jungla a todo volumen, monos aulladores, los loros nos han cagado en la caja de la comida, todo está mojado y sigue lloviendo. Hay que cocinar macarrones al fuego de la madera ya mojada apilada al lado de una hoguera ya apagada que de alguna forma hay que resucitar. Sólo hay una luz para cuatro personas, un escorpión camina por el empeine del pie de Ander. ¿Qué hacemos aquí?
Contrario a lo que cualquiera pensaría, todo eran risas, nos lo pasábamos bien con la situación, nunca sabe uno hasta dónde pueden llegar las situaciones. Tomamos una foto de la cena, seguro que sabéis reconocerla; es una loncha de mortadela bajo media de queso, ketchup, mayonesa y salsa picante. Buen apetito.
Matapalo fue toda una experiencia y además cogimos unas buenas olas. Ahora estamos en Pavones, acampados en el jardín de un hostal, con derecho a baño, cocina, duchas, internet... Desayunando crepes de plátano y miel, comiendo macarrones carbonara y surfeando izquierdas rápidas y largas. Ahora sí, estamos de lujo. Mañana o al siguiente saldremos para Panamá, aunque todavía no sabemos a dónde.
Abrazos y besos a todos. Dudo que vuelva currarme un texto tan largo; espero que haya servido para que os hagáis una idea de lo alucinógena que es nuestra existencia. Os mantendremos informados. Mua.
Nos vemos pronto!

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Después de todo lo visto, al final decidí pedir a Valentina una entrevista. Le encantó la idea y nos pasamos la siguiente hora hablando de su vida y del surf y de las olas, mientras su hermana pequeña Machi nos volvía locos a los dos.
La conocí en el agua. Era uno de esos baños en los que la gente está loca por coger más olas que los demás, había una guerra insoportable, tensión en el ambiente, malas caras, agresividad. Y en medio de todo esto, dos niñas pequeñas remando en sus diminutas tablas intentando hacerse un hueco entre todo el caos. Uno se preguntaba qué hacían esas niñas ahí, dónde estarían sus padres, quizá estuvieran asustadas, quizá necesitasen ayuda para escapar de todo aquello. Pero no. Que va, las niñas cogían más olas que la mayoría de surfistas agresivos a su alrededor. Era algo curioso ver cómo entre todo el griterío y la locura de gente remando, quienes al final terminaban por bajar las olas eran esas dos enanas. Era algo increíble.
Valentina y sus hermanas Candelaria y Maxima nacieron en Donosti, hijas de padre argentino y madre madrileña, todas han vivido desde los dos o tres meses de edad en Nicaragua. Me contaba historias acerca de campeonatos de surf que había ganado, viajes, olas, sponsors... hablaba como una pequeña adulta, con las cosas aparentemente claras en su cabeza como si todo tuviera un sentido muy claro: quería ser surfista profesional. Desde luego desde mi punto de vista iba muy bien encaminada. Cogió su primera ola a los diez meses de edad, a los cinco años empezó a surfear en Popoyo con ayuda de su padre, y a los ocho años ya cogía olas sin ayuda. Ahora, con diez años, se bajaba unas olas que nos dejaba a todos con la boca abierta. El mirador se convertía en su club de fans incondicionales a cada ola que cogía. Seguro que consigue cualquier cosa que se proponga. Suerte con todo Valentina.
Os recomiendo que veais los videos de Valentina y Candelaria en youtube pulsando en sus nombres.
Un abrazo a todos,cuidaos mucho. Subiremos fotos y cosas en breves. Ahora nos vamos a Costa Rica. Un beso!
Para Fer, con amor. Te echaremos de menos osaba Fer, muxus.
El primer día partí la punta de mi tabla, el segundo día, salí del agua con un ojo morado. El tercer día, Lopi partió la punta de su tabla. El cuarto día Martija plegó su tabla. El quinto día fue el día grande, y partí mi tabla por la mitad. El sexto día estuvo más pequeño, pero aun así Ander rompió una quilla de su tabla, y Martija partió la punta de la suya. Todos hemos roto algo todos los días, y aun así, todos nos hemos ido de la playa a la que acertadamente llaman "El Boom" con una sonrisa en los labios. Tubos, tubos, y poco más que tubos en una orillera parecida a Hossegor, pero con viento bueno todas las mañanas.
Al empezar este viaje siempre hablábamos de cómo nos gustaría encontrar una ola remota sin mucha gente, vivir con una familia local y compartir de la forma más auténtica posible la vida que ellos llevan. Ha sido insuperable esta vez: Pedro nos acogió en su terreno, dejándonos acampar en lo que más tarde descubrimos que era el bar-restaurante local, donde todo el pueblo se reunía para hablar y ver la pedazo de tele pantalla plana mientras nosotros cocinábamos tortilla de patata en medio de todo el follón. Unos argentinos que hacían el mismo viaje que nosotros, pero desde california hasta Argentina, se unieron a nosotros durante tres días, y la vida en el rancho de Pedro se convirtió, realmente, en algo inmejorable.
A veces uno se alegra de viajar con poco dinero para tener la oportunidad de vivir este tipo de cosas. Eso de compartir la vivencia con los locales, los niños corriendo al rededor de la tienda, los cerdos y los loros rodeando aquello que hagamos, las historias de las que uno se entera... La gente lo busca en sus viajes; nosotros lo solemos buscar también, pero esta vez ha sido auténtico, ha sido un enorme placer. Gracias a Pedro y toda su familia y amigos por estos días.
En contraste con todo lo idílico del rancho de Pedro, ahora estamos en San Juan del Sur, ciudad surfera del sur de Nicaragua en la que, para empezar, no hay olas. Nunca. El tipo de turismo surfero cutre que intentamos evitar y a nadie recomendaríamos. Vinimos aqui pensando en que podríamos encontrar algún sitio para arreglar las tablas y para comprar una nueva, pero que va, las tablas son caras y malas, y el que pretendía arreglar las nuestras era un idiota. Así que nos vamos de aqui, a Popoyo, otro destino bastante turístico, a ver si hay suerte y volvemos a tener tablas antes de que las olas vuelvan.
Un beso a todos, cuidaos mucho.

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Las Flores.
Escribo desde la habitación 315 del "hotel internacional" de Choluteca, en Honduras, a una hora de la frontera con Nicaragua, hacia donde ahora nos dirigimos.
Ayer fue un día de frontera. La señora de la ventanilla no estaba segura de que pudiéramos entrar en su precioso país sin cierto papel del coche que nunca hemos tenido.
- Pero señora, hemos venido desde Estados Unidos, pasando por Mexico, Guatemala y El Salvador y nunca nos han puesto ningún problema...
- Sí, pero esto es Honduras.
Esto es Honduras, toma ya. Ongi etorri. Nos retuvo junto a su ventanilla durante horas hasta que por fin algún superior en algún lugar lejano llamó por teléfono diciéndole que sí que podíamos pasar. En ese momento la que hasta entonces había sido una borde incompetente, decidió que nos acababa de hacer un favor y diciendo "ahora estais contentos eh" se convenció a si misma de que nos caía bien. No sé muy bien cómo lo hicieron, Ander y Martija se encargaron de reirle las gracias y soportar comentarios como "para la próxima vez podrías ser un poco más inteligentes" de la mayor lela del mundo para que el lento proceso siguiera su curso mientras Lopi y yo nos sentábamos a distancia prudencial para no tener que escucharla y explotar de rabia. Al final lo conseguimos, o lo consiguieron, Ander hasta tuvo que hablarle en euskera porque a la señora se le había antojado conocer nuestro idioma y el muy valiente consiguió no insultarla. Muchos otros no tienen esa paciencia brutal y hubieran soltado cualquier barbaridad sabiendo que ella no entendería. Aplausos para él. Gracias a ello estamos ahora aquí. Honduras es una caca de sitio, incluso para los hondureños, que nos recomiendan salir de aquí cuanto antes, justo eso vamos a hacer ahora mismo. A ver si en Nicaragua no nos ponen tantas barreras. Vamos a pedir ese papel de tráfico cuanto antes para que deje de haber movidas. Las fronteras son lo peor.
Un beso a todos, la foto de arriba es de Las Flores, muy bonito sitio. Cuidaos mucho.
Hace mucho ya que no os escribimos nada, y eso que hemos tenido algo de internet por fin. Estamos recogiendo todo en el coche para volver a tomar camino. Llevamos unos diez o doce días en un hospedaje llamado surfer's inn, a cinco minutos a pie del Sunzal, el pico más consistente de esta parte de El Salvador, si bien una ola fofa y con poca gracia. Llevamos un principio de año muy lento en cuanto a olas que poco a poco parece que va a ir acelerando, si tenemos suerte por fin. Han sido un par de semanas de conocer la zona, la gente y sobre todo el mercado local. Creo que en todo el viaje no habíamos vivido y comido tan bien. Supongo que siempre lo decimos; empezamos en Baja California bajo la dieta de la más básica supervivencia y poco a poco nos vamos acomodando y vamos viviendo mejor, a medida que todo se vuelve más barato al conducir rumbo sur por Centro América. Si no me equivoco la última entrada que hicimos fue la despedida a Mexico, escrita por Flo. Ahora Flo ya no esta con nosotros: cogió un autobus a Costa Rica, donde unos asuntos de urgencia lo llamaban, haciendo que tuviera que dejarnos hasta que lleguemos allí, en unas pocas semanas. No escribimos nada de Guatemala, y la verdad es que tenía pinta de ser un lugar espectacular; creo que a todos nos gustó, pero pasamos allí no más de dos noches, una de ellas en la ciudad de Antigua, que es un centro turistico sorprendentemente cuidado y puesto bonico para el visitante adinerado, donde vivimos una de las noches más raras de todo el viaje entre un montón de locos en una especie de fiesta clandestina muy cutre y divertida. Por lo demás, fuimos tontos y nos perdimos la visita al único volcan activo de Centro América porque teníamos demasiadas ganas de llegar al Salvador y surfear, y porque no pensamos que sería el único. Las fronteras fueron, como esperabamos, una completa locura, sobre todo la de Mexico con Guatemala, donde un pueblo entero vive de lo que consiguen sisar a quien pasa por ahí, y todo el mundo intentó, sin exito, sacarnos dinero de una forma u otra . El salvador tiene mala fama pero por momento parece un sitio tranquilo. Se ven un montón de escopetas, pistolas y metralletas, y el otro día cerraron la carretera porque habían matado a alguien, al parecer. Han sido las elecciones y la cosa esta un poco movidita, pero como siempre hasta ahora, no nos hemos encontrado con nadie malo en absoluto, de hecho, la gente ha sido de lo mejor.
Espero que la conexión nos de como para subir unas cuantas fotos. El viaje está siendo increible. Me encantaría transmitirlo mejor porque sé que merece la pena tanto escribirlo como leerlo, pero es complicado ponerse a ello cuando todo lo que te rodea te llama tanto. Tiempo al tiempo.
Un beso muy fuerte a todos, y cuidaos de los temporales esos tan chungos que teneis por ahí.