Steve Jobs, el Secreto de la Vida.
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Steve Jobs, el Secreto de la Vida.

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Siguiendo las recomendaciones del manual de belleza femenina, noto que está mal redactado, porque no te hace falta pintarte las uñas ni los labios ni llenar de polvo la cara. Me basta con que me sonrĂas por haberme encontrado bajo la lluvia en Av. de Mayo y Florida. Y que te cubras el pelo con una carpeta que poco te importa si se moja.
En alguna parte alguien habrá escrito que es necesario tener unas medidas mĂnimas, que si no se cumplen con tales requisitos la cirugĂa es la soluciĂłn. Y yo, como bicho raro que soy, pierdo el gusto ante tales circunstancias. Porque prefiero la cadencia de lo poco que crees tener, a lo perfecto e inmaculado que merodea por la calle tan a menudo.
Nunca una mujer es más hermosa que cuando se siente segura de sĂ misma. Cuando acepta quiĂ©n es, con sus desperfectos y aciertos, con su manĂa y su sensatez, con el pacto implĂcito entre ella y el espejo. No hay nada que pueda seducirte más que la sonrisa de una mujer asĂ. Todo lo demás es parte de un escenario que alguien puso en escena alguna vez para suplir la falta de una sonrisa de este tipo.
Poco me importa si hoy no tuviste tiempo de pintarte, si la humedad hizo estragos con tu pelo, si el pantalĂłn se ensuciĂł con un poco de barro. El dĂa que me fije en eso querrá decir que ya no encuentro lo autĂ©ntico en vos, y en ese mismo momento algo se habrá roto entre nosotros. Porque sigue siendo sĂłlo el decorado.
A mĂ me gusta ver tus uñas al natural, como el color de tu cara, que poco interesa si ciertos dĂas es más blanco que otros. Me gusta saberte sin labial, porque no quiero perderme la forma que tienen tus comisuras. Ni la paz que dejan entrever tus ojos bajo el Sol cálido del mediodĂa. Ni tu piel curtida por la ausencia de cremas redentoras.
Y si por alguna casualidad perdieran mis pasos tus huellas, me bastará con saber que fue real lo que tuve frente mĂo, y no un disfraz perfecto para la ocasiĂłn. Que bajo el roce de tu piel habĂa una vida que latĂa, un corazĂłn que se entregaba y un bulto de miedos en la basura. Es autĂ©ntico cuando me decĂs hola, y es perfecto cuando me deseás las buenas noches. Porque sĂ© que te acostás esperando que mi noche sea genial.
Siguiendo las recomendaciones del manual de belleza femenina, habrĂa que rehacerlo y arrancar todas sus páginas para dejar una sola. La de tu foto con la sonrisa a medio disparar. Con todo el futuro por delante. Con toda la sencilla dulzura de tu vitalidad. Con tu vida añejada a la mĂa.
Enamorarse puede teñir de azul celeste hasta el más inanimado dĂa, descolgar las caretas tristes y enlazarlas a una aurora de corazones sonrientes. Tal vez acaso enhebrar con jĂşbilo tu lengua encandilada. Porque el beso repentino despantana soledades, revoluciona nuestras comidas y el reloj biolĂłgico da siempre la hora en que tu desnudez es iluminada por la Luna.
Si faltaran las palabras te tomarĂa de la muñeca, los codos o la parte que dejes de tu cuerpo para sigilosamente escabullirme entre el espacio que deja tu ropa y tu piel. Para desconcertar la inocencia y cubrirnos de desfachatez. Total en tu pelo se lavan los pecados y en tu boca se vuelve a renacer. Sin razones, sin dudas, sin por quĂ©s.
Quedate, quedate de este lado que el frĂo no se siente y la lluvia ya se fue. Quedate que por un rato las malas noticias se desdibujan, los chicos no pasan hambre y los polĂticos no mienten. Quedate que con vos el mundo puede cambiar en un suspiro, en un relámpago de tu vientre o en mis manos moldeando tu comisura deshilachada en tu piel.
Julio se reparte entre vos y las obligaciones, entre tus besos y la escarcha sobre mi boca, entre tus pasos y el tic tac del reloj que anuncia que ya te vas. Y entre tanta inconciencia se amanece entre tus piernas, para dar lugar a la incredulidad de este momento, de que vos te hayas fijado en mĂ, de que no te des cuenta lo completo que puedo estar.
Dejando relegados los labios de otras bocas, porque no tiene sentido besarlos. No tienen principio ni fin, son indefinidos. Insensatos. Abstractos. Insolubles si tu labial no condiciona el momento, si tu carne no hace mella en mis poros, si tu sed no se condice con la mĂa.
Y entre tanta oferta por las calles, uno agradece convencido el decir que no y aferrarse a esa luz que titila solo si la miramos. Solo si dejamos que nos envuelva. Solo si sabemos reconocerla entre las demás. Porque al hacerlo reconocemos también una parte de nosotros, ignorada, olvidada, puesta en desuso. Cotejando en ese mismo instante que de tus ojos se desprende futuro, certeza, felicidad.
No se necesitan muchas cosas para encontrar serenidad :)
La vida se mueve rápido. Cambiar es parte de la experiencia. No tengas miedo. No te detengas. ConfĂa en lo desconocido. AhĂ hay hermosas, hermosas cosas guardadas para vos. Da el paso. Respira. Y dejate llevar.
Rachel Brathen

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Tengo una anĂ©cdota de mi niñez grabada a fuego y siempre puedo recordarla. Eramos chicos, vecinos, casa con casa y jugábamos a que podĂamos hacerlo todo. Que nada nos hacĂa mal, que Ă©ramos intocables. "Somos los mejores", solĂamos elogiarnos. Hasta que un dĂa jugando con la bicicleta caĂ en el asfalto y de la rodilla empezĂł a brotar mucha sangre. Quizás era mucha menos, pero mi miedo de niño más lo impresionables que solemos ser, parecĂa que me iba a hacer desangrar. De repente esa tarde me encontrĂł en el frente de mi casa sentado junto a la puerta. Con la mirada perdida en el suelo. Derrotado. Y Ă©l, viniendo a buscarme, me dijo "ÂżquĂ© pasa? vamos a jugar". A lo que yo señalando mi rodilla llena de sangre coagulada le dije "no puedo". "ÂżQuĂ© cosa no podĂ©s? Âżno te acordás? ¡Somos los mejores! ¡Podemos ir a jugar aunque te haya pasado eso!". Mis oĂdos atentos y mis ojos expectantes escucharon esas palabras como una afirmaciĂłn incontestable. El dolor que sentĂa más la depresiĂłn que me habĂa quedado de un soplo habĂa desaparecido. Una sonrisa alterada brotĂł de mi rostro y levantándome de un salto dije "¡Es verdad! ¡Somos los mejores!". La noche nos encontrĂł cansados de jugar y diciĂ©ndonos uno al otro que nunca habrĂa nada que no pudiĂ©ramos hacer. Inconscientemente, nos dijimos que si el otro nos empujaba hacia delante, nosotros irĂamos con Ă©l. Esta anĂ©cdota habrá pasado hace más de 20 años, y aunque es simplemente una historia más de un chico que se golpeĂł jugando y se volviĂł a levantar, me ha dejado siempre pensando cada vez que la recuerdo. Es que es verdad. Salvando las diferencias de las cosas que le pasan a un chico y a un adulto, todo se resume a lo mismo. Si por dentro dejamos de darle lugar a eso que nos afecta tanto, el resto es simplemente tener la actitud necesaria y alguien en el camino que te acompañe. Que confirme lo que vos ya sabes; que todo pasa, que nada es tan grave, y que si vos me das la mano, juntos podemos hacer lo que queramos. Dame tu mano, y confiemos.
Salgamos a recuperar la calle, la barra de amigos, los bailes espontáneos, las curdas cariñosas, la mateada en el patio. El piropo vergonzoso, las charlas que no sean de trabajo ni de estudio, la risa de la anĂ©cdota más idiota, el placer de estar en silencio con alguien más. Salgamos a hablar sin interlocutores, sin el parpadeo a un click de distancia, sin esa loca manĂa de contarte de esa chica por medio de un mail, sin el loco torrente de "encontrarnos" en el whatsapp, sin la locura de decirte "te extraño" y al verte ni registrarte, sin ese chat de celular silencioso. Salgamos a contar las novedades a los gritos, para recordarnos que tenemos voz, que podemos ver, tocar y sentir, respirar y reĂr... estamos a pasos de distancia pero a millones de ideas en el medio como para darnos cuenta. Salgamos de parranda sin horarios, sin preocupaciones, sin levantarse temprano. Sin cumplir con la condena de ser correcto, de no decirte lo que pienso para no contradecirte, de retirar de mis dĂas la necesidad de saberte bien. Salgamos a entender por quĂ© no salimos, por quĂ© necesitamos revisar el mail cada dĂa, por quĂ© si nos cortan la luz se nos termina el dĂa, por quĂ© mientras escribo esto no lo hago. Salgamos de eso que no somos y volvamos a nosotros mismos, a los que andaban una tarde simplemente caminando sin ir a ninguna parte, sin la lastimosa pena de preguntar por quĂ©. A la calle, a la vida. A disfrutar.
Si las cosas se complican, si no hayas el rumbo, si sentĂs que el norte se hizo sur. Frená y respirá, congraciate con la cadencia de tus pies y date una vuelta por el barrio. Verás que quizás hay cosas que cambiaron, y otras que no. Que las chicas te siguen sonrĂendo y los autos no dejándote cruzar, que las nubes forman lindas figuras en el cielo cuando te detenĂ©s a mirar hacia arriba. Que un parque puede rodearte de paz. Y de color. De vida.
No todo es tan aletargado cuando salĂs de esas cuatro paredes que te rodean y no te dejan soltar el aire. No todo pasa por el monitor que te conecta al mundo. Los pies descalzos sĂ lo hacen. Respirá y contá, y mientras contás sentĂ tu cuerpo contando con vos a cada paso. Dejate llevar por ese ritmo. Pero cuidado al cruzar la esquina.
Es muy fácil perderse entre tanta distracción, no dejes que te pase. Zambullite en tu mundo de aire puro y andá sin más. Tal vez encuentres otro modo de ver las cosas.