Cada uno está única e indiscutiblemente dentro de sí mismo. Somos, de hecho, especiales. Somos únicos, auténticos, sorprendentes, somos el mejor y el peor, el centro de nuestro universo. Nuestro Sol.
Incondicionalmente solos. Aislados dentro de una capa de piel, arrastrados por el tiempo, conscientes a la deriva.
De vez en cuando me ocurre algo catastrófico o algo maravilloso que me recuerda todo lo anterior. Me hace sentir el hueco de mi persona, mi individualismo. Constantemente me imagino desde los ojos ajenos, no es un ejercicio, no se si le ocurre al resto de los mortales, es algo inconscien-te. Me veo como si me mirase de frente, veo mis gestos, escucho mis palabras. Debo decir que en ocasiones me siento algo rimbombante, como si sucediese a la vez yo misma y mi álter ego, mi necesidad de expresar algo y la respuesta equívoca o teatral que se genera. No sé si me explico (quizás es que lo sea y ya está, puede que deba asumirlo). Pero llega un momento dado en el que algo pasa, y entonces paso de ser dos “yos”, interno y externo. Mi doble se mete dentro y entonces, en vez de contem-plarme desde fuera es como si me contemplase desde mi interior. Un eco dentro del eco. Un pensamiento que se observa a sí mismo. Una cons-ciencia repentina de la soledad, de la unipersonalidad, la uniconsciencia. Los recuerdos se agolpan, las emociones abren la caja de Pandora, se quieren hacer sonar, quieren golpear las paredes... Pero no pueden, porque el infinito se encuentra dentro. El profundo eco es una barrera natural inmensa, incolora, indolora. Un capullo que todo lo envuelve y lo contiene. Una madurez obligada.