Le habían dado 19 años. Su abogado le había explicado que si había algún cambio en el sistema jurídico que le beneficiara, se le seria automáticamente aplicado. Esto significaba que si uno debía cumplir 10 años por robo, en el hipotético caso de que la ley cambiase y la condena para robo se modificara, saldría al tiempo indicado en la reforma. No obstante, aquella mañana cuando le llevaron a la oficina del director de la penitenciaría y un sujeto con todas las de ser marine entró, comenzó a hacerle preguntar, revisar su historial, y le ofreció un trato, supo que no iba a necesitar esa reforma en la ley.
Parecía un trato justo que hasta limpiaría su reputación. El peleaba por su país y, a cambio, se le era otorgada la libertad de la que lo habían privado tres años atrás. Y si moría, moriría como un héroe y no como un criminal.
Cuando llegó la tarde y consigo la hora de visita, le contó a su chica la noticia. Pese a su emoción, no obtuvo la reacción que esperaba. En su lugar, Kima había estallado en un apasionado reproche que iba desde política hasta el sentido de la moral.
—Why would you go and kill innocent people you don't know? Huh?
Kima estaba que ardía. Si le miraba fijamente los ojos, podía ver cómo le salía humo por encima de la cabeza. O tal vez era el cigarrillo del guardia de turno que lentamente se consumía en su mano. Fuera cual fuese el caso, estaba claro que estaba furiosa. Tanto que no solo Nat se había percatado de ello. Dos de los reclusos que compartía aquel espacio estaban viendole como si exigiera que controlara a su perra.
Nat los ignoró, aunque la vergüenza persistió.—
—What's the... —tomó aire. —What's the fucking point, Nateine?
—Oh, well… Okay… Thought you’d be happy, but I guess not. Actually —puntualizó con una sonrisa sarcastica. —You must be really mad for calling me Nateine.
El muchacho se pasó una mano por la cara, alejando por un segundo el teléfono que los comunicaba solo para sentir como Kima golpeaba el cristal de plástico que los separaba exigiendo su atención. Sus ojos enseguida volvieron a mirarla y ella no dudo en volver a hablar.
—All wars since the First World War have taken part of were for the interest of the rich. You know it! There's no truth or justice or freedom. You won’t be fighting for your country, Nat, don’t give me that crap. You'll be fighting for corporations and rich folks with agendas.
—I’m actually gonna fight for my freedom, baby.
—That’s what they want you to think, you fool! —su ceño se frunció en una acusación dolida, como enfadada con su inocencia al creerle a quien le había encerrado en primer lugar. —They want you to fight for them, sure. But they don't expect you to come back alive. You’re a criminal!
Nat hincho su pecho de aire. Era un buen punto, pero nunca lo sabría si no lo intentaba. Además, no era como si la razón de su encierro fuese una masacre en un centro comercial u el asesinato de toda su familia. Era un delito grave, pero no había matado a nadie. No directamente.
—I want to get out of here. I want to be with you, I want to be there for Kesi.
Su voz era un susurro. Como si lo que estaba diciendo fuese un secreto, y en cierta parte lo era. Era un programa a prueba y solo unos pocos seleccionados habían sido reclutados. Dejar que los reclusos se enteraran era llamar a la muerte, y si iba a morir en alguna parte sería en el campo de batalla, no en un baño sucio, desnudo, y apuñalado con un jodido shiv.
—She’s 3 years old already, Kima. I don’t want to repeat the cycle.
Kima pareció calmarse pero Nat no supo diferenciar si era porque realmente estaba considerando la idea como una buena, o si el brillo en sus ojos era simple lastima. Siempre le miraba así cuando hablaba de su madre — la adoraba, se le notaba. Había sido una madre ausente, sí, pero nunca había oído a Nat hablar mal de ella. Aquella era probablemente la única y primera vez que había oído algo parecido a “malo” salir de sus labios referente a esa mujer.
No quería ser como su madre, quería estar allí para su hija.
—I could die here too —le dijo, como si la muerte no fuera gran cosa. —I will be just fine, baby.
Su dedo toco la parte baja del cristal en un inútil intento de acariciar su mano. Luego sonrió. Kima le correspondió la sonrisa luego de unos segundos de meditación. Una sonrisa triste que a Nat le pareció irreal.
No había nada en el mundo tan sincero como esa sonrisa.
La voz de Nat era un estruendo en la estación de tren. Como era costumbre, había llamado la atención de la gran mayoría de la gente y avergonzado a su hija, que acomodando su morral, parada junto a un anuncio como si esperara una salvación divina que la rescatara de las miradas de los desconocidos, bajó la cabeza con una sonrisa que podría confundirse entre “mi viejo esta como una cabra” y “este loco completamente desconocido es, aunque me cueste admitirlo, ligeramente gracioso”.
Kesi se consideraba afortunada en ocasiones. Nat era un padre bastante guay en el sentido que no la trataba como la niña de 13 años que era, pero luego estaban aquellos detalles que la hacían desear ser adoptada.
—Where’s my little brown muffin? —se acercó a pasos agigantados.
—I’m sorry baby, am I embarrassing you? —tomando por el brazo a una mujer de unos veintitantos que pasaba por su lado, señaló a su hija y habló. —Excuse me, ma’am. Does she looks embarrased to you?
La mujer frunció el ceño pero antes de que pudiera decir algo, Kesi tiro del brazo de su papá y lo alejó, observando cómo se regodeaba. A veces podía jurar que su propósito en la vida no era combatir monstruos, era avergonzarla hasta la muerte. Y debía admitirlo, era jodidamente bueno en ello.
—Seriously? —reprochó. Físicamente, era la viva imagen de su padre, pero el resto era de Kima. —You always do that, when is it gonna end?
—When I’m dead and gone —tomo su morral y lo acomodo en su hombro. —And I don't want nobody to mourn beside my grave.
Compartieron una risa mientras salían de la estación. El sol del mediodía les dio una cálida bienvenida mientras caminaban al auto.
—¿Cómo está todo allá? ¿Cómo está mamá? —cuestionó el hombre mientras le quitaba la alarma al carro. Kesi no hesitó a la hora de subir y encender el estéreo, rebuscando entre las emisoras alguna buena canción.
—Ya sabes, como siempre —murmuró.
—It’s okay, it’s not your fault —la niña se encogió de hombros. —I’m staying with Aunt Jo.
—Yes, I know. I asked her to take care of you.
Nat frunció el ceño mientras comenzaba a andar por la avenida.
—Sorry again. Thought I told you… How is she, anyway?
Kesi retomó su postura en el asiento dejando el estéreo con una estúpida canción de N’Syc sonando y se cruzó de brazos, como si de alguna forma se sintiera ultrajada al saber que había sido su padre quien le había pedido a su tía que cuidara de ella. No le importaba ser una carga para sus padres pues para eso eran sus padres, ¿pero con sus tíos? Uh-uh.
—She’s fine I guess. Uncle Rett is really cool.
—Ah… Rett —Nat hizo una mueca, como si hubiera probado algo realmente desagradable y el gusto le hubiera quedado ahí, en la lengua. —That dude…
No era nada personal, en realidad. Simplemente no lo soportaba. No tenía nada que ver con que se tirara a su hermana. Tampoco era una cuestión racial. Había llegado a un punto en el que incluso, a su manera y a base de chistes, le había aceptado. Pero no terminaba de digerirlo.
—Don’t get me wrong, I’m happy if she’s happy —dijo enseguida. —But… He’s… You know…
—Yeah! And I don’t mean weird like me, because let’s face it, I’m not normal. At all —se detuvo en un semáforo y la observe por el rabillo del ojo— I mean, I hunt monsters for living. But he… he’s weird like… like white people weird, you know what I’m saying?
Kesi rió, meneando la cabeza. Si bien era cierto que su tío era un tanto excéntrico, eso no descartaba el hecho de que, aun a esa altura del partido, su padre seguía siendo un niño celoso. De ella y de su tía. Era ridículo.
—Where are we going? —Sus ojos tenían leves tonalidades verdes e inspeccionaban vagamente el paisaje que Nueva Orleans le ofrecía. —La casa de grammy no es por aquí.
Había crecido en Harlem y vivía allí durante épocas de clases, pero no había verano que no visitara a su padre. Él, por su parte, pasaba sus días en Texas, Fort Hood, y solo viajaba a Nueva Orleans cuando el trabajo le daba días libres. En sus vacaciones, jugaba a ser momentáneamente un tío normal, pero no se paraba a la hora de contarle de sus misiones a Kesi.
—Me ha llamado un viejo colega —le explicó. —Pasaré por su trabajo para asegurarme que todo esté bien, serán solo unos minutos, luego iremos a lo de grammy. Estaba haciendo un pie de manzana cuando me fui.
—¿Hay una central de la OCEU por aquí? —cuestionó, frunciendo el entrecejo.
—No, el ya no trabaja para la OCEU.
—That’s a good question, isn’t it? —aparcó frente al automovil de Joshiel y mientras tarareaba vagamente.
La niña bajó el volumen de la música como si esto le ayudase a ver mejor lo que sea que estuviera sucediendo allí. Al igual que su padre, inspeccionaba el perímetro con poco disimulo desde detrás del cristal polarizado de la camioneta, como esperando encontrarse con cadáveres y vidrios rotos, pero no había nada fuera de lo normal allí, solo era otro bar común y corriente a ojos de un extranjero.
Nat no le había dado más detalles de los que le habían dado a él; le habían dicho que había problemas y ahí estaba para ayudar, a pesar de ser un pésimo momento.
—So… what happened exactly? —la voz de Kesi resonó de repente.
—Not sure –balbuceo el hombre. —But this I know… It’s none of your business.
Kesi volteó a verlo con una latente expresión de insulto que fue totalmente ignorada por su padre, quien se quitaba el cinturón de seguridad y le señalaba en advertencia.
—Stay here —ordenó. —I’ll be back in a few minutes and we’ll go to grammie’s, okay? Tengo que encargarme de esto primero, lo siento.
Por pura precaución tomó su pistola de la guantera y dejó un beso en la frente de su hija quien lo recibió con el entrecejo arrugado. Más que disgusto, era una mueca de confusión y desapruebo. No le agradaba que su viejo no la tomase en cuenta en “sus cosas de adultos”, como solía llamarle, pero era lo que tocaba, así que mientras le observaba bajar del automóvil se cruzó de brazos e intento ignorar aquella estúpida canción pop de los 90 que resonaba en el estéreo.
«Do you ever wonder why… this music gets you high? It takes you on a ride… Feel… it… when… your… body starts to rock…»
—Oh, fuck off Backstreet Boys! —de mala gana, Kesi presionó el botón de apagado y se cruzó de brazos. —Shut up already.