He estado soñando con él.
No lo nombro,
porque su nombre ardería en mi lengua
como si fuera un conjuro prohibido,
como si decirlo lo arrancara del rincón secreto
donde florece en silencio.
Llega en la penumbra tibia
donde el sueño apenas comienza a desnudarse,
cuando la mente cede sus muros
y el alma queda abierta, vulnerable,
como una flor que no sabe del peligro
de abrirse bajo la lluvia.
Su silueta se forma en el humo
de una vela que no encendí,
pero que siempre arde.
Es luz blanda sobre mi cuerpo,
es sombra que me acaricia
como si conociera cada rincón donde me escondo.
No hay prisa en sus gestos,
ni ruido en su llegada.
Solo la certeza de que me espera
más allá del umbral de mis párpados,
donde el tiempo no existe
y el deseo no pide permiso.
Cuando entra,
el aire se vuelve más denso,
como si el universo contuviera el aliento
para observarnos.
Sus ojos, que aún recuerdo al despertar,
me miran con una ternura tan feroz
que me parte el pecho en dos mitades:
una que lo ansía,
y otra que le pertenece desde siempre.
Él me toca sin tocarme,
sus dedos son viento,
sus labios, promesas enredadas en pétalos,
y yo, sin palabras,
me abro como se abre la tierra sedienta
bajo la primera lluvia de verano.
En mis sueños su cuerpo no pesa,
pero su presencia me hunde,
como si yo fuera barro y él la lluvia,
como si cada poro de mi piel
lo hubiera estado esperando
desde antes de saber lo que era el hambre.
Me recorre como un poema sin pausa,
me lee, me aprende,
me reescribe en el idioma secreto
de los cuerpos que saben callar
pero no mentir.
Nos entendemos sin voz,
nos bebemos sin sed,
nos habitamos con la urgencia
de quien ha muerto mil veces por no tocar.
No hay pecado en este sueño,
solo hambre sagrada,
sólo un altar de suspiros y de fuego lento,
como si amar fuera una plegaria
que se reza con la piel.
A veces me dice cosas
que no entiendo,
pero que siento vibrar entre mis costillas
como si fueran parte de mí
desde antes de ser.
Cuando despierto,
llevo en los muslos
la huella invisible de su nombre,
y en el pecho
la dulzura brutal de no tenerlo,
aún.
Camino el día como si estuviera poseída
por un perfume que no se va,
una melodía muda que insiste
en repetirse entre mis piernas.
Y cuando la noche vuelve a vestirse de terciopelo,
cuando el silencio pesa más que el mundo,
cierro los ojos como quien abre una puerta,
porque sé que en el lenguaje de la noche,
él siempre vuelve.
Y yo, rendida, lo espero.
Siempre lo espero.