Solo quiero compartir una historia que llevo bastante tiempo construyendo: Adolescente de Porquería. Y si decides quedarte un rato, bienvenido. 🐛
Les presento a mis dos personajes principales.
Ed y Daniel
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@torresd-papel
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Les presento a mis dos personajes principales.
Ed y Daniel

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Capítulo 2
Daniel, acostumbrado a una vida monótona, preparaba el mismo desayuno cada mañana: pan tostado y jugo de naranja. Incluso su rutina de aseo personal tenía los minutos contados.
Como parte de aquella monotonía, solía caminar alrededor de su casa todas las tardes, sin importar el clima. Era una hora en la que disfrutaba divagar, lo que le ayudaba a despejar la mente y dejar atrás los “malos pensamientos”. Así eran sus tardes hasta el anochecer.
En la escuela, Daniel solía mostrarse apático, sentándose en un pupitre alejado de los demás. Mantenía una actitud retraída y fría con la mayoría de sus compañeros. En casa, esa “armadura” no servía y se desmoronaba emocionalmente; vivía atado a esa parte de su vida.
Daniel no sabía lo que le ocurría: pasaba por momentos buenos y después por momentos malos. Solía pensar que aquellos desequilibrios eran solo “berrinches” o “rabietas”. ¿Pero, cuando los superaría? ¿Cuándo dejarían de aparecer?
La escuela le ayudaba a mitigar parte de esos pensamientos, al igual que la compañía de algunos —específicamente Louis y Anne.
Louis, un joven poco corpulento, alto y de tez ligeramente bronceada, a veces acompañaba a Daniel por las mañanas. En realidad, era Louis quien se acercaba a Daniel, pero este se incomodaba ante su presencia, o la de cualquier otra persona fuera de su entorno conocido. Realmente no había grandes conversaciones entre ellos, ni entre él y Anne. Louis, en términos generales, era sonriente, divertido y escandaloso. ¿Era el opuesto de Daniel? No realmente; la diferencia radicaba en cómo manejaban sus emociones, y Daniel aprendió a controlarlas frente a los demás. Daniel tenía tanta energía como Louis, solo que la ocultaba.
Pasaba el tiempo observando a sus compañeros y, en ocasiones, miraba por la ventana del salón, donde los días, las semanas y los meses volaban a través de aquella reducida vista; cada uno era especial y con un clima variado.
Daniel observaba detenidamente cada mes.
De diciembre a febrero eran los meses gélidos, con cielos grises y árboles secos; uno podría perder la noción del tiempo. Los días cortos.
De marzo a mayo los meses eran cálidos, la temperatura aumentaba, los cielos despejados y azules desde las seis de la mañana. Había viento, hojas y flores brotaban. Igualmente, se experimentaban las primeras lluvias, tan ligeras, apenas perceptibles, como si rociaran con un atomizador.
De junio a agosto era verano, con días húmedos por las lluvias, los cielos despejados y pintorescos: azul, morado, rosa, amarillo. Las nubes adornaban con su delicadeza. Las tardes eran cálidas y las temperaturas bajaban por las noches. Eran los meses más inestables.
Y de lo voluble pasaba a lo estable. De septiembre a noviembre las lluvias cesaban poco a poco, el viento hacía una danza con los árboles —una que duraba todo el día— y las hojas caían frágilmente, algunas de manera desmesurada. Por momentos aparecía el sol, pero las temperaturas ya habían bajado.
Comparaba sus emociones y ánimo con el clima, y su vida como lo que sucedía en verano: sol, lluvia, arcoíris…
La convivencia con su hermano era nula, más no terrible. Daniel aprovechaba cada oportunidad que tenía para agradarle. Anhelaba que lo reconociera como igual y que disfrutara de estar con él.
Por su parte, su padre checaba cada movimiento, sonido, mirada, y se molestaba —incluso cuando Daniel sonreía. “Molesto” esa era la palabra que su padre tenía para el pelinegro.
Daniel dudaba de los sentimientos de su padre; aquellas actitudes confusas hacían que mantuviera distancia.
¿Cómo describir la relación con su padre? No había una palabra concreta; Daniel no encontraba definición para esa relación. ¿Odio? Realmente no, no era odio el mantener una distancia con su padre, pese a lo difícil que era comunicarse con él.
En el desagrado no solo estaban los gestos, también se reflejaban en frases, y las dichas por su padre eran aún más ácidas: “¿De qué te ríes? ¿Estás loco? ¡Daniel, eres un lento! Eres muy torpe, inútil, no sabes hacer nada, no haces nada todo el día. ¿De qué te molestas? Eso solo está en tu mente. No entiendo a la gente que se deprime, son unos locos, están mal de la cabeza. Todo es culpa tuya. ¡Controla tus malditos nervios! ¿Por qué te tiemblan las manos? No llores, si te golpeó es para que te enseñes. Es mucho dinero, ¡apúrate!”
Aquellas frases vagaban en su mente la mayor parte del día. Formaban parte de su vida diaria. Vivía aprisionado por su propia mente.
Eso era Daniel. Pero quién podría ver tantos problemas, con tan buenas máscaras…
A veces solo quería dejar de escuchar, quería dormir sin la incertidumbre de cómo sería el día siguiente, no escuchar quejas, estar en silencio, deseaba dejar de llorar por las noches. Solo deseaba dejar de sentir.
Pero en algunas ocasiones, todo era como él quería, todo era perfecto... Esos pequeños momentos de felicidad lo hacían recapitular. Cuando eso pasaba, tenía un pedazo de felicidad pura
Springtime in Oregon
emilie.hofferber
Capítulo 1.
Estaba sin palabras. Frente a él, una calle vacía. Veía como si hubiera algo más que ver, pero solo era una calle: autos pasaban, gente caminaba, pero aquel chico no despejaba su vista. ¿Qué veía? ¿Cuál era su deleite?...
Aquello se esfumaba tan pronto como se distraía otra vez. El chico padecía de poca atención y, en ocasiones, demasiada. Ilógico
Una rutina monótona, una que deseaba romper y anhelaba algo más… siempre era algo más.
Daniel Cox era un chico amable, pero nunca sobrepasando los límites del espacio personal de los demás, retrayéndose cuando alguna acción le parecía incomoda. Quizás era un apático, y es que su edad le parecía absurdo no ser normal. Daniel tenía quince años, era de complexión delgada —sin llegar a los huesos—, cabello alborotado y un tanto ondulado, de color ébano, al igual que sus ojos. Hasta el momento, su apariencia también carecía de “chispa”. Vestía enormes chaquetas, pantalones igual de holgados, y gorras adornaban su cabeza. “Desalineado” podría ser una descripción general, sí, pero nunca sucio. Tenía una afición por la limpieza o higiene, no al grado de manía.
Solía colocar sus dedos fríos sobre sus labios —resecos— la mayor parte del tiempo, sus labios solían mantenerse inmóviles, solo articulaba las palabras. Tenía una voz casi indeleble.
Pero aquello lo hacía ser él: gestos, miradas. Una personalidad incongruente… no era demasiado “derecho” ni demasiado “izquierdo”. Dividido.
Daniel vivía en un pequeño pueblo llamado Latens. En aquel lugar todos solían conocerse entre sí y había más lugares vacíos y abandonados que casas. Pero Daniel y su familia agradecían la tranquilidad de aquel lugar.
Vivía con su padre y hermano, su padre un hombre de 43 años, de temperamento fuerte y poca paciencia. Físicamente Daniel y su padre se parecían, pero hasta ahí terminaban sus coincidencias. Su hermano tenia 23 años, su hermano no compartía rasgos con el o su padre, era de piel clara, mas alto que ellos, de cabello liso y castaño oscuro. Era un poco calculador y ambicioso. La mayor parte del tiempo tenía el semblante serio.
La relación entre ellos era nula, mas no pésima.
Su padre y hermano trabajaban a diario, mientras Daniel seguía en la secundaria y se ocupaba de las labores de casa. Incluso cocinar pese a que no sabia mucho lo intentaba.
—Esto esta quemado… —dijo su hermano, se levanto de la mesa y se fue.
Daniel solo miraba el plato de su hermano —incomodo— y sintiéndose culpable, sentía algo en el pecho.
—Debes de prestar atención… —dijo ahora su padre que se mantenía callado. De pronto se levanto de la mesa— Recoge. Ya terminé.
Daniel no dijo nada más, recogió todos los platos, limpio y se recostó en su habitación admirando el techo.

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