No esperó, realmente, que el contrario decidiera a voluntad seguir con su teoría e, incluso, añadiera sus propias conclusiones. Eso alimentó su espíritu para continuar con el hilo, sintiéndose, por primera vez en años, en materia. “¡Y lo hacen!” Exclamó, con cierta emoción. “Según esto,” agitó su móvil sólo un poco, para desviar la atención al dispositivo, “se realiza únicamente por temporadas, de octubre a abril, y atrae un montón de turistas— ah, no podremos ir entonces.” Su actitud decayó un instante, frunciendo el ceño hacia la pantalla táctil. Mas, acostumbrado a su propia personalidad volátil y tendencia al positivismo, chasqueó los dígitos. “¿Tal vez el Mall? Leí que tenía un acuario, réplicas de dinosaurios—,” sugirió, a cambio, comisuras elevándose en una sonrisa discreta, “quiero decir, si gustas, digo.” Procedió a corregirse, guardando el celular en el bolsillo de su jean. “Ah, ¿no lo sé? Es más corto, supongo.” Hombros encogió. “También creo que me recuerda mucho a sir Lancelot, ya sabes, de la mesa redonda y— todo eso.” Que si lo pensaba a mucha profundidad ahora, era irónico cómo su nombre jugaba a la perfección con su situación. Era el escolta del príncipe heredero, ni más, ni menos. “Aunque puedes llamarme como quieras.” Ofreció, labios curvándose nuevamente. “Oh, sí, es un gusto conocerte por fin.”
Ni siquiera habían venido en los meses adecuados y, por eso, Thad se ríe. “Debimos venir antes... o después,” se lamenta, aunque al menos ahora tendría la oportunidad de seguir de cerca la actividad a ver si era problemática o inofensiva. “¿Dinosaurios? ¿Replicas tamaño real? Claro-- claro que podríamos ir. Me gustan los acuarios, además,” agacha la mirada, aquello último murmurado. Aclara su garganta, tenía que hablar más claro, más fuerte, y un flujo de calor se le sube y se estanca en sus mejillas, pero fácilmente podía culpar al clima ¿cierto? “La verdad es que la mesa redonda fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando me mencionaste tu nombre,” Thad le enseña una sonrisita tímida que achica sus ojos de todos modos, mientras se peina los cabellos de la nuca. De la historia sabía poco y nada, sólo lo más trivial y mencionado, pues no era buen lector y gastaba mucho tiempo en estupideces y sus dibujos (que, hasta cierto punto, contaban dentro de las estupideces). Le hubiera gustado saber un poquito más del tema y salir con alguna referencia, por lo que se reprocha mentalmente. “¿Por fin?” suelta en un tono suave, que, tras soltar, prefiere que no sea oído, por lo que agrega rápidamente. “Bueno, sir Lancelot, le-- uh, ¿Le parece si vamos a por unos dinosaurios al mall?”