Seguía sin comprender por qué el rostro del pelinegro se ponía de color rojo.
Tampoco había una gran diferencia en sus reproches, él sólo quería que supiera que supiera donde estaba y por qué no se habían visto —Yo... Shintaro... —susurró viéndole apartarse, no quería que se alejara, estaba preocupado por la seguridad del otro y aunque tenía hambre, se quedó ahí, viéndole.
Se acercó hasta él en silencio, admiraba sus acciones y con cuidado, le tomó del brazo para obligarlo a girar, cuando lo tuvo frente a frente se acercó hasta él y le dio un torpe beso en los labios. ¿Así se demostraba afecto, no?
Se apartó un poco pero sin apartar la vista. —Perdón