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At the Waging Democracy Conference, part of the Jewish Community Relations Council Democracy Institute, to discuss non-partisan strategies for strengthening our democracy at USF. So proud to partner with the @humanrightscommissionsf @nationalcouncilofjewishwomen @sfstate @catholiccsf @congregationemanuel @sherithisr @humanrightscommissionsf @nationalcouncilofjewishwomen @sf_interfaith @aclu_norcal @recology @jccsf @peninsulajcc @adl_national @sf_interfaith #wchallenge to support today’s conference. @statusofwomensf (at University of San Francisco) https://www.instagram.com/p/Bo68GGkhqVf/?utm_source=ig_tumblr_share&igshid=mwfo027go6uo
Today the Women’s March San Francisco is hosting a Civic Engagement Fair at the Women’s Building until 5 pm today. Meet folks from some great organizations like Mujeres Unidas Y Activas, NARAL Pro-Choice California, and the W Challenge by the Office of Assessor Carmen Chu and the Dept on the Status of Women designed to get women to pledge to vote and to register others to vote! Commissioner Andrea Shorter and I will be on a panel at 3.30 pm to recruit more women for our city commissions and boards. In the words of House Leader Nancy Pelosi, “don’t agonize, ORGANIZE!” @statusofwomensf @thewomensbuilding #wchallenge (at The Women's Building) https://www.instagram.com/p/BopZicCBRAs/?utm_source=ig_tumblr_share&igshid=evocjk5b38ld
“La siguiente narración participa en el Writing Challenge. TODOS los‘likes’ en esta publicación serán considerados votos para la historia, y por ende contribuirán a su calificación. La trama no me pertenece. Se agradece al lector expresar sus pensamientos y sugerencias(de un modo cordial) sobre la historia.”
Trama proporcionada por las moderadoras: "W.C Según la mitología rumana un strigoi es un alma en pena que vuelve de la tumba. El Strigoi mort es el más peligroso, una entidad tanto humana como demoníaca. Se dice que su alma vuelve a donde está su familia y actúa como lo hizo en vida, absorbiendo la energía de sus familiares hasta hacerlos morir o enloquecer.
Llegué a la cocina, que al igual que mi habitación, se veía pulcra. No tenía una sola cosa fuera de su lugar, y hasta el mesón brillaba por la limpieza. Me quedé un poco impresionado; no entendía ya el por qué de tanta limpieza. Digo, sé que mamá exagera un poco, pero esto es mucho incluso para su propio gusto. De todas maneras, era agradable estar así, aunque yo no fuera el mejor amigo de la limpieza. Caminé hasta sentarme en un taburete, cuando detecté que en verdad no tenía ganas algunas de desayunar. Reí otra vez para mí. Era raro que yo no tuviera hambre. Volví a caminar fuera de la cocina hasta que oí la puerta principal abrirse, produciendo el ruido familiar de bisagras sin grasa. Ese chillido fastidioso que hacían las puertas viejas, y que te hacía querer cerrarla inmediatamente, seguido de unas voces familiares. Mi hermana y mi hermanito, que hablaban algo de mí; de eso estaba seguro.
El le preguntaba donde me encontraba, y ella le respondía, con una voz temblorosa que no sabía donde. Al parecer me andaban buscando, cómo si me hubieran secuestrado o algo así. Ni que ese hubiera sido el caso. De ser así, me hubiera gustado ser secuestrado por aliens o por alguien genial. Un vampiro o algo así. Reí dentro de mi, pero mientras avanzaba su conversación, mi cara mostró mi duda, pues recuerdo hasta anoche haberme despedido de él, pero para ir a dormir. Se me hizo extraño esto, pero luego deduje que pudo haber sido que Cristina quiera jugarle una broma al pequeño Dan. Pensé en mi hermana, y quise verla, pero si ella seguía así, con su broma, no quería arruinarsela. Me imaginé cómo estaba vestida, posiblemente con un vestido largo, que le llegaba hasta poco más abajo de la rodilla, hecho de tela de algodón, de color verde y cenefas de flores. Se le vería bien y dejaría al descubierto su cuello. Su cuello. Relamí mis labios, pues sería tan apetitoso el poner mis dientes sobre ése pilar de marfil que sostenía su cabeza. En ese momento me cuestioné sobre mis pensamientos; no sabía lo que me imaginaba. Pero mientras más lo pensaba, más ganas tenía de ir y morder el cuello de mi hermana para absorber su sangre. Una vez más, ante el pensamiento, relamí mis labios, sintiendo una fuerte punzada en mi lengua.
Colmillos. Colmillos se mostraban en mi boca, colmillos agudos, listos para succionar el cuello de mi familia, listos para sacar la sangre de su cuerpo y alimentarme. Es así cómo el hambre que no tenía hace unos momentos volvió a mi. Deseo por sangre. Deseo por el líquido escarlata que corría por las venas de las personas, dándoles vida. No, no cualquier persona. De mi familia. A eso volví. Reaccioné, y me fijé en que ya no era un simple mortal. Era un strigoi mort. Aquel muerto que vuelve en forma de vampiro, actúa cómo en vida, y ataca cual bestia feroz en la primera oportunidad que tiene, y tiene una sóla misión. Alimentarse con la sangre de su familia para sobrevivir.
Cristina, mi hermana mayor sería mi primer víctima. Ella casi siempre anda despistada, y en algún momento mientras hable con sus amigas al teléfono, podré atacarla sin misericordia. Podré clavar mis colmillos en su blanco y delicado cuello, y acabar con ella de una sola vez, para sobrevivir. Después de todo, me debe las varias veces que me fastidiaba, haciendo favores para ella, llevándola de un lado a otro en mi auto. Así no tendría que preocuparme más por que ella obtuvo la beca para entrar a la escuela de música que yo siempre quise y a la que ella aplicó por capricho.
Le escuché hablar otra vez, esta vez con mis padres. Ellos le decían a Dan que subiera a jugar mientras ellos y Cristina charlaban. Que por qué no se dieron cuenta que me había escapado, que por qué no escucharon que abrí la ventana de mi habitación y había huido. Recordé lo que sucedió exactamente, y sí. Lo que anhelaba había ocurrido. Sí había salido de mi casa y había secuestrado por un antiguo strigoi mort, del cual soy descendiente.
La noche anterior, mi amigo, Fred, tenía una fiesta en su casa. Debía ir, pues todos los del instituto reclamaban que si no iba, era un niño de mami, pues era el mayor entre ellos, y aún tenía que pedir permiso para salir. Les dije que llegaría tarde, y esperé esa noche a que mi familia duerma, para dejar acomodado mi cuarto, de manera que si entrar a ver si duermo, no me despierten a arreglarlo. Una vez que el reloj marcó las once y cuarenta de la noche, y todos estaban listos para dormir, dejé almohadas debajo de mis sábanas, para aparentar que seguía dormido. Abrí la ventana y corrí lejos de casa en dirección a la fiesta de Fred. De todas maneras, las tiendas y casas del vecindario estaban todas cerradas, y nadie estaba en la calle. Olvidé contar las calles hasta donde tenía que cambiar de dirección y girar, y le pregunté a un señor hacia donde tenía que ir. Augusto era su nombre, me lo dijo él mismo. Me indicó que voltease la cabeza, hacia el otro lado de la calle y le indique qué veía cerca; así él me daría mayores indicaciones. Lo que recuerdo luego de eso fue la punzada en mi cuello y despertar el día de hoy. Me llevé las yemas de los dedos debajo de mi cabeza, y sentí unas pequeñas marcas que si bien no se notaban, yo las podía sentir.
Antes de que mi mamá pudiera entrar en un ataque de pánico, serví un tazón de cereal para mí, y salí con una cuchara de plástico en la mano, fingiendo que comía mi desayuno alegremente. Les saludé y ellos se sorprendieron, y saltaron en alegría al verme. Obviamente, mamá y papá me interrogaron el por qué había desaparecido anoche, y les dije que no fue así. Les sugerí incluso llamar a mis amigos y preguntarles sobre mi asistencia a la fiesta. La respuesta de ellos sería que no, pues según yo, estaba toda la noche dormido en mi habitación. Cristina se levantó del sofá, chillando pues dijo que mis padres le habían alterado los nervios para solo encontrarme aquí, comiendo cereal. Mamá la siguió, y papá anunció que iría a arreglar el motor de su auto. No hubo tiempo para atacar a nadie, y eso me molestó. Quería sangre de una manera sobrehumana. La necesitaba.
Durante el día planeé los momentos en que los acecharía y les quitaría su líquido vital. A Cristina la podía convencer de que me ayude en una tarea de matemáticas, y cerrando la puerta de su habitación, le podría tomar por sorpresa y morder su cuello. A mi mamá le diría que le ayudaría a lavar los platos esa noche y a papá que si quiere ver el fútbol junto conmigo. A Dan lo tomaría al último y sería fácil. El pequeño de diez años no podrá ni defenderse, así que todo esto sería fácil.
Me encerré en mi cuarto, cerrando todas las cortinas de las ventanas para evitar que luz alguna me invada en mi espacio personal. No quería que me dañase de alguna forma. Dan corrió dentro de mi habitación, gritando que había encontrado un libro sobre criaturas extrañas y paranormales que le había gustado y quería que le viera. Me habló de cómo aniquilar zombies y hombres lobo, ante lo cual sólo rodé mis ojos y le evité a toda costa. Mi cara en ese momento expresaba aburrimiento por completo, mientras el pequeño abría su libro y me mostraba imágenes. Yo me moví de mi cama, tomando al pequeño por la espalda, y lo alcé hasta llevarlo a su propia habitación, cerrando la puerta detrás mío para que dejara de molestar.
En aquel momento, Cristina salía de la habitación de mamá, con algo envuelto en una toalla. Se veía mal, y se quejaba de un dolor particular. Le abordé de todas maneras, y le pregunté si me ayudaría con mi tarea. Ella accedió, sólo si no le hacía pensar mucho y si no me demoraba más de veinte minutos, pues ella no estaba de humor. Sonreí, sin mostrar mis dientes y accedí a su trato. Estreché su mano, y mamá pasaba a lado de nosotros. Nos bromeó sobre no juntarnos a hacerle la vida imposible a Dan, ante lo cual Cristina refunfuñó diciendo que si apenas podía soportarme, no lo haría con Dan que le parecía un terremoto personificado. Mi madre corrió a la cocina, bajando las escaleras con prisa pues se le hacía tarde para la cena. Cristina dijo que me apresurase y trajera mis cuadernos para ayudarme.
Entré a mi habitación, tomé un lápiz y el primer cuaderno que vi. Una vez que estuve dispuesto a salir de mi habitación, quise verme en el espejo. Nada. Era solo mi habitación, y ningún otro reflejo. Suspiré, recordando que los vampiros no se reflejaban en ningún lugar. No sabía de ninguna forma pues, que los Strigoi no lo hiciéramos tampoco. Caminé fuera de mi habitación, cerrando mi puerta y caminé hacia la de Cristina. Estaba ella recostada sobre las rosadas sábanas de su cama, con un pañuelo húmedo en su frente. Suspirando agotada, se sentó en la cama, acomodándose el cabello, pidiendo que no hablara fuerte. Así fue como Dan se dejó oír, gritando por el pasillo, corriendo hasta el piso bajo, preguntando por papá. Cristina se cubrió los oídos, sollozando pues no aguantaba el dolor en su vientre estos días, mucho menos un dolor de cabeza causado por Dan. El pequeño se había emocionado demasiado por sus libros de animales y criaturas paranormales que quería que papá le prestara su pistola y unas balas consagradas. Rodé los ojos y esperé a que Cristina se incorporara y me "ayudara".
Me pidió el cuaderno y que le explicara lo que mi profesor había dicho en clase. Mentí en algunas cosas, enredandole a ella en lo que se supone, ya sabía. Me presumía que ella fue primera en su clase cuando se graduó hace dos años, y que siempre había sido excelente para las matemáticas. Le pregunté entonces por qué no resolvía el problema escrito en papel, lleno de números, letras y signos que no tenía solución, pues habían surgido de mi mente y no había nada que se pueda hacer. Números puestos al azar, con la esperanza de que mi hermana se distrajera. Anuncié mi deseo de cerrar la puerta para no oír la chillona voz de Dan otra vez, y ella accedió. Relamí mis labios pensando que todo saldría en orden de acuerdo a lo planeado. No podía esperar a poner mis afilados colmillos sobre su nívea piel. Mi hermana debería tener una sangre deliciosa, nutritiva. Su deseo de sólo comer cosas orgánicas le daba una apariencia muy saludable, y sin duda su sangre lo era. Giré la perilla de la puerta al cerrarla, asegurándola. Ella estaba concentrada, quejándose de que el sistema de educación había cambiado tanto y yo no lograría llegar lejos con lo que me enseñaban. Mientras presumía de que su profesor le había dado todas las claves para ser excelente en la materia, me acerqué, apoyando mis manos sobre el espaldar de su silla, acercando mi rostro a su cabeza. Me explicaba que una incógnita estaba fuera de lugar, mientras desplazaba el lápiz sobre el papel. Me señalaba un número escrito, diciendo que no había igualdad en la ecuación. La única igualdad que necesitaba era la de ella y yo; que ambos estemos en este estado. Que ella sea de los nuestros. Mi respiración no la sentía. De hecho dudaba que yo respirara. Abrí mi boca y ella volteó su rostro a verme, mientras clavaba mis dientes en su piel. Cubrí su boca con mi mano hasta que se desvaneció en mi otro brazo. Sonreí, mientras mi rostro se pintaba del carmesí que bajaba por mis labios. La recosté en su cama, mientras su cuerpo palidecía. Tomé el pañuelo que tenía sobre su frente y ahora yacía en su velador, y limpié lo que me pudiera delatar. Allí, escuché el grito de mi madre para ir a comer.
Bajé las escaleras con prontitud, mientras oía a mi padre decirle a Dan los peligros de que un menor de edad usara una pistola y balas que fueron extraídas de su padre, y bendecidas luego por el Pastor de la iglesia del barrio. Él puso una cara triste, haciendo puchero, mientras mi papá preguntaba por mi hermana. Dije que ella quería que yo le subiera su plato, pues su cólico no la dejaba bajar. Mi madre me llamó por mi nombre, Christian. Volteé mi rostro, esperando a que me dijera lo que quería. Me pasó los platos de Cristina y me dijo que me apresurase para los cuatro presentes podamos comer juntos. Asentí, mientras le pedía ayudarle esta noche con los trastes, a lo cual asintió su cabeza con una sonrisa. Se sentó a la mesa luego de servir mi plato en mi lugar, y yo corría para dejar el plato en el escritorio de mi hermana. Le vi dormida, mientras lamía la poca sangre que caía de los agujeros en su cuello. Mi mamá me llamó de nuevo, y bajé a comer.
Jugaba con mi comida, no tenía hambre. Mientras mis padres estaban distraídos, hice un trato con Dan para que el se coma mi plato fuerte y el postre. Los vegetales los iba dejando caer para que mi perro se los comiera. La cena fue una charla de sobre cómo mamá se había llenado de pánico en la calle buscándome, de cómo papá quería ver el juego de hoy, y Dan describiendo que la única manera de matar a vampiros, zombies, sirenas, brujas y demás era con balas consagradas. Papá le habló una vez más, y mamá y yo recogíamos los platos. Mientras papá hablaba, se le escapó la locación de la pistola, pero el astuto de mi hermanito no dijo que iría a verla. Yo sonreí, pues me causaba gracia que mi papá sea tan despistado como para dejar ir esos detalles así de simple. Le pregunté si vería el juego conmigo y dijo que estaba bien; que sólo debía apresurarme con los platos sucios para llegar a tiempo. Dan corrió a su cuarto y papá fue a acomodarse al sillón.
Mamá me preguntaba que tal había sido mi tiempo con mi hermana; si ya entendía el deber y yo sólo respondía con monosílabos. Sí, no, así es. Casi terminando, mi mamá me preguntó si Cristina se sentía bien. Le conté lo que ya sabía; que era su tiempo del mes en el que odiaba a todos y le dolía hasta el alma. Ella rió, volteando su cabeza a ver la toalla para secar los platos. Yo no podía aguantar a beber de su sangre. Necesitaba ya el sentir el dulce líquido llenar mi boca y bajar por mi garganta. Mamá tenía su cabello recogido con un lazo, lo cual facilitaría mi tarea. Fingí agradecerle por una cena deliciosa y le abracé por detrás. Planté un delicado beso traicionero en su mejilla, y tomando la toalla y usándola de mordaza enterré mis dientes en su cuello, evitando que un horrendo grito escapara de su garganta. Ella luchó contra mí; su mano pegaba mi cabeza mientras murmuraba algo contra el trapo en su boca. Su fuerza decía y se veía debilitada ante mí, que ya había consumido hasta la última gota dentro de ella, y la dejé yacer en el suelo, tranquila.
Me faltaban dos miembros. Mi padre y mi hermanito. Saliendo de la cocina, con velocidad salté al sillón donde estaba mi padre. El juego estaba por empezar y mi papá comentaba sobre la aptitud de los deportistas que estaban por aparecer en nuestra pantalla. Yo le respondí con mi poco conocimiento, destacando un poco de admiración por dos jugadores que eran veloces en el terreno de juego. Mi papá rodeó mis hombros con su brazo, mientras hizo una broma alabando a un ser supremo por haber dejado a mi hermana en cama y agotado a mi madre; así no nos molestarían en nuestro tiempo de padre e hijo. Sólo se escuchaba a Dan planear cosas y rebuscar por toda la casa, lo cual mi padre ignoraba. Yo sonreía maliciosamente, pues mi padre no sabía que yo había quitado la vida a mis dos familiares, y que ningún Dios o cualquier cosa les había callado. Mi padre pidió silencio de mi parte mientras se inclinaba más cerca al televisor. Yo le dejé observar todo lo que quisiera, mientras planeaba el momento justo en el cual atacar. Sólo era cuestión de minutos y listo. Mi padre habría corrido con la misma suerte que Cristina y Mariana, mi madre.
Los jugadores se presentaban en fila, y el árbitro los llamaba a ordenarse en el campo. Los capitanes estaban en el medio de la cancha, y el árbitro lanzó una moneda, marcando el inicio del tiempo de juego. Yo sólo me senté ahí aburrido, mientras que a cada movimiento, como todo buen hincha, mi padre exclamaba algo entre groserías y lamentos de por qué esta noche los jugadores estaban en una mala condición física. No me interesé mucho por el juego. Lo único que se me ocurría eran las maneras en las cual sacar la sangre de su sistema.
En el medio tiempo mi padre quiso levantarse a ver bebidas para los dos; pero yo no podía permitir esto. Entraría a la cocina, vería a mi madre, y sabría lo que ocurre. Mierda. Lo tomé del brazo y le hice sentarse, diciendo que yo no tenía sed. Él insistía en que él si quería beber algo y yo no le dejaba. Luego de una pequeña y breve discusión, me alteré y me senté sobre sus piernas, dispuesto a atacarlo allí, sin saber de la presencia de Dan en la sala. Abrí mi boca mostrando mis colmillos a mi progenitor, y le intenté clavar los mismos en su yugular. Mi padre me trató de detener, mientras con sus brazos alejaba mi rostro de él. Gritaba, chillaba, forcejeaba. Yo sólo intentaba atacarlo con todas mis fuerzas, hasta que le golpeé el rostro, sacando sangre de su nariz, que salpicó en mis labios. La probé y me gustó, haciendo que de un movimiento clavara mis dientes en su vena. El gimió de dolor, mientras se debilitaba, maldiciendo a diestra y siniestra. El dolor existe, y él lo probaba. Al igual que yo me declaraba esa noche el asesino de toda mi familia, mientras acababa con el líder de la misma. Lo que jamás me percaté fue que ahora ya no podía seguir haciendo esto, ya que Dan me detuvo.
Los strigoi mortii solo podemos ser aniquilados mientras atacamos y con balas consagradas. Dan, en su libro, leyó la manera de acabar conmigo, y lo hizo. Usando la información que mi padre había dicho hace una hora, corrió a buscar la pistola y la cargó según las instrucciones impresas en su amigo. Sabía lo que yo era, en qué me había convertido. Sabía que ésto era cosa de hacer en un momento, que no había que perder tiempo. Aprovechó que me demoré mucho en el forcejeo con mi padre, y me aniquiló. Dan corrió a las habitaciones y usó las otras tres balas extirpadas de mi difunto abuelo y disparó a Cristina, Mariana y Christian I. Así fue como el acabó con lo que ocurrió aquel día en casa, hasta que al día siguiente la policía llegó a ver lo que sucedía con los disparos. Dan fue llevado a una casa asistencial pues fue declarado loco, con su libro bajo el brazo y un cargo para ser llevado a una correccional de menores por asesinato a su familia.
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