Preparando motores Festivala Estéreo Picnic
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Preparando motores Festivala Estéreo Picnic

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
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Juan Tejero cuenta la historia de esta actriz en su libro ' Audrey Hepburn, una princesa en la corte de Hollywood'
A veces compras ropa sin mirar la marca
Fotografía: "don't be afraid to strip it away." De Charlotte McKnight. www.flickr.com/photos/indigo-eyes
Una noche puede cambiar tu vida para siempre. Resulta que te emborrachas en una de tus discotecas favoritas a punto de guaro o whisky. Eres el dueño del carro, los demás borrachos confían en ti, sin prever que al otro día ninguno volverá abrir los ojos. Solo tú te levantas, aunque con un brazo amputado o una pierna cercenada o de la columna para abajo inmovilizado y con el karma de haberte llevado varias vidas al otro mundo.
O puede pasar también que siempre hayas sido una niña heterosexual, a la que sus padres quisieron ver casada con un joven emprendedor, de esos emprendedores acartonados con metas claras en la vida y un Twingo azul metalizado que se ve bien bonito bajo la luz del sol. Pero por cosas cochinas del destino, un sábado después de llegar de un toque de Grafton Primary, al entrar en la habitación de tu residencia en París, terminas acariciándote las partes íntimas con una amiga del colegio, dos fulanos y tres europeas deliciosas, que aunque no se bañan muy bien, es imposible no querer morder. Ahora una maldita “L” gigante se puede leer en toda tu frente y tratas de llevar el pelo corto y ser la dominante de la relación. Cuando vas a un sex shop no dudas en comprar un strap-on, y eres la que convence a la otra de marchar por toda la séptima cada año, en esa marcha por el orgullo gay que los neonazis y gente de derecha odia.
O quizás puede ocurrir también que seas un maldito perro. Sí, un can de esos con los que muchos se encariñan porque no pueden tener hijos y con los que otros en la clandestinidad han llegado a la zoofilia. El único recuerdo que tienes es el de un niño tratando de agarrarte mientras corres por un parque, luego deambulas por diversas calles durante semanas hasta aquel viernes en que te encuentra una gorda ecologista llamada Eliana. Una gorda ecologista de esas que pocas veces han tenido sexo, poseen rastros de bigote, mucho bello en la nariz y el diablo les hizo las tetas hasta el ombligo. La gorda te encontró tiritando de frío, desnutrido, de inmediato te habló como te gusta, haciendo ruidos especiales, muecas con su gran jeta, te tiró un pedazo de pan y lo demás es historia. Ahora vives en un gran apartamento, has crecido, eres más fuerte y comes mejor que muchos niños de las invasiones en las laderas de la ciudad.
O también puede pasar que seas un joven adicto a las matemáticas pero frustrado socialmente. Por güevonadas de la vida, uno de los tipos plays de la clase te invita a una fiesta, en agradecimiento por ayudarle a pasar un parcial. Allá te dan perico, H y bazuco, terminas en una orgía “una cosa loca”, luego empiezas a consumir más drogas. Hoy deambulas por las calles de Bogotá, Santiago de Chile o Lima y nunca fuiste lo que todos pensaban que serías…
O simplemente eres la estúpida, mi estúpida, por la que todos los días me levanto, y a la que le ocurrió esta historia….
¡Aja!, ¿y entonces qué? Resulta que eres UNA DE ESAS, una de esas hembritas por la que más de un imbécil se volaría la cabeza, por la que una amistad de quince años, entre dos niños que se conocieron en el arenero del colegio, se podría ir de un momento a otro a la basura, sin importar todas esas fiestas juntos, todas esa borracheras, todas esas carcajadas… ¡Ajá!, ¿y entonces qué? Resulta que eres una de esas ridículas hermosas que a mí casi nunca me tocan. Una de esas niñas deliciosas que a veces veo en las fiestas del centro de Bogotá, abriéndoseles de patas a un extranjero buena gente al que he llamado Harry, Peter o Jean Luc. ¡Ajá!, ¿y entonces qué? Un extranjero de esos hasta chistosos, que me ha mostrado sus amarillos dientes, mientras alza los brazos dejándome oler su asquerosa chucha, pero que tú, o no la hueles, o te resulta un poco deliciosa. Su asquerosa chucha que impregna una camiseta de alguna marca que no conozco o por alguna razón no recuerdo. ¡Ajá!, ¿y entonces qué? Un extranjero de esos que vienen a pasarla bueno a Colombia, y que le parece del putas ser mi amigo y tu amigo, porque le conseguimos el mejor “periquito”. Tan bonito, el hijueputa, queriendo hablar como nosotros con diminutivos.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Resulta que eres una de esas que tengo como wallpaper en la pantalla de mi computador. Una de esas a las que pienso ponerle una corona de plumas, como la que usaban los apaches, la próxima vez que me la coma. ¡Ajá!, ¿y entonces qué? ¿Te sigo diciendo más?... ¿Quieres saber a dónde quiero llegar con toda esta estúpida retahíla, con toda esta cansona palabrería?...
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Resulta que eres una de esas cosas divinas que deambulan entre lo alterno y lo superficial. Tienes el pelo castaño y liso, lo llevas corto, cosa que no me gusta, pero quién te puede contrariar. ¡Ajá!, ¿y entonces qué? Resulta que llevas una camiseta que dice Google VS Jesus. Una idea de camiseta que a ti y a mí nos pareció muy original cuando se nos ocurrió mandarla a estampar pero que alguien más en Sídney o quizás en Budapest ya había hecho realidad.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Se me hace imposible no dejar de nombrar y tocar esa piel, esa piel blanca y fina, que por dártelas de muy urbana, ahora mantienes quemada con el cochino sol picante de esta maldita ciudad. ¡Ajá!, ¿y entonces qué? Resulta que eres una de esas que cuando fija su mirada, la gente no puede dejar de sorprenderse porque no saben si tus ojos son grises, azules o verdes… ¡Ajá!, ¿y entonces qué? Yo creo que ya debes estar hasta rayada con esta maldita muletilla, con mis ínfulas y baboserías, pero te recuerdo que no tienes una pistola en la cabeza, no tienes un negro de dos metros presionándola contra tus orejas y gritándote que debes escuchar ¿o leer? Je,je,je,je.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Resulta que te encantan los sombreros, te fascinan las botas de cuero, y usar abrigos Balmain de color negro, a veces compras ropa sin mirar la marca, otras veces me torturas tomándote diez horas para decidirte por una cochina falda, que cuesta el equivalente al sueldo que se gana el portero de tu edificio. ¡Ajá!, ¿y entonces qué? Ese día era 13 de mayo, por mí, yo te hubiera llevado, pero estabas furiosa y decidiste salir a caminar por todo el Parque Nacional, deambular por la insípida Macarena, buscar lo que no se te había perdido, querías seguir tu propio camino, tratar de olvidar los problemas. En uno de los bolsillos llevabas tu Iphone, conectados los audífonos Skullcandy, se reproducía ‘El Bandido’. Nunca supe a dónde putas ibas, pero tenías la actitud.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Sé que en tu cabeza yo no estaba, sé que en tu cabeza a las drogas llamabas, que delicia, que rico, ahora que te despiertes nos pegamos un pasecito... ¡Ajá!, ¿y entonces qué? Lo parchamos en la mesa, le decimos a George, Charly, el Paisa, Frisby, o algún dealer por los que vale la pena tener BlackBerry y todo listo, le pegamos al embale fino. ¡Ajá!, ¿y entonces qué? Yo ese día estaba atendiendo en el consultorio, mirándole las encías moradas a un maldito viejo obeso y ojeroso. Introduciéndole mis dedos en su cochina jeta, cobrándole de más por los rastros de pollo que me encontraba entre sus dientes. ¡Ajá!, ¿y entonces qué? Imaginándome que metía mis dedos en tus partes, para después aplicarme xilocaína en ya sabes dónde, lo sé, no soy el mejor odontólogo, ¿pero qué puedes hacer?
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Seguiste caminando, podía haber nevado pero no te hubiera importado, el frío alcanzaba tus huesos, en el fondo anhelabas mis besos, pero eres una malcriada y por ese detalle te has ganado varias patadas. Un indigente te observó de lejos, se imaginó haciéndote cosas, luego olió un poco de bóxer y siguió creyendo que su vida era un cuento. Mientras tanto en mi mente te puteaba, atendía mi paciente, pero tenía mucha rabia.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Ese día peleamos, me dijiste que querías tener hijos y confesaste que llevabas casi un mes sin tomarte esas putas pastas. Yo casi me muero, comencé a gritarte y a arrojar mis libros de ensueño. Esos libros por los que he pagado mucho dinero, solo para que mis amigos se sorprendan por el buen gusto que tengo. Recuerdo que comenzaste a llorar como una loca, a insultarme y a decir un montón de bobadas, yo no aguanté más y te tiré contra la puerta de la cocina, te dije que eras un puta, y que al primer brote de un ser un humano en tu cochina barriga, te lo sacaba con un cuchillo.
Fue un poco fuerte lo sé, mostré la sevicia y exageré. Fuiste una estúpida por creerte eso, pero debiste entenderme, este mundo es una basura como para seguir trayendo gente. Además hay muchas cosas que quiero comprar, los televisores cada vez van a mejorar, Apple no va a parar, y un niño podría retrasar mis planes…
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Aunque no había nadie en la calle no te importó. Continuaste como si caminaras por un barrio decente, tu cara estaba llena de lágrimas, tu mente de palabras sucias y pensamientos grotescos hacia mí. Cuando la canción dejó de reproducirse el maldito asqueroso apareció de la nada, te agarró por los hombros y te tiró contra unos matorrales. Adiós 80 dólares de los Skullcandy. Hasta luego 300 dólares del Iphone, 300 de los jeans Marithé Francois Girbaud, 60 de la blusa Massimo Dutti que te regalé el año pasado, 400 de la cartera Fendi, y pongámosle unos 150 más por diversos daños. ¡Maldita sea!
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Gritaste muerta de miedo, nadie te escuchó. Lloraste pero a él no le importó; antes el indio siguió riéndose, luego te tapó la boca, te dijo que esto iba a durar un buen tiempo, que te hicieras a la idea y lo disfrutaras. Pobre hijueputa, por su mente no estaba que días después llegaría a mi consultorio por cosas del diablo, porque Dios no existe, y que lo reconocería al verle tu Iphone, y varios arañazos en la cara. No te cuento lo que hice con su boca, como jugué con las sondas dentales y los forceps. Ni te imaginas en qué parte de su cuerpo le puse la fresa dental. Solo te digo que el maldito sufrió mucho, y que tú, mi muñeca inmaculada, puedes seguir durmiendo en paz ¿o quieres que te sigan narrando?
¡Ajá!, ¿y entonces qué? esta ciudad es una cloaca, fuiste víctima de ella pero gracias al diablo, ya pasó todo. Cuando advertiste que nadie iría en tu ayuda te quedaste quieta, congelada, tratando de que tu mente se escapara de ese cochino momento. El indio solo hablaba de lo rica que estabas, lo delicioso que olías, y que desde hace meses te esperaba. Te quitó los Onitsuka, como pudo te sacó el jean, luego siguió manoseándote, mientras te besaba la cara, te aruñaba las nalgas y respiraba acaloradamente. Ahí tú ya no me odiabas, antes creo que de nuevo me amaste, y recordaste cómo nos conocimos en aquella discoteca, las veces que fuimos a comer helado, cuando jugábamos en la cama y todas las estupideces que planeamos. Vomitaste cuando sentiste dentro de ti, unas uñas llenas de tierra, rastros de papa, yuca y otros tubérculos. Gritaste cuando el asqueroso te pegó un puño, alzó tus tangas Punto Blanco con la estrellita plateada en el centro, y se las puso en la cara. En ese momento pensante en levantarte y salir corriendo, pero el indio medía casi dos metros, tenía unos grandes brazos, y su fuerza era la de todo un empacador de Corabastos. Yo mientras tanto te odiaba y despedía a mi último paciente…
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Cambiemos el tiempo verbal, pues aquí el negro te voltea, te hace comer tierra, mientras te dice “espero que te guste nena”, de nuevo tratas de elevarte por todo el parque, en tu mente quieres huir de esa maldita escena, pero tus uñas se clavan en el pasto, te recuerdan cuál es tu maldita realidad y deseas morirte. Nunca un ruido de una cremallera te parece tan espantoso, rememoras todas las veces que lo escuchaste y lo mojada que te ponías, pero esta vez es diferente, esta vez no lo relacionas con placer.
El indio presiona tu cabeza contra el pasto, sus manasas te hacen daño. Observas unas hormiguitas espantadas caminando rápidamente, otros bichitos moviendo sus alas, cierras los ojos, tensas todos tus músculos, aprietas el estomagó, y cuando con asco sientes el glande de aquel malnacido rozando una de tu finas y lindas nalgas, a punto de profanar tan sagradas cavidades, ¿qué crees? Pues que con toda la fuerza del mundo expandes tu ano y la pizza que comimos un día anterior, esa pizza de salami, pepperoni y tocineta que pedimos mientras veíamos por enésima vez Fight Club, porque tú no la habías entendido; esa pizza que acompañamos con Pepsi porque los desgraciados no renovaron contrato con Coca Cola, sale despedida (o mejor dicho en lo que se convirtió) y le ensucia el miembro al malparido, le alcanza su camiseta Root&Co, le toca su jean Quest, y aunque el maldito te grita con asco que te detengas, tú no le haces caso, y antes haces más fuerza.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Por primera vez amas la mierda, la diarrea, agradeces que por un poquito de grasa estés enferma y de nuevo, en toda la noche, medio sonríes, mientras sigues expulsando aquella masa acompañada de un líquido caliente. Escuchas los gritos del asqueroso, como te putea y luego sientes sus puños chocar contra tu cráneo, tu espalda, tus nalgas, y comienzas a reírte como una loca, como una verdadera maniática. Entre más golpes recibes, más mierda sale de tu cuerpo, más risas ensucian el ambiente, más miserablemente afortunada te sientes. Entre más daño te hace el indio, más victoriosa te vislumbras, porque el maldito tiene ahora la verga flácida, y de un momento a otro deja de pegarte para vomitar la sobrebarriga con papa criolla, arroz encebollado y agua de panela, que se embutió en su hora de almuerzo.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? En un estado semiconsciente escuchas cómo te putea, cómo se asquea por estar untado de mierda, y cómo casi llora porque para él, una niña tan linda, no caga, no excreta, ni se tira un pedo. Luego escuchas como se sube el pantalón mientras sigue quejándose, cómo se quita la camiseta llena de tus desechos. Después sientes que se acerca por un lado, te agarra del pelo, estrella tu cara contra el suelo, de tu nariz sale mucha sangre, y comienza a patearte como si fueras un maldito costal. Como pueden patear unos niños de Cartagena un balón hecho con viejos trapos y retazos de lo que un día fueron las camisas de sus padres.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Horas después me llama un negro, un maldito no muy diferente al que estuvo a punto de usurparte. Me dice que te han encontrado en un estado deplorable, los vecinos de las Torres del Parque lo han llamado horrorizados porque han visto un cuerpo semidesnudo tras unos matorrales. De inmediato siento espadazos en todo el cuerpo, soy la peor basura de este mundo, lloro, grito, del otro lado del teléfono me dicen que me calme, anoto la dirección y corro al hospital donde te tienen.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Cuando llego al lugar parece que no te han robado nada, a tu lado hallaron tu pantalón con tu billetera Paul Smith, y tu bolso con todas tus pertenencias. Ahí estaba tu otro celular, un Nokia cochino donde encontraron que el nombre más marcado es el de “Bebé”. Que manes tan pillinis ¿sí o qué? “Bebé”, “Bebé”, siempre odié que me dijeras así, te regañé, te dije hasta guisa por ello, ahora me encantaría volvértelo a oír.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Le digo al agente, al maldito negro, que hace falta un Iphone, luego le pido que me deje verte. Me responde que no sabe nada de ese aparato y que no puede dejarme pasar, que te están haciendo varios análisis, para determinar si te violaron, y que parece que estás en coma. Al escuchar la palabra “coma” se me doblan las piernas, siento ganas de chocar mi boca contra las baldosas, echar mi ortodoncia de 3 millones a perder, pero prefiero ser fuerte y aguantar.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? En un momento el negro me aparta hacia un lado, me pregunta si quiero ver las fotos de cómo te encontraron. Le respondo que sí, el maldito saca dos copias de su bolsillo, pareces una diva de Brian Viveros, me sostengo del asqueroso y comienzo a vomitar su hombro. El policía grita desesperado, no sabe si pegarme o ayudarme, insulta un par de veces a mi mamá, aparecen unos cuantos de sus subalternos, de inmediato ordena que me ayuden y corre a limpiarse al baño.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Llegamos entonces al principio, si esa noche no hubiéramos peleado, nada de esto estuviera pasando, estaríamos frente al PC viendo películas en Cuevana, tocándonos bajo las almohadas, emborrachándonos porque sí, comiendo “limones” en alguna finca cercana a Bogotá. Pero tenías que ser tan estúpida, contarme sobre esas pastas, anunciarme el fin de mis sueños. Si quizás un día hubieras llegado llorando a contarme que pronto habría un niño con mi nombre en diminutivo, no habría reaccionado tan mal. Tan solo hubiera sonreído, luego habría sacado un Smirnoff Ice y de inmediato me pondría en la tarea de convencerte de abortar.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Resulta que llevo en estas desde hace siete semanas, vengo por la mañana, después de salir del trabajo y hasta en fines de semana. Me siento frente a tu cama, comienzo desde el principio la maldita historia, con la esperanza de que me escuches y decidas despertar. Te digo que ya no me importa nada, que nos faltan muchas cosas por cumplir, y a veces te cuento todas las asquerosidades que le hice al pobre desgraciado. No me siento muy orgulloso de ello, pero tampoco me importa.
El “¡Ajá!, ¿y entonces qué?”, lo acompaño con una palmada en tu brazo, ayer las enfermeras me preguntaron por el morado que tienes, les respondí que no tenía idea de ello y hasta las grite diciéndoles que ellas debían saber. Se quedaron calladas, algo deben estar ocultando.
¡Ajá!, ¿y entonces qué? Siempre te traigo un pedazo del indiazo, comencé con una oreja, los ojos, algún dedo, y sin que nadie me vea, los saco de una pequeña nevera Igloo que tengo llena de hielo y te los acerco un poco a la nariz, con la esperanza de que reacciones o muestres una señal de conciencia. Nunca ha funcionado, ni un puto parpadeo o movimiento, pero adivina, mi pequeña cosa, mi hot sweet mami indie hipster deliciosa, qué te traje hoy...
Rubén Fonseca Aguilar.