— Ya estoy en casa— anunció.
Cerró la puerta tras de sÃ, y después no se escuchó ningún sonido. Era extraño, incluso inquietante, el sonido del silencio en aquella casa. Algo a lo que no estaba acostumbrado. Un signo evidente de que algo... no estaba en su sitio. Algo que no podÃa solucionar. Algo...
No era la primera vez que estaba solo en casa, por supuesto. Ni mucho menos. Pero ese sonido de nada era distinto a cuando lo escuchó de verdad, hacÃa tan solo cerca de una semana. Cuando entró a casa y realmente se dio cuenta de que no escuchaba nada.
HabÃa dirigido sus pasos como de costumbre a su habitación, pasado sus dedos por las frÃas pero suaves escamas de Hersha, que lo aguardaba, se habÃa desaflojado la corbata y después se habÃa servido una copa de vino. Se habÃa dado un momento para disfrutar su aroma, y luego habÃa perdido la mirada en su reflejo en el cristal. Después, salió de la habitación, cerrando también la puerta tras de sÃ, y entró en otra. Se dejó caer sentado sobre el colchón y estiró el brazo hacia la cabeza del gran león negro que parecÃa dormitar a los pies de la cama. Al hacerlo, el allmate abrió los ojos, desperezó y se sentó frente a él. Aquella mano frÃa y de dedos largos se posó sobre su cabeza, acariciando su melena sin decir nada en todo aquel tiempo casi eterno que pasó hasta que bebió la última gota de la copa, y solo entonces la dejó sobre la mesilla y se levantó, dejando la puerta abierta al salir del cuarto.
Desde ese dÃa, el silencio al volver a casa lo habÃa paliado aquel sonido áspero de la pesada respiración de Berta. Sentado frente a la puerta, esperaba, y volvÃa a retirarse a la habitación de su amo después de recibir aquellas caricias.
Pero aquel dÃa, otra vez, no habÃa nadie para recibirlo. Y se escuchaba silencio.
Caminó hacia la habitación con la puerta abierta y al entrar vio, en el suelo, el gran cuerpo del felino, inmóvil. Se agachó a su lado y acarició su cabeza, pero no hubo una respuesta. Volvió a intentarlo, pero nuevamente no reaccionó.
En los labios de Virus se dibujó una suave sonrisa, deslizando los dedos sobre las duras hebras negras.
— Lo echabas de menos, ¿no es as�
Se puso en pie, acercándose a la mesa que habÃa junto a la cama, y tomó uno de los pastelillos que todavÃa habÃa sobre ella. Después, volvió a darse la vuelta y a tomar asiento sobre el colchón. Dio un bocado a la suave masa, relamiéndose los labios ligeramente para limpiar los restos de azúcar. Demasiado dulce, se dijo, pero, ah, a él le gustaban esas cosas. Siempre habÃa sido tan extraño, se dijo. Tan distinto. Mientras comÃa, se tomó un tiempo para pensar, dejándose caer hacia atrás, apoyado con una mano sobre las sábanas negras. Al acabar, solo quedó el papel que envolvÃa la parte de abajo del dulce. Se incorporó con el cuerpo hacia delante, los codos sobre sus rodillas y la barbilla descansando sobre sus dedos entrelazados, y la mirada fija en el enorme animal que yacÃa, dormido y sin posibilidad de despertarse, a su lado. Prestó atención al silencio. VacÃo pero cargante, como si ejerciera presión sobre sus hombros. Aciago. Molesto. Negó con la cabeza y otra vez se sonrió, cerrando sus ojos.
— Era más agradable con él aquà —confesó al león.
Volvió a acariciar un instante su cabeza y se levantó. Al salir del cuarto, cerró la puerta.








