Ojos.
Ver cómo su cuerpo con su alma florecía creciendo libremente en su terrible juego, y adivinar en ella una llama sombría a través de la niebla de sus ojos de fuego.
Delante de mi van sus ojos soberanos, que un ángel sapientisimo imantó sonriendo; ahí van esos divinos hermanos, mis hermanos, en mis ojos su fuego diamantino vertiendo. De caídas salvándome y del grave pecado, hacia lo bello saben mis pasos conducir; son como dos esclavos que me han esclavizado. Que mi ser siempre vea esta antorcha lucir!
Bellos ojos, que tienen esa luz, de los funebres cirios que arden en pleno día. El rojo sol no puede esa llama apagar.
Ellos honran la muerte, cantando el renacer. En mi resurrección de nuevo vais a arder, astros que ningún sol lograra marchitar.
Tus ojos son cisternas donde brilla un lucero, por esos grandes ojos suspiros de tu alma, demonio sin piedad, dame un poco de calma!
Tus pupila de loca en esa llama prende. Los ojos de algún rústico en el deseo enciende. Mórbido o petulante, todo en ti me es placer.
Sus ojos son bruñidos, minerales radiantes, donde solo hay acero, oro, luz y diamantes.
Tus ojos, de secreto que ignoro, sin amargor y sin ambrosías, son igual que dos joyas frías, labradas de hierro y oro.
Deja, deja mi alma de mentira vivir; en tus ojos un dulce, largo sueño, dormir, y a la penumbra de tus pestañas, soñar.














