El castaño maldijo por lo bajo un par de veces al darse cuenta de que había estado preparándose, cuidando cada detalle para lucir lo más decente posible, como un caballero hecho y derecho si usaba las palabras de su antigua vecina en Miami, todo para olvidar su encendedor pero no la caja de cigarrillos. “Oye, ¿por casualidad no tienes un encendedor?” Indagó a la primera persona que pasó frente a él.















