Neoliberalismo: lo que realmente significa
Este pensamiento —y su consecuente praxis— surgió en torno a la década de los ochenta, fruto de las ideas de economistas conservadores como Friedrich Hayek, Ludwig von Mises, Milton Friedman, etc. y de la mano ejecutora de los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, principales valedores de esta ideología. En paralelo discurrió la creación de los think tanks, asociaciones que incurrían, e incurren, en la dispersión de estas ideas, un ejemplo de este tipo de asociación en España sería la FAES. Pero definir el neoliberalismo resulta complicado, en esencia, se trata de supeditar todas las actividades humanas a las leyes del mercado; por otro lado, también se persigue la eliminación del Estado como protector de los intereses de la ciudadanía, para transformarlo en un mero pelele en manos de las corporaciones, fundamentando su existencia en la seguridad de sus propias transacciones. Ahondando más aún, todo aquello necesario para la supervivencia del ser humano es una mercancía y, en consecuencia, un medio para lucrarse hasta límites insospechados. Poco importa que sean unos bienes tan esenciales como el agua, la vivienda, la calefacción, la electricidad, y un largo etcétera de elementos básicos en la vida de cualquier ser humano.
Para implantar estas ideas en la población se valen de dos herramientas indispensables e indisolubles: los partidos políticos y los medios de comunicación. Ambos tratan de justificar algo tan demoledor como lo que acabamos de leer en el anterior párrafo: para beber agua, debes pagarla; sin olvidar que todo esto se vertebra en otro ideal: la administración pública no es eficiente ni rentable, genera pérdidas para el Estado. ¿Cuál es la solución? La privatización, pues bajo la administración privada hay rentabilidad en un mercado libre, inversión de capital de terceros e innovación a corto plazo, mejorando las prestaciones continuamente. Todo parecen ventajas para el ciudadano, hasta que comprueba que no puede tener acceso a los bienes elementales porque no posee el dinero suficiente para pagarlos.
Si tomáramos como referencia el agua, que es un bien elemental para la vida humana, tenemos evidencias históricas que acreditan lo negativo de su privatización, evidencias que el neoliberalismo ignora, pues chocan frontalmente contra sus intereses. Durante el siglo XIX en Estados Unidos y Europa (bien estudiado está el caso inglés) comenzó una regulación de las empresas privadas que se encargaban del suministro del agua. ¿Por qué motivo? Dichas empresas no querían suministrar agua a las zonas periféricas (más empobrecidas), donde no iban a recibir compensación económica alguna y tampoco estaban interesadas en tratar el agua sucia. Así, los gobiernos de turno ejecutaron desprivatizaciones y reemplazos por compañías públicas, primero a escala municipal, después regional y, por último, nacional. A día de hoy, y continuando con las ideas políticas neoliberales, existen dos argumentos que tratan de sustentar la idea de la privatización, la primera, aliviar la presión sobre los presupuestos del Estado de turno, con la entrada de inversiones privadas, y la segunda, la atracción de nuevas fuentes de capital. Como resultado, estos economistas creen que debería repercutir en un descenso de la pobreza y la desigualdad, puesto que la mejora de las infraestructuras supondría extender la distribución hacia esas áreas periféricas. En la praxis nada de eso ocurre, muchas de las empresas de aguas viven de los subsidios estatales o del endeudamiento, y sus inversiones en infraestructura son modestas, pues están centradas en ganar dinero, no en mejorar la prestación al ciudadano. Aquí yace el verdadero problema al que se enfrenta el ciudadano del presente, la lucha contra la privatización, contra el neoliberalismo.
Sin más, quisiera agradecer al administrador o administradores de esta página web la oportunidad de poder expresarme, y añadir unas palabras de la mítica anarquista Emma Goldman que estimo de importancia para los lectores: […] En los mítines la audiencia se distrae por un millar de elementos innecesarios. El orador, por muy elocuente que sea, no puede controlar la agitación de la multitud, […]. […] La relación entre el escritor y el lector es más íntima. […]. […] prefiero llegar a los pocos que realmente quieren aprender, antes que a los muchos que sólo buscan entretenimiento.
Viñetas de J.R. Mora (@jrmora) y LaRataGris (@laratagris)
Escrito por C. Zeigarnik (@C_Zeigarnik) de TripleSunset