Del colectivo ni rastros. Del trava asesin@, ni la más mínima pista. Al cesar el fuego, la policía forense recorrió todo el supermercado sin dar con indicio alguno que indique que un accidente había ocurrido ahí, salvo por los escombros que resultaron como producto del gigantesco impacto y la cantidad de heridos que comenzaban a ser evacuados, uno tras otro hasta la vereda del lugar, para constituir un tendedero de quasi zombies.
Decenas de camiones de bomberos, ambulancias, patrulleras y móviles de noticias, se agolparon sobre las avenidas Carlos Antonio López y Colón para intentar rescatar, auxiliar, apresar o entrevistar a las víctimas y culpables, testigos o protagonistas, del más grande atentado que se haya perpetrado contra un negocio local en la última década.
Pero un detective novato, de tan solo 31 años, llegando al pasillo de los embutidos, descubrió una misteriosa billetera, arrojada fuera de contexto al viento y pegada con sangre al vidrio que exhibía toda clase de chorizos, en la que claramente, se develaba la identidad de quien entonces pasaría a ser el principal sospechoso del crimen más estúpidamente macabro y ridículamente lúgubre del siglo 21.