Hay dĂas en que el cielo está gris. El viento no sopla y todo parece pasar en cámara lenta. DĂas en que la vida parece ser la historia más triste y más larga. DĂas en los que se nos antoja suspirar varias veces en un mismo viaje en carro. DĂas en que nuestra alma parece haber abandonado nuestro cuerpo y ni la mĂşsica parece llenar el silencio que ha quedado en nuestro interior. ÂżHas vivido dĂas asĂ? Seguramente sĂ. Son necesarios nos dicen. Son normales... Claro que lo son. Todo lo es. Quiero hablar de estos dĂas porque por el momento, me recuerdan a alguien en particular. Ausente como el sentido de existir en dĂas asĂ, el hombre que cometiĂł el error de traerme a la vida. Seamos fatalistas y exagerados por un momento. La vida es una tragedia. Como un castigo interminable. El hombre que me hizo parte de esta triste historia, aquel que no existe y nunca existiĂł. ÂżPor quĂ© me hace falta algo que nunca ha estado? La teorĂa del miembro fantasma. Algo que debiĂł estar en algĂşn momento, pero ya no está. Pero aĂşn duele. AĂşn se siente comezĂłn. AĂşn existe aunque parezca no tener sentido. Mi padre. El sujeto. ÂżCĂłmo puede ser este sujeto culpable de todo esto? Un sujeto inexistente, jugando un papel clave en esta historia... ÂżUn sujeto tácito?Â
Tengo cerca de dos dĂ©cadas de atestiguar esta vida cruel. Dos dĂ©cadas de tantas experiencias... Tristezas y alegrĂas. Dolor y emociĂłn. Amor y desamor. Preguntas y respuestas. Idas y venidas. Dichas y desdichas... Todo menos un padre.Â
Y que no se atreva a llamarme “desagradecida” como siempre ha hecho, por que haberme paseado por el pasillo de la casa hasta que me quedara dormida a la edad de menos de un año, no es suficiente. Que no mencione como si no recordara, que me llevĂł al colegio cada mañana cuando cursĂ© la parvularia, porque tampoco basta. Porque recuerdo las pelĂculas mejicanas los sábados en las mañanas y unas cuántas risas que me sacĂł con su no tan malo sentido del humor, pero nada de eso cuenta. No basta. Si bastara, tal vez no me encontrarĂa escribiendo esta carta. Esta carta de reclamo, de dolor y de enojo. Que el peor error en tu vida, fue conocer a mi madre. Tus palabras más presentes en mi memoria cada vez. Lo analizo, y considero un error el matrimonio de mis padres. Un error sin reparo. Un error del cual he resultado yo y mis hermanos. Pero Dios todo lo sabe dicen. No cae hoja de un árbol si no es su voluntad dicen. ÂżDios? No humanos. No culpemos a Dios por nuestros errores, porque aquĂ, los que hacemos y deshacemos, somos nosotros. Errando por doquier, pero, ÂżQuĂ© más vamos a hacer? Si en realidad no sabemos hacer nada. Que desdicha pues mi padre que no existe. Que maldad no haber estado. Cuánto tiempo he invertido en intentar perdonar sus errores, intentar entenderlos, perdonarle. Desligarle de la culpa, porque hay gente en este mundo que simplemente es estĂşpida. Cuántas veces esto ha ocupado mi mente y consumido mi energĂa emocional. Cuántas veces aquellos dĂas grises, han sido su culpa.
Tal vez por eso estoy y me siento tan sola. Tal vez por eso no busco a nadie porque no se puede confiar en la gente. Tal vez por eso no me agradan suficiente los hombres. Quizá por eso no deseo traer hijos a este mundo. Quizá por eso tengo un vacĂo en mi pecho. Por el amor e padre que no tengo ni tuve nunca. Ni tendrĂ© jamás.Â
Cuando tenĂa cerca de 11 años, mis amigas hablaban cierta vez, de sus padres. De cĂłmo les consentĂan con regalos y sorpresas. Una de ellas contaba que su padre le habĂa obsequiado una muñeca de su tamaño. Mi corta imaginaciĂłn de 11 años no me permitĂa imaginar un hombre asĂ. Un hombre dador, cariñoso, dedicado y protector. Yo no creĂa lo que ella nos contaba. En mi mente, los padres no eran asĂ. En mi mente, solo las madres daban obsequios. Solo las madres daban amor y cuidado. En mi mente, los padres eran enojados y no soportaban el ruido que hacen los niños al jugar. En mi mente, los padres eran como ogros. El rostro enrojecido de la ira y los ojos irritados de haber dormido todo el dĂa. Granes y peludos, con el pelo mal distribuido entre la calva y las entradas. Ogros con dientes amarillos y narices grotescas, que solo saben comer y gritar y dormir. Que no aman a nadie y odian a los niños. Ogros sin corazĂłn ni conciencia que están siempre listos para lastimar.Â
A los 11 años, mi papá era un ogro asĂ.Â
Por las noches, oraba oarba que Dios transformara a mi papá en algo más decente. Tal vez no un prĂncipe o un caballero de escudo y armadura; pero al menos un papá. Con corbata y una taza de cafĂ©. Alguien que abrazara a mi mamá al llegar del trabajo y ayudara a servir la cena. Alguien que me llevara al parque a jugar pelota o andar en bicicleta. Que hiciera palomitas los viernes en la noche para ver una pelĂcula en familia. Alguien que cantara alguna vez e hiciera planes para ir a pasear los domingos todos juntos. Alguien que obsequiara rosas a mi madre en su cumpleaños o en el dĂa de las madres. Alguien que me diera un abrazo y me obsequiase un libro con dedicatoria en la primera página alguna vez. QuĂ© se yo. Alguien en quiĂ©n confiar, que no se enojara por que derramase el jugo en la mesa por accidente a la hora de cenar. Alguien que no se irritara con el sonido de mi risa cuando jugaba con mis hermanos en el carro. Alguien que no insultara a mi madre y que jamás le hubiese pegado.
Recuerdo la vez que me doblĂ© el tobillo derecho cuando tenĂa cerca de ocho años. IntentĂ© ocultarlo todo el dĂa para que mi padre no se enojara. Esa noche mi mamá llegĂł a mi habitaciĂłn a ver por quĂ© no habĂa bajado a cenar. Con timidez le dije que no tenĂa hambre pero no pude ocultar el pie hinchado de ella. De inmediato supo que el dolor me impedĂa caminar y que debĂamos ir al hospital. Nunca olvidarĂ© esa noche. Los ojos enrojecidos de mi padre y un golpe seco con el puño en la pared e mi habitaciĂłn. Todo siempre era culpa de alguien. Jamás olvido esa noche. Sus rostro. Sus gritos. Sus palabras siempre tan hirientes. Esa noche, mi madre y yo fuimos al hospital y pude elegir el color de mi yeso. Luego de ese dĂa, dejĂ© de pedirle a Dios que cambiara a mi papá.Â
El tiempo pasa tan rápido. El dolor sin embargo, puede ser tan duradero. No he podido perdonarlo. No he podido ignorar el dolor en mis adentros. El daño ha sido hecho y aveces resiento a los hombres por esto. Porque esto parece ser culpa de todos ellos. El papá de mi papá; El de mi mamá;  El primer esposo de mi mamá. No ha habido un papá bueno en mi historia hasta donde la conozco. Todos tienen la culpa y yo pago sus errores. Esos dĂas en que el cielo no tiene color, y mi corazĂłn siente un vacĂo existencial pienso en mi padre. Mi padre que no existe, ni existirá jamás. El dĂa más feliz de mi vida fue cuando mis padres se divorciaron. La paz por primera vez llegĂł a mi vida.Â
Llegar a casa y que hubiese silencio en lugar de gritos y peleas. Estar sola y tranquila en lugar de con miedo de causar algĂşn conflicto entre mis padres. Aprender a tocar guitarra sin que el sonido de mis primeros acordes molestara a nadie. Ir a la cama sin un nudo en la garganta o una lágrima en mi rostro. Luego del divorcio de mis padres, mi vida dio un giro drástico. Me convertĂ en la primera de mi clase. Me unĂ a un grupo de jĂłvenes en la iglesia. JuguĂ© en el equipo de fĂştbol y el de básquet de mi colegio. Me enamorĂ©, me interesĂ© en el arte y la literatura. Toda yo era una nueva persona. Responsable, independiente y feliz. Heme aquĂ ahora. Hace más ya de cinco años que mi padre se fue de mi casa, y sigo llorando por la misma situaciĂłn. Escribiendo con el corazĂłn en la mano y unas cuántas lágrimas en mis ojos. Justo como la primera vez. Heme aquĂ. castigada y aĂşn sufriendo. Heme aquĂ con el vacĂo. El vacĂo que me acechará siempre. Heme aquĂ sola. Sola como siempre. Lejos de Dios, aunque no quiera. Encerrada entre estas cuatro paredes en esta gris y triste vida, con una pequeña ventana por la cual entre un rayo de luz y uno de esperanza. Heme aquĂ, mitad viva y la otra mitad sufriendo. Gracias papá. Gracias papá de papá y papá de mamá y hasta papá e papá de mamá que ni conozco. No hay duda que tienen todos igual culpa. A todos gracias por su atenciĂłn y mis disculpas por las tragedias y la exageraciĂłn de mis palabras, pero asĂ es como habla el corazĂłn. A gritos y patadas, con rimas y metáforas. Porque solo Ă©l siente y sabe lo que duele. Porque solamente Ă©l sigue adelante con las cortadas y los vendajes. Porque asĂ es el corazĂłn, intenso y sensible. Al menos el mĂo. Y bien. aquĂ concluye mi inspiraciĂłn para esta carta. Carta sobre mi padre.Â