Anne río ante las palabras ajenas y se sintió hasta un poco avergonzada ante el comentario, algo que era evidente por el color que habían tomado sus mejillas. “¡Para con eso!” Pidió una vez más y, como si sirviera de algo, dio un golpe no muy fuerte en el brazo ajeno. “Lo único que vas a conseguir con esos halagos, es que deje de cocinar para ti y sean otras personas lo que disfruten mi exquisita comida.” La estadounidense no era conocida por presumir de sus habilidades, pero sí por bromear sobre ellas como hacía en ese preciso instante. Por más halagos que recibía, no se los creía, y mucho menos cuando venía de personas cercanas a ella.