Me has enseñado a vivir sin ti
Ha pasado el tiempo, el suficiente para hacerme comprender que nunca volverás, pero aun cuando mi mente ya no puede engañarse más, hay algo que todavía guarda la nítida imagen de lo que fuiste. Las ganas de llorar quizás nunca se irán del todo, por más que trate de soltar la tristeza que me ocasiona saber que has desaparecido en cuerpo más no en alma, por lo cual, tu ausencia imperceptible me seguirá hasta el último día de mi existencia.
A veces en medio del silencio, te pienso. Cuando la quietud habita a mi alrededor solo estás tú merodeando en los rincones de mi mente y creo que puedo encontrarte en medio de ese sentimiento que acallo aun después de tanto tiempo. Estas lágrimas no bastan para derretir el enorme dolor que acapara gran parte de mi pecho que ha ido sanando lentamente, aun no termino de comprender del todo cómo funciona la vida y la muerte, sin embargo, ahora entiendo lo difícil que es todavía dejarte ir a pesar de que te marchaste una noche.
La vida se volvió distinta, significa algo más que vivir como lo hacía antes de perderte; pareciera que puedo oírte hablar desde el fondo del alma con pequeños susurros que responden a la infinidad de preguntas que han surgido estos años de luto por ti. Tu muerte hace de mis días una enseñanza, me convierto en alguien más sabia sin quererlo, sin importar que todo lo que ahora haya sean las inmensas ganas de llorar. El mundo gira de manera que sea casi incompresible para los demás que viven ajenos a esta sensación, ellos no saben cuan pesada es la tristeza de aquellos que vemos partir a quienes amamos.
Siento que si digo tu nombre en voz alta arrancará pedazos de mi corazón, por eso mantengo este voto de silencio lo más que pueda hasta que un día pueda pronunciarlo sin la dificultad abrazando mi garganta.
Te he buscado en las estrellas, en todos los firmamentos que veo y en la nada que contiene un poco del todo, esperando divisarte en la inmensa distancia. Aún me pregunto en qué parte del cielo y la tierra te encuentras.
La casa se quedó con un fantasma que no puedo sentir del todo más que la sensación de que alguna vez habitaste aquellos espacios que hoy se reducen a meros recuerdos, recuerdos cuyos fragmentos se han llenado de una inexplicable nostalgia que invade el pasado.
Esta travesía que he caminado durante largos años me ha hecho más cercana de algún modo a algo que nunca creí que conocería, Dios. Un dios que desconocía que existía, que nació en medio del sufrimiento que conlleva decir adiós de forma absoluta.
Sigo sin oír la frase correcta que sirva de consuelo para este desasosiego en el que me encuentro hundida algunos días sean soleados o grises, haya lluvía o arcoiris resplandeciendo. En los momentos en que respiro el aire y me sé viva, comprendo la fuerza que he conseguido con el amor que enaltece tu memoria, nada es más indestructible que amar a alguien que ya no está presente.
Pero morir a tu lado ha sido una de las más grandes guerras, pienso que todos los que hemos soltado morimos en cierta forma; por dentro algo cambia sutilmente, hasta el punto de ser casi invisible, sólo cuando observamos lo suficiente notamos que hemos muerto a medias, como la estación que da paso a una nueva, quedan huellas a su paso como una señal de lo que éramos. Se llevan algo de nosotros que es imposible impedir que sea despojado, su amor que perdura entre la agonía de su despedida, en el último latido del corazón estamos unidos por algo más que la sangre que corre por nuestras venas.
Sí, hemos muerto, una muerte que nos hace seres humanos diferentes, nos hacen más humanos de lo que cualquier otra cosa podría hacerlo. Hay llantos que duran toda una vida, pero eso no nos detiene, caminamos hacia adelante.
Sobreviví, como sobreviven todos los que recorren el mismo sendero y recorrerán tarde o temprano, seguimos adelante, moviéndonos con el transcurrir de los meses.
Quisiera gritar lo fuerte que me has hecho, me has enseñado que existe Dios de la manera más humilde posible. Me enseñaste a vivir sin ti.