Fragmento de 'Testo yonqui' de Paul B. Preciado
Valerie Solanas, en su Scum Manifesto de 1968, había visto las cosas con una cierta precisión. Cuarenta años después, sólo un elemento parece haber cambiado: todas las características grotescas que Solanas atribuye a los hombres en la sociedad capitalista de finales del siglo XX parecen hoy hacerse extensibles a las mujeres. Hombres y mujeres son hoy bio-productos de un sistema sexual esquizoide abocado a la autodestrucción. Los hombres y las mujeres son criaturas «deficientes, emocionalmente limitadas», «deficientes emocionales», criaturas «egocéntricas, encerradas en sí mismas, incapaces de empatía, identificación, amor, amistad, afección o ternura», son «unidades aisladas», criaturas a las que el rígido sistema clase-sexogénero-raza obliga a una autovigilancia y un autocontrol constantes, y que dedican a este agenciamiento brutal de sus subjetividades un tiempo comparable a la extensión total de sus vidas; criaturas físicamente débiles una vez que toda su potencia vital ha sido utilizada en la contención de su propia multiplicidad corporal, incapaces de encontrar satisfacción en la vida, políticamente muertas antes de haber dejado de respirar. No quiero el género femenino que me fue asignado en el nacimiento. No quiero tampoco el género masculino que la medicina transexual me promete y que el Estado me acabará otorgando si me porto bien. No quiero.










