Si algún día pudiera ser algo, elegiría ser una nube. Siempre presentes, pero nunca atrapadas. Suspensas en lo intangible, contemplan la vida desde arriba, testigos silenciosos de la humanidad. No tienen raíces, pero tampoco cadenas; se dejan llevar por los vientos, cambiando de forma, adaptándose, siendo siempre ellas mismas y, a la vez, otra cosa.
Lloran sin pudor, derramando su esencia sobre la tierra, y aunque su llanto pueda parecer melancólico, es también un acto de amor: nutren los campos, limpian el aire, llenan los ríos. Y cuando desaparecen, no mueren; solo se transforman, elevándose de nuevo hacia el cielo para continuar su ciclo eterno.
Ser una nube es ser un poema en movimiento, un recordatorio de la impermanencia. Están allí, fugaces, como una metáfora de lo efímero, pero también de lo eterno. No poseen nada y, sin embargo, lo tocan todo. Quizá, en su esencia, las nubes nos enseñan que ser es más importante que tener, y que fluir es la única manera de vivir plenamente.











