Que absurda es la vida.
Nacemos sin pedirlo, aprendemos a caminar entre golpes, pérdidas, amores, errores… intentando entender qué demonios hacemos aquí.
Y cuando por fin uno empieza a comprender un poco el valor que tiene respirar un día más, aparece siempre el mismo espectáculo miserable, la guerra.
La guerra… esa gran estafa de la humanidad.
Un puñado de poderosos deciden, otros obedecen, y los que mueren ni siquiera saben qué cojones hacen ahí.
Ciudades abiertas en canal, casas destrozadas, calles llenas de dolor, niños jugando entre las ruinas… y mientras tanto, desde la distancia cómoda de un sofá, siempre aparecen el mismo personaje, el salvapatrias... ese espécimen tan conocido.
Son políticos que jamás pisarán un frente, que jamás escuchará silbar una bala cerca de su cabeza, pero que te habla de honor, de patria, de grandeza nacional mientras justifica que un país invada a otro... y lo dice con orgullo, como si apoyar una invasión fuese un acto de valentía.
Y no.
No es valentía.
Es una cobardía enorme disfrazada de bandera... robada.
Porque hay que ser muy miserable para aplaudir que destruyan la vida de otros mientras tú sigues con tu rutina, opinando desde la seguridad absoluta de que la guerra siempre les toca a los demás.
La vida es demasiado corta, demasiado frágil y demasiado valiosa como para convertirla en campo de batalla de los delirios de cuatro energúmenos liderando el mundo… y de los salvapatrias hijos de puta que los jalean desde la grada.
La guerra siempre es una derrota de la humanidad.
Y los que la justifican nunca son héroes... son cómplices de asesinato.
©️PaCountry
















