no sĂ© realmente el por quĂ©, ni entiendo precisamente cuando es que las melodĂas tranquilas me recordaban a ti, la tristeza en tus ojos me pareciĂł un lienzo en fuego completamente hermoso y ver todo lo que odiabas (de ti) como una obra de arte que pocos entendĂan.
tampoco recuerdo cuando mi querer a destiempo me dañó y me hizo sentir que estaba muerta cuando en realidad sĂłlo estaba enamorada y notĂ© que no me corresponderĂas.
mucho menos supe cuando comprĂ© ese perfume que llevaba tu nombre y con el que rociaba cada una de mis letras desperdiciando (quizá) algo más que palabras rimas y metáforas de los libros que (te) leĂ
ni vi cuando el reloj de los sentimientos sin dueño se detuvo pero sin dejar un desastre de por medio siendo que por lo contrario (cuando las agujas apuntaron a una hora inexistente para la nebulosa de los recuerdos) penetró la calma y volvió quién más extrañaba yo.
pero si sĂ© que cuando las melodĂas cantadas en inglĂ©s que de manera lenta te ponen en trance y te hacen sentir en otoño empezaron a sonar; la carencia de un nosotros ya no me dolĂa, que hables de ella me hacĂa reĂr (porque viendo todo desde la lejanĂa ya no me afectaba y me hacĂa feliz saber que tĂş lo eras, sin importar que no sea conmigo) saber que tu atenciĂłn e interĂ©s miraba a una hora opuesta en la que yo estaba ubicada me hacĂa caminar hacia otro reloj en otra muñeca (una que sostenĂa una mano que yo querĂa tocar, no tuya)
entendĂ que (gracias al saxofĂłn de esa canciĂłn de los 70) sin haber dicho “adiĂłs” nos despedimos y sin haber existido tal despedida mis sentimientos partieron a otros ojos que (quizá) me mirarĂan a mĂ, haciĂ©ndome otra vez feliz.
Una despedida huele a mĂşsica de los 70













