16 de julio de 1991. Ocurrió hace exactamente 25 años un suceso que cambiaría mi destino según lo había imaginado el adolescente que fui, lo dibujaría diferente a como lo habían soñado mis planes juveniles, lo tejería creativamente alrededor del humanismo más puro: Me transformaría de Comunicólogo a Salubrista, de Publicista a Promotólogo, de empresario o locutor, a servidor público.
25 años de estar al servicio de la salud de la gente. 25 años de entretejer poblacionalmente proyectos de vida. Cinco lustros de enseñar aprendiendo y aprender enseñando.
Tiempo acumulado que no cuento en horas minutos, días, meses o quinquenios. Sino en experiencias, en amigos, en Maestros, en colegas, en profesionales que rozaron su vida con la mía enriqueciéndola y que hoy día siguen regados en todo el país en su quehacer remolón, en su labor en búsqueda de la participación, en sus ejercicios de comunicación educativa y en las enormes experiencias de la educación y la promoción de la salud.
Cuento este tiempo en puntadas finas de un tejido social y humano que se fortalece con las pérdidas y que sigue sumado en una amistad fraterna con quienes seguimos construyendo nuestras propias vidas. Me lleno de recuerdos que trascienden redes sociales, o mensajes telefónicos, o institucionales reuniones en las que no sólo compartimos ideas sino también se es partícipe de encuentros del pan y la sal y el vino.
No espero celebrar este tiempo con medallas o diplomas o aplausos, o celebraciones religiosas como hacen artistas, políticos o matrimonios que conmemoran sus Bodas de Plata. Quiero solamente compartir con el mundo el enorme significado que encierra esta fecha en mi y que me inyecta ánimos para seguir adelante en la labor diaria
En esta fecha quiero pues, resumir todos los aprendizajes, todas las dichas , todas las lágrimas enjugadas, todas las oportunidades de ayudar y en las que he sido asistido, todas las experiencias buenas y malas, todos los enfrentamientos a lo más sublime del espíritu humano y también a las decisiones insensibles de la gente torpe. Todos aquellos momentos que me han dejado sin dormir, todos aquellos que me han robado el aliento, todos aquellos en los que ves en caras sonrientes de la gente de pie, a la que nos toca servir, el agradecimiento o el reconocimiento a la sencilla labor que me ha tocado efectuar con pasión. El resumen es en una sola palabra que escribiré en mayúscula y que seguramente atrapará quien sabe que la merece: ¡GRACIAS!
Aquí seguiremos en esta fiesta de la labor salubrista como debe ser: Mientras el cuerpo aguante.
Hay que celebrar el trabajo diario como se celebra diariamente tener vida.
Gracias mil a tí que lees y ves tu nombre sin que esté escrito. (Ningún nombre y todos)
Gracias mil a todas y todos que hemos compartido vagón en este tren de la labor pública.
Gracias a mis Maestros, mis jefes, mis compañeros, mis colaboradores, a todos con quienes hemos compartido esta oportunidad de vida y lo seguimos haciendo.
Gracias mil a tí.
Gracias
¡25 millones de gracias!















