After a few knocks, Sirius crossed his arms and impatiently tapped his foot. While he enjoyed spending time with Lily, he felt that there wasn’t enough time in the day to talk to her about everything. From Mr. Ibis missing--and the money that came with solving it-- to Dorcas being back and annoying him more than ever. Heaving an unreasonably loud sigh, Sirius banged on the door again, before shouting “Lily, I’m here!”
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His gaze was lost looking out the window, a number of knights sparring in the field below. His head only turned when he heard the sound of another. Almost as if startled from a trance, his eyes snapped wide open. "Who's there?"
Lily es una de mis oc's que es hija de otro de mis oc's. Ahora mismo ella está en el limbo donde nadie la logra mirar. Este es un pequeño pedazo de su infancia que tiene que ver conmigo, lily es una de las pocas niñas que he hecho, y en sí, muchas tienen qué ver con ésto. No espero que lo lean, tampoco que lo entiendan, simplemente quiero guardarlo en un lugar que no perderé de vista pues no sé cuándo vayan a formatear mi cachibache o cuando se formateé solo.
Si estás dispuesto a leer, sigue el ReadMore, pero advierto que tiene aspectos de vida que tu no desearías ver y la narración es en primera persona.
Eran uno de esos paseos a casa donde me encuentro sola. Me había peleado con Orión-nii. Le había dicho que le esperaría después del club pero él dijo que volviera sola. Yo, obediente como era, decidí hacerle caso, de muy mala gana, tenía que contarle acerca de mis calificaciones a mamá; no era buena en ciencias. En mi larga caminata había acomodado mis ropajes, hacía frío y se metía por la ropa buscando arrebatarme la calidez del cuerpo, y un señor en el campo de matorrales yacía ubicando algo en el suelo. Yo, tímidamente y con las mejillas rojas, me acerqué para preguntar si podría ayudar a buscar lo que sea que buscaba. El joven de cabellos verdes me miro fijamente y sonriendo con cierta amabilidad asintió.
-No estoy buscando algo –Me dijo.- Hice un sitio muy especial para los niños bajo tierra. –Su voz sonaba rasposa. Le creía enfermo de la garganta, rebusqué en mi abrigo color verde un dulce para dicho malestar pero él me detuvo con una afirmación tal vez demasiado entusiasta.- ¡Lo encontré! –La chispa de alegría que de sus ojos desprendía logró que mis mejillas se tornasen de un color más intenso. Tomo una puerta del piso, como si estuviese descubriendo un nuevo mundo y me dio el paso a mi.- “¿Puedo?” –Mi tímida y temblorosa voz le hizo sonreír con confianza.- Claro que puedes linda. Es para niños buenos, como tú. –Sonriente, creyendo en sus palabras, me adentré ahí, bajo tierra, bajo ese matorral sequio.
Bajo tierra todo era más hermoso. Había varios estantes con juguetes, tv, dulces, todo tipo de bebidas deliciosas y muñecas. Me senté en una cama que se encontraba en medio de aquel paraíso de niños, la sonrisa en mis labios detonaba la felicidad de estar ahí. Pero era subterráneo. La única salida, eran unas escaleras que bloqueaba el joven que anteriormente me ofreció la entrada al “paraíso”. Parpadeé dos veces.- Ah, tengo que ir a casa. –Alcé la vista y miré al señor con cierta inocencia- ¿Puedo? Volveré después. Prometido. –Una sonrisa surcó mis labios, una de dulzura. El joven parecía sorprendido. Abrió los ojos de más y después bajo la mirada-
-No puedes irte. –Murmuró entre dientes. Mantuvo cerrada la quijada con fuerza. Yo me levanté de la cama de inmediato- Dije que era para buenos niños. Si te vas serás una chica mala. ¿Cuál era tu nombre? –Se fue acercando y mi labio inferior temblaba, comenzaba a sentir lo que debería llamarse miedo. Yo nunca fui una niña mala. Jamás. Mamá me decía lo buena que era día con día, Orión me lo decía cada que lo hacía sonreír, papi siempre me quería, el solo quería a los buenos. Mi cabeza estuvo en otro lugar y de repente sentí una caricia en el hombro, asustada, abrí los ojos mucho y las lagrimitas se juntaron en mis ojos sin permiso.- Shh, shhh… no llores, linda. No te hare daño. –Negué. ¡No debía irme con extraños! Mami una vez me lo dijo. Traté de correr rumbo a las escaleras pero él me tomo del cabello. Lo jaló, tirándome a la cama sin consideración por mi edad o estatura.
-Soy Lily… pero de verdad, de verdad quiero irme a casa. –Murmure en voz baja, tratando de contener mi llanto. Me acomodé lentamente y senté con tranquilidad, viendo al suelo- Por favor… -Pero él se negó. Decía que si me iba no volvería, el lo sabía, pero, ¿qué persona en su sano juicio volvería a ese lugar, con ESE señor ahí? Nadie. Tuve miedo, me aterré, quería llamar a mamá, a papá... que me rescataran. Yo bajo el abrigo llevaba una faldita, la de la escuela, junto con una camisa y un chaleco color azul marino. El señor metió una mano en mis piernas y comenzó a tocar. Negué cuanto pude, ahora sí lloraba.
-Lily –murmuró. Yo sentí escalofríos, no quería que mi nombre fuese pronunciado por él.- Lily quítate el abrigo… -Apretó uno de mis muslos. Le miré, aterrada, con las mejillas rojas y mojadas, mis cristalinos ojos amenazaban con sacar lágrimas una vez más cuando repitió su petición, ligado a un jalón de cabellos, tumbándome nuevamente en la cama- Que te quites la ropa. –Ordeno, su voz se escuchaba más ronca que nunca. Negué varias veces, no quería, pero el tomo mis piernas y las alzó, separándolas. Observe con un deje de terror como el rostro del contrario se adentraba en mi faldita. Con su húmeda y resbaladiza lengua se encargo de saborear los jugos que ofrecía mi ropa interior- No… ¡NO! Mamá, Papá…no… -mis manos se aferraban a la cama mientras negaba. Él hundió sus dientes en mi intimidad, mordiendo sin compasión aquella parte tan íntima y sensible. Unas gotas de sangre se impregnaron en las telas de mi ropa interior, casi las sentí manchando mi pureza. Pureza que debió quedar intacta.
No tenía sentido nada de lo que hacía. Logré escuchar cómo se reía de mis gritos… mi voz, qué debería resonar fuera en el pastizal sequío, poco a poco se fue apagando. El se levanto de dentro de mi falda y aseguró que me divertiría. Dijo que lo haría, que ese lugar era para los chicos buenos que se merecían algo más que unos simples juegos. Una sonrisa ladina y casi psicópata se asomo en sus labiales, curvándose hasta formar una mueca de desagrado. Claro, había visto mi rostro que siendo sinceros solo demostraba el dolor sentido debido a sus caricias, el asco que me inundaba cada que mis piernas trataban de cerrarse, esa vergüenza de condiciones, porque sí. Así es. Volvía a llorar a lágrima suela. El se encimo en mi.- Tranquila mi niña, solo tienes que hacerme caso, yo no te hare daño.- Me repetía una y otra vez, al oído. Sus manos pasaron por mi rígido cuerpo, al igual que el frio que hacia afuera. Tratando de robarme el calor. Con los dedos desabrochó mi suéter grueso. Lo tiró lejos en la recamara y me contemplo. Mi cabello era corto de momento, apenas debajo de los hombros, rojo intenso, mis verdes ojos de color limón denotaban aun la inocencia de cualquier niña de ocho años.
Al ver mi apariencia él sonrío. Me asusté un poco más y retrocedí más el tomo mis tobillos, fuerte, como cualquier animal y me jalo. Me dejó desparramada sobre la cama.- Por favor no –dije con un deje de súplica. No deseaba. No lo quería, no. Aun era muy joven para todo eso, papá un día me explicó que jamás debo quedarme con un hombre mayor en una habitación, sola, que podría hacerme daño. Que solo con la familia podría hacerlo. Yo dije que sí, ese día lo había olvidado por completo ya que, la última vez que ocurrió algo similar, yo iba con mi familia, me sentía segura. Esa ilusión fue rota por el hombre frente a mí. Arrancó el moño que en la parte superior de mis ropas se mostraba, sujeto al cuello. Tomo mi chaleco y blusa no solo le rompiéndoles botón por botón sino que además les dejo ahí, inservibles, como si realmente no importase. Miro mi pecho desnudo, aun el de una pequeña niña, se vio totalmente descubierto a por sus manos. Levanté las propias en un intento de cubrir mi desnudes pero él golpeo mi rostro con una de sus manos-
-Pero… -dije y él me miró. Su mirada reflejaba la desesperación de tenerme ahí, algo ocurría, se veía ansioso. Se acerco a mi pecho y sin mi permiso los besos rápidos y mordidas deseosas se esparcieron por mi blancuzco pecho- ¡NO! –Dolía, dolía muchísimo. Negué. Continúe gritando el nombre de mi padre, de mi madre. De mi hermano incluso. Pero el señor ya no me escuchaba, dejaba las mordidas clavadas en mi piel, sacando la sangre de manera lenta y silenciosa, viéndole mientras un pequeño sonrojo se formaba en sus mejillas. Se sentía raro, incorrecto. Pronto se sintió todavía más incorrecto, con ambas manos acaricio mi trasero. Me removí y trate de huir otra vez, dándome la vuelta sobre la cama más lo único que logré con esto fue que se desesperara y golpeara mi cabeza contra la cabecera.- A la mierda con la espera –dijo él. Me arranco la falda y la ropa interior. Separo mis piernas desde atrás y golpeando mi cabeza más contra la cabecera coloco su rostro en la parte baja de mi cuerpo. Di patadas, me removí, busque caer de la cama, así, desnuda como estaba, pero el continuaba golpeándome. De mi cabeza comenzó a bajar un hilillo de sangre, escurriéndose por entre mis cejas y dividiéndose en dos una vez llego al puente de mi nariz. Mi visión se veía nublada por las lágrimas por los sentidos desbordantes gracias a las agresivas carisias y mordidas ejercidas en mi entrepierna.
Me tomo de los cabellos y ahora me tiro al piso. Dejo mi cuerpo recostado boca arriba y vi la escalera libre, sola, sin nada que se interpusiera entre nosotros dos… casi pude saborear la libertad más cuando traté de levantarme; él y su cuerpo se colocaron sobre el propio, como un muro. Tomando mis muñecas, dejándome abierta de piernas, se coloco entre las mismas y comenzó a devorar mi cuerpo entre lamidas y chupetes, yo solo seguía llorando, gritando el nombre de mis padres, de mi hermano, de mi familia. Trate de cerrar, nuevamente, de patear, moverme, evitar el inminente destino que ahí, en esa habitación a prueba de sonido, me deparaba.
No supe cómo, o cuándo exactamente, pero bajo sus pantalones y me mostro algo que yo jamás deseé mirar. Su hombría erecta se frotaba lentamente contra mi interior. El se reía, fuerte, su voz resonó en mi cabeza una y mil veces hasta volverme loca en su totalidad. La punta se adentró en mí y con lentitud, con dolor, abrí los ojos hasta dejarlos totalmente fuera de sus orbitas. Solté un grito desgarrador. Mi himen yacía roto ahora y la sangre se escurría desde mi interior rumbo al suelo de aquella fría fortaleza.
Mi virginidad fue tomada por aquel joven de cabellos verdes y ojos color amarillo. Lloré, suplique, mis manos se aferraban a su cuerpo y posteriormente al suelo, buscando algún consuelo en aquella extraña habitación. Al principio pensé que ese sería un paraíso para los niños, un lugar donde relajarse y divertirse sin la necesidad de rendirle cuentas a nadie; ahora veo claramente que es todo lo contrario… principalmente, el pago para entrar siquiera es el arrebato de algo muy importante; tu inocencia. Negué repetidas veces, lloraba a viva voz, gritando ahora solo el nombre de mi madre, porque era a quien necesitaba ahora, necesitaba los cariños de mi madre y el soporte emocional de mi padre… necesitaba la mirada de mi hermano. El señor había separado mis piernas tanto que creí me rompería. Entraba y salía, rápido, desesperado, derramó su esencia en mi interior más de una vez pues, siendo sinceros, tuvo tres orgasmos en esa, hasta hace poco, limpia y virgen entrada.
Lastimosamente, no era suficiente para él. Me tomo en brazos y me llevo a la cama. Se saco la camisa y me la puso, para que tuviera algo que vestir. Le di la vuelta a la cama, me puse en una esquina pero él se acercaba a mí con insistencia. No quería tocarlo, no quera verlo, solo quería llorar en silencio. Me dejo comida. ¿Me iba a dejar aquí? Pensé en suplicar pero mi voz no salió. El se disculpo, dijo que tenía que irse. Salió por donde ambos entramos y una vez se fue, me encerró. Puso llave. Me levanté, subí las escaleras casi volando y toque, golpeé pero nadie me escucho, me mantuve ahí, desesperada, golpeando, de mis nudillos salía sangre mis manos estaban rasposas, pasé más de cinco horas tratando que alguien escuchara mis golpes, que viniera en mi auxilio más nadie recurrió a mis golpeteos en la madera de aquella firme mazmorra, de aquella prisión. Pronto, lo único que pude hacer fue caer dormida del cansancio al lado de la escalera, no probé comida. No tenia frío pero quería ir a casa, quería volver ya. Comencé a llorar en algún momento del día, antes que mi raptor llegara una vez más, a violarme o a hacer lo que quisiera con mi cuerpo.
Dicho y hecho, unas horas después llego. Me levanto y abrazo, se comporto dulce pero yo no quería sus cariños, deseaba el calor de mi familia, no el lujurioso suyo. Se la pasaba tocando mis piernas lentamente de arriba abajo, apretando mí trasero, trato de besarme con ternura pero yo le volteé la cara una cantidad de innumerables veces. Pronto, mordió mis labios y metió la lengua como quiso y cuanto quiso, casi ahogándome, apretándome contra la cama. Hizo lo que peor pudo haber hecho. Me obligo a hacerlo otra vez, a abrir las piernas, me golpeo cuanto se le dio la gana, estaba perdiendo la razón, él, por mi. Rasguñaba mi cuerpo, le dejaba moretes, succionaba sangre desde heridas pequeñas mirándome con una pasión tal vez indescriptible. Yo dejaba de prestarle atención, solo nombraba el nombre de mi madre, gimoteando, él creyó que llamaba a un amante y decidió castigarme a su manera.
Volteó mi cuerpo rápidamente, embroncándome contra la píecera de la cama. Elevo mi trasero y yo aferre mis manos a la cama. Ya estaba cansada de forcejear desde hace tiempo. No había comido nada, mis fuerzas, las únicas y pocas que tenia, estaban totalmente desaparecidas. Frotó su miembro erecto, buscando insertarse en mi cuerpo por cuarta vez en mi vida, cuando no lo coloco en el agujero correcto. La punta de su hombría penetro mi recto lentamente, abriéndose paso. Yo grite, fuerte, negué, pedí por todo lo que quería, por todo lo que le era preciado, que por favor sacara su hombría de mí, que dejara mi cuerpo en paz… yo aun era una niña, no sabía la gravedad de mis palabras, hablaba por hablar, pero él se sintió ofendido. Con esas suplicas solo le daba a entender que lo último que deseaba era ser uno con él en todo el sentido de la palabra que, aunque era verdad, era algo que el otro se negaba en aceptar.
Me penetro más fuerte, llegando a lo más hondo en mi interior, la sangre escurría de mi ano, deslizándose por entre mis nalgas y piernas, manchando las sabanas del lugar. Pronto, salió. Tomo mis rojos cabellos, tan rojos como la sangre esparcida entre mis piernas, y me tiro al suelo con brusquedad, una vez ahí, tomo un instrumento que no supe identificar, nunca había visto algo así. Lo insertó de golpe en mi ano y yo llore. Era más grande que su miembro, más grueso, dolía, ardía.- Por favor… sácalo… seré una chica buena… lo prometo. –Suplique, porque de verdad sentía que me partía en partes tan pequeña que el daño jamás lograría repararse en mi cuerpo. Al principio se vio rehúso a sacarlo pero dentro de poco lo saco. Su excitación se había bajado ya así que solo me abrazo, me dijo que estaríamos juntos por siempre, trato de hacerme comer y yo solo ingerí un poco de esa asquerosa comida con sabor a nada. Sus manos se paseaban por todos lados, asqueándome. Lloré varias veces entre sus brazos y me reprendió pues “los niños buenos no lloran” negué repetidas veces ante esa afirmación porque hasta los niños buenos tenían derecho a llorar cuando su integridad física y moral se veía dañada hasta tan grado.
La desesperación me hizo dormir una y otra vez. Vestida solo con una camisa. Pasaron, un día, dos, tres. Había comida en ese lugar así que en esos días la comí. Más para el tercer día el señor ya no volvió más, me dejo tirada ahí. ¿Solo fui un capricho? Eso ya lo sabía. La sensación de abandono era horrible. Me dejaría morir ahí sin más. A partir de ahí comencé a llorar otra vez, no solo dejar mis ojos en trance, como hasta ahora habia hecho. Comenzando a demostrar emociones nuevamente; grite, fuerte, tan fuerte que durante unas horas perdí totalmente la voz. Golpeé tire todo, tire estanterías buscando algo, al parecer durante mi estancia en ese lugar había estado nevando y la puerta debería estar atascada. Tome videojuego por videojuego y rebuscando entre ellos intenté encontrar la esperanza de una llave. De un rayo de sol nuevamente, de una cálida sonrisa. Hallé un jarrón arriba de la televisión que yacía suspendida en un buró sin cajones, subí a donde ella, quejandome entre sollozos pues el dolor en mi cuerpo me recordaba a cada segundo todos los abusos obetenidos en ese lugar, tremándome a base de estantería sobre estantería y una vez llegué y tome el jarrón, caí precipitadamente contra el suelo y me disloqué un hombro. Dolía demasiado pero no deje que eso me afectara.
Me levante y arrojando el jarrón al suelo encontré una diminuta llave. Llore de alegría y probé, subiéndome a las escaleras, demasiado adolorida como para hacer más que solo meter la llave y moverla. Se abrió. ¡La puerta se abrió! Jadeé y trate de caminar, en mis piernas aun había mucho rastro de sangre, mi rostro estaba totalmente mallugado y se veía el malpaso de los días en cada facción de mi rostro. Deje todo ahí dentro, solo llevaba una camisa blanca, manchada de sangre, abotonada y un suéter, propiamente el mío, encima de la misma. Corrí por el matorral sequio, por la nieve, rumbo a casa, mi hombro dolía demasiado, no tenía fuerzas del todo, mi trasero ardía como nunca antes y yo misma me encontraba enferma de fiebre. Pronto, no sé el lugar ni el día, siquiera la hora, me quede tirada en el suelo, desmayada. Quizá de hambre, de cansancio… pero muy dentro de mí ya habia pensando que el frío que envuelve a Londres acabaría conmigo primero que cualquier otra cosa, más pensé que si ese era mi lugar para morir sería mejor que aquella cueva donde todo era más fácil y el único cobro por quedarme ahí era ser “una niña buena”.