| #Narrativa #Romance001 #SoyLoProhibido |
—¿La relación era mejor con tu padre o con tu madre? —pregunta el terapeuta muy concentrado en su reloj digital sin siquiera observarla a ella.
Su paciente de esa semana era hermana de Nyah, otra de las “niñas” a las que estaba atendiendo. Había sido sencillo con ella poner en palabras su dolor, ayudarla con un proceso de duelo tan grande y radical. Pero la menor de las hermanas Schenck… resultaba un misterio; siempre distante, siempre fría y reacia a cualquier conversación.
Con la llegada del mes de abril, en la cúspide de la primavera inglesa, las flores nacían esplendorosas, toda la vegetación era viva, llena de color, abundante, sin embargo, Liesje parecía alejarse, cerrarse cada vez más hasta desaparecer como las flores en el solsticio de invierno.
—Con mi padre —se apresura a responder ella tras un momento con el corazón encogido. Era la primera vez que compartía aquella verdad con nadie—. Lo adoraba y él era mi mundo, eso debía bastar para que se quedara, ¿no crees?
Abrumada, con un cúmulo de dudas, de rabia, de dolor, ¿estaba bien compartir esta información tan personal con un perfecto extraño? Para cuando volvió a preguntárselo y la batalla interna se había vuelto a desplegar, su boca había sido más rápida.
—Lo echo tanto de menos. Mucho. Él habría estado aquí a mi lado durante la recuperación, nos animaríamos mutuamente incluso si el mundo se estuviera derrumbando afuera.
Oliver siempre había tenido una actitud tan altruista, era tan gentil y genuino con todo el mundo. Una amplia sonrisa que lo caracterizaba, que nunca se borraba de su rostro; él era así. Jamás te enterarías de su pesar.
—Aunque estoy muy enfadada con él —añadió tajante, tanto que el mismo terapeuta se sintió atraído por la nueva emoción de la jovencita castaña sentada en su sofá—. Lo odio por haberse muerto… ¡Nos dejó completamente solas!
De pronto los sollozos se habían vuelto más fuertes que las palabras. Liesje tembló a merced del duelo que había estado bloqueando durante algunos meses. Aún recordaba alguna de las dolencias físicas; una fisura en una de sus costillas, contusiones en el cuello, el abdomen, marcas en el rostro. Todo eso había dolido, había pasado ya, pero nada era comparable al dolor arraigado que le producía su pérdida y el anhelo de que todo lo acontecido esa madrugada hubiera sido diferente. Tardó unos minutos más en recuperar el control y poder así continuar.
—Lo odio por haber hecho oídos sordos a mis peticiones, le dije que no fuéramos en la madrugada. Odio a mi madre por alentarlo a que lo hiciera, a que se apresurara por llenar el coche de maletas. Me odio a mí misma por no habérselo prohibido rotundamente, por no haberme animado a fingir que “me sentía mal” como tanto lo había estado ideando. Sabía que algo iba mal, siempre lo supe, pero no quise creerlo.
A través de su mirada borrosa por las lágrimas que todavía luchaba por contener, le pareció que Paul, el terapeuta del hospital en el que se hacía atender junto con su hermana, era también la viva imagen de la tristeza.
—Nunca había admitido que tenía un mal presentimiento ante nadie —reconoció ella—. Creo que necesitaba hacerlo —añadió frotándose los brazos magullados. Estaba literalmente helada.