Hay muchos tipos distintos de restaurantes en la Ciudad de México, la diversidad de personas y culturas vuelve a esta ciudad una manifestación de globalización gastronómica. En los restaurantes se puede encontrar desde una deliciosa gordita de chicharrón prensado hasta la cocina francesa más estudiada. La oferta es tan basta que complace al vendedor ambulante de agujetas como al gran ejecutivo, hay de todo y para todos.
A lo largo del tiempo algunos restaurantes cambian y otros desaparecen, algunos por falta de clientela, otros por mala administración, otros por algún problema interno; en fin la problemática dentro de los restaurantes es bastante surtida, como sus soluciones. El cambio en este ramo se vuelve la manera de sobrevivir de muchos de los restaurantes y en algunos es su filosofía. Los cambios pueden ser abruptos, de fondo , de frente y sin tapujos, o pueden ser incrementales, para ver como reacciona la clientela, en fin todo depende de la aversión al riesgo y al cambio. Pero los cambios, aunque siempre se hacen con la intensión de mejorar, pueden llegar a ser devastadores y muchas veces irreversibles.
La marisquería La Marinera es un caso de un cambio que en vez de mejorar el negocio lo empeoro, lo hizo burdo y sin chiste. Antes de ser La Marinera fue una sucursal de Boca del Río, una marisquería legendaria de hace ya algunos años, supongo que los inversionistas llegaron a un acuerdo temporal y dado ese tiempo el nombre expiró, pero se quedaron la clientela, algunos de los platillos y al personal. Durante algunos años siguió funcionando como lo hacía antes, era una marisquería con colas de clientes; donde se usaba mantel de papel, salsas de botella, sillas de metal y platillos sencillos, pero muy frescos. Mi familia yo disfrutábamos mucho de la comida, siempre fresca, y del servicio que vestía un tipo de guayabera blanca, un poco informal, pero siempre atento. Nos atendía un mesero en especial y cuando se fue dejamos de ir con tanta regularidad, eso y que seguimos explorando la basta oferta gastronómica de la ciudad. Pasó el tiempo, creo que demasiado, caímos de nuevo y todo había cambiado.
En la recepción ya no nos encontramos la cola de clientes que siempre estaba aguardando una mesa, en cambio nos encontramos con un salón, completamente moderno, pero semi-vacío. Las mesas ahora visten mantel largo azul y cubre manteles blanco, las salsas de botella siguen ahí (bastante sucias por cierto), las sillas dejaron de ser de metal y ahora unas son de madera y otras de algún tejido sintético, los meseros ahora visten camisa y una pequeña corbata negra, que ni ellos saben para qué les sirve. Los platillos dejaron su sencillez y se convirtieron en una mala lectura de la calidad de su producto; el producto sigue medianamente fresco, pero la presentación, que según ellos es moderna, es sórdida y mediocre. Sucede que los platos que usan para sus cócteles son los mismos que tienen mis hermanas en su casa (se venden como vajilla completa) y que los cocineros no saben como presentar unos camarones a las brasas en un plato rectangular. Abandonaron las copas en forma de bola y los platos ovalados por una incipiente modernidad.
El servicio aunque tiene corbata le falta mucha higiene, los colores obscuros de su uniforme cooperan con está situación y observar al personal despeinado incrementa la sensación; por otro lado, el servicio carece de discresión y gentileza, parecen caballos desbocados al caminar por el salón, no saben tomar una orden ni limpiar una mesa; además, su capitán (que parece ser un mal objeto de aparador) no pone atención a los empleados ni al movimiento en el comedor, la verdad es que parece que no sabe no cómo hacerlo. En fin, después de comerme una tartaleta de limón realmente cruda, decidimos nunca regresar.
No todos los cambios son para bien, al parecer quisieron hacer una marisquería de cócteles en un restaurante de manteles largos, quisieron revolucionar la comida sencilla de marr tan sólo cambiando su presentación; cambiaron su servicio informal y atento por uno que no sabe nada ni usar corbatitas, e hicieron de un lugar acogedor un lugar de pretensión. Esto sucedió por muchas cosas, pero puedo apostar que no hay un conocimiento de la clientela (estudio de mercado), ni de lo que se está vendiendo y un mal esfuerzo de la administración por ser algo que no son, no importa quien sea el dueño del negocio (me contarón por ahí que supuestamente el dueño tiene que ver con la CANIRAC, la verdad lo ignoro). Recordemos que la mona aunque se vista de seda, mona se queda.
El gastar en análisis es muy importante para sus negocios, no sólo les hará ganar más dinero, les dará certidumbre sobre lo que están haciendo, sino puede darles certidumbre, por lo menos reducirá los riesgos. Inviertan en estudios, análisis y en un buen diseñador.