TamaoxRen - El mundo espiritual se abre y el equilibrio se puede romper. Tamao lucha contra su silencio y Ren contra un miedo nuevo: perderl
Maldita Timidez
II Capítulo
Pequeñas peleas
— Vaya, vaya. Veo que la lindura tenía niñera. - Dijo el hombre que estaba arrodillado frente a Tamao.
—Eso no debería importarte. - escupió Ren.
Empezó a caminar lentamente hasta la luz del farol que alumbraba dejando ver su silueta, estaba enojado. Y esa furia visceral no parecía calmarse.
Tomó aire.
Aquel pensamiento se abrió con fuerza en su mente, sabía que los fuertes siempre oprimían a los débiles, pero al ver los ojos de la joven hicieron que aquello fuera inaceptable.
Expulsó el aire.
— Pero si es un enano muy hablador, deberías dejar que los hombres se hagan cargo.
— ¿Una escoria como tu?.¿un hombre?. - dijo con burla.
Su risa baja hizo que el grupo se mirara como si ese joven perdiera la cabeza. Eran casi diez contra uno, iban a dejarlo muy mal. No tenía ni la más mínima oportunidad.
Ren dejó la bolsa a un lado, les daría una buena lección. Inolvidable.
— ¿Qué dijiste?. - Se puso de pie.
— No tendría que repetir lo que eres. - hizo una pausa y agregó — Es-co-ria
— Vamos jefe démosle una golpiza para que deje de hablar.
— Joven Ren… - susurro Tamao.
Lo único que pudo hacer fue llevar las manos a su pecho y rogar que el saliera a salvo, estaba más preocupada por él que por su propia seguridad.
¿Usaría fusión de almas?.
Pero su espíritu estaba lejos, y no lo veía con intención de llamarlo.
¿Podría él solo?.
Tamao miró con temor como la mayoría lo rodeó, y después se abalanzaron sobre él.
Unos segundos y empezaron a volar en diferentes direcciones.
Ren no necesitaba una posesión para pelear, su cuerpo entrenado era capaz de moverse rápido y letal. Aunque no iba a causar una masacre frente a la pelirosa, no había necesidad, el grupo era débil. Golpes en puntos no vitales para dejarlos inconscientes bastaría. Pero, claro que agregaría otros más para que se sintieran con mucho dolor al despertar. Un par de fracturas serían el postre.
Solo uno alcanzó a escapar y a dirigirse a Tamao con una navaja en la mano.
—¡Me la llevaré! ¡que lastima niñito!.Tu esfuerzo no valió la pena.
Lo vio. Y para no perder el tiempo sacó su kwan dao.
— Ey - gritó Ren.
Lanzó su kwan dao con precisión, el que escapó volteo a mirarlo para burlarse frente a Tamao. El golpe en el estómago fue seco con la base, pero este había lanzadola navaja en dirección a Ren, la cual no esquivo a totalidad para que el cobarde bajara la guardia, el pequeño cuchillo hizo un corte en el brazo, cerca del hombro.
El hombre cayó de rodillas y luego se desplomó inconsciente.
Ren se acercó a la joven,se agachó, luego de guardar su arma en un rápido movimiento. Tamao temblaba, shockeada, tratando de mantener la calma.
— ¿Estás bien? - preguntó observándola con cuidado, al parecer solo había sido derribada por la cuerda enredada en su piernas. La sacó con cuidado.
— Y-yo creo que sí. - respondió mirando con nerviosismo, tartamudeando.
— Esos inútiles, como si no hubiera suficientes, molestan. - gruño mirando alrededor por si alguno osaba levantarse.
No pudo seguir insultando al ver que ella trataba de ponerse de pie sin éxito, con un gesto de dolor en el rostro.
— Sube, no puedes caminar con tu tobillo así. - dijo mostrando su espalda agachándose aún más.
— Pero yo…- Quiso protestar, pero se sentía débil, y por su cuenta no llegaría a ninguna parte — Está bien. - se acercó y colocó sus manos sobre sus hombros, él se puso de pie tomando sus muslos y acomodándola.
— Llevaré tu bolsa también.
Después de tenerla bien sujeta a su espalda, caminó hasta el escondite donde había dejado la bolsa grande con las compras. La tomó y se encaminó hacia la pensión.
—Muchas gracias… Por salvarme. - dijo con voz baja.
— De nada. - Respondió
Los ojos dorados se tiñeron de culpa. El menor de los Tao alzó la vista al cielo al aparecer las primeras estrellas. Tragó saliva.
—Aunque no debí dejarte sola. Debí pensarlo mejor. - dijo a modo de disculpa, a veces olvidaba que podían pasar cosas así.
—No digas eso, no te culpes. — Respondió ella en voz baja—. Si no fuera por ti… yo… ellos…
Las palabras se le quebraron. Él apretó un poco más el paso. Tomándola con seguridad.
—Ya pasó —dijo con firmeza— Mientras esté aquí, nadie podrá tocarte.
El silencio que siguió fue pesado, pero por primera vez, seguro.
Tamao apretó la ropa y apoyó su cabeza. Sus palabras de alguna manera la calmaron como si la arrullaran, se preguntó si era por su voz. Aquella voz podía llegar a ser amenazadora como cuando la usó contra el grupo que los atacó, pero ahora, era profunda y calmada.
Y eso la hacía sentir segura.
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La mirada de los dos shamanes era asesina para el castaño que miraba la tv con devoción, mirando las redondas frutas desfilar, pareciendo formar una pocita de saliva. En ese momento sonó el timbre
— Ve a abrir Manta - la voz de Ana atravesó el pasillo.
Manta miró con disgusto, se sentía a veces como una especie de mayordomo. Bueno, quién podría contradecir a la rubia.
— Ya voy.
Los tres shamanes vieron desaparecer al mas bajo del grupo. Que al abrir la puerta exclamó.
— ¡Pilika!. Que sorpresa. - dijo sonriendo, aunque en el fondo sabía que ella llegaría.
Al escucharse el nombre de la susodicha en el living. Los ojos de Horo-Horo reflejaron terror, comenzó la rápida fuga, pero esta fue impedida por una red que envolvió sus pies haciéndolo caer como un pescado recién sacado del mar.
— ¡No!. Suéltame Pilika! - Chillo, moviéndose una y otra vez.
La menor de los ainu entró como un vendaval, echaba fuego por lo ojos y despedía esa energía característica.
— Con que estabas entrenando. ¿NO hermano?-
— Estaba descansando y bue-bueno...
— Hermano no mientas. Que bueno que Ana me invitó a pasar una temporada aquí pero, no sabia que tu estabas aquí "entrenando cómodamente".
— ¿ANA? - dijo suplicante mirando a la sacerdotisa, interesada en su taza te.
El ainu maldijo una y otra vez a la prometida de su amigo. Por su culpa iba a entrenar, le dio una mirada a Yoh, de seguro la rubia le daría unos consejos de entrenamientos a su hermana. De un tiempo a otro ambas compartían esos terroríficos secretos y a él no le parecía ningún chiste esa amistad.
— Pero si es la linda Pilika.
— Oye no mires así a mi hermanita.
— ¿y Kororo?
— Esta con los otros espíritus en el techo de la casa jugando cartas
— ¿QUE?. Pero si Kororo es muy mala para ese juego...pobrecita.
Y qué decir si en poker la pequeña había perdido hasta su sombrilla verde y aún seguía perdiendo.
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La joven de cabello rosado estaba avergonzada. Nunca antes un chico la había cargado así, tan cerca, y eso le provocaba nerviosismo. Pero al recordar la situación, un escalofrío la recorrió nuevamente. Aquel hombre estuvo a punto de tocarla. Su mirada era aterradora, sintió que faltó poco para que la ultrajaran. Entre tantos con esa mirada lasciva a su cuerpo sentía que quería morir en ese instante.
Volvió a estremecerse.
Ren lo notó enseguida. Ella no estaba bien. Aún tenía miedo. Incluso sentía cómo su cuerpo se enfriaba contra el suyo.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, sin detener el paso.
— Sí… es solo que… ese tipo me dio miedo —susurró— Se acercó demasiado y yo pensé que iba a tocarme, o peor…
La mandíbula de Ren se tensó. Claro que no solo iba a tocarla si él no hubiera llegado.
— No te preocupes. Pasará una larga temporada en el hospital —dijo con calma contenida—. Y, por suerte, no podrá tener hijos.
— ¿Qué…?
— Lo que escuchaste.
Hubo un silencio breve. Tamao dudó.
— ¿No… no te incomoda cargarme?.
— No, además no pesas casi nada —respondió de inmediato— Aún falta para llegar. Será mejor que descanses un poco. Cierra los ojos.
Al decirlo, sintió cómo el cuerpo de la joven se relajaba poco a poco. Sus manos, que antes se aferraban con tensión a sus hombros, se soltaron suavemente. Ella apoyó el rostro contra uno de ellos, y su cabello rozó su cuello, provocando un cosquilleo involuntario.
El sonrojo subió a sus mejillas.
Ella estaba muy cerca. Pudo sentir el aroma dulce de la joven, y para su pobre corazón pudo sentir con claridad el peso de su cuerpo y sus curvas.
¿Cómo no lo había notado?.
Maldita sea. Debía estar más atento que solo a los entrenamientos, después de todo ella ya casi era una mujer.
— Muchas gracias.
Tamao sonrió levemente, al estar cerca del cuello del muchacho aspiró su perfume que se hacía más suave con los húmedos cabellos, suspirando levemente cerró los ojos.
Seguridad. Eso le provocaba.
La había protegido.
¿Podría hacer algo algún día por Ren Tao?.
Con todo su corazón espero que sí.
A pesar de ser alguien de carácter frío, en el fondo era muy amable. Eso la hizo sonreír, no era tan frío como quería hacerse ver. En realidad lo que hizo por ella, fue muy dulce.
En la calle las personas miraban a la extraña pareja, y eso hacía que el menor de los Tao empezara a avergonzarse cada vez más, decidiendo apurar nuevamente el paso. Vio sobre su hombro y encontró a la joven descansando con los ojos cerrados, a la lejanía ya se veía la pensión. Por lo menos su respiración era constante y calmada.
— Ya vamos a llegar.
Al llegar frente a la puerta golpeó con el pie, lo único que quería era que hubiera pocas personas, cuán equivocado estaba.
Manta se apresuró a abrir la puerta después que la sacerdotisa le lanzara una amable mirada, al abrir no pudo más que dar un pequeño grito.
— ¡Ren!, ¿Que paso?. - Chillo con preocupación.
Y no era de sorprender: el shaman estaba bastante desordenado, con polvo aún en la ropa, un par de bolsas colgando de su muñeca y cargando en la espalda a una Tamao casi tan desarreglada como él. No era una imagen común.
Al contrario, es un signo de alarma.
Caminó hacia el interior y se encontró con casi todos los shamanes de pie, alertados por el grito de Manta. Ser el centro de tantas miradas no resultaba agradable.
—¿Qué le sucedió a la linda Tamao?. - Dijo Ryu.
La pregunta hizo que ella bajara la mirada y escondiera el rostro en la espalda del joven. Sintió su cuerpo estremecerse de miedo. Ren lo comprendió al instante: ella no quería recordarlo. Y quién lo querría, así que debía intervenir.
Su semblante se oscureció. Todos notaron que su voz baja era una advertencia.
— Es mejor que ella descanse, ahora.
— Sígueme Ren.
La única que reaccionó con calma fue la itako, quien los guió hasta la habitación de Tamao. Dando a entender que por hoy el tema quedaría cerrado. Quedando los demás residentes en clara tensión. Pilika miró preocupada tomando la manga de su hermano.
Dentro de la habitación solo hubo silencio. Ana arregló el futon dejándolo listo para recibir a la pelirosa.
— Yo me llevaré esto. - Tomando las bolsas, luego suavizó su tono lo más que pudo - Descansa Tamao y no te preocupes yo me encargare de los demás. - hizo una pausa - Hablaremos cuando tú lo quieras, y si necesitas algo solo dilo.
La rubia dio una mirada a un Ryu y un Horo-Horo espiando por el pasillo, cerrando la puerta, dejó a un Ren bastante confundido, en medio de la habitación iluminada tenuemente.
Se dirigió al futon desdoblado agachándose, permitiendo a la joven sentarse en este.
Tamao sintió algo húmedo en su mano, al ver detenidamente vio que era rojo, era sangre, él estaba herido. Y ya estaba de pie, dispuesto a irse.
— Espera. - Exclamó con preocupación.
— ¿Qué sucede? - mirando de reojo - ¿Llamó a Ana?.
— Estás herido.
— No tiene importancia, fue un roce. - dijo fijándose en su hombro.
— Claro que la tiene, déjame curarte.
— Debes descansar, y no preocuparte por esto, yo lo haré por mi cuenta.
Tamao se detuvo y no quiso ceder, no podría mirarlo nunca más a los ojos si lo dejaba ir.
— Es lo menos que puedo hacer para agradecerte, déjame hacer algo por ti. Si no fuera porque me acompañaste yo no estaría aquí… -bajo su mirada - por favor.
La miro detenidamente, luego su mirada dorada dirigida a la puerta,suspiro derrotado. Se sentó al lado del futón mostrando su hombro, por suerte su camisa lo permitía, ella solo pudo sonreír.
— Puedes curarme. Pero no te sobreesfuerces. ¿Está bien?.
Al sentarse vio como ella sacaba un botiquín que estaba cerca del futón y se acercaba a él arrodillada, se limpió las manos con toallas húmedas, y luego tomando un algodón con desinfectante lo paso suavemente por la herida, sus manos estaban frías al contrario de su piel, el contacto le dio un escalofrío, no estaba acostumbrado al toque, solo algunas veces de su hermana, o de su madre. Pero hace mucho tiempo que alguien no lo tocaba con tanta delicadeza.
El roce, el cuidado.
No se sentía mal, al contrario.
Una extraña sensación de calma empezó a rodearlo.
— Es un poco profunda, pero al menos el corte es limpio. - medito la joven - Creo que no quedará cicatriz.
Otra vez estaba nerviosa, él no la miraba parecía estar perdido en sus pensamientos, debía ser algo triste, porque su mirada se oscurecía, se dio cuenta que observando sus ojos se leían sus emociones, aunque él siempre los mantuviera impasibles.
Ren la miró de reojo, al ser la venda corta la joven pelirosa decidió terminarla con un pañuelo que saco de debajo de la almohada, haciendo un nudo suelto pero seguro, sonrió ante el trabajo, pero la punzada en su tobillo hizo que una mueca de dolor asomara, bajando un poco la cabeza.
—Descansa, Tamao.
Oír su nombre en labios de los ojos dorados la tomó por sorpresa. Algo se tensó en su pecho; un escalofrío lento descendió por su columna. Sonaba distinto. Íntimo.
Sintió la garganta seca,
—Si, ahora lo haré.
Sin darse cuenta, él ya la estaba ayudando a acomodarse en el futón. Sus manos fueron firmes, cuidadosas, demasiado cercanas para su propio pulso acelerado.
—Déjame revisar tu tobillo —dijo Ren, más bajo.
—¿Eh…? —asintió, nerviosa. Sintiendo que el corazón le latía en los oídos.
Retiró el calcetín. Sus dedos rodearon la pantorrilla con cautela, el contacto le arrancó un leve sobresalto. La hinchazón estaba caliente, sensible. Era una torcedura.
Ren frunció el ceño. No manejaba la acupuntura como su madre, pero no iba a dejarla así.
Presionó ciertos puntos con precisión. El dolor cedió poco a poco, transformándose en una sensación extraña, casi eléctrica. Tamao contuvo el aliento; él también estaba tenso, consciente de cada reacción bajo sus dedos.
Dándose cuenta de que en el fondo sentía una leve punzada de satisfacción al ver sus reacciones por su toque.
Ren retiró las manos despacio, como si temiera que un segundo más lo cambiaría todo.
— Esto hará disminuir el dolor e impedirá que mañana esté inflamado. No sé acupuntura como mi madre, pero al menos te ayudará más que el hielo. Ahora deberías dormir. —dijo, rompiendo el silencio.
Tamao abrió los ojos. Asintió sin mirarlo. El dolor había cedido, pero la cercanía seguía allí, intacta.
Él se incorporó aún sin levantarse. La distancia volvió a existir, aunque ambos sabían que algo había quedado suspendido entre los dos, esperando.
Cuando hubo terminado, la joven se inclinó hacia él y depositó un beso suave en su mejilla izquierda. Fue solo un impulso. El atrevimiento llegó después, demasiado tarde para retractarse.
—Gracias, Ren buenas noches —dijo Tamao, apartándose con cuidado.
— D-de nada… —respondió él, con un leve tartamudeo.
Ren se quedó inmóvil un instante, con la piel aún tibia donde había quedado el beso, mientras el silencio volvía a cerrarse entre ambos.
Tardó un segundo en reaccionar. Luego desvió la mirada, el rostro encendido, y dio un paso torpe hacia la puerta.
— Buenas Noches —murmuró, antes de salir apresurado de la habitación.
El panel se cerró tras él. Tamao permaneció sentada, con el corazón aún acelerado.
Pero Ryu y Horo-Horo le cortaron el paso.
—Vaya. ¿Cuánto tiempo estuviste ahí
adentro? —preguntó Ryu, para luego continuar con el interrogatorio—. ¿Qué estabas haciendo?.
—Nada. Solo la ayudé a acomodar sus cosas. Dejen de decir estupideces —respondió Ren, sin detenerse, caminando por el pasillo.
—Más te vale no tocar a la linda de Tamao —añadió Ryu—, porque ella será mi novia.
Ren siguió caminando, fingiendo ignorarlos.
Entonces el peliazul empezó a cantar, desafinado a propósito.
—Ren está sonrojado —entonó Horo-Horo—. ¿Qué pasó ahí adentro?
— Dejen de molestar. - gruño Ren.
No esperó respuesta y siguió caminando.
Al pasar por el living, Yoh y Anna lo observaron con atención.
—¿Qué pasó, amigo Ren? —preguntó Yoh.
—Solo fueron unos cuantos insectos —añadió Ren, con frialdad—. Nos atacaron en el camino.
Ryu chasqueó la lengua, Horo-Horo dejó de cantar por un segundo.
—Ella está bien —continuó— Solo se torció el tobillo.Me voy a dormir. Buenas noches.
Subió las escaleras sin mirar atrás.
Ya casi en el segundo piso, escuchó la voz de Horo-Horo gritar desde abajo.
—¡Cómo que nada, Pilika!. ¡Estuvo treinta minutos ahí adentro!.
—Hermano, no seas exagerado —respondió ella—. Fue mucho menos.
Ren siguió subiendo sin detenerse.
¿Treinta minutos?
Apretó los dientes. No había nada. Solo un tobillo torcido. Solo cumplio con lo que debía hacer.
Y aun así, el calor en su mejilla no desaparecía. Estaba aumentando.
No fue nada, se repitió, aunque su pulso aún no terminaba de calmarse.
Ren se detuvo un instante antes de entrar a su habitación.
Pensar en ella lo inquietaba más de lo que quería admitir. No era el dolor, ni el accidente… era Tamao. Tamao Tamamura, la shaman tímida, la que le tenía un frasco de leche listo en la cocina, la que sonreía con un halo de ternura.
No había pasado nada.
Frunció el ceño, molesto consigo mismo, y cerró la puerta con cuidado.
— Esto no debería afectarme— pensó.
Pero el desasosiego persistió.
¿Acaso era verdad?. ¿El paso rápido del tiempo?.
Si lo era, no se había dado cuenta. Era imposible que el tiempo hubiese pasado tan rápido sin que lo notara.
Aun así, volvió a sonrojarse.
Se revolvió el cabello.
El recuerdo regresó sin pedir permiso: Tamao vendándole el brazo, el beso; y luego ella, sentada antes de que él saliera, con la mirada baja, las mejillas encendidas y las manos aferradas a las mantas, arrugándolas con nerviosismo.
Alzó la vista hacia el techo. Su espíritu apareció con gesto de disgusto y menos piezas de su armadura habitual. Ren se giró de inmediato, decidido a no cruzar miradas.
—Venía a preguntar si podía estar más tiempo libre… —dijo Bason.
—Haz lo que quieras —respondió, cerrando los ojos.
Su espíritu asintió y desapareció hacia el techo. Dejando la habitación en completo silencio en la oscuridad.
Después de cambiarse ropa y sentirse más liviano, se acostó.
Ren respiró hondo y se dio vuelta en el futón.
Pensar en Tamao ya no era solo una distracción pasajera. La imagen volvía una y otra vez, insistente, acompañada de una sensación extraña que le pesaba en el pecho. No sabía cuándo había empezado, ni por qué, pero estaba ahí.
Cerró los ojos, decidido a dormir.
Aun así, el desasosiego no se disipó. Algo había cambiado, y Ren lo supo incluso antes de quedarse dormido.
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§The Girl Magic and Mystic of the anime§









