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Todos hoy en día tenemos una idea muy clara de cuál es el papel del agua en nuestra vida diaria, y qué función tiene en nuestras ciudades. El agua nos sirve para beber, para cocinar, para limpiarnos, para fregar. El agua también nos sirve para regar macetas y jardines, nos sirve para tener fuentes y piscinas. Además, hay que echarle agua al coche. No nos podemos olvidar de que usamos agua para tirar de la cadena. Cuanto más pensemos en los usos del agua, más se nos ocurren. El agua es un elemento omnipresente que utilizamos constantemente y, por necesidad, todos los días.
En nuestro contexto doméstico y urbano del s. XXI, el agua nos llega directamente a través de una infraestructura pública directamente a casa. Conseguir agua, en cualquier momento, es tan fácil como abrir un grifo que nunca está a más de unos pocos pasos de distancia. Sin embargo, no todo el mundo tiene acceso a agua potable de manera tan fácil, y no hay que irse a países de África para encontrar historias de comunidades sin acceso a un buen agua (basta con ir al norte de Córdoba). Esta falta de agua nos parece una anomalía, un error; algo que nos causa pena, decepción y enfado. Y, sin embargo, esta es una percepción que ha surgido en los últimos años. Cuando Andrés Adroher, Catedrático (y compañero) del Departamento de Prehistoria y Arqueología de Granada me invitó a su programa de radio ya compartí una historia que me comentaba siempre mi padre: que un compañero suyo de balonmano (allá en los años 80) vivía en una de las casas bajas detrás de la Plaza Castilla en Madrid y que no tenía agua corriente, a pesar de que el Canal de Isabel II (la empresa pública encargada del suministro de agua a la capital) se creó en 1851. El agua corriente en las casas, que en el s. XXI damos por sentado y por esencial, sigue sin ser universal, y es algo relativamente reciente.
A pesar de las limitaciones, nosotros en la Europa del s. XXI, tenemos una idea general que relaciona el agua con la ciudad; una idea basada en la abundancia, la regularidad, la calidad, y la ubicuidad. En base a eso, hemos desarrollado una serie de hábitos culturales que dependen de esta expectativa; podemos ir con nuestras botellas de agua de casa para beber donde sea, pero sabemos que habrá un bar o una fuente en el que podamos rellenarla llegado el caso. Lo mismo pasaría con el coche. Si quisiéramos montar un negocio (desde una pescadería a una farmacia), conseguir una toma de agua no supondría un problema. Incluso los grandes proyectos de construcción, que consumen cientos de metros cúbicos de agua para hacer hormigón, no tienen dificultades de suministro. Damos tanto por hecho la disponibilidad de agua que no nos paramos a pensar que estamos utilizando un recurso precioso como es el agua potable para tirar de la cadena. Es quizá por ello que nos fascina tanto la idea de los acueductos romanos; que gente hace dos mil años podía vivir con una cultura del agua parecida a la nuestra. Sin embargo, esta es una visión muy presentista que no tiene una relación real con el agua en el mundo antiguo.
El objetivo del CAUAT es estudiar las culturas del agua en la Antigüedad Tardía, es decir: los hábitos sociales y estructuras físicas relacionadas con el suministro, almacenamiento, y uso del agua en las ciudades del mundo mediterráneo entre los ss. IV y VIII d.C. En este blog quiero ir presentando resultados preliminares y premisas teóricas, y para empezar antes de nada hay que desmontar estas ideas preconcebidas sobre el agua en la Antigüedad basadas en nuestras expectativas basadas en nuestras experiencias modernas. Por eso he divagado sobre el agua en nuestras ciudades; para explicar que nada de lo que entendemos hoy en día se puede aplicar al estudio del mundo antiguo. Y el primer punto para poder construir las discusiones futuras es entender cuál es el lugar del agua.
Cuando hablo de “lugar”, no lo hago en un sentido general (como dice el DRAE, “porción de espacio”), sino en un sentido mucho más específico, aplicando la teoría del lugar (Place Theory), que diferencia entre “lugar” y “espacio”. Dentro de esta teoría (que se origina en la geografía humana, pero que deriva mucho de la psicología espacial y tiene una interesante aplicación en la arqueología), “espacio” es la dimensión física de la geografía, mientras que “lugar” es el proceso psicológico, la percepción derivada de las experiencias, emociones, y memorias que genera un espacio. El “espacio” sería una realidad objetiva observable y con la que nos relacionamos, mientras que el “lugar” es nuestra impresión, lo que entendemos, percibimos y sentimos. Estudiar el espacio del agua, desde este punto de vista, va a ser esencial en el CAUAT, porque habrá que identificar los puntos en las ciudades donde se podía acceder al agua para su uso posterior. Como introduje en la entrada anterior, este tema tiene mucho más intríngulis si consideramos que la infraestructura creada en época romana (sobre todo durante los ss. I-II d.C.) tenía más de trescientos y cuatrocientos años en la Antigüedad tardía. Pero más interesante va a ser estudiar el lugar que ocupa el agua en las comunidades urbanas de esta época cuando el espacio del agua (la infraestructura cambiante) forzó redefinir la percepción y la definición del lugar.
En nuestra cultura urbana, el agua tiene muchos lugares, pero en la Antigüedad Tardía, los espacios asociados al agua están mucho más limitados a ciertos puntos, como fuentes, baños o baptisterios, lo que hace que el lugar del agua sea mucho más relevante. Al ser menores los espacios asociados al agua, la cantidad de asociaciones psicológicas (de memorias, recuerdos, emociones) que genera una comunidad crea un lugar con una gran importancia social. Fuentes, pozos, cisternas públicas, baños, etc. se convierten en puntos de socialización. La estructura de la ciudad se articula en torno a estos espacios y la vida se define según estos lugares. Y antes de que penséis que no estoy concluyendo nada, quiero compartir un ejemplo de qué quiero ir haciendo en el CAUAT.
La ciudad de Recópolis (hoy en Zorita de los Canes en Guadalajara) es una fundación de finales del s. VI. El rey visigodo Leovigildo la construye para demostrar su poder, recompensar a sus seguidores y para articular el territorio. Desde muchos puntos de vista, es una ciudad que representa el ideal de una ciudad en el Occidente mediterráneo de los primeros siglos post-romanos: con murallas, una basílica cristiana, un palacio como edificio central, pero sin (por ejemplo) anfiteatros o teatros. Es una ciudad, además, con un acueducto y una fuente – elementos que se construyen para dar prestigio a la ciudad porque en la concepción de finales del s. VI, una ciudad sigue necesitando un acueducto para ser realmente una ciudad. En Recópolis, ninguna de las casas que se han excavado tienen fuentes, y las cisternas que se conocen no pueden funcionar recogiendo agua de lluvia, con lo que debemos deducir que el acueducto era la principal fuente de agua de la ciudad, y que la gente se reunía en la fuente para llevar el agua a sus casas.
Fotos del acueducto y la fuente por Patricia González, que me ha acompañado en muchas aventuras, incluyendo esa épica vista a Recópolis.
En Recópolis, el espacio del agua está bien definido arqueológicamente, pero el lugar que ocupa esta fuente en la concepción de la ciudad necesita ser estudiado más a fondo y puesto de relevancia. La ciudad se estructura a lo largo de la calle comercial donde está la fuente de igual manera que la población se reúne ahí para obtener su agua diaria y socializar con sus conciudadanos. Falta aún por profundizar el estudio del agua en esta ciudad, desde el hipotético baño hasta el conocido baptisterio. El agua en esta ciudad tardoantigua se limitaba a unos pocos puntos donde las interacciones sociales y ciudadanas eran intensas y continuas. Los reccopolitanos tenían disponibilidad de agua en sus casas, pero ese almacenamiento de agua necesitaba más situaciones sociales y más interacciones con la ciudad de lo que tiene un urbanita del s. XXI. Y, a partir de aquí, es donde comienzan a perfilarse los objetivos del CAUAT: las culturas y las dinámicas sociales que surgen de las interacciones relacionadas con el agua en las ciudades – espacios de ocio y baño, espacios de transformación y producción, espacios domésticos, espacios religiosos y más.