He amado y he odiado con una intensidad que ya no sé distinguir dónde terminó una cosa y comenzó la otra. Quizá nunca fueron opuestos. Quizá siempre fueron la misma herida con un nombre diferente.
En 2021 quería morirme. No porque quisiera matarme; le tenía demasiado miedo a la muerte. Lo que deseaba era desaparecer sin sentir el instante en que el mundo me soltara la mano. Qué ironía… porque nunca estuve tan viva como entonces.
La tristeza me atravesaba como un invierno interminable. La felicidad llegaba de golpe, feroz, como un relámpago. La nostalgia olía a habitaciones vacías y el estrés latía debajo de mi piel. Incluso la risa dolía. Cada emoción era tan insoportablemente intensa que parecía estar desangrándome por dentro. Y, aun así, era la prueba de que seguía respirando.
Ahora entiendo que la muerte no siempre llega para llevarse un cuerpo. A veces se sienta a tu lado durante meses, te mira en silencio y espera. Y mientras sientes su aliento en la nuca, descubres el insoportable milagro de estar vivo.
Todas las personas que pasaron por mi vida arrancaron algo de mí y, al mismo tiempo, dejaron algo que nunca pude devolver. Hay gestos que todavía sobreviven en mis manos, palabras que aún viven en mi voz y heridas que aprendieron a latir con mi propio corazón.
Hubo noches en las que deseé no haberlas conocido. Pensé que mi vida habría sido más ligera sin ellas. Pero el tiempo tiene una crueldad hermosa: convierte el rencor en un fantasma incapaz de sostenerse por sí solo.
Porque aunque algunas me rompieron, aunque otras desaparecieron, aunque algunas ya no respiren bajo el mismo cielo que yo o simplemente se hayan convertido en desconocidos con mi historia entre las manos…
Las amo.
Las amo de una forma que da miedo.
Porque cada una enterró una parte de sí dentro de mí, y yo enterré una parte de mí dentro de ellas. Ninguno de nosotros volvió a salir completo.
Quizá por eso, en las madrugadas, siento que no camino sola.
Camino acompañada por todos los fantasmas de las personas que alguna vez amé.







