En 1937, Freud hizo la serie de las profesiones imposibles: educar, gobernar y psicoanalizar. Una primera conclusión que puede sacarse de este planteo es que analizar no es educar ni gobernar.
Que educar es una tarea que conduce al fracaso, lo demuestra la cantidad de libros que se publican sobre crianza y temas afines. En alguna medida nos empezamos a orientar con la cuestión de la relación con los hijos cuando dejamos de querer hacer todo bien y aceptamos que no seremos padres perfectos.
Y ¿qué puede decirse de gobernar en un mundo cada día más enloquecido, en el que la política se reduce cada vez más a estrategias para ganar elecciones? Pocos son los políticos que inspiran respeto y confianza por su dedicación a la función pública, que no terminan por decir una cosa y hacer otra.
Que el psicoanálisis esté en la serie de las profesiones imposibles no supone una actitud derrotista. El punto de partida de esta asunción está en reconocer el fracaso para hacerlo jugar a favor del tratamiento. Por ejemplo, un analista parte de la constatación de que quien pide la curación no necesariamente está dispuesto a modificar la vida que lo hizo enfermar.
Esta idea es la que se expresa en el final de la película “Annie Hall”, cuando se cuenta el chiste de un hombre que lleva a su hermano al médico porque aquel se cree gallina. Entonces, cuando el profesional acepta tratarlo, quien hizo la consulta agrega: “Pero no se olvide que en mi familia necesitamos los huevos”.
Luciano Luterau
















