Berlin 2012: Estos alemanes si saben de fiestas
¿Alguna vez han tenido ese sentimiento? El hueco en el estómago, las piernas que tiemblan, ese hilo de sudor frío en la espalda. Ese sentimiento entre miedo y emoción. Ese que no se quita, aunque uno quiera, pero que realmente uno no quiere que se vaya. Así me sentía ese día antes del disparo de salida.
Sólo un par de meses atrás +Ivette Cabezas y yo habíamos empezado a #entrenar, con la idea de correr nuestra primer #maratón en Panamá en diciembre, pero entre conversación y conversación, +Alvaro Solórzano, el mayor de la camada Solórzano Ramírez (que si no pongo los 2 apellidos, tocamos resentimientos fuertes), tuvo la idea que todos (Pedro, Álvaro y yo) corriéramos no en Panamá, sino en Berlín, por primera vez.
De donde salió la idea, la verdad que ya no recuerdo, simplemente salió, y en menos de lo que me di cuenta, ya estaba inscribiéndonos a los 3 para lo que sería nuestra primer maratón: Berlín 2012.
Esto de decidir en el camino, sin mucho plan, sin mucho pensarlo, lo lleva a uno en un carrusel de decisiones, en un accionar frenético. A veces sale bien, a veces no. Así más o menos fue este viaje; para cuando nos dimos cuenta, ya teníamos los tiquetes de avión comprados, ya estábamos con el tiempo contado. 16 semanas... 16 semanas es lo que he leído se necesita para prepararse como mínimo para una maratón, y eso era exactamente lo que teníamos por delante: 16 semanas para cambiar el chip, ese de "salgo del trabajo y me vengo para la casa", por el de "a entrenar cada vez que tengamos chance".
Yo entrenaba con Ivette y el grupo aquí en Panamá, Álvaro en Rusia (como fuera que podía) y Pedro en Costa Rica (con alguno que otro entrenamiento que yo me encontraba en internet y le pasaba). Entre prepararnos, carreras cortas para entrar en ritmo, fondos los fines de semanas, todo se fue dando para irnos para Berlín. Y por fin nos fuimos. Íbamos a estar 2 días antes de la carrera para aclimatarnos, ver algo de la ciudad, ir a la feria, etc. (no es lo ideal tan poco tiempo antes de una carrera, pero conforme sigan leyendo, se van a dar cuenta que así es como le entramos a las carreras ...).
Una nota aclaratoria aquí. La limitación del blog ( o talvez la de mis habilidades como escritor ), muchas veces no me ayudan a reflejar lo bien que la pasamos cuando estamos de viaje. Creo que esta es una de las razones más importantes por las que seguimos corriendo juntos, es algo que se nos da, nos hace aún más familia; así que aunque este párrafo se cole en la línea de la historia, por aquí les dejo una foto de como nos preparábamos para la maratón, en esos 2 días antes de la carrera ( noten que estamos en Berlín, a finales de Setiembre = OCTOBERFEST ).
Esos 2 días pasaron volando, y ya era domingo, día de la carrera. En la mañana, 6 a.m., desayuno fuerte para aguantar toda la distancia que teníamos por delante. Algunos dicen que no hay que comer tanto, otros dicen que sí. Cada quien es un mundo. Para mí lo que funciona es desayunar, y desayunar bien: café, huevo, panqueques, jugo, tostadas. No me mido mucho, porque para la carrera, a mí me sirve tener energía.
Después de desayunar, irnos para la salida. 35000 personas caminando todas en un mismo sentido, no hay forma de perderse. Ese día, Berlín se vuelca completamente para saludarnos a todos los corredores. La ciudad entera se viste de gala y nos abre las puertas.
Con la eficiencia que caracteriza a los alemanes, es imposible no llegar a donde uno tiene que llegar. Todo está debidamente rotulado, todos los voluntarios saben que tienen que hacer, es una máquina bien afinada. Estos alemanes tienen todo planeado: la hora de salida es militar: 9 a.m. para el grupo de los corredores profesionales, y después de ellos cada 5 minutos sale un corral. Y cuando digo cada 5 minutos, es cada 5 minutos. Ni más, ni menos.
Nos despedimos de Ivette y de Yulia, y los 3 nos vamos al corral que nos toca: el de las 4:30. La espera para la salida es eterna. Estamos ya en nuestros puestos a eso de las 8:30 a.m., pero no vamos a ver la salida sino hasta las 9:25 a.m. Hace demasiado frío y no hay forma que el cuerpo entre en calor. Estiro: espalda, brazos, piernas, nada, no puedo entrar en calor. El frío es uno que no conozco, y entra por todas partes. Nos apuñamos, nos movemos, pero nada ayuda. La nariz fría, las orejas frías, cada músculo que se contrae y se relaja solo, sin quererlo. Hasta Alvaro, que vive Moscú hace ya mas de 20 años, tiembla incontrolablemente. Pero no importa, el ambiente es increíble, miles de personas a nuestro alrededor, la música en las calles a todo volumen, todavía más gente desde ya apoyando al lado de la calle: una fiesta que vamos a vivir!
9:25 am, la gente al frente empieza a moverse, caminamos, el ruido sube, todo el mundo está emocionado, empezamos a correr. No es como uno se lo imagina (al menos no como yo me lo imaginaba). No hay espacio, somos 35000 personas corriendo a la vez, no se puede agarrar ritmo. Me despido de mis hermanos (ellos se van a ir lento), y yo trato de agarrar ritmo. Zigzagueo, paso gente, me siento bien. 3 kms de la carrera, y ocurre el desastre. Sin verla, tengo una acera al frente. Simplemente no la vi, el tobillo cede, me lo doblo fuertemente.
Busco un lugar donde pueda parar, poner el pie, ver que tan mal esta. Realmente duele mucho. Lo afianzo contra el suelo, nada que hacer. Ya estoy aquí. Mi primer maratón, mi primer carrera, terminarla es lo único que está en los planes. Así que retomo el trote. Más tranquilo ahora, más sereno, solo me dejo llevar por el ritmo de la gente. Trato de recuperar confianza, de ver cómo responde el tobillo. Y parece que sí, que si se puede.
Después de 1 o 2 kilómetros más, vuelvo agarrar seguridad. Ahora corro precavido: cada curva, cada salida, cada persona que se me cruza al frente. Todo puede ser una caída o torcedura, y ya así no podría continuar. Pero no ocurre. El tobillo duele, sí, pero es aguantable. El frío, incomodo y doloroso al principio, se convierte ahora en mi gran aliado; de alguna manera adormece un poco el tobillo, y ayuda a que no moleste tanto.
Después de un rato, y de haberme medido, trato de buscar a mi pacemaker. Digo, no soy Geoffrey Muttai (que por cierto está buscando romper el record mundial en esta misma carrera), pero el concepto lo entiendo. ¿Quién corre como yo?, ¿a mi ritmo?, tal vez un poquito más. ¿La muchacha francesa?, ¿el señor disfrazado de helado?, ¿el señor gordito y viejito? No, ninguno de ellos. Por fin veo un grupo de austriacos, y creo que con ellos es con quien voy a correr. Traen un ritmo fuerte, pero lo mantengo sin problemas. Pasarán unos kilómetros más, y el orgullo me va hacer pasar una mala jugada. Al final, la muchacha francesa, el señor disfrazado de helado, y hasta el señor gordito y viejo me van a ganar hoy.
Decido rodar con los austriacos, el ritmo está bien, el tobillo no molesta tanto, el frío ya no es tan insoportable (nota mental: nunca más correr sin ropa interior en Europa!!!). Creo que ya pasé todos los escollos, y es hora de disfrutarla, que para eso vinimos. Correr es para mí un escape, ya lo mencione en el primer blog. Es mi espacio. Es donde dejo la mente libre. Desconectarse, de eso se trata para mí. Es disfrutar esta ciudad como pocos lo han hecho. Y la verdad es que Berlín es hermosísima. Es una ciudad moderna, muy moderna, súper organizada (viniendo yo de nuestra hermosa America Latina, imagínese usted), y la carrera nos lleva por los barrios, calles, avenidas; nos saca de ciudad para adentrarnos en la ciudad. Es realmente hermosa. Como dije antes, hoy es día de fiesta en Berlín: llevo casi 15 kms ya en carrera, y no dejamos de tener gente gritando, apoyando, pasándola bien. Cada 2 km hay música: gente de la misma calle, que sin más ni más sacan sus instrumentos, o grupos de rock, o grupos de baile. Les digo, es una fiesta de miles de personas!!!
Mencione antes que estos alemanes lo tienen todo planeado. Cada 5 kms hay un puesto de hidratación. Cada 10 kms hay puestos de masaje. En cada puesto de hidratación hay 10 baños. Pero para éste de barrio El Erizo, eso no vale mucho. En medio de un parque, ahí, ahí me dan ganas de ir al baño. Escuche de mi entrenadora que los corredores profesionales (y algunos no tan profesionales) se orinan encima, mientras van corriendo. La idea es no bajar de ritmo. Yo no puedo, simplemente va contra mis principios, así que como bien me enseño mi mamá, me arrimo bastante a un árbol, me bajo la licra por el frente, y a orinar. Esto sí que lo voy a pagar.
Todavía hace bastante frío, estoy en el kilómetro 21, y mientras orino, no pasan más de 2 minutos, pero son suficientes para sacar de ritmo a cualquiera. Decidí hacer la pausa en ese momento, porque uno de los austriacos con quien iba corriendo, también tuvo que parar. Pero el arranca y yo no. El tobillo vuelve a recordarme que está ahí. Y de ahora hasta el final de la carrera no me va a dejar en paz.
Así que la estrategia cambia, el objetivo cambia, los planes cambian. Ahora es todo por el todo. Ahora se trata de terminar. No importa como sea, solo terminar. Lo que resta de la carrera, otros 21Kms, los voy a trotar, los voy a caminar, los voy a correr. Lo que sé es que los voy a sufrir. Sigo con la idea del pacemaker, pero ahora uno que me haga trotar lo que resta de la carrera.
Con esa idea, voy comiendo kilómetros. Algunos corriendo, otros con el orgullo pisoteado, caminando. Yo sé que caminar no está mal. De hecho, es como Ivette corre sus maratones. Ella usa el método Galloway. Pero yo tenía otra idea, yo venía a darlo el todo por el todo. Caminar no estaba en mis planes.
Cada puesto de hidratación es un área segura. Ahora me tomo mi tiempo: hay manzana, banano, gomitas, galletas, geles, té frío, gatorade, agua. No les miento, hay de todo. Y yo ya por el kilómetro 30, como de todo. Mmmmm... Había un plan, una estrategia, inclusive para la parte de la hidratación, pero esta carrera resulto ser una escuela de la que aprendí muchísimo, así que ahora, es simplemente reponer fuerzas, para llegar al otro puesto de hidratación.
Termino de ver la ciudad, y después de 4 horas, la gente sigue corriendo, sigue aplaudiendo, sigue cantando, sigue disfrutando. Me encuentro con Batman y Robin, unos españoles disfrazados, súper simpáticos, y decido tratar de correr con ellos un rato. Ya de por si estamos acabando, unos 5 kms más y listo. Debo de haber sufrido esta carrera como pocas, porque en el momento que me les uno, Batman me dice: " Tío, que vienes hecho mierda. Venga que corremos un rato juntos”. Pues sí, la he pasado un poco mal.
Batman y Robin eran el impulso final que necesitaba. Volvemos a entrar a las calles que reconozco, los edificios monumentales. La Puerta de Brandeburgo a lo lejos me saluda, y me dice que ya estamos por acabar. Ahí dejamos a Ivette y a Yulia hace más de 4 horas. Ivette sabe que mi intención era poder correr esta maratón en menos de 4 horas. Lo que no sabe es todo lo que me pasó, y lo que aprendí de ella.
Ya hace rato pasaron Batman y Robin, la muchacha francesa, el señor gordo y viejo. Ya hace rato debí de haber cruzado yo, pero el plan resulto ser diferente. Ya no importa nada. Se acaba esta carrera, mis primeros 42Kms. Mi primer maratón. La disfruté lo más que se pudo disfrutar, la sufrí cuanto ya más no pude. Eso es correr. Es darlo todo, y dar después un poco más.
Recién pasada la Puerta de Brandeburgo, veo una bandera gigante de Costa Rica. Ahí están Ivette y Yulia, y yo corro no a la meta, sino donde ellas. Este es el mejor sentimiento del mundo. El terminar algo que se quiere mucho, que ha costado muchísimo, y saber que ahí está esperando la persona más importante para uno. Esto de correr sí que está lindo. Después de los abrazos de Yulia, y los besos y lágrimas de Ivette (los que la conocen saben que por todo llora), tomo la bandera de Costa Rica (hoy se ve más linda que de costumbre, mas llena de colores), me la pongo en la espalda y corro a la meta.
Solo faltan 300 metros, y son los más emocionantes de todos. Ya no hace frío (o al menos no en estos últimos metros). Ya no me duele el tobillo. Ya no estoy cansado. Todo se va, no ha pasado nada. Ese último tramo es mágico, todo el mundo se impregna con ese sentimiento de triunfo. No hemos ganado, no hemos siquiera llegado cerca del primero (Muttai no pudo romper el record mundial ese día), pero eso no nos importa. Nuestra llegada es la que vale. Esos miles de espectadores están ahí por uno. Te gritan el nombre, te devuelven la mirada con una sonrisa, un "vamos, si se puede". Esos últimos metros son por lo que todos vinimos. Cruzo la meta, junto a otro montón de gente. Todos ganamos hoy.
Faltaran 30 minutos más para que Pedro llegue. Una hora más para que Álvaro llegue. 2 horas más para reencontrarnos con Ivette y con Yulia (que los alemanes lo tengan todo planeado no quiere decir que uno siga bien las instrucciones). Todos llegamos. Todos, no importa en qué orden. Para todos es este recibimiento, para todos es esta celebración (pero haberles ganado a mis hermanos también está bien).
Así se acaba un día de lecciones. De tener una idea, verla tirada por el suelo, y replantearla completamente. Así se acaba un día de sentimientos encontrados: miedos, frustraciones, gritos, temor, alegría. Eso es la maratón. Eso es correr, hasta que el cuerpo aguante.












