Al bajar a la cocina Noriko seguía sopesando qué ponerse al día siguiente, cuando saliera de casa por última vez. Estaba decidida a morir de un modo que dejara patente su deseo de vivir. Aún más resuelta estaba a dejar marcas de la más atroz de las agonías. Lo mejor sería arrojar sangre, con tal de que quedaran manchas horripilantes. Lucharía hasta su último aliento, debatiéndose espantosamente con brazos y piernas, revolcándose y resbalándose en su propia sangre, embadurnándolo todo… Pensándolo bien, la sangre no destacaría nada en el quimono negro que llevaba aquella mañana. Menos mal que no tenía por qué ir vestida así.
Noriko recordó un conjunto blanco que se había hecho dos años antes. La tela había amarilleado un poco; aquel año no se lo había puesto todavía. Pero seguía siendo blanco a fin de cuentas. La sangre resaltaría estupendamente. Pero luego cayó: el blanco era el color de la muerte. Si se le hubiera pasado, habría acabado con lo que menos quería. Bueno, entonces la única ropa que cuadraba, teniendo en cuenta la estación, era su traje sastre beige. Una sencilla chaqueta y falda de punto, que raramente se ponía. Sabía que el traje estaba en el armario, pero lo abrió de todos modos, para asegurarse.
Sí, allí estaba: contrastaría de forma impactante con la sangre. También había allí colgado un traje de invierno morado, una gabardina, un abrigo, un traje de primavera verde claro y una blusa plisada compartiendo percha con un cárdigan. Nada de eso se había limpiado desde la última vez que lo usó; habría que tirarlo todo también. Además —le vino entonces a la cabeza— estaba también el zapatero de la entrada: sólo necesitaría un par ya; pero los demás zapatos, sandalias, y chanclos de agua estaban tirados dentro de cualquier manera. No quería dejarlos así. Pero Asari también usaba el armario y el zapatero, y podría extrañarse si los vaciaba demasiado pronto.
Noriko se dirigió a la cocina: había que añadir armario y zapatero a la lista en la lata de arenques secos. Pero a medio camino se detuvo. «No puedo olvidar —se dijo— que yo fui la señora de esta casa. Si me deshiciera de todo, parecería una hija que salió corriendo para casarse, o la criada que se escapa tras desvalijar la casa.» Volvió atrás, colocó un collar de carey sobre el traje beige en su percha y cerró el armario. Luego, al pasar ante la entrada, echó una mirada al zapatero. Dentro estaban sus zapatos marrones y varios pares de Asari, todos bastante limpios.
Despachar algunas de sus tareas pendientes era un alivio, pero luego pensó que nada aquello se le habría pasado nunca por la cabeza si no hubiera empezado a preparar su vestimenta del día siguiente. Si no estaba atenta, pensó ansiosa, iba a olvidar tantas cosas… moriría sin cumplir importantes tareas… Cuanto más se agobiaba más difícil le resultaba ser consciente de donde terminaba un asunto y empezaba otro.
Y ya eran casi las tres. Estaban justo abriendo la puerta de los baños de enfrente. Noriko se imaginó eligiendo uno de los barreños de madera apilados en el baño; escuchó el eco huero que hacía al ponerlo en el suelo ante la desierta hilera de grifos. El sol de la tarde entraría por los montantes blancos reflejándose en el fondo de la pila… Su último baño, pensó Noriko. Deseaba oír el baquetazo del balde de madera; ver el sol dando en la pila.