The Salamander (1981)
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The Salamander (1981)

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De tesoros enterrados en Mildenhall, Praga y Singapur.
Este año he vivido dos veranos: el nuestro, el patrio, y el que busqué en tierras asiáticas cuando en Madrid aún hacía frío y se comían torrijas. Estaba yo sudando la gota gorda un día por Singapur cuando, pasando por un puestito de libros de segunda mano, viví una experiencia cortazariana en el momento en que me topé con un tesoro: un libro preciosísimamente ilustrado sobre un tipo que encontró, a su vez, otro tesoro. Escher habría sabido plasmar el encuentro a la perfección en una composición a base de estructuras paradójicas donde realidad y ficción quedarían hilvanadas gracias al capricho del azar, que quiso que descubriese tan hermosa historia sobre un descubrimiento (valga la redundancia).
Pues bien, el libro recogía el cuento escrito por Roald Dahl “El tesoro de Mildenhall”, una estupendo relato (como todos las que escribió) basado en hechos reales en el que Gordon Butcher, un granjero inglés pobre y analfabeto, se encuentra con treinta y cuatro piezas de una vajilla de plata enterradas un día que estaba arando la tierra de míster Ford, el terrateniente. Los platos, cuencos, copas y cucharones que se encontró databan del siglo cuarto después de cristo, un servicio de mesa de alguna acaudalada familia romana que probablemente había sido enterrado por el mayordomo del propietario para ponerlo a salvo de la rapiña de los pictos y los escoceses que llegaron del norte en los años 365 a 367, saqueando los numerosos asentamientos romanos que se encontraban por su paso. Lo que todos hemos deseado que nos pasase alguna vez, le ocurrió al pobre Gordon Butcher.
Digo pobre Gordon Butcher porque su ignorancia y buena fe lo llevaron a dejarse engañar por el malvado míster Ford, que con cuatro réplicas le medio convenció de que aquel maravilloso hallazgo era poco menos que chatarra. Si lo hubiese entregado directamente al Estado, habría percibido como recompensa el cien por cien de su valor, es decir, una suma comprendida entre el medio millón y el millón de libras. Sin embargo, tuvo que compartir junto al dueño de las tierras las mil libras esterlinas que el Museo Británico le dio a modo de compensación cuando el doctor Hugh Alderson Fawcett localizó el tesoro expuesto en una vitrina en la casa de su amigo Ford. Descubierto el pastel, no quedó otra que entregarlo a la Corona.
Pues resulta que en el mundo de las bandas sonoras tenemos a nuestro particular Gordon Butcher, pero a diferencia del granjero, James Fitzpatrick Tadlow no tiene pinta de ser nada ignorante; se trata de un productor musical que ha decidido dedicar su vida a desenterrar bandas sonoras no subido a un tractor, sino guiado por su exquisito instinto. Tampoco estaba en ninguna campiña inglesa cuando se encontró con su último tesoro; estaba curioseando en un pequeño supermercado de Praga cercano a los Smecky Music Studios. Allí dio con el DVD de The Salamander, una película que, para los seguidores de Jerry Goldsmith, ha adquirido durante muchos años cierto carácter mítico al contener una grandísima banda sonora que jamás había sido editada. Tal desconocimiento resultaba incomprensible particularmente en el caso de The Salamander al tratarse de una película de 1981, época en la que Jerry Goldsmith estaba en la cumbre de su carrera ofreciendo lo mejor de sí mismo. Además, el 96% del trabajo de Goldsmith está editado (podéis preguntárselo a mi estantería), por lo que todos los aficionados del compositor nos preguntábamos por qué diablos la dichosa bso no salía a la luz.
Pues resulta que las bandas de sonido de la película se han perdido, no quedaba otra que regrabarla. Pero resulta también que nadie guardó las partituras, en parte porque la música se grabó en Italia y Goldsmith debía estar un poco despistado entre tanto templo, tanta basílica y tanta morena de tetas grandes. El pobre James Fitzpatrick tuvo que pasar al plan B para cumplir nuestros deseos. Llamó a un tal Leigh Phillips, orquestador, arreglista y entusiasta confeso de Goldsmith, para que le echase una mano. “¿Y cómo pretendes grabar de nuevo la banda sonora si no tenemos ni las partituras?”, quiso saber Phillips, y Fitzpatrick contestó mientras sacaba el dvd de The Salamander del bolso: “De oído”.
Tócate.
Así que se pusieron manos a la obra y escribieron de nuevo la partitura dándole al play/pause/rew del reproductor del dvd mil veces durante dos meses. Y el resultando no sé si es equiparable a una vajilla de plata de 1600 años de antigüedad, pero es la cosa más emocionante que he escuchado en años, hasta tal punto que su tema de amor ha montado una auténtica carnicería en mi ranking para situarse entre los primeros puestos.
“En Inglaterra existe una ley muy curiosa acerca del hallazgo de tesoros de oro o plata. Esta ley data de centenares de años y todavía hoy se hace cumplir rigurosamente. La ley establece que si una persona saca del suelo, incluso de su propio jardín, un trozo de metal que sea oro o plata, este trozo de metal se convierte inmediatamente en lo que se denomina «tesoro hallado» y es propiedad de la corona. Actualmente la corona no significa el rey o la reina propiamente dichos, sino que se refiere al país o al gobierno. La ley dice también que constituye delito ocultar semejante hallazgo. Sencillamente no se te permite esconder lo hallado y quedártelo para ti. Debes dar cuenta del mismo en el acto, preferiblemente a la policía. Y si das cuenta de él inmediatamente, tú, como autor del hallazgo, tienes derecho a recibir del gobierno el importe en dinero del valor total que el objeto tenga en el mercado. No estás obligado a dar parte del descubrimiento de otros metales. Se te permite encontrar tanto peltre, bronce, cobre o incluso platino como desees y te lo puedes quedar todo para ti, mas no así el oro o la plata.” Roald Dahl. El tesoro de Mildenhall
Es curioso cómo la bso de The Salamander, y tras escucharla mil veces, aún sigue manteniendo el misterio que su espíritu mítico le ha ido confiriendo durante sus años en la sombra. Quizá tenga que ver con la idea de que vivimos en un mundo en el que paseamos sobre millones de tesoros desconocidos y que, una vez descubiertos, refulgen con la fuerza de lo que es bello y reivindica el tiempo perdido. Por eso los cazatesoros que desentierran puntas de flechas prehistóricas para traficar ilegalmente con ellas son perseguidos y duramente castigados.
Lo más seguro es que mucho de vosotros escuchéis el tema de amor compuesto para The Salamander y no sintáis más que la emoción justa que provoca una música hermosa. Del mismo modo que, seguramente, a mí me costaría sentir el vértigo del tiempo si me presento en el Museo Británico para contemplar la vajilla romana de más de 1600 años de antigüedad. Ante mi incapacidad, recurro al relato de Roald Dahl y busco la emoción en la anécdota. Podríais hacer lo mismo y procurar vislumbrar en las notas compuestas por Goldsmith a dos señores transcribiendo de oído un bello tesoro enterrado.
Y si aún así no sentís nada, entonces creedme. Es realmente emocionante.
- Goodbyes & End Titles. The Salamander (1981). Jerry Goldsmith.
The Salamander, Spanish lobby card. 1981
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