—¿Y si me quito la barba? —preguntó pensativo Juan Carlos Girauta. Estaba sentado en el sofá del piso de Madrid de Albert y se entretenía leyendo los tweets de sus enemigos independentistas mientras su compañero de partido se colocaba por quincuagésima vez la pajarita. Había apagado la pantalla del móvil y ahora observaba su reflejo sobre el negro.
Albert abrió muchísimo los ojos y se dio la vuelta alarmado.
Juan Carlos le miró sorprendido.
—Dijiste que me quedaba bien. Dijiste, literalmente: «Juan Carlos, no te preocupes, afeitado tienes un aire muy....de diplomático».
—¡Pues eso decía, Juanca! ¡Que estás horrible! Pero, ¿Tú has visto algún diplomático guapo? Además, que no tengo tiempo para pensar en tu barba, ¿eh? Que siempre estás pensando en ti, Juan Carlos, y yo qué, ¿EH? ¿YO QUÉ? —fue subiendo el tono de voz sin darse cuenta. Sus manos se movían nerviosamente en todas direcciones y su respiración no daba tregua—. No debería haber aceptado ir a los Goya. ¡Y NO CONSIGO COLOCARME LA PAJARITA!
Girauta arqueó las cejas y dejó que el silencio hablase por sí mismo. Encendió su móvil, abrió twitter y continuó leyendo tweets incendiarios sobre el independentismo. Nadie sabía por qué lo hacía; la teoría de Albert era que usaba los tweets para insuflarse energía y salir con carácter a las entrevistas, porque lo que era su cara de por sí mucho carácter no tenía.
Albert suspiró una vez más —había suspirado tantas veces en las últimas dos horas que si cada suspiro fuese un voto ya tendría mayoría absoluta— y se recolocó la pajarita. Hizo una mueca, la volvió a colocar y frunció el ceño insatisfecho. Los eventos tan multitudinarios ya le daban de por sí ansiedad social: ni qué decir tener que sentarse al lado de Pablo. Suspiró profundamente al pensar en aquél nombre —un suspiro tan profundo que debía de valer unos siete escaños—. Su relación con Pedro era cada vez más estable, dentro de la estabilidad que podía darles la turbulenta situación política que vivía el país. Se veían a menudo con la excusa de las negociaciones, mientras los equipos negociadores se encargaban del trabajo engorroso, y hasta habían creado un lenguaje secreto para lanzarse indirectas sexuales en twitter.
Sin embargo, la sola mención de ese otro nombre era el hipocentro de un terremoto en su interior. Aún sentía una mezcla de tristeza, ira y vergüenza recorrerle como un escalofrío cuando los recuerdos de pre campaña cruzaban su mente. Los sucesos habían sido tan vertiginosos que no se había parado a pensar en qué los había separado exactamente, en cómo habían llegado a estar así. Pablo había jugado con él, lo había utilizado como a un idiota. Y lo mismo había hecho con Pedro.
Movió la pajarita un poco a la izquierda y luego otro poco a la derecha. Después se giró hacia su compañero y le miró fijamente hasta que este se sintió tan incómodo que tuvo que apartar la vista del aparato móvil.
—¿Te parece que está en el centro? —preguntó, refiriéndose a la pajarita.
—Me parece que está un poco a la derecha.
—¿TÚ TAMBIÉN CON LO DEL RECAMBIO DEL PP, O QUÉ?
Girauta estaba tan confuso que no supo qué decir, pero para su fortuna les interrumpió el sonido del timbre. Albert corrió nerviosamente hacia la puerta. Daba la sensación de que no sabía muy bien qué hacer con sus piernas y brazos, o de que aún estaba aprendiendo a coordinarlos. Con una sonrisa encantadora pero un poco deformada por el estrés abrió la puerta y se encontró a Alberto Garzón en su traje de gala con corbata negra. Tenía el cabello bien peinado y los ojos grandes de gato abiertos en una mirada inquieta.
—Ey —dijo—. Esto, ehm...necesito...—Alberto Garzón miró en todas direcciones. Como en realidad no necesitaba nada, dijo lo primero que se le pudo ocurrir—. Naranjas.
Alberto se dejó guiar dentro del piso por Albert, en completo silencio. El piso era espacialmente una copia del suyo, pero en la entrada se echaba en falta su original felpudo de IKEA y sobre el sillón del salón faltaba la bandera republicana. Tampoco había rastro de los juguetes y la caja de arena de sus gatos. Albert le dirigió sonriente hasta el salón. Al principio la presencia de Girauta le incomodó, pero cuando se dio cuenta de que no iba a levantar la cabeza del móvil se relajó por completo.
—Albert, ¿te importa si uso tu baño?
Albert lanzó un grito aprobatorio desde la cocina.
—¡Claro, sin problemas! Está al fondo, a la d...bueno, tú ya sabes.
Alberto asintió para sí mismo, se metió en el baño, encendió el agua para hacer todo el ruido posible y marcó un número en su móvil. El número de Pablo Iglesias.
—¡Alberto, compañero! ¿Tienes ya lo que te pedí?
—Lo tengo, pero si vuelves a meterme en una situación como esta...
—Vamos, si Albert es encantador. Él y yo tenemos una relación muy cordial.
—Va en esmoquin —cortó el otro, hablando en un susurro. Era un muchacho honesto y eso de los espionajes no era lo suyo—. Con pajarita. Es el típico esmoquin de toda la vida, no tiene pérdida —añadió ajeno a la realidad de que al otro lado de aquél teléfono se fraguaba una sonrisa—. Ahora tengo que dejarte, estoy en territorio...no sé.
Volvió al salón justo a tiempo para coincidir con Albert saliendo de la cocina. Llevaba una bolsa de la compra llena de naranjas gordas.
—Me las ha traído Inés —dijo alegremente—. Siempre que va a nuestra tierra natal me suele traer algunas y...
—Gracias, de verdad. Muchas gracias. Estaba preparándome y he pensado «necesito unas naranjas» —interrumpió.
Albert lo acompañó hasta la puerta.
—Bueno, nos vemos en los Goya, vecino —dijo en una risilla simpática.
No se podía decir que el chico no se esforzara.
—Claro — suspiró Alberto,
Había dado dos pasos cuando se acordó de un pequeño detalle y se dio la vuelta. Albert, que había cerrado la puerta casi por completo la abrió y le miró sonriente.
—La...pajarita —arrugó la nariz—. Está demasiado a la derecha.
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
Monedero jugueteaba con una agenda pasándosela de una mano a otra. En su cara se dibujaba una sonrisa irónica y sus ojos no se apartaban un solo segundo de él.
—Y todo esto lo haces —dijo al fin— para llamar la atención de alguien tan inepto como Rivera. Entiendo.
Pareció que Pablo se había ruborizado ligeramente, pero si fue así trató de no darle importancia alguna y continuó enfrascado en su móvil. No obstante Juan Carlos volvió a la carga:
—Si lo he comprendido bien, y creo haberlo hecho —dijo—, pretendes llevar el mismo 'modelito' que él a modo de indirecta —y añadió divertido—. Como si no fuese bastante evidente para toda España ya. Además, el traje no es lo tuyo.
Pablo suspiró irritado mientras terminaba de escribir el mensaje de texto dirigido a Facu Díaz:
Para Facu: «Facu, necesito una buena excusa para llevar esmoquin....y un esmoquin con pajarita. No preguntes, camarada. Grax».
Revisó deprisa la ortografía y apretó la opción 'enviar'.
—Pareces una colegiala, Pablo —insisitió Monedero sin alterar un ápice de su voz—, correteando detrás del niño bonito de la casta...
Aquello fue más de lo que los nervios de Pablo Iglesias, a flor de piel a causa de todo el asunto de la gala y de su irremediable encuentro con Albert, podían soportar, así que explotó.
—Juan Carlos, ya está bien —repuso en tensión—. Controla tus celos y déjame tranquilo.
Juan Carlos Monedero no se alteró más allá de un arqueamiento de sus propias cejas fruto de la sorpresa y la incredulidad. Se dibujó en sus labios una sonrisa sardónica mientras se levantaba despacio y caminaba hacia el otro hombre.
—Celos... ¿eso crees, eh, Pablo? —dijo en un inquietante tono neutro mientras se acercaba aún más—. Yo no soy un hombre celoso.
Pablo tragó saliva con dificultad, el corazón desbocado dentro de su pecho.
—Tus acciones contradicen tus palabras, Juan Carlos.
Aquello hizo que la sonrisa de Monedero se ensanchara. Era una sonrisa vacilante cargada de sincera diversión. Adelantó una mano y con ella agarró el móvil de su compañero, tirándolo en el mismo sofá que había ocupado menos de cinco minutos atrás. Luego cerró los dedos en torno a la muñeca delgada y temblorosa de Pablo Iglesias.
—No tengo por qué estar celoso Pablo. Da igual la cama en la que te metas... —explicó con calma— siempre terminarás volviendo a mí.
Y al decirlo tiró de aquél otro brazo con brusquedad, provocando que el cuerpo de Pablo chocara contra el suyo propio. Le levantó la cara para mirarlo bien.
—Y cuando algo vuelve a ti... —añadió con seriedad— sabes que te pertenece.
Desabrochó lentamente el cuello de la camisa azul de Pablo dejando a descubierto la piel de su cuello.
—Ju...juan Carlos... Iñigo —balbuceó Pablo—. Iñigo esta...está...
—¿Qué pasa con él? —inquirió mientras se desabotonaba la camisa—. ¿Qué ha hecho?
Pablo cerró los ojos, dejando que los labios de su compañero recorriesen su cuello.
—Ha dormido...ha dormido aquí y está...está en la habitación....
Pero Monedero se limitó a encogerse de hombros con una mueca de indiferencia, empujando a Pablo contra el sofá. Ninguno de los dos advirtió la puerta entreabierta de la habitación, ni el hombre que miraba quieto por aquella rendija.
La sangre de Iñigo Errejón hervía dentro de sus venas amenazándole con hacerle gritar. El corazón le iba tan deprisa y la rabia era tan intensa que empezaba a sentirse mareado. Quería apartar la mirada con todas sus fuerzas pero algo dentro de el le impedía moverse. Logró apartarse y con manos temblorosas agarró la camisa que yacía en su cama. El tacto de la tela era suave y frío. Aquella camisa se la había regalado Pablo el segundo año de conocerse y aquel pensamiento furtivo le hizo sentir tanta rabia que estampó el puño contra la cabecera, tan fuerte que le pareció que podía estar roto.
Nadie oyó a Iñigo abandonar la casa.
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
Albert bajó del coche nervioso. No es como si los nervios no fueran su estado habitual —a pesar de que Pedro se empeñase en decir que él no era un hombre nervioso—, pero en esta ocasión era peor. No hacía más que recolocarse la chaqueta como un tic y no sabía ni donde poner las manos. Se sentía como una muñeca de famosa desfilando hacia el portal; tieso como un palo y rígido como una piedra. Y eso que aún no lo estaban grabando.
Trató de tranquilizarse con la imagen de Alberto Garzón. Su nuevo vecino parecía que estaba empezando a hacer buenas migas con él y eso le agradaba. Al principio le había inquietado la perspectiva de que su relación vecinal fuese hostil o incómoda por eso de que Alberto era de izquierdas y nadie creía que existiera el centro. Soraya le había llamado «progre» una vez —que es como el 'hijoputa' de la derecha— por querer que los menores pudiesen decidir sobre operaciones de cambio de sexo. Y los partidos de izquierdas le llamaban las derechas por el asunto de sus amigos empresarios y el tema del contrato único.
Sin embargo, su relación estaba siendo más cordial de lo que hubiera soñado: después de haber aparecido para pedirle naranjas Alberto había vuelto a su piso con una excusa y habían estado tomando un poco de Freixenet que le había sobrado de las navidades. Bueno, el Freixenet se lo había tomado él mientras Alberto comía aceitunas, pero igual contaba. Albert sabía que lo de las naranjas era un excusa, porque dos días antes se había encontrado a Garzón en el rellano con una bolsa del súper y había podido entrever una redecilla con naranjas del Mercadona dentro de la bolsa. Se sonrió y trató de infundirse ánimos: si podía mantener una conversación fructífera con su vecino no tenía por qué fastidiarla en los Goya. Al fin y al cabo su equipo había ganado el dichoso concurso nacional de debate.
Entró, y al momento se arrepintió por completo. No sólo estaba todo lleno de cámaras y personas sino que lo primero que vio nada más entrar fue a Pablo junto a Pedro en el photocall. Estaban juntos y compartían sonrisitas y miradas. Sintió cómo el calor de la ira le subía por las mejillas.
La voces de los periodistas le sacaron de sus pensamientos y se encontró rodeado de micrófonos. Digo algo que ni el mismo estaba seguro de qué era, porque estaba demasiado ocupado observando a Pedro. Controló la rabia que sentía al verles juntos y se recordó a sí mismo que eran figuras públicas y debían mantener una imagen de cara a la galería. Pedro estaba sumido en negociaciones entre el PSOE y ambos partidos, por lo que mostrar animadversión hacia Pablo no hubiera sido inteligente políticamente. Porque se trataba solo de política, ¿verdad? Tragó saliva, terminó de contestar a la pregunta y se dirigió directamente a su asiento, tratando de enterrar sus dudas en el agujero más profundo de su pensamiento.
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
Necesitaba despejarse. Llevaba horas haciendo el ridículo total en el palco de los goya, Estaba tan nervioso que no sabía qué hacer con su cara, lo que no le permitía concentrarse para nada en lo que ocurría en el escenario. La cercanía con Pablo no ayudaba; podía sentir la tensión martillearle, la electricidad estática que se había formado entre los dos después de todo lo ocurrido. Era la primera vez que se veían de forma informal desde la formación de la Mesa del Congreso; sin diputados, ni parlamento, ni discusiones políticas de por medio. Aún podía sentir el dolor agudo que se había formado en su pecho aquella tarde en el aparcamiento, cuando Iñigo Errejón le había abierto los ojos a la realidad de que Pablo lo estaba utilizando como a un trapo. Era un dolor punzante y constante que se agravaba cuando Pablo estaba cerca. Pero había conseguido aplacarlo y enmudecerlo con la compañía de Pedro. Pedro era como una roca firme a la que aferrarse en un mar embravecido.
Y sin embargo allí estaba Pablo. Los habían sentado juntos, lo que sin duda era el fruto del puro sensacionalismo —dado que el país les veía como rivales políticos— pero para él, después de lo ocurrido, resultaba una broma pesada. No sólo eso: Pablo se había puesto esmoquin, y no un esmoquin cualquiera sino uno exactamente igual que el suyo. ¿Le estaba mandando algún mensaje? Había contemplado esa posibilidad, sobre todo después de que Pablo dijese a los periodistas por vigésimo séptima vez en una semana que mantenían una relación cordial.
Estalló una carcajada general que le pilló desprevenido. No quería parece rarito, asi que aunque se habia perdido por sus pensamientos y no tenia ni idea de lo que estaba pasando se echó a reir nerviosamente. Trató de parecer lo más convincente posible, aunque no era un buen actor. Luego, de manera casi subconsciente, su mirada se dirigió hacia Pablo. ¿Se estaba riendo también? ¿Era consciente de su presencia allí? ¿Cómo se sentiría, estando los dos juntos después de lo ocurrido? Disimuló todo lo que pudo y miró rápidamente en la dirección contraria. Los nervios se hicieron con los músculos de su cara y dejó de controlarla por completo; es posible que en solo un segundo y medio su rostro formase más de mil expresiones de lo más extrañas y dispares.
Por fin llegó el descanso. Albert había llegado al límite de sus nervios y de su vergüenza propia, así que se dirigió al baño para lavarse la cara y renovar energías. Se sentía como un pez fuera del agua rodeado de tanta gente.
Evitó mirarse al espejo —se había hecho esta promesa al salir de casa porque no era capaz de dejar de recolocarse la dichosa pajarita — y se lavó bien la cara.
—A mí tampoco me ha hecho ninguna gracia —dijo una voz serena a sus espaldas.
Albert levantó la cabeza. En el espejo estaban él, su pajarita —visiblemente torcida— y Pablo. Era extraño verle enfundado en aquel traje, casi como si fuese un disfraz, pero no dejaba de estar atractivo a sus ojos. Tenía esa mirada intensa y oscura que lo había conquistado una vez, y que ahora evitó por todos los medios.
—¡P-p-pablo! —Se recompuso como pudo, recolocó la pajarita e hizo ademán de irse—. Yo, en realidad, no estaba...
Pablo lo agarró del brazo.
—No estabas prestando mucha atención —dijo para terminar su frase—. Lo sé.
Una sonrisa intencionada se dibujó en su rostro. Puso una mano sobre el torso esmoquinado de Albert y lo hizo recular hasta el lavabo. De alguna forma la cercanía de sus manos parecía tener un efecto mágico en el otro hombre, y su cuerpo se movía sin que él hiciese presión apenas.
—¿Pensabas....pensabas en mí?
Apretó su cuerpo contra el de Albert. Este cerró los ojos unos segundos y tragó saliva.
—N-n-n-no sé de qué estás hablando y-y—yo estaba vi-e-e-endo la g-ga—
Los labios de Pablo se juntaron con los suyos, interrumpiéndolo. Con unos movimientos rápidos Pablo los había acomodado a los dos junto al lavabo y le presionaba la entrepierna con la rodilla. Albert trató de liberarse al principio, pero esa extraña magia que ejercía sobre él le dejó inmóvil e inseguro. Pablo rompió el beso, bajó hasta su cuello para dejar pequeños besos y comenzó a desatar la pajarita. Entonces Albert reunió toda la fuerza de voluntad que encontró y se deshizo de él con un empujón.
Pablo pareció confuso al principio, pero luego sonrió.
—¿Pensabas en esto? —dijo, relamiéndose los labios.
Albert estaba rojo, en parte por la vergüenza y en parte por la ira.
—¡No me toques! ¡No vaya a ser que estés besando a Rajoy en diferido!
Pablo contuvo una pequeña carcajada. Albert podía ser tan encantador como irracional algunas veces.
—Albert, no seas infant---
—¿Infantil? ¡Me utilizaste!
Pablo no perdió la calma que lo caracterizaba. Se limitó a mantener la sonrisa y arrugar las cejas en señal de comprensión.
—¿Albert qué? ¡Albert nada!¡Albert no es idiota!
—Albert, no te pongas nerv---
—¡Me utilizaste! Me utilizaste como a una vulgar...y tú...y Pedro.
Empezó a llorar. La mezcla de la ansiedad social por la gala y el hecho de que fuera la primera vez que él y Pablo hablaban directamente de lo que había pasado fue demasiado para él.
El corazón de Albert dejó de funcionar y su respiración le abandonó por completo.
—Cállate; eres un mentiros...
—Y también quiero a Pedro.
Aquello fue demasiado para Albert. Sus ojos se desorbitaron, se deshizo de un manotazo de la sujeción del otro y trató de marcharse, pero Pablo le agarró de la muñeca y tiró de él.
—¡Suéltame!¡No quiero saber nada más!¡No soy tu juguete, Pablo!
—Albert, nunca has sido...
—¡Cállate! Te parecía divertido juguetear con el chico tonto de derechas...¡PUES NO SOY DE DERECHAS!¡Y NO SOY TU JUGUETE!¡¡DÉJAME!!
Pablo tiró de nuevo de él. Sus rostro se había teñido de seriedad.
—Mira, Pablo. Sé lo que intentas y no...—contestó, pero fue interrumpido de nuevo por los labios de Pablo. Este le besaba con vehemencia, agarrándolo por la cintura. Lo empujó hasta que su espalda colisionó contra la pared. Albert no pudo evitar quedarse nuevo paralizado ante la cercanía de Pablo y el roce salvaje de sus labios, tan templado y tan vehemente al mismo tiempo. Todo su cuerpo se debilitó, sus rodillas temblaron, su respiración se cortó.
—Dime si esto no es real —jadeó Pablo cuando el beso se hubo terminado. Sus ojos profundos se clavaban en Albert con un poder hipnótico. Albert se limpió las lágrimas y lo apartó muy lentamente haciendo un esfuerzo sobrehumano.
—Aléjate de mi y de Pedro. Nos queremos, ¿Vale?
Aquellas palabras parecieron clavarse en el rostro de Iglesias como un dardo envenenado. Soltó muy lentamente el brazo de Albert, dio un largo suspiro y se marchó con los puños apretados y algo más que el orgullo herido.
Albert caminaba apretando el paso de vuelta hacia a su butaca, el reloj de pulsera apuntaba a que la segunda parte de la gala estaba a punto de comenzar. Estaba a punto de entrar por la enorme puerta cuando chocó contra un muro duro y firme. Se apartó aturdido y enrojeció al comprobar que aquél muro tenía nombre y apellidos, concretamente unos que se conocía muy bien.
—Señor Rivera, tenga cuidado —dijo Pedro.
Y de la mano fuerte y masculina de Pedro Sánchez surgía otra mano más pequeña y femenina: había ido con su mujer. Apretó los puños sin si quiera darse cuenta de lo que estaba haciendo y se forzó a sonreír evitando a toda costa la mirada del hombre.
—Disculpe yo...no le vi, señor Sánchez.
Pedro asintió muy educadamente. Tan educadamente como lo harías al cruzarte con el vecino del quinto en el mercado, ese al que nunca ves y a quien no conoces más que de vista. No era la situación más agradable, pero él mismo conocía la importancia de mantener las apariencias de cara a la opinión pública, por lo que no le dio importancia. Luego se Pedro alejó con su despampanante rubia y su camisa sin corbata, hacia las butacas. Allí coincidió con Pablo, le ofreció un saludo efusivo que estaba cerca del abrazo diplomático e intercambiaron sonrisas. Gestos que estaban muy lejos del frío saludo de vecino que le había dado a él.
Decidió, sin embargo, ignorarlo. Cuando se sentó se sentía mareado a causa de los últimos acontecimientos en el baño de los Goya y le costaba grandes esfuerzos ignorar la presencia de Pablo cerca de él. Inclinó el cuerpo hacia el lado opuesto para evitar cualquier contacto con el líder de Podemos, y se concentró completamente en la gala. Ya que los pensamientos sobre los otros dos hombres, por más que quisiera, dominaban por completo sus pensamientos, se olvidó por completo de donde estaba y la ansiedad social le abandonó por completo. Se encontraba flotando sobre la butaca, la electrificante mirada de Pablo y el tacto hipnótico de sus dedos sobre su piel parpadeando en las profundidades de su mente. Un minuto después era el aroma a claveles de Pedro y la sensación de sentir sus brazos fuerte a su alrededor, su respiración entrecortada sobre su cuello. Estaba sumido en estos pensamientos cuando su móvil comenzó a vibrar frenéticamente en su bolsillo. Lo sacó con disimulo porque no quería molestar al de al lado; había tenido —previniendo aquello— la precaución de aminorar el brillo de la pantalla antes de salir de casa, evitando a sí llamar la atención.
Tenía seis mensajes de whatsapp de un número desconocido. Arrugó las cejas extrañado y se decidió a abrirlo. No había imagen de perfil, probablemente porque no tenía el número guardado, y todo lo que le habían mandado eran cinco capturas de pantalla seguidas de la frase: «Te aprecio, Albert. Y no me gusta ver cómo te engañan». Las capturas de pantalla eran de conversaciones entre Pablo y Pedro; conversaciones recientes en las que hablaban de los pactos, de quedar en un hotel en el centro de Madrid, de tomar un café a la salida del Congreso. El tono, a pesar de que la relación entre ambos parecía en principio fría, resultaba excesivamente cercano y cariñoso.
Albert contuvo las ganas de romper a llorar en plena gala. Los mensajes eran todos recientes, algunos del mismo día anterior. Muchos de ellos eran mensajes casuales sobre lo que estaban haciendo, fotos compartidas de comida, etc.
Sin pensarlo demasiado, cogió su móvil de nuevo, abrió la conversación que mantenía con Pedro en whatsapp y tecleó algunas palabras. Releyó los últimos mensajes; él deseándole a Pedro una buena tarde, mandándole una selfie de la reunión que había tenido con su equipo de Ciudadanos en la sede. Pedro había contestado con una foto de su café y su portátil y una emoticón del sueño. Reprimió las ganas de llorar de nuevo, y presionó enviar.
«HEMOS TERMINADO» rezaba el mensaje.
* * * * * * * * * * * * * * * * * ** * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
Alberto se subió el cuello del abrigo y se metió las manos en los bolsillos. La gala había acabado demasiado tarde y le preocupaban sus gatos. Su mente llevaba la última hora y media de gala creando espantosas imágenes mentales de lo que podría estar ocurriendo en su casa: que no hubiera suficiente comida, que faltase agua, que alguno de los gatos se sintiese solo y se perdiera por las calles de Madrid al salir a buscarle, que algún cortocircuito fortuito causase un incendio y se llevase por delante a sus pequeñines. Controló un escalofrío y se obligó a pensar en positivo. Le ocurría lo mismo siempre que pasaba demasiado tiempo fuera de casa; ya se lo había dicho Pablo una vez en tono de broma: «así no te vas a sacar nunca pareja». Había usado el término 'pareja' en vez de novia, porque todos, aunque no se lo dijeran, pensaban que era gay. Incluso su novia.
—He quedado con unas amigas así que nos vemos luego, cariño —dijo ella, y añadió—. Ya verás como a los gatos no les pasa nada.
Alberto asintió y le lanzó una dulce sonrisa. Ella le dio un tierno beso en los labios y cogió un taxi en dirección a las afueras. Alberto se sonrió a sí mismo y se dirigió a su coche, pero entonces una figura pasó zumbando a su derecha y lo desequilibró. Cuando recuperó el equilibrio, se dio cuenta de que era su nuevo vecino, Albert Rivera. Aunque había pasado muy rápido Alberto puso darse cuenta de que estaba llorando. ¿Qué podría estar pasando? Vale que los goyas eran malísimos, pero tampoco para echarse a llorar.
Lo ignoró, se subió en el coche, arrancó el motor, agarró el volante y volvió a apagar el motor. Maldijo a su conciencia y salió del coche en busca de Albert. Se lo encontró llorando en un rellano cualquiera, desesperado. Se negaba por completo a decirle qué estaba pasando, así que Alberto simplemente lo llevó con mucha amabilidad hasta su coche e hicieron el trayecto de vuelta a casa en silencio.
Una vez allí Alberto había sacado la bandeja de macarrones con queso que había dejado hecha aquella mañana, hizo unas palomitas en el microondas y ambos se sentaron en el sofá, arropados por unas mantas y cuatro gatos. Boliche, el gato más joven de los cuatro, se había hecho un gurruño en el regazo del Albert y dormía plácidamente sobre este. De alguna forma Alberto siempre había sabido que Boliche tenía cierta inclinación hacia ese lado del espectro político: siempre se tumbaba a su derecha, rodaba por el suelo hacia la derecha, lamía la parte derecha del bol de comida y no terminaba de encajar con el resto. Tal vez la culpa era de su novia, que había insistido en llamarlo Boliche en vez de ponerle nombre de filósofo o líder político comunista, como él y Juan Carlos habían hecho cómicamente con los otros tres.
Al menos Albert había apreciado los macarrones; se los había terminado a la velocidad del rayo, llenándose los mofletes y llorando. No había parado de llorar durante la primera hora de su estancia en casa de Alberto. Lloraba a ratos por el drama que estaba viviendo con Pedro y Pablo —que había explicado con todo detalle a Alberto entre gimoteos— y a ratos por lo buen cocinero que era Alberto y lo maravillosos que eran los macarrones. Alberto se había limitado a darle palmaditas en la espalda, alimentarle y asegurarle que todo iría bien, pero al final se había dejado llevar por la emoción y había terminado llorando también. No es que Albert fuese el mejor receptor para sus quejas, pero ya que él estaba aguantando las de Albert y nadie más parecía dispuesto a escucharle aquella noche se desahogó. Se desahogó porque nadie le hubiese hecho entrevistas cuando había llegado a la gala, se desahogó por los siempre escuetos resultados de su formación política y se desahogó porque todos sus amigos seguían dejándole caer que probablemente era gay a pesar de que llevaba tiempo con su novia.
Albert había escuchado con atención, había compartido sus palomitas con Alberto y los dos habían llorado a gusto hasta que se encontraban un poco mejor. Entonces Alberto había puesto uno de sus documentales sobre la Segunda República y se habían hundido en las mantas con sendas tazas de chocolate instantáneo. «Menos mal que vivimos en una monarquía» pensaba Albert mientras se consolaba con la existencia de Felipe VI. «A por la tercera» pensaba Alberto mientras se consolaba con la imagen del ciudadano Felipe en la cola del paro.
—¿Qué es eso? —preguntó Albert de repente.
Al principio no sabía a qué se refería, pero luego empezó a distinguir la música y el sonido de una voz profunda haciendo algo parecido a cantar. Ambos se dieron cuenta de que la música provenía del exterior y corrieron a asomarse a la ventana. En el portal, arrodillado y con un clavel en la boca, el mismísimo Secretario General del PSOE. Su voz no era de las que pasan la semifinal de Tienes Talento, pero debía reconocérsele la capacidad que tenía para vocalizar la letra del bolero y mantener el clavel en la boca. Aún tenía puesta la ropa que había llevado a los Goya e iba acompañado por un pequeño radiocasete del que salía la música.
—Sé mi amooooooooooor; hazme un refugio en tiiiiiiiiiiiii —cantaba.
Era un bolero de Luis Miguel. Alberto rodó los ojos; no le parecía posible que una canción como aquella pudiera enamorar a nadie, pero Albert tenía el corazón tan castizo que al reconocer la letra el rostro se le iluminó y comenzó a sonreir.
—Llena el vacío en míííííííííííííí, me haces falta desde el día en que te víííííííííí —continuó.
Entonces Albert debió darse cuenta de que ese espectáculo lo estaba dando en público, en plena calle de Madrid, y de que todo el país sabía que en ese edificio vivían tanto él como Alberto. Hizo una mueca de horror y empezó a hacerle gestos a Sánchez para que parase, pero se había dejado llevar por la pasión del momento y cerraba los ojos mientras cantaba:
—Conjúrate con mi pasióóóóóóóóóóón, átame fuerte a tu corazóóóóóóóóóón. ¡No me dejes nunca, aunque me hunda!
Albert cada vez estaba más nervioso. Dejó escapar un chillido, dio una vuelta por la habitación y después cogió un recuerdo de vacaciones de Alberto, lo lanzó por la ventana y fue a parar a un hombro de Sánchez. Sánchez dio un respingo, se quejó del dolor y luego sonrió al ver a Albert. La cara de este era una mezcla imposible de ira, ansiedad y enamoramiento. Hizo un millar de gestos expresivos con los brazos para indicar al otro que dejase de hacer el mono en la calle y bajó a saltos la escalera.
Alberto le siguió a una distancia prudencial. Al llegar al rellano, Albert se echó a los brazos de Sánchez y se fundieron en un romántico beso. Uno de esos besos hollywodienses que sólo pasan en las películas y en la política y que parecen eternizarse aunque duren solo un segundo.
—Albert, eres lo mejor que me ha pasado desde que entré en política —murmuró Sánchez. Se agarraba a Albert como el que se agarra a su última oportunidad de vida y sus ojos mostraban la rojez del que ha estado llorando o está a punto de llorar.
—Shhhhh...calla. Pablo no es nada para mí, Albert; un conocido cercano, poco más que un amigo, tal vez.
—¿Ya no sientes nada por él?
—Nada; para mí, solo existes tú —dijo, y lo empujó escaleras arriba, hacia el piso de Albert. Intentó besarlo, pero Albert arrugó las cejas y lo aparto.
—Aquí no que nos miran, ¡Tengo una reputación, Pedro! ¡Soy un hombre de Estado!
Pedro le miró con una sonrisa amplia y comentó:
Albert en ese momento se puso rojísimo y sus ojos se abrieron como platos.
—¡Pedro Sánchez! ¿Qué has querido decir con eso?
Albert fue reculando hasta su piso para no ser arrollado por los enamorados. Cerró la puerta tras de sí y saludó con una sonrisa a sus gatitos. Lenin, Stalin, Marx y Boliche dormían amontonados los unos sobre los otros en el sofá y habían lanzado accidentalmente al suelo lo que quedaba de las palomitas. Alberto se dejó caer a su lado, chequeó el móvil y suspiró.
—Parece que sólo somos nosotros cinco —murmuró—, otra vez.
Miró un par de veces más la pantalla del móvil antes de cerrar los ojos e intentar dejar atrás el ajetreo del día. Sobre esta, una conversación de whatsapp:
«Y va y me dice que necesito madrugar, que me vaya temprano a la cama. Esto de las bromas de la edad tiene que parar, tío».
«Lamento oír eso. ¿Quieres pasar por mi casa y tomamos algo después de la gala? Hago unos macarrones con queso para chuparse los dedos».
«Lo siento, compa. No estoy de humor. Ya nos vemos».
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
La lengua de Pedro estaba caliente y se apretaba contra la suya propia; le besaba con tanta pasión que por una fracción de segundo la imagen de Pablo cruzó por su mente. Los dedos finos del Secretario General de Podemos trepando por su nuca y agarrando con fuerza su cabello; inmovilizándolo para fundir sus labios con vehemencia en los suyos propios. Pedro debió de advertirlo porque paró para mirarlo preocupado
—¿Estás bien? ¿Pasa algo?
Albert sonrió tontamente, quitándole importancia al asunto y lo atrajo hacia sí de nuevo. Pedro cerró la puerta tras de sí con un ágil movimiento de su pierna.
—Albert, Dios mio, no me dejes nunca... —se le escapó.
Albert abrió los ojos en medio del beso, jadeando. Observó aquellos otros ojos cerrados y aquél ceño fruncido. La cara de Pedro expresaba dolor y pánico y aquello le hizo sentir ganas de llorar. Mordió el labio de Pedro ligeramente hasta que a este se le escapó un gemido.
—Lo que te voy a hacer esta noche —dijo Sánchez entre jadeos— no lo vas a olvidar en tu vida.
Albert se sintió violento y turbado al oír aquellas palabras expresadas con la voz profunda de Pedro y un tono autoritario. Su voz era como el bramido intenso del viento irrumpiendo en la tranquilidad de un bosque. Una sola palabra, un simple fonema, y el cuerpo de Albert quedaba reducido a la fragilidad temblorosa de una rama, convertido en el esclavo agradecido del líder socialista. Una sensación de indefensión se apoderó de nuevo de él y le hizo sentirse torpe y vulnerable. Ambos reculaban entre besos. La mano de Pedro comenzó a subir y bajar rítmicamente sobre la parte derecha de su pantalón.
Eso le hizo sentir aquél cosquilleo familiar que hizo que Pedro sonriera.
—Un hombre rápido —dijo con autosuficiencia, y añadió—. Voy a hacerte temblar.
Albert se mordió el labio dejándose alzar en brazos por aquél otro hombre que lo movía como si fuese apenas una pluma. Rodeó las caderas rectas de Pedro con sus piernas y frotó su cuerpo contra el de él, conteniendo un escalofrío.
Pedro le arrancó la camisa impaciente, dejando que los botones sueltos se esparciesen por el suelo con un sonido agradable. Cayeron sobre la cama pesadamente; Pedro mordía la piel de su cuello y movía las manos con ansia. El contacto con el cuerpo de Albert le descontrolaba. Albert, por su parte, temblaba y jadeaba, perdiendo por completo la capacidad de controlar las expresiones de su rostro. Cada centímetro de su piel sobre el que se posaban los dedos de Pedro se convertía en gelatina.
Entonces Albert le paró, apartándole un poco.
—Espera Pedro...la... —dijo entre jadeos— la luz.
Pedro sonrió malicioso, Albert parecía tan turbado y sonrojado que no podía vencer la tentación.
—Creía tener entendido —dijo lamiéndole los labios suavemente— que te gustaba con la luz encendida.
Albert apartó la mirada avergonzado.
Pedro accedió compasivo y apagó la luz, pero a cambio encendió el televisor para que la penumbra azulada sustituyese a la total oscuridad. Entonces se abalanzó contra Albert como un depredador hambriento, desvistiéndolo con furia.
—No lo soporto -gruñó quitándose el pantalón—; verte con otros.
Albert no contestó, temblaba de arriba a abajo y el pulso se le aceleraba tanto que le dificultaba respirar. Jadeaba sonoramente, rodeando a Pedro con los brazos y dejándose manejar. Pedro lo empujó contra la pared y hundió los dientes lentamente en la textura suave del cuello de Albert. Este cerró los ojos, se mordió el labio y dejó escapar un gemido.
—Pedr...—trató de decir, pero un segundo mordisco le provocó otro gemido y le cortó la respiración. Los dientes del líder del PSOE se hundían en su carne como mantequilla, produciéndole una punzada de dolor y un cosquilleo palpitante en la entrepierna.
—Pedro...—terminó cuando recuperó el aire. Su voz era un hilo débil y se mezclaba con la respiración—. No d-dejes m-m-marcas...recuerd-da...
—Shhhhhhhh —se limitó a decir Pedro. Levantó a Albert hasta la altura de su cintura y lo apretó contra el beige insulso de la pared del salón. Albert se agarró a su cuello y cerró sus muslos entorno a las caderas de Pedro. El tacto de sus piernas era cálido y Pedro sintió latir todo su sistema nervioso de impaciencia. Se apretó aún más contra él, mordiéndole el labio hasta hacerle sangrar.
—Joder, Albert —gruñó temblando de desesperación—. Joder.
Albert fruncía el ceño, abriendo la boca ante los empujones de Pedro en un gemido mudo que le desgarraba por dentro como una bocanada de fuego.
—Ha...hazlo —acertó a decir.
Pedro sintió que iba a volverse loco pero logró reunir la fuerza para contenerse un poco más. Se apartó unos centímetros para obligar a Albert a mirarlo a la cara.
—¿Que haga qué, exactamente?
Al decirlo empujó el cuerpo de Albert con el suyo, acariciándolo con fruicción. Albert lanzó un suspiró y algo parecido a una mueca de fastidio, ahogada solo por el escalofrío que le produjeron las manos de Pedro sobre su miembro.
—Ya sabes a que me refiero...sólo hazlo, p-prf....
Pedro arqueó las cejas y fingió la más natural inocencia.
—No tengo ni idea de a qué te refieres —rió—. Vas a tener que ser más específico.
Albert rebufó y frunció en ceño. Pedro sonrió, divertido al comprobar cómo el rostro de Albert se teñía de pudor.
—Pedr-pedr-...no seas...porf....fav...hmmm...sólo empiez-z...
Pedro se deshizo de las últimas piezas de su indumentaria y de la de Albert. Lo miró intensamente a los ojos con una sonrisa intensa que le provocó una corriente eléctrica por la espalda. Recogió su camisa del suelo y la utilizó para realizar un nudo alrededor de las muñecas de Albert, negando con la cabeza.
—Muy mal, Albert —sentenció—. Aquí a los chicos tímidos los castigamos.
Albert se estremeció, pero consiguió lo que quería. Unos segundos después ambos se encontraban en la cama, sus manos atadas al cabecero con un nudo fuerte de la camisa y Pedro embistiéndolo con fuerza. Albert se encorvaba hacia atrás, tratando de ahogar los gemidos que se le acumulaban en la garganta. Pedro dio una embestida más y Albert notó cómo había llegado a ese punto concreto. Una descarga eléctrica invadió su cuerpo; se sintió inmovilizado, se sintió flotar, ser invadido por un cosquilleo eterno, sobrecargado por centenares de pequeñas agujas de inestabilidad y placer hundiendose en sus poros. Sin embargo, por pudor se resistió a dejarlo transpirar al exterior.
Pedro, que tenía demasiada experiencia a sus espaldas como para no darse cuenta, dejó escapar un largo gemido y luego frunció el ceño. Embistió violentamente a Albert una vez más, provocando que la respiración del líder de Ciudadanos se entrecortase y sus pupilas se ensanchasen, pero Albert volvió a contenerse.
—Maldita sea, Albert —masculló en voz alta.
Albert se mordió el labio inferior y cerró los ojos, ignorando sus palabras por completo.
Volvió a contener un orgasmo. Sus largos años de experiencia permitían a Pedro percatarse del momento exacto en el que daba en ese punto sin retorno del interior de Albert y el cuerpo de este se estremecía, como también se percataba del momento en el que éste se resistía. Y nadie en la ancha y vasta España se resistiría jamás a tener un orgasmo con él mientras estuviera en su mano impedirlo.
—Albert, tienes que relajarte.
Acarició la cara del hombre con suavidad, y dejando tiernos mordiscos sobre su cuello volvió a embestir. Las pupilas de Albert se intensificaron hasta lo imposible y el gemido se escapó por su garganta con la naturalidad de cualquier suspiro. Alto, claro, jadeante y desesperado. Pedró se sonrió, satisfecho. El rostro del Albert era un poema compuesto de vergüenza pueril y placer inconfesable. Si hubiera podido liberarse de las ataduras hubiera enterrado su rostro en sus manos, pero todo lo que pudo hacer fue girar la cara y evitar la mirada de Pedro.
—Dios, Albert, eres....precioso...joder.
Cogió la cara de Albert, apretando con fuerza sus dedos sobre la palidez de su mentón y sus mejillas. Le obligó a mirarle para devorar sus labios en un beso animal y siguió con las embestidas.
—Coll-collons, Pedro...m-m-às f-fort...n-n-no paris-s.
—No te preocupes, Albert. Todavía puedo dar para mucho más.
* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
Cuando los ojos le pesaban ya a causa del sueño y estaba empezando a adormilarse rodeado por sus gatos le sobresaltó una serie de golpes insistentes. Tardó un poco, a causa del sueño, en darse cuenta de que aquél aporrear provenía de la puerta de entrada. Apartando a Boliche —que se quejó molesto a su padre— se dirigió a abrir, deseando con todas sus fuerzas que no fuese Albert.
Para su sorpresa, Iñigo Errejón se hallaba de pie frente a su puerta, en tal estado que le alarmó. Tenía el pelo corto ligeramente alborotado y lleno de polvo, la ropa sucia aparecía descolocada y rota por varios sitios y al moratón del pómulo derecho lo acompañaba una mancha de sangre seca que cubría parcialmente su labio inferior. Se colocaba las gafas con mano temblorosa.
Era evidente que estaba borracho y le costaba mantenerse erguido.
—Me he...me he peleado —declaró—. Unos...tipos...
Y sin previo aviso se dejó caer contra un turbado Alberto Garzón, hundiendo la cabeza en su cuello y aferrándose a su camisa con los largos dedos. Alberto sintió una humedad cálida derramarse por su piel y supo que Iñigo había estado llorando. En silencio lo rodeó con los brazos, apretando aquél cuerpo delgado y tembloroso contra sí.
—Iñigo...Dios mío —susurró alarmado—. ¿Qué está pasando?
Errejón se apartó un poco, lo suficiente para mirarle a la cara.
—No...no sabía a...a quien acudir —dijo hipando a causa del llanto—, y y...tú...yo...
Garzón asintió comprensivo, limpiando una lágrima de la mejilla de Errejón con el dorso de la mano.
—Está bien, Iñi —lo tranquilizó— has hecho bien.
Entonces los ojos azules de Iñigo Errejón se anegaron de lágrimas y, antes de darse cuenta, se acercó a Garzón lo suficiente para que sus labios se atraparan mutuamente.
El pulso de Alberto se aceleró, nunca antes le habían besado de aquella manera. Los labios de Iñigo eran suaves y mullidos y sabían a ron. Primero atrapó con ellos su labio inferior, saboreándolo intensamente, con cuidado. Luego la lengua de Iñigo se posó con una suavidad opresiva contra la suya, como en una caricia, se movía con lentitud y Alberto sintió una descarga eléctrica recorrer cada uno de los tendones de su cuerpo. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para apartarlo.
—Iñigo, para. Para —dijo tomándole la cara con ambas manos—. Estás muy perjudicado.
Íñigo sollozó, tratando de besarlo de nuevo.
—Nos soy atractivo ¿es eso? ¿no?—gimió—. ¿Hay algo malo en mí? ¿tan patético soy?
Garzón negó suavemente con la cabeza, desgarrado por aquellas palabras tan cargadas de dolor. y, sin mediar palabra, alzó el cuerpo delgado y fibrado de Iñigo y caminó lentamente hacia su cama. Errejón se dejaba llevar, sollozando silenciosamente con la cara enterrada en la camisa de Alberto,
Lo metió en la cama con cuidado, sin soltarle la mano, y lo tapó despacio mientras trataba de tranquilizando entre susurros. La visión atormentada y herida de su amigo le producía una sensación de vacío vertiginosa y el tacto aterciopelado de aquellos labios permanecía sobre los suyos como un latido. Alberto Garzón pensó en su novia mientras admiraba distraídamente los rasgos suaves y aniñados de aquél hombre que le apretaba la mano. Alberto Garzón tenía novia. Porque a él le gustaban las mujeres...¿no?
Ya era noche cerrada cuando Pablo llegó a casa. Sentía el cuerpo pesado y la cabeza embotada de pensamientos densos y oscuros que le hacían sentir inquieto y que giraban en torno a Pedro y a Albert. Mientras se descalzaba cogió el teléfono móvil y trató de llamar a Iñigo, sin éxito. ¿Dónde diantre se habría metido a aquella hora? Se suponía que iba a quedarse todo el fin de semana en su casa para ayudarlo a preparar algunas clases pero llevaba al menos cinco horas sin dar señales de vida. Resopló frustrado, deshaciéndose de la chaqueta y la pajarita que habían estado oprimiéndolo toda la gala. ¡Y lo que iba a hablar la presa de aquello! Maldita caverna mediática, pensó.
El tacto caliente y grueso del cuerpo de Albert Rivera permanecía en su cuerpo y le hacía sentir un cosquilleo intenso cerca del estómago. Había estado pendiente de él toda la gala y, aunque eran evidentes los esfuerzos que hacía aquél por ignorarle, Pablo sabía que Albert había estado también pendiente de él.
Por algún motivo Pablo había sentido siempre una atracción casi insoportable hacia las piernas gruesas y bien torneadas de su contrincante político. Hacia aquellos muslos que se habían abierto para él en alguna ocasión y aquellas manos que se habían clavado en la colcha de su cama. Y recordando uno de aquellos momentos sintió que le entraba un calor insufrible que hizo que deslizase una mano cuerpo abajo, cerrando los ojos y deshaciéndose la coleta con la otra. Entonces dejó que su mente volviese unos meses atrás, cuando había entrado al despacho de Albert Rivera sin llamar y lo había encontrado cambiándose de camisa.
Albert lo había mirado un poco turbado, saludándolo con una sonrisa nerviosa que le hacía parecer...sometible. Habían hablado durante al menos diez minutos en los que los ojos de Pablo habían bajado un número incontable de veces hasta el bulto que asomaba en aquellos otros vaqueros. Albert Rivera estaba empalmado, delante de él.
—¿Contento de verme, Albert?
Con un jadeo de placer recordó la cara que aquél comentario había provocado en el líder de Ciutadans. Entonces Pablo le había cogido la barbilla y le había besado intensamente, metiendo la lengua dentro de la boca pequeña de Albert.
Y recordó cómo ambos habían caído besándose sobre el sofá de cuero marrón, los dedos pequeños de Albert Rivera enredados en su pelo y sus labios en los labios de Pablo. Desvestirse había sido algo tan natural que pareciera ajeno al sexo, despacio y disfrutando cada segundo de aquél momento. Albert Rivera le pertenecía entonces, a un sólo roce de sus dedos temblaba hasta casi desmayarse de placer, como si lo amara. Y aquello le excitaba tanto que no podía parar, que no podía evitar dejar a un lado todo en lo que creía para dedicarse a explorar aquél cuerpo con sus labios y sus manos. Aquél día había sentido un placer indescriptible, un placer que iba más allá de lo físico y lo había transportado a un estado de paz absoluta y total.
Su respiración se había acelerado hasta convertirse en una suerte de quejido constante y, en la oscura soledad de su cuarto volvía a estar dentro de la calidez de Albert, bailando desnudos uno contra el cuerpo del otro.