Pronto el vacío reinó en el salón y por su parte sólo quedaban cosas que recoger del escritorio desordenado, un ejemplar viejo de ideas básicas de Saussure, pero un pequeño ruido proveniente del fondo llamó la distraída y evaporada atención masculina, nunca antes notado por las pupilas que creían haber ya tenido contacto visual con todos los estudiantes de aquel curso, errado estaba cuando recorrió en poco detalle las juveniles y pálidas facciones. “¿Está bien?” esa pregunta debía salir en vocablos con forma y materia de sus labios, pero no, se lo guardó para él, lapidados en la punta de la lengua en movimientos vacilantes de los dedos. “No, no está bien, ¿por qué alguien jodería a una niña así?” y cuando pestañeó, cuando por un segundo la muchacha se transformó en nostalgia líquida de pensar en la hermana hoy ausente y firmando una salida sin precedentes y decepción empañando la mirada, se acercó, ayudando en silencio a la colección de papeles esparcidos en el suelo producto de un empujón que no había desapercibido, pero que no le sacaron un reto de los labios, sólo una advertencia en el par de pupilas verdosas de carente fulgor.“No eres el indicado para aconsejar, Lutvak” ese susurro que provenía fantasmal, endemoniado de las sombras que asomaban entretenidas y lo sometían constantemente.