AU granjezco ya saben || En Casa (Fic)
Advertencia: Contiene melosidad, drama y moeness en cantidades desfachatadaz, además de horrible estilo narrativo, but what else is new. O al menos así lo siento yo, pero no me arrepiento :P
Lean bajo su propio riesgo. Mi crackTP es mi OTP forevah and nothing hurts. Bueno de hecho todo duele pero vale la pena, creo. AAH!!!! Ahora no les pongo notas sobre algunas cosas porque me da flojera, pero las aldeas de niños son ciertas, los problemas de empleo son ciertos, y el drama que evitaron está tan ligado a la política que le saqué la vuelta pero luego lo trataré como se debe. Esto es pura dinámica familiar y there you go.
Tres de la madrugada y la lámpara de su taller seguía encendida; podía ver el haz de luz que provenía de la escalera, la cual conectaba ambas habitaciones. Algo importante debía estar ocupándola.
Él había fingido no darse cuenta, esperando que regresara en un par de minutos, sin embargo, los minutos se transformaron en horas y ella aún no volvía. Se puso de pie en dirección a la planta baja.
Al escuchar los claros pasos descalzos de su compañero haciendo crujir las tablas de madera, de inmediato se dirigió a él, pero sus ojos seguían soldados a su escritorio.
“Oh, lamento haberle despertado, no era mi intención. Vuelva a dormir por favor.” Su voz cansada y algo adormilada le respondió; la pluma que sostenía en una mano golpeteando su barbilla. Tal vez eso alejara el sueño.
Él la miró a la distancia, sacudió la cabeza y continuó su camino hacia ella despacio, depositando luego sus manos, tibias y firmes, sobre los hombros tensos de ella, el contacto haciéndola enderezar la espalda mientras él se inclinaba hacia adelante para robar un vistazo de aquello que la mujer estudiaba con atención. Apenas leyó las primeras líneas, enarcó una ceja, curioso “¿Solicitud de empleo?”
Hiva se recargó en el respaldo de la silla, levantando la vista para encontrar la mirada inquisitiva de su consorte, acariciando una mano de él con la que ella tenía libre. “Los hijos de Lahmo regresaron de India hace un par de meses, mientras no estábamos. Han tenido problemas para adaptarse a las condiciones de trabajo aquí. Para todo es requisito que sepan hablar Chino y han estado estudiando el idioma apenas llegaron, pero escribirlo…”
Él dio un nuevo vistazo a la cantidad de papeles y los nombres en ellos, conocía un par. Como vecinos de Hiva, ella los había cuidado algunas veces antes de que su madre los enviara a las Villas de Niños en India, hacía ya muchos años. Les tenía un cariño muy profundo al haber sido lo más cercano a una familia para ella mientras vivía sola. “Tenía la noción de que los hijos de la mujer eran tan solo dos.” No iba a dejar acallada esta observación, ya temía la respuesta.
Ella dudó un segundo “…Los amigos que hicieron el viaje de regreso con ellos se enteraron de la ayuda que recibirían para el llenado de los formularios…”
Silencio.
Las miradas de ambos se entrelazaron, oscuras, suplicantes pero al mismo tiempo retadoramente inflexibles. Ya habían abordado temas de ésta índole muchas veces antes y no sería la última vez que lo hicieran, pero iniciar una discusión sabiéndose ambos fatigados no sería conveniente para ninguno. Fue él quien cedió en esta ocasión, volviendo la mirada nuevamente a los papeles sobre la mesa de trabajo y conteniendo un suspiro que obviaría su verdadero sentir.
“¿Puedo serle de utilidad? Necesita descansar; si gusta yo terminaré de llenarlos. ”
La respuesta de ella se quedó en su garganta cuando un golpe seco se escuchó en el piso de arriba, seguido por un par de gemidos débiles que dieron paso al llanto que los dos conocían, entre el estrépito de pesados objetos cayendo con fuerza al suelo.
“¡P-PA PAAAAAAAAH!”
Hiva apenas se había puesto de pie en un salto cuando Mu ya había desaparecido del taller. Ella corrió escaleras arriba para darle alcance hasta llegar a la habitación de la niña, donde encontró a su pequeña llorando aferrada a los brazos de su padre. Se deslizó hacia ellos evitando los objetos esparcidos en el piso y apenas la tuvo a su alcance, le acarició la cabeza para tranquilizarla, o más bien tranquilizarse ella misma; sus ojos angustiados buscando respuesta en los de Mu, quien parecía sereno. Así respondió él, solemne, mientras seguía frotando la espalda de la bebé, reconfortándola.
“Tuvo una pesadilla y despertó de improvisto. Al parecer levitó de su cama mientras dormía.”
“¡¿No se lastimó?!”
“Nada grave. Un golpe en la frente. Llegó al techo. No podía bajar. ” Habló puntualizando, cualquiera diría que de manera despreocupada, pero Hiva notó de inmediato la intranquilidad de él en sus oraciones cortantes. La pequeña, en su intento por regresar al suelo había lanzado con psicoquinesia todos los muebles dentro de su cuarto. Él entendía la desesperación de su niña, después de todo, le había ocurrido lo mismo cuando pequeño y de manera repetida, con la diferencia de que, en su caso, había aprendido a vérselas por su cuenta al nadie acudir a su llamado de auxilio.
“Estará bien.” Agregó al notar que su compañera seguía pálida del susto. “Solo habremos de tomar algunas medidas en su habitación mientras transcurre esta fase.”
“Aún no se habitúa a los sonidos y ambiente de la ciudad…”
Mu no respondió a eso.
Beyul para entonces había dejado de llorar, un hipo rítmico siendo el único indicio de que aún seguía despierta. Hiva la tomó en brazos, arrullándola hasta por fin dejarla dormida. Luego dio un paso en dirección a la cama de la niña para arroparla entre sus cobertores pero fue entonces que el cansancio y la impresión del suceso cobraron estragos en ella, sintiendo como las piernas le flaquearon por completo.
“¡MU!” Alcanzó a llamarlo en un urgente hilo de voz al nublársele la vista.
—
Despertó en su propia cama, Beyul acurrucada a su lado, Mu velando el sueño de ambas; el rostro del hombre apacible pero su mirada sumamente consternada. Hiva se incorporó pesadamente, sentándose apoyada en las almohadas, aún sentía el cuerpo débil.
Y es que cuando por fin logró convencer a Mu de que volvieran a la casa que ella tenía en Tíbet, de inmediato empezó a trabajar sin descanso para reacondicionar el espacio destinado a Beyul, reactivar su negocio al hacer tratos con nuevos clientes y poner en orden mil cosas que había dejado pendientes, entre ellas, recuperar el contacto con los conocidos en su vecindario, quienes al verla llegar acompañada por su hija no tardaron en aparecer a su puerta con buenos deseos , obsequios y bendiciones para la salud de la niña, para ella y la prosperidad de su matrimonio. Mu tomaba todo esto con extrañeza pero no le molestaba, aunque prefería permanecer tan solo unos minutos con las visitas para luego excusarse y ocuparse nuevamente en las mejoras del lugar o llevarse a Beyul a jugar al piso de arriba; tenía tan poco tiempo disponible para estar con ellas.
Por supuesto que el matrimonio no se había llevado a cabo en un templo, por lo cual no había habido una fiesta a la que sus amistades pudieran haber asistido. Había sido más bien un intercambio de votos entre ellos en una ceremonia privada e íntima, siguiendo las costumbres de sus ancestros según los libros que Mu poseía; parte del legado único de aquella cultura extinta a la que ambos se aferraban con sentido de pertenencia. Y no obstante, no era tan necesario esto tampoco. Ya muchos años atrás, cuando su vida juntos parecía un destino imposible, habían decidido jurarle devoción uno al otro a pesar de nunca ser capaces de completar sus votos y formar una familia.
Pero aún contra toda probabilidad, lo habían logrado y la pequeñita durmiendo ahora entre ellos era la prueba de su compromiso, un regalo viviente de aquel origen del que ambos estaban tan orgullosos.
“Hiva…” La arrebató de sus pensamientos la voz grave de él, el tono conocido, el uso de su nombre propio pronunciado tan solo en dos ocasiones específicas, esta vez indiscutiblemente con un significado no tan afectuoso como imbuido con la intención de llamar su atención, sin duda preocupado.
“Temo pensar que el haber decidido regresar a la ciudad sea en cierta medida contraproducente a la salud de ambas, Señora Mía. Tal vez hubiese sido preferente y sensato tomar con un poco más de prudencia el cambio a este nuevo estilo de vida. No deseo más que su bienestar, lo sabe, ustedes son mi prioridad.” Dijo él, su mirada clavada en la de ella. Había estado por tanto tiempo receloso de dejarlas volver a la ciudad, una infinidad de razones de por medio, mas Hiva era insistente; una criatura que necesitaba serle de utilidad a otros para sentirse completa y a la que la soledad del retiro afectaba enormemente.
“…en dos días termina el permiso que le ha otorgado el Santuario en esta ocasión para que usted permanezca con nosotras…” Fue su respuesta. No quiso decirlo, escapó de sus labios sin pensar pero a pesar de entender las razones, el sentimiento seguía ahí, latente. Dentro de su cabeza los pensamientos racionales se mezclaban atropelladamente con sus sentimientos. Volteo de inmediato hacia él, al darse cuenta de lo que había dicho y notó con amargura como él bajaba la mirada y apretaba los labios. El corazón se le hundió a los pies como plomo cuando lo vio desaparecer frente a sus ojos en un destello de luz.
Escondió la cara entre sus manos, sus labios temblando. Por todos los dioses ¿qué estaba haciendo? Sabía bien que eso era un pesar con el que Mu lidiaba por su propia cuenta como para recordárselo ella misma. ¿No se había jurado esforzarse para hacerle llevadera esa carga y evitarle la miseria que le ocasionaba? Hiva entendía que su deber como Santo era parte intrínseca de su persona, y lo había aceptado siempre de esa manera. Si, ella también padecía su ausencia, pero cuando lo tenía a su lado, el hacía todo lo posible por compensar el tiempo perdido a la mayor de sus posibilidades. ¿No era eso más que suficiente?
El sonido lejano de trastos en la cocina la volvió a la realidad y le anunció hacia donde él se había dirigido, a donde había huido, cauteloso de no hacer mucho ruido. Con un suspiro pesado, Hiva arropó a Beyul entre los cobertores, le dejo un beso amoroso en la rosada mejilla y se puso de pie, cuidando su balance luego de comprobar que los efectos de la fatiga habían cedido un poco.
Al llegar al lugar, se quedó inmóvil y algo nerviosa en el marco de la puerta, observando a Mu mientras él preparaba algo, al parecer té, el cual sirvió con cuidado en un tazón. Él alzó la vista cuando se percató de la presencia de Hiva, su expresión ilegible.
“No debió haber bajado, señora. Justo ahora me dirigía de vuelta a la habitación. ” Tomo el tazón entre sus manos, de nueva cuenta desviando la mirada. “Se le ve agotada, pensé que un poco de té…” No dijo más. Hiva lo notó de inmediato, sabía advertir cuando él trataba de ocultar las extrañas ocasiones en que su voz comenzaba a quebrarse y el que evitara mirarla lo comprobaba; sus palabras, descuidadas y no exactamente mal intencionadas, le habían herido.
Respiró hondo y caminó hacia él.
Al estar frente a frente, le retiró el tazón de las manos y con cuidado lo depositó nuevamente sobre la mesa para luego obligarlo a mirarla a los ojos, como hacía cuando de pequeño le veía alguna tristeza escondida de la que no quería hablar. En el momento que por fin él le devolvió la mirada, ella pudo entonces ver en sus ojos esmeraldas lo que temía: lágrimas no derramadas llenas de aflicción, remordimiento y culpa. Hiva apretó los labios con fuerza y lentamente comenzó a rodearlo con sus brazos, escondiendo su rostro en el pecho de él al completar el abrazo. Su olor nostálgico de lavanda y avellanas, el latir de su corazón resonante, seguro y tranquilizante y su respiración profunda le dieron la fuerza para hablar a pesar de que sus labios temblaban y eran ahora sus ojos los que se llenaban de lágrimas.
“Tenerlo entre mis brazos es mi mayor alegría, Mi Señor. Si es por tan solo un instante o una eternidad, no importa. Me ha bendecido con su presencia de tal forma que ni mil vidas llenas de alegrías podrían igualar la dicha que siento ahora.”
Apenas dicho esto, Hiva comenzó a sollozar, asiéndose a él con mucha más fuerza en su intento por calmar los agites de su propio cuerpo así como para evitar que él se desvaneciera de sus brazos.
Mu entonces, al principio sorprendido por la reacción de ella, al entender sus palabras, le regresó el abrazo con igual intensidad. Hundió su rostro en los cabellos ondulados de Hiva y se permitió derramar las lágrimas que había contenido obstinadamente. Siempre temiendo no ser lo que ella y la pequeña Beyul necesitaban; temeroso de, en su afán por protegerlas, restringirlas, pero principalmente, aterrorizado de haber tomado la decisión incorrecta al poner su deber antes que a su familia a pesar de que en su corazón esto no podía estar más alejado de la realidad.
Transcurrieron largos minutos sin que ninguno de los dos se moviera o pronunciara palabra alguna, hasta que el reloj de la sala sonó marcando las 6 de la mañana. Dentro de nada habría que comenzar el día y ninguno de los dos creía tener la fuerza suficiente para afrontarlo.
Hiva sugirió algo entonces, habiendo recobrado la compostura de su voz. “ Mi Señor, ¿qué le parece si nos tomamos un par de días libres? No abriré el taller, ni contestaré llamadas; tampoco recibiremos visitas. Adecuaremos la habitación de Beyul y pasaremos el día los tres juntos. Eso es todo.”
Él sonrió, un tanto melancólico, pero la idea de Hiva le parecía esplendida y le había hecho recuperar el ánimo lo suficiente como para intentar bromear. “Lahmo, sus hijos y los amigos de sus hijos no estarán muy complacidos con eso.” Dijo entonces, su inflexión delatando un poco de malicia juguetona. Hiva percibió el ánimo de él por aliviar la tensión también, así que siguió el juego, después de todo, era justo el comentario.
“Ah, tiene razón. Una promesa es una deuda adquirida. Bueno, en ese caso, Mi Señor tendrá que ayudarme con esos formularios para terminar pronto y así Lahmo y compañía no se vean en la necesidad de importunar alguna actividad pendiente entre nosotros, ¿cierto?”
“Considérelo hecho, Señora Mía.” Respondió el con una risa baja, mientras Hiva lo tomaba de la mano guándolo en dirección al taller. Llegando ahí, él la detuvo en seco, un poco más serio y recobrando su aire ceremonioso.
“He estado hablando con Kiki. Su desempeño al cubrir mis actividades mientras permanezco aquí ha sido sobresaliente. Es… una posibilidad que he de discutir con su Santidad una vez que regrese al Santuario. Podría traducirse en periodos más largos en los permisos que me son otorgados y, tal vez…”
Hiva le apretó las manosy guiándo una con la suya propia, la llevó hasta su pecho, mientras ella depositaba la que tenía libre sobre el pecho de él. Entonces lo miró nuevamente, determinación en sus ojos. “Lo que sea que el destino señale para nosotros de ahora en adelante, Mi Señor, será fuente de inmensas bendiciones, pues así lo hemos decidido. La voluntad de estos corazones no cederá ante nada.”
Mu no dijo nada, tan solo asintió, una sincera sonrisa en su rostro.












