Desde que nacà tuve el destino marcado, ¿verdad? Eso creà en algún momento, quizás aún lo creo a veces, cuando no quiero que algo sea asÃ, asà que sólo me digo ‘’es el destino, OdÃn debe estar planeando algo para mÃ.’’ Si, asà de ingenua puedo llegar a ser. Sinceramente, no me interesa quién llegue a leer esto, si sólo lo leo yo al corregirlo, va a estar bien. Hago esto porque es momento de avanzar, quiero, por fin, dejar de lado toda esta mierda, todo lo que llevo cargando hace años y no me deja continuar; quizás nunca se vaya del todo, pero sé que algo va a cambiar cuando termine.
Bien, mi nombre es Odhet, no es de gran importancia, podrÃa llamarme Alicia, Teresa, Michelle, cómo sea. Bueno, Odhet no es un nombre muy común, pero supongo que es por algo, el ‘’destino’’. Bien, todo comenzó desde que nacÃ, aquel dÃa de agosto de un año desconocido, la constelación Virgo me llenó de su sabidurÃa y su obsesión por la perfección.
Realmente, creo que he tenido una vida buena, o la tenÃa. Quiero recuperarla. No tengo tantos recuerdos de mi niñez, los pocos que tengo han tenido un impacto totalmente surrealista en mÃ. Antes de contarlo quiero decir que, por una no tan extraña razón, puedo ver mis recuerdos o mis sueños como si fueran una pelÃcula, o como si yo fuese un ser todopoderoso que puede ver desde las alturas lo que sucede, eso lo explicaré cuando llegue el momento.
      Los recuerdos.
―¡Anda, sube a la patineta!― recuerdo todavÃa la cara entusiasmada de mi papá.
Yo subà de la única manera que no me aterraba: boca abajo, viendo el suelo. Mi papá me empujó un par de veces y todo salió bien, hasta esa última vez. Sentà la patineta tambalearse sobre algunas pequeñas rocas en la calle. Cuando levanté un poco la vista lo único que pude ver fue esa esquina en la banqueta viniendo directo a mi frente. Después de eso sólo hay llanto y sangre.
Ahora, cuando veo ese recuerdo, cuando lo veo en mi mente, veo a una niña torpe golpeándose y haciendo drama por nada. Si, drama por nada ¿quién dirÃa que ese drama tendrÃa consecuencias? Quizás no fue ese golpe… quizás haya sido otra cosa.
Otro recuerdo, años después, con una de las personas que más me comprendÃan en ese momento y que aún espero que me comprenda, aún en la distancia:
Samuel, es importante dedicarte esta parte, después no podré hacerlo sin sentirme mal. De ti recuerdo todas las vacaciones hasta que cumpliste ocho años y dejaste de visitarnos. Pero lo que más tengo vivo de ti, fue el momento en que descubrà que aún la persona en la que más confiaba te da la espalda: Recuerdo que estábamos tú, yo y un par de personas más, yo te seguÃa a todas partes, como tu sombra. A lo que decÃas yo te seguÃa la corriente, nos cuidábamos. Pero algo tenÃa que cambiar, quizás parezca insignificante, en ese momento me lo pareció, recuerdo que dijiste algo (no recuerdo qué) y yo dije algo después, lo que dijiste enseguida me marcó para siempre: ‘’MÃrala -le dijiste al otro chico- sólo repite lo que yo, patética.’’ Eso cayó en mi como una roca o un piano aplastándome. Sin embargo, me enseñaste algo que ahora es parte indispensable en mÃ: Nunca nadie me va a volver a llamar patética, nunca más seré la sombra de nadie, ni de mà misma. Gracias por eso.
Un último, un tanto más insignificante: recuerdo también a Valeria. Samuel y Valeria mis dos primos favoritos de la infancia, hermanos que nunca se conocieron, yo era un puente entre ustedes dos. Me gustaba ser ese puente, los tres éramos inseparables, al menos en mi imaginación. Valeria, a ti te debo la capacidad de aceptarme. Al final, como con todos, terminamos por alejarnos, tú también dejaste de venir a casa cuando creciste, supongo que las situaciones con las familias de cada uno se complicaron con el pasar del tiempo, sin embargo, los muchos momentos que pasamos juntas hace años siguen en mi memoria… En lo poco que queda de esta cabeza, sigues siendo una persona importante, lo que más recuerdo de ti, es una estupidez: ― ¡Mira esa silla! Hagámosle una operación, convirtámosla en un sillo. ― dijiste muy convencida mientras te ponÃas guantes imaginarios. ― Pero entonces será un sillo, eso no tiene sentido ― dije yo con una sonrisa. ―No importa, sólo operémoslo, sé que quiere ser un sillo. ― dijiste enseguida. ― Y en un momento más me puse mis guantes imaginarios. La silla pasó a ser un sillo, y yo me di cuenta de que podÃa ser lo que yo quiera. Después de todo, una silla transformada a sillo era algo lógico para dos niñas de 6 y 7 años.