Aquel era su primer evento social desde que había regresado a Londres y, aun cuando había crecido en aquel mundo, Elizabeth podía decir con total certeza que siempre habría una parte de ella que se sentiría fuera de lugar. Sin embargo, era hija de una de las primeras familias aristócratas en Inglaterra, y sabía de sobra que eso conllevaba un sinfin de responsabilidades de las que no podía simplemente huir; y que sólo le dejaba la opción de enmascarar su incomodidad en una delicada y afable sonrisa, y modales refinados. De cualquier manera, más de tres horas de socializar y evadir preguntas sobre cómo había terminado como columnista en una revista, la obligaron a ir a la barra y buscar algo más fuerte que la champagne que los meseros hacían circular entre los asistentes. Le regaló una sonrisa más amable y sincera al hombre al otro lado de la barra como agradecimiento y se llevó el vaso a los labios, dispuesta a darle el primer sorbo. "¡Elizabeth!", el tono reprobatorio de su madre la hizo detener la acción y girar sobre sus talones en el momento en que otro cuerpo se interponía en su camino, haciendo que casi soltara el vaso con vodka que traía aferrado entre sus dedos y salpicara algo del licor entre ambos. ---¡Lo siento mucho! ---Exclamó al instante, retrocediendo un paso mientras sus ojos se enfocaban plenamente en las ropas ajenas. ---Mil disculpas, debí fijarme por dónde iba, pero me distraje y... ---Por fin levantó la mirada y, al notar que captaba la atención de más personas, poco a poco su voz dejó se sonar tan apremiada para adquirir algo de compostura. ---De verdad lo lamento, puedo pedir un poco de agua mineral para ayudarte a limpiar esto ---Sugirió arrepintiéndose casi al instante al recordar que, en palabras de su nana, aquél era un remedio sólo para limpiar manchas de vino tinto.